[R-P] El moralismo

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Ago 29 10:52:27 MDT 2007


[La Argentina está atravesada por una ola de moralismo. Hay quienes 
levantan actas morales contra Kirchner por avasallar las libertades 
públicas, o por entregar las riquezas del subsuelo, hay quienes 
levantan actas morales contra Telerman por no haberse dejado degollar 
junto con Ibarra, hay moralismo por todos lados y para todos los 
gustos. En ese clima, se me ocurrió que algunos párrafos extractados 
de un viejo artículo podían servir. Lanzo al ruedo unos extractos de 
"Su moral y la nuestra", escrito por León Trotsky en 1938]

En épocas de reacción triunfante, los señores demócratas, 
socialdemócratas, anarquistas y otros representantes de la izquierda 
se ponen a desprender, en doble cantidad, emanaciones de moral, del 
mismo modo que transpiran doblemente las gentes cuando tienen miedo. 
Al repetir, a su manera, los Diez Mandamientos o el Sermón de la 
Montaña, esos moralistas se dirigen no tanto a la reacción triunfante 
cuanto a los revolucionarios perseguidos por ella, quienes, con sus 
"excesos" y con sus principios "amorales" "provocan" a la reacción y 
le proporcionan una justificación moral. Hay, sin embargo, un medio 
tan sencillo y seguro de evitar la reacción: el esfuerzo interior; la 
regeneración moral. En todas las redacciones interesadas se 
distribuyen. gratuitamente muestras de perfección ética.

La base de clase de esta prédica falsa y ampulosa la constituye la 
pequeña burguesía intelectual. La base política son la impotencia y 
la desesperación ante la ofensiva reaccionaria. La base psicológica 
se halla en el deseo de superar el sentimiento de la propia 
inconsistencia, disfrazándose con una barba postiza de profeta.

Hitler y Mussolini, utilizando un método enteramente semejante, 
demuestran que liberalismo, democracia y bolchevismo sólo son 
distintas manifestaciones de un solo y mismo mal. La idea de que 
stalinismo y trotskismo son "en el fondo" idénticos, encuentra hoy la 
más amplia aceptación. Reúne en su rededor a liberales, demócratas, 
píos católicos, idealistas, pragmatistas, anarquistas y fascistas. Si 
los stalinistas no están en posibilidad de unirse a ese "frente 
popular", sólo es porque por casualidad se hallan ocupados en 
exterminar a los trotskistas.

El rasgo fundamental de esas asimilaciones e identificaciones lo 
constituye el ignorar completamente la base material de las diversas 
tendencias, es decir, su naturaleza de clase, y por eso mismo su 
papel histórico objetivo. En lugar de eso, se valoran y clasifican 
las distintas tendencias según cualquier indicio exterior y 
secundario; lo más a menudo, según su actitud frente a tal o cual 
principio abstracto, que para el clasificador dado tiene un valor 
profesional muy particular. Así, para el papa romano, los 
francmasones, los darwinistas, los marxistas y los anarquistas son 
gemelos, puesto que todos por igual niegan sacrílegamente la 
Inmaculada Concepción. Para Hitler, liberalismo y marxismo son 
gemelos, puesto que ignoran "la sangre y el honor". Para los 
demócratas son el fascismo y el bolchevismo los gemelos, puesto que 
no se inclinan ante el sufragio universal. Etc., etc..

Los rasgos comunes a las tendencias así comparadas son innegables.  
La realidad, sin embargo, es que el desarrollo de la especie humana 
no se agota ni con el sufragio universal, ni con "la sangre y el 
honor", ni con el dogma de la Inmaculada Concepción. El proceso 
histórico es, ante todo, lucha de clases y acontece que clases 
diferentes, en nombre de finalidades diferentes, usen medios 
análogos. En el fondo, no podría ser de otro modo. Los ejércitos 
beligerantes son siempre más o menos simétricos y si no hubiera nada 
de  común en sus métodos de lucha, no podrían lanzarse ataques uno al 
otro.

