[R-P] [CUPV] Tiburones al acecho - William Ospina

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Dom Dic 2 05:43:47 MST 2007


Tiburones al acecho   


Cada vez que hay un desacuerdo o un conflicto entre
naciones, miles de personas que padecerán por ello
sufren de angustia y de impotencia, pero siempre hay
alguien que se alegra y se frota las manos a la
expectativa.

       
Vivimos en la época del negocio, y para todo hay
negociantes. Hasta el amor es ya un negocio, y a
ciertos poderes que manejan el mundo les parece mejor
negocio aun la guerra que el amor mismo. Se pueden
vender armas a los contendores, se pueden vender
sensacionales entregas de noticias, asesorías
estratégicas, uniformes y tiendas de campaña, raciones
militares. Se aumentan los gastos en servicios
médicos, en medicinas, en material hospitalario, a
expensas de todas las otras cosas en las que tienen
que invertir los estados. Después vendrán las
pensiones militares y, cumplido el arrasamiento de las
poblaciones, la demolición de las estructuras, vendrá
el mejor negocio de todos: la reconstrucción.

Pensamos que la actual guerra de Iraq cuesta tanto que
no puede dejar de ser ruinosa  para los Estados
Unidos, pero la verdad es que esos millones y millones
de dólares que cuesta la guerra salen de las arcas del
presupuesto público solo para llenar los bolsillos
privados de las empresas de armas y municiones, para
los proveedores de uniformes y de raciones: la
economía del país se reactiva en más de un aspecto con
esas reasignaciones de recursos, y detrás de los
proveedores de la guerra hacen fila con paciencia los
arquitectos de la reconstrucción, a quienes quedará
hipotecado durante décadas el país destruido, y que
saben que cuanto más se tarde el negocio más jugoso
será. La prudente estrategia de estos inversionistas
es asegurarse de que la guerra se libre lo más lejos
posible de sus fronteras, para que todo sean
ganancias, salvo el luctuoso retorno de los jóvenes
sacrificados, que pagan el óbolo de su vida a la
patria. A la patria, vieja palabra sagrada convertida
a menudo en la máscara solemne de las maniobras de
unos traficantes.

Cuando esta semana los gobernantes de Colombia y
Venezuela arrojaron las sonoras bengalas de sus
discursos incendiarios, seguramente alguien se frotó
las manos con alegría y con impaciencia. Y debió
frotárselas con verdadera felicidad cuando comprobó
que el desacuerdo superaba todos los límites
históricos y se convertía en una extravagante
fanfarria de descalificaciones y denuestos, como si
los dos gobernantes hubieran estado mudos por años,
guardándose su recíproca antipatía, y de pronto se
rompieran las esclusas.
Da tristeza ver a los gobiernos de países hermanos
tratándose así. No por ellos, claro, fugaces episodios
del poder en una vecindad de siempre y para siempre,
sino por los sufridos países a los que gobiernan y que
esperan de ellos no solo orientación sino verdadera
sabiduría. Solo nos faltaría un conflicto fratricida
para perfeccionar nuestra desgracia. Conflicto que, de
llegar a existir, carecería de toda grandeza, y
quedaría marcado en la historia de las naciones solo
por su mezquindad y por su insignificancia.

Hay quien piensa que Uribe encargó a Chávez su
mediación en busca de un acuerdo humanitario para
liberar a los secuestrados, pensando que, conocidas
las tácticas dilatorias y exasperantes de la
guerrilla, el proceso sería muy largo antes de
revelarse infructuoso. El proceso, al contrario de lo
que afirma el cada vez más desconcertante comisionado
Restrepo, había dado pasos prometedores en muy poco
tiempo, y eso habría movido al gobierno a cancelar la
mediación.

