[R-P] [E. Lacolla] Ultraimperialismo y nacionalismo
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Jue Ago 30 11:27:10 MDT 2007
[Publicado en "La Voz del Interior" el miércoles 29 de agosto]
Ultraimperialismo y nacionalismo
Por ENRIQUE LACOLLA
Al revés de lo que se creyera, el nacionalismo sigue siendo la
herramienta tanto de las ofensivas imperiales como de las tentativas
para resistirlas y desbaratarlas.
La guerra infinita, la guerra sin victoria, que el imperialismo
preconiza en forma tanto implícita como explícita, y a la que nos
referimos en la nota publicada el miércoles 8 del corriente mes,
expresa el impasse en que se encuentra el sistema capitalista
"realmente existente". El nuevo orden mundial, que se suponía debía
haber seguido a la implosión de la Unión Soviética, globalizando al
mundo de acuerdo a unos parámetros que garantizasen la aceptación del
diktat económico del Norte sobre el Sur, no ha cuajado y, por lo
tanto, en la visión de quienes retienen los controles del sistema, ha
de ser suplido con un viaje a través de un desorden permanente,
aunque controlado, hasta que el mundo se acomode a razones o, más
sencillamente, hasta cuando se pueda. La frase atribuida a Luis XV,
"Después de mí, el Diluvio", resuena en el espacio posmoderno con una
sonoridad muy actual.
Desentenderse de la victoria en una situación de guerra permanente,
es una forma de proceder condenada desde el punto de vista de la
historia, pero poco importa esto a los dueños del juego, cuya
situación pletórica -para ellos- los lleva a despreocuparse del
mañana y a profesar una especie de religión de un presente al que
querrían absoluto. ¿No hablaban del fin de la historia?
El ultraimperialismo
Como "ultraimperialismo" puede ser denominada esta forma de regir la
evolución de la economía y la política. Tal operatoria se
caracteriza, más que por el asentamiento territorial, por el
ejercicio sin contemplaciones de un poder financiero, tecnológico e
informativo cuya ultima ratio es la fuerza bruta. Este es el
mecanismo con el cual países que suman a una cuarta parte de la
humanidad, ejercen su dominio sobre las tres cuartas partes restantes
de esta.
No es una situación del todo nueva, pero sí muy singular: mucho más
volátil e inestable que otras vividas en el pasado. En teoría se
asienta en el tipo de organización internacional esbozada después de
la segunda guerra mundial: un grupo de potencias en el Consejo de
Seguridad se arroga poderes ilimitados para "imponer la paz",
mientras se autoexcluye de toda coerción militar contra cualquiera de
sus integrantes. Después de la caída de la URSS, sin embargo, esta
posibilidad de "legalizar" la injerencia en los asuntos de terceros
países se tornó mucho más peligrosa por la desaparición de uno de los
términos que constituían el mundo bipolar y que consentía oponer
algún contrapeso a la coalición dominante.
Para los practicantes del realismo de tranco corto esta situación es
la única posible. ¿La decadencia del Imperio Romano no se prolongó
durante siglos?
Quizá, si la distribución del poder fuera matemáticamente exacta,
esta ecuación podría sostenerse por un tiempo indefinido. Pero hoy
existen variantes que van, desde la presencia de Estados en
condiciones de erigirse en superpotencias que no pertenecen al grupo
dominante -China, Japón, Rusia, India-, hasta contradicciones en el
seno del mismo sistema occidental. Estas oposiciones se aceleran e
incrementan debido al ritmo vertiginoso del avance tecnológico, que
hace problemático el mantenimiento de la situación tal como está. El
cambio arrastra al cambio, y en el seno de ese movimiento arrollador
se hace muy difícil mantener de manera indefinida el mismo orden
jerárquico entre las naciones y entre las clases sociales.
Desde luego el monopolio informativo, sumado al monopolio tecnológico
y militar, proveen al ultraimperialismo de una baza de capital
importancia. La confusión ideológica, la manipulación intelectual y
la desinformación sistemática, tanto fuera como dentro del Primer
Mundo, son prodigiosas ayudas para mantener las cosas en un estado de
agitación continua, disminuyendo la posibilidad de que se genere un
actor social que sea capaz de horadar una salida superadora.
Estos son los expedientes con los que el sistema nos extorsiona todos
los días. En América latina de momento esa presión, con ser muy
fuerte, no es implacable como lo fuera en las décadas en que se
procedió a la limpieza de los bolsones de resistencia popular durante
la segunda mitad del siglo pasado. Pero la amenaza existe y los
protagonistas locales de ese proceso represivo están presentes e
intactos en su poderío económico y en la capacidad que este les da
para manipular a la opinión pública.