El campesino o el tendero rudos, si se encuentran entre dos fuegos, 
sin comprender ni el origen ni el sentido de la pugna entre 
proletariado y burguesía, tendrán igual odio para los dos campos en 
lucha; y ¿qué son todos esos moralistas demócratas? Los ideólogos de 
las capas medias, caídas o temerosas de caer entre dos fuegos. Los 
principales rasgos de los profetas de ese género son su alejamiento 
de los grandes movimientos históricos, el conservatismo petrificado 
de su pensamiento, la satisfacción de sí, en la propia mediocridad y 
la cobardía política más primitiva. Los moralistas quieren, ante 
todo, que la historia los deje en paz; con sus libritos, sus 
revistillas, sus suscriptores, el sentido común y las normas morales. 
Pero la historia no los deja en paz. Tan pronto de izquierda como de 
derecha, les dan de empellones. Indudablemente, revolución y 
reacción, zarismo y bolchevismo, comunismo y fascismo, stalinismo y 
trotskismo son todos gemelos. Que quien lo dude se tome la pena de 
palpar, en el cráneo de los moralistas, las protuberancias simétricas 
de derecha e izquierda.

2.- Amoralidad marxista y verdades eternas

[...]

Si quisiéramos tomar en serio a nuestros señores censores deberíamos 
preguntarles, ante todo, cuáles son sus principios de moral. He aquí 
una cuestión a la cual sería dudoso que recibiéramos respuesta. 
Admitamos, en efecto, que ni la finalidad personal ni la finalidad 
social puedan justificar los medios. Será menester entonces buscar 
otros criterios fuera de la sociedad, tal como la historia la ha 
hecho, y fuera de las finalidades que suscita su desarrollo. ¿En 
dónde? Si no es en la tierra, habrá de ser en los cielos. Los 
sacerdotes han descubierto, desde tiempo atrás, criterios infalibles 
de moral en la revelación divina. Los padrecitos laicos hablan de las 
verdades eternas de la moral, sin indicar su fuente primera. Tenemos, 
sin embargo, derecho de concluir diciendo: si esas verdades son 
eternas, debieron existir no sólo antes de la aparición del 
pitecántropo sobre la tierra, sino aun antes de 1a formación del 
sistema solar. En realidad, ¿de dónde vienen exactamente? Sin Dios, 
la teoría de la moral eterna no puede tenerse en pie.

Los moralistas de tipo anglosajón, en la medida en que no se 
contentan, gracias a su utilitarismo racionalista, con la ética del 
tenedor de libros burgués, resultan discípulo conscientes o 
inconscientes del vizconde de Shaftesbury, quien ¡a principios del 
siglo XVIII! deducía los juicios morales de un "sentido moral" 
particular, dado por decirlo así de una vez para siempre al hombre. 
Situada por encima de las clases, la moral conduce inevitablemente a 
la aceptación de una substancia particular, de un "sentido moral", de 
una "conciencia", como un absoluto especial, que no es más que un 
cobarde seudónimo filosófico de Dios. La moral independiente de los 
"fines", es decir, de la sociedad, ya se la deduzca de la verdad 
eterna, ya de la "naturaleza humana", sólo es, en resumidas cuentas, 
una forma de "teología natural". Los cielos siguen siendo la única 
posición fortificada para las operaciones militares contra el 
materialismo dialéctica.

[...]

El idealismo filosófico clásico, en la proporción en que tendió, en 
su época, a secularizar la moral, es decir, a emanciparla de 1a 
sanción religiosa, fue un enorme paso hacia adelante (Hegel). Pero 
una vez desprendida de los cielos, la moral tuvo necesidad de raíces 
terrestres. El descubrimiento de esas raíces fue una de las tareas 
del materialismo. Después de Shaftesbury, Darwin; después de Hegel, 
Marx. Invocar hoy las "verdades eternas" de la moral es tratar de 
hacer que la rueda dé vueltas al revés. El idealismo filosófico sólo 
es una etapa: de la religión al materialismo o, por el contrario, del 
materialismo a la religión.

[...]