Pero lo que podemos deducir de los discursos bien
meditados del presidente Uribe Vélez es que éste no
confiaba en el mediador en absoluto. Su largo y
detallado “memorial de agravios”; su alusión a “un
proyecto expansionista”; la afirmación de que Chávez
“está incendiando al continente”; el sentimiento de
que Chávez “agravia al propio pueblo venezolano”, no
son frases que nazcan de un día para otro, no pueden
ser impresiones súbitas que deriven de una llamada
episódica a un general, revelan largas meditaciones y
prolongados recelos. Uribe tenía que pensar que Chávez
tiene una política expansionista mucho antes de
encargarle su mediación, y puesto que le censura
agriamente haber insultado a Fox y a Alan García, a
Bush y a Blair, sin duda ya pensaba hace mucho tiempo
que Chávez “incendia al continente”. Uribe Vélez no
acaba de descubrir en Chávez a un expansionista, a un
incendiario y a un hombre poco dado a las cortesías
diplomáticas: tenía que sentir todo eso desde hace
tiempo.

¿Por qué, pues, lo encargó de una misión tan delicada
como la de mediar en un intercambio que ha sido
imposible durante los cinco años largos de su
gobierno? ¿Es posible que todo un gobernante no
hubiera previsto que una de las posibilidades del
proceso es que tuviera éxito y que eso redundaría en
claro beneficio para el presidente venezolano? Si
Chávez hubiera logrado en sus escasos meses de
mediación, como se iba viendo, los resultados que se
le pedían, su protagonismo continental se habría
acrecentado de un modo incómodo. En el fondo Uribe
corría el riesgo de que Chávez recibiera de la
guerrilla a uno o varios de los secuestrados
norteamericanos, o a Íngrid Betancourt, y mejorara
notablemente su perfil ante la comunidad
norteamericana y la europea a expensas del papel más
bien gris de nuestro presidente en esa función.

Las oleadas de descalificaciones demuestran que
ninguno de los dos fue muy sincero en sus oficios ante
el otro. Se daban cordiales estrechones de manos y
palmaditas en la espalda mientras pensaban, como en
las caricaturas, feas cosas del otro, y se veían a
través de las lentes de su respectiva política peores
de lo que son. Un pequeño escollo, y helos ahí
mostrando de verdad lo que sienten el uno por el otro,
pero además poniendo en peligro los destinos y los
intereses de mucha gente a ambos lados de la frontera,
y proyectando casi sombras guerreras desde sus cuerpos
henchidos de oratoria.

El carácter pacífico y democrático del actual proceso
venezolano se vería seriamente empañado por un
conflicto con Colombia. Si de algo no ha sido
responsable Venezuela jamás es de las desdichas de su
principal vecino, y no creo que pueda abrirse camino
jamás un conflicto de mayor profundidad. Pero al paso
que vamos, uno no sabe qué tiburones se mueven por las
aguas profundas al acecho de lo que pueda pasar a
partir de las cóleras y las intemperancias verbales de
estos sanguíneos gobernantes.

El debate en esos términos no engrandece en nada a los
pueblos, pero sí ha de causar agrado y expectativa en
todos los que pueden favorecerse con la fragmentación
del espacio latinoamericano. Catálogos de armas salen
enseguida de las mangas de los vendedores de muerte.
Quién sabe, se dicen: algún nuevo Panamá podría caer
como pez en fuga en las fauces de quienes siempre
saben beneficiarse de las discordias ajenas.

¿Es posible que todo un gobernante no hubiera previsto
que una de las posibilidades del proceso es que
tuviera éxito y que eso redundaría en claro beneficio
para el presidente venezolano?
 
 



  "Ella funde lagrimas con cada lluvia y se pregunta si tantas despedidas valieron la pena. El hoy es tan frio y duro aún en verano que el amor suele traer apenas gotitas de alegria. Mejor es no mirar atrás ni mucho para adelante. La calle es para ir, nunca para volver... Cada despedida un final incierto. Los tiempos son inseguros y muertos aunque el sol nos esté calentando."



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