La conciencia crítica
La adquisición de una conciencia crítica de la realidad es, por lo
tanto, un requisito indispensable para poder precaverse no sólo de la
reedición de los males del pasado, sino para resguardarnos de las
intrigas, los golpes de mercado, los golpes de Estado a secas y el
intervencionismo que el ultraimperialismo desata en estos momentos en
el Medio Oriente, el Asia Central y las rutas del petróleo.
Los blancos de la agresión imperial han sido y en el fondo seguirán
siendo, los nacionalismos populistas y el comunismo, en la medida en
que este pueda reinterpretar la realidad apeándose del dogmatismo
internacionalista, que fuera aprovechado cínicamente por el
estalinismo para extorsionar el apoyo del proletariado mundial y
ponerlo al servicio de los intereses de la Unión Soviética.
El ataque imperial aprovecha los errores y atrocidades cometidos por
los regímenes comunistas, así como las torpezas e insuficiencias de
los populismos, para explotarlos a partir de una visión selectiva del
pasado, inyectando pesimismo, confusión y desesperanza en las masas
que son el "target" de la ofensiva.
Para defenderse de esos asaltos es necesario poner el debate en el
terreno de las constataciones objetivas. Se deberá recordar como gran
parte de los crímenes y errores cometidos durante los intentos de
cambiar al mundo, fueron consecuencia del estado de asedio en que se
encontraron los movimientos que intentaron invertir las tornas, y
también importará tener presente la naturaleza perversa y
distorsionadora del sistema vigente, que se ha manchado las manos de
sangre -y lo sigue haciendo- a través de una implacable explotación
económica y del sometimiento, por medio de cualquier tipo de
expediente, de las resistencias que le han hecho frente a lo largo
del tiempo.
Si se contabilizan las víctimas generadas por este sistema a través
de fenómenos como la división internacional del trabajo, el
colonialismo, los bloqueos, los embargos, el sabotaje, las
represiones, las discriminaciones, las intrusiones en la política
interna de ajenos países, las guerras de zapa y las guerras
abiertas..., la balanza de la culpa pesará de manera abrumadora del
lado de los defensores del estatu quo.
La vigencia del nacionalismo
El tema del nacionalismo es capital para entender el momento actual
del mundo. Se ha tornado un lugar común, tanto para la derecha
neoliberal como para la socialdemocracia, proclamar que el Estado
Nación ha muerto, que ha perdido vigencia y sentido. A nuestro
entender, nada puede ser más erróneo o deliberadamente distorsivo de
la realidad.
Lo que ocurre es más bien lo contrario. En la etapa globalizadora que
estamos viviendo, asistimos a una ofensiva imperial que se articula a
partir de un Estado y una nacionalidad bien diferenciados, que
ejercen su poder de decisión sobre propios y ajenos y que tienen
dentro de sus fronteras a los conglomerados financieros, mediáticos y
tecnológicos que recaban dividendos del mundo entero, mientras
asimismo monopoliza la red satelital de comunicaciones que amenaza
cumplir las más ominosas elucubraciones fantacientíficas de George
Orwell.
Las transnacionales existen, pero no hay duda acerca de en qué lugar
reside su propiedad. Ese lugar es Estados Unidos, que lidera al
sistema y que acapara para sí la capacidad de fijar el rumbo por el
que habrán de circular los movimientos dirigidos a mantener la
hegemonía.
El Estado-nación, que es el vector por el que se ejerce ese poder,
por otra parte sigue siendo un reparo que consiente a los países más
débiles organizarse para mejor resistir la presión que baja desde
arriba. Si bien es necesario pensar en agrupaciones supranacionales
que conjunten a países que se encuentran en vecindad geográfica y
comparten coordenadas culturales, este progresión hacia los Estados-
continente debe montarse en torno a pautas estatales que deben ser
reforzadas y no debilitadas. Entre algunos sectores de izquierda se
ha convertido en una costumbre renegar en abstracto contra el Estado
y la política, como si encarnasen el Mal. Este discurso está inducido
desde afuera, pues no refleja en absoluto las necesidades de los
países emergentes.
No hay que confundir a los gobiernos con el Estado, ni a la política
con los políticos más o menos corruptos que pueden aflorar al conjuro
de un momento negativo de la historia. Ambos, Estado y política, son
instrumentos de enorme valor para direccionar la praxis en un sentido
u otro. Más que en rechazar el Estado, los movimientos contestatarios
deberían pensar en los modos de conquistarlo, repensando y
reconquistando la política.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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