4.- Jesuitismo y utilitarismo

[...C]uánta ignorancia y cuánta cortedad se necesitan para tomar en 
serio la oposición entre el principio "jesuítico" ("el fin justifica 
los medios"), y el otro, inspirado por supuesto en una moral más 
elevada, según el cual cada "medio" lleva su pequeño marbete moral, 
lo mismo que 1as mercancías en los almacenes de precio fijo. Es 
notable que el sentido común del filisteo anglosajón consiga 
indignarse contra el principio "jesuítico", mientras él mismo se 
inspira en la moral del utilitarismo, tan característico de la 
filosofía británica. Sin embargo, el criterio de Bentham, John Mill 
"la mayor felicidad posible para el mayor número posible" 
significa: morales son los medios que conducen al bien general, fin 
supremo. Bajo su enunciado filosófico general, el utilitarismo 
anglosajón coincide así plenamente con el principio "jesuítico": "el 
fin justifica los medios". El empirismo como vemos existe en este 
mundo para libertar a las gentes de la necesidad de juntar los dos 
cabos del razonamiento.

Herbert Spencer, a cuyo empirismo Darwin había inoculado la idea de 
"evolución" del mismo modo que se vacuna contra la viruela, enseñaba 
que en el dominio de la moral, la evolución parte de las 
"sensaciones", para llegar hasta las "ideas". Las sensaciones imponen 
criterios de satisfacción inmediata, mientras que las ideas permiten 
guiarse conforme a un criterio de satisfacción futura, más durable y 
más elevada.  El criterio de la moral es así, aquí también, la 
"satisfacción" o la "felicidad". Pero el contenido de este criterio 
se ensancha y profundiza según el nivel de la "evolución". Así, hasta 
Herbert Spencer, por los métodos de su utilitarismo "evolucionista" 
ha mostrado que el principio: "el fin justifica los medios" no 
encierra, en sí mismo, nada inmoral.

Sería, sin embargo, ingenuo esperar de este "principio" abstracto una 
respuesta a la cuestión práctica: ¿Qué se puede y qué no se puede 
hacer? Además, el principio: "el fin justifica los medios" suscita 
naturalmente la cuestión: ¿Y qué justifica el fin? En la vida 
práctica, como en el movimiento de la historia, el fin y el medio 
cambian sin cesar de sitio. La máquina en construcción es el "fin" de 
la producción, para convertirse, una vez instalada en una fábrica, en 
un "medio", de esa producción. La democracia es, en ciertas épocas, 
el "fin" de la lucha de clases, para cambiarse después en su "medio". 
Sin encerrar en sí nada inmoral, el principio atribuido a los 
jesuitas no resuelve, sin embargo, el problema de la moral.

[...] La moral sólo es una de las funciones ideológicas de [la lucha 
de clases]. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y la 
acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen 
esos fines. Tal es la función principal de la moral social. Persigue 
"la mayor felicidad posible", no para la mayoría, sino para una 
exigua minoría, por lo demás, sin cesar decreciente. Un régimen 
semejante no podría mantenerse ni una semana por la sola coacción. 
Tiene necesidad del cemento de la moral. La elaboración de ese 
cemento constituye la profesión de teóricos y moralistas 
pequeñoburgueses. Que manipulen todos los colores del arco iris; a 
pesar de ello siguen siendo, en resumidas cuentas, los apóstoles de 
la esclavitud y de la sumisión.

5.- "Reglas morales universalmente válidas"

[...L]a moral es producto del desarrollo social; [...] no encierra 
nada invariable; [...] se halla al servicio de los intereses 
sociales; [...] esos intereses son contradictorios; [...] la moral 
posee, más que cualquier otra forma ideológica, un carácter de clase.

Sin embargo, ¿es que no existen reglas elementales de moral, 
elaboradas por el desarrollo de la humanidad en tanto que totalidad, 
y necesarias para la vida de la colectividad entera? Existen, sin 
duda; pero la virtud de su acción es extremadamente limitada e 
inestable. Las normas "universalmente válidas" son tanto menos 
actuantes cuanto más agudo es el carácter que toma la lucha de 
clases. La forma suprema de ésta es la guerra civil; ella provoca la 
explosión de todos los lazos morales entre las clases enemigas

En condiciones "normales", el hombre "normal" observa el mandamiento: 
"¡No matarás!"; si mata en condiciones excepcionales de legítima 
defensa, los jueces lo absuelven. Si, por el contrario, cae víctima 
de un asesino, éste será quien muera, por decisión del tribunal. La 
necesidad de tribunales, lo mismo que la de la legítima defensa, se 
desprende del antagonismo de intereses. En lo que concierne al 
Estado, éste se limita, en tiempo de paz, a legalizar la ejecución de 
individuos, para cambiar, en tiempo de guerra, el mandamiento 
"universalmente válido" ("¡no matarás!") en su contrario. Los 
gobiernos más "humanos" que, en tiempo de paz "odian" la guerra, 
convierten, en tiempo de guerra, en deber supremo de sus ejércitos el 
exterminio de la mayor parte posible de la humanidad.

Las supuestas reglas "generalmente reconocidas" de la moral conservan 
en el fondo un carácter algebraico, es decir, indeterminado. Expresan 
únicamente el hecho de que el hombre, en su conducta individual, se 
encuentra ligado por ciertas normas generales, que se desprenden de 
su pertenencia a una sociedad. El "imperativo categórico" de Kant es 
la más elevada generalización de esas normas. A despecho, sin 
embargo, de la alta situación que ocupa en el Olimpo de la filosofía, 
ese imperativo no encierra en sí absolutamente nada de categórico, 
puesto que no posee nada de concreto. Es una forma sin contenido.

La causa de la vacuidad de las normas universalmente validas se 
encuentra en el hecho de que en todas las cuestiones decisivas, los 
hombres sienten su pertenencia a una clase, mucho más profunda e 
inmediatamente que su pertenencia a una "sociedad". Las normas 
"universalmente validas" de la moral se cargan, en realidad, con un 
contenido de clase, es decir, antagónico. La norma moral se vuelve 
tanto más categórica cuanto menos "universal" es. La solidaridad 
obrera, sobre todo durante las huelgas o tras las barricadas, es 
infinitamente más "categórica" que la solidaridad humana en general.

La burguesía, que sobrepasa en mucho al proletariado por lo acabado e 
intransigente de su conciencia de clase, tiene un interés vital en 
imponer su moral a las clases explotadas. Precisamente por eso, las 
normas concretas del catecismo burgués se cubren con abstracciones 
morales que colocan bajo la égida de la religión, de la filosofía o 
de esa cosa híbrida que se llama "sentido común". El invocar las 
normas abstractas no es error filosófico desinteresado, sino un 
elemento necesario en la mecánica de la engañifa de clase. La 
divulgación de esa engañifa, que tiene tras de sí una tradición 
milenaria, es el primer deber del revolucionario proletario.

[...L]os más sinceros y también los más limitados de los moralistas 
pequeñoburgueses viven, todavía hoy, de los recuerdos idealizados del 
ayer y las esperanzas de un retorno a ese ayer. No comprenden que la 
moral es función de la lucha de clases; que la moral democrática 
correspondía a la época del capitalismo liberal progresista; que la 
exacerbación de la lucha de clases, que domina en la época reciente, 
ha destruido definitiva y completamente esa moral

[...]

[L]a democracia también ha tenido su historia, y en ella no han 
faltado horrores. Para caracterizar la burocracia soviética empleamos 
las expresiones: "thermidor", y "bonapartismo", de la historia de la 
democracia burguesa, ya que -y que los adoctrinadores retrasados del 
liberalismo tomen nota- la democracia no apareció de ningún modo por 
la virtud de medios democráticos. Sólo mentecatos  pueden contentarse 
con razonamientos sobre el bonapartismo, "hijo legítimo" del 
jacobinismo,  castigo histórico por los atentados cometidos contra la 
democracia, etc. Sin la destrucción del feudalismo por el método 
jacobino, la democracia  burguesa hubiera sido inconcebible. Es tan 
falso oponer a las etapas históricas concretas: jacobinismo, 
thermidor, bonapartismo, la abstracción idealizada de "democracia", 
como oponer el recién nacido al adulto.

[...]

La reacción social, en cualquiera de sus formas, se ve obligada a 
ocultar sus fines verdaderos. Mientras más brutal sea la transición 
de la revolución a la reacción, más depende la reacción de las 
tradiciones de la revolución; es decir, más teme a las masas y tanto 
más se ve forzada a recurrir a la mentira y a la falsificación, en la 
lucha contra los representantes de la revolución. [...] Toda reacción 
resucita, nutre, refuerza los elementos del pasado histórico sobre el 
que la revolución ha descargado un golpe sin haber logrado 
aniquilarlo. 

[...] Entre liberales y radicales no faltan gentes que han asimilado 
los métodos materialistas de interpretación de los acontecimientos y 
que se consideran marxistas. Eso no les impide, sin embargo, seguir 
siendo periodistas, profesores o políticos burgueses. El bolchevique 
no se concibe, naturalmente, sin método materialista, inclusive en el 
dominio de la moral. Pero ese método no sólo le sirve para 
interpretar los acontecimientos, sino para crear el partido 
revolucionario, el partido del proletariado. [...] El marxista 
revolucionario no podría abordar su misión histórica sin haber roto 
moralmente con la opinión pública de la burguesía y de sus agentes en 
el seno del proletariado. Tal cosa exige un arrojo moral de distinto 
calibre del que se necesita para gritar en las reuniones públicas: 
"¡Abajo Hitler! ¡Abajo Franco!" Precisamente esa ruptura decisiva, 
profundamente reflexionada, irrevocable entre los bolcheviques y la 
moral conservadora de la grande y también de la pequeña burguesía, es 
lo que causa un espanto mortal a los fraseadores demócratas, a los 
profetas de salón y héroes de corredor. De ahí sus lamentaciones 
sobre la "amoralidad" de los bolcheviques.

Su manera de identificar la moral burguesa con la moral "en 
general"se observa, sin duda, del mejor modo en la extrema izquierda 
de la pequeña burguesía [...]. Los centristas "admiten" la revolución 
proletaria como los kantianos admiten el imperativo categórico, es 
decir, como un principio sagrado, pero inaplicable en la vida de 
todos los días. En la esfera de la política práctica, se unen con los 
peores enemigos de la revolución, los reformistas stalinistas[...]. 
Todo su pensamiento está impregnado de duplicidad y de falsía. Si no 
llegan hasta crímenes enormes solo es porque siempre se quedan en el 
último plano de la política: son, en cierta forma, los carteristas de 
la historia. Precisamente por eso se consideran los llamados a 
regenerar el movimiento obrero por medio de una nueva moral. 

[...]

16.- Interdependencia dialéctica del fin y de los medios

El medio sólo puede ser justificado por el fin. Pero éste, a su vez, 
debe ser justificado. Desde el punto de vista del marxismo, que 
expresa los intereses históricos del proletariado, el fin está 
justificado si conduce al acrecentamiento del poder del hombre sobre 
la naturaleza y a la abolición del poder del hombre sobre el hombre.

¿Eso significa que para alcanzar tal fin todo está permitido? nos 
preguntará sarcásticamente el filisteo, revelando que no ha 
comprendido nada. Está permitido responderemos todo lo que conduce 
realmente a la liberación de la humanidad. Y puesto que este fin sólo 
puede alcanzarse por caminos revolucionarios, la moral emancipadora 
del proletariado posee indispensablemente un carácter 
revolucionario. Se opone irreductiblemente no sólo a los dogmas de la 
religión, sino también a los fetiches idealistas de toda especie, 
gendarmes filosóficos de la clase dominante. Deduce las reglas de la 
conducta de las leyes del desarrollo de la humanidad, y por 
consiguiente, ante todo, de la lucha de clases, ley de leyes.

¿Eso significa, a pesar de todo, que en la lucha  de clases contra el 
capitalismo todos los medios están permitidos: la mentira, la 
falsificación, la traición, el asesinato, etc.? insiste todavía el 
moralista. Sólo son admisibles y obligatorios le responderemos los 
medios que acrecen