[R-P] LA ESTRATEGIA POLITICA DE CONFRONTAR CON LA PRENSA
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en gmail.com
Sab Dic 1 16:21:01 MST 2007
Si algo ha tenido de bueno el gobierno de Kirchner y, por lo que se
desprende del artículo de Clarín de hoy, que agrego, continuará el gobierno
de Cristina es de haber reducido la influencia nefasta y delicuescente de la
prensa sobre la acción del gobierno.
Los cagatintas, como el autor de esta nota, lloran por la herida. Creen que
ellos tienen algo que decir, y en realidad lo único que dicen es lo que la
empresa que les paga la sopa les indica, les induce, les sugiere que digan
o, peor aún, se los hace pensar para que crean que es de su propio cacumen
de donde salen las verdades.
Que Cristina siga firme en lo que Blanck le critica. Por lo menos que les
haga la vida un poco más difícil a estos pájaros carroñeros.
Julio Fernández Baraibar
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LA ESTRATEGIA POLITICA DE CONFRONTAR CON LA PRENSA
Cristina Kirchner renueva la batalla por la "construcción" de la realidad
Por: Julio Blanck
En sus apariciones de esta semana Cristina Kirchner expresó su decisión de
dar batalla en el terreno de la "interpretación y decodificación de qué es
lo que se muestra", según su discurso del miércoles en el Senado. Para
decirlo con palabras suyas de ese mismo día, la Presidenta electa intenta
abrir un debate sobre "cuál es la Argentina que nos quieren hacer ver y cuál
es la Argentina real". Esto supone una Argentina auténtica y otra falseada,
sin concesión alguna a los matices entre una y otra variante.
Lo que se propone Cristina, en uso legítimo de sus derechos y atribuciones,
es una cruzada para adueñarse del relato -otra de sus palabras predilectas-
de la Argentina de hoy. Esto significa admitir y, más aún defender, la idea
de que la realidad y su percepción se construyen en base a estrategias
comunicacionales determinadas, en las que los hechos comprobables son apenas
un insumo, pero no el producto final.
Esta visión marca una diferencia fundamental entre la propaganda política y
el periodismo profesional, que hace de la comunicación de los hechos
comprobables, y de la descripción de sus contextos, el objetivo principal de
su tarea.
Desde ya, no hay purezas de laboratorio en la práctica cotidiana, ni de los
políticos ni mucho menos de la prensa. Pero esa diferencia de origen suele
ser olvidada con facilidad por los periodistas y directamente ignorada o
desvirtuada por los políticos. Esto abona las confusiones interesadas y las
falsas competencias. Es un cotejo imposible: los políticos no deberían
pelearse con la realidad sino modificarla, y la prensa debería evitar el
encandilamiento del poder para dar un mejor servicio a la sociedad de la que
forma parte.
Pero esta idea de competencia con la prensa vuelve una y otra vez. La noche
del 14 de mayo de 1995, al conocerse los resultados que consagraban su
reelección presidencial, Carlos Menem dijo: "Les ganamos a los medios". Esta
vez no hay reelección presidencial, aunque sí se reeligió un gobierno. La
victoria electoral también fue muy amplia, más ahora que en 1995. La
oposición, entonces el Frepaso incipiente y una UCR que desfallecía, como
ahora la Coalición de Elisa Carrió y el PRO de Mauricio Macri, no plantea
una disputa verdadera del poder sino que está en la etapa primaria de
construcción de una alternativa. Y aunque está claro que la Presidenta
electa tiene con su antecesor riojano una serie interminable de diferencias
de todo tipo, la obsesión del combate con la prensa los iguala.
Vista desde los medios, la estrategia del oficialismo renueva un desafío
profesional que se registra sin pausa desde la asunción de Néstor Kirchner
en mayo de 2003. Esto es: la necesidad cotidiana de obtener noticias frente
a un gobierno que tiene control casi absoluto de la información que manejan
sus funcionarios. Y que ejerce ese control con eficacia, mediante un
mecanismo instantáneo de comunicaciones internas que alertan a la Casa
Rosada sobre cualquier tema, más o menos conflictivo, sobre el que la prensa
requiera información a ministros, secretarios, subsecretarios, directores o
asesores.
Por cierto, durante años los periodistas nos habíamos acostumbrado a obtener
noticias resonantes con relativa facilidad.
En el gobierno de Raúl Alfonsín la tradicional fiebre internista de los
radicales había alimentado a la prensa con descripciones minuciosas de los
conflictos, desde los más relevantes hasta los que no alcanzaban la
insignificancia.
En el gobierno de Menem las peleas internas salían a la luz contadas al
minuto por los propios protagonistas, que usaban los medios como un
escenario para disputar espacio e influencia, en momentos en que los
beneficios laterales del desguace del Estado se derramaban generosos sobre
los inquilinos de turno en el poder.
Durante el breve paso de la Alianza, las resquebrajaduras entre los
radicales y el Frepaso
-una fuerza que tenía fuertísima vocación mediática- llegaron a los medios
en un torrente imparable. Los episodios de crisis eran continuos y los
protagonistas venían entrenados en el uso de los medios para la resolución
de las peleas internas.
Pero llegó el kirchnerismo y las cosas cambiaron. El estilo cerrado,
receloso y compartimentado que impuso Kirchner modificó las reglas de este
juego. Urgido por construir poder a máxima velocidad, el Presidente
transformó la operación política sobre la opinión pública en una de sus
armas principales. Esto reforzó la natural línea de tensión permanente que
siempre debe existir entre todo Gobierno y la prensa, para que ésta cumpla
con su misión de servir a la comunidad.
Las peleas internas fueron muchas menos y las que hubo se asordinaron. Los
pocos cambios producidos en el Gabinete homogeneizaron el Gobierno hasta
dejarlo monocolor. Y la palabra pública se confió a unos poquísimos
funcionarios que interpretaron con disciplina el libreto elaborado en el
vértice del poder.
El Gobierno decidió, como parte de su estrategia de construcción de poder,
sostener episodios de confrontación con los medios. El Presidente resolvió
no dar conferencias de prensa y consiguió, con la ayuda de almas
bienintencionadas pero algo ingenuas, transformar esto en motivo central de
debate por encima de lo sustancial: la cerrazón informativa cotidiana y la
presión ejercida sobre la difusión de determinadas cuestiones.
Ese pretendido control no se limitó sólo a las noticias negativas para el
Gobierno, sino que alcanzó a algunas positivas -y el gobierno de Kirchner
estuvo lleno de buenas noticias- pero que se conocían fuera de los tiempos
en que la Casa Rosada pretendía difundirlas para aprovechar mejor su efecto
político.
El kirchnerismo resulta, así, el interlocutor del poder más duro,
determinado y disciplinado con que la prensa haya tenido que trabajar desde
1983 a esta parte. Las palabras de la Presidenta electa muestran, a todas
luces, que esto se prolongará otros cuatro años.
Es un desafío a la profesionalidad de la prensa. Y nadie debería quejarse
porque lo obliguen a ser mejor cada día.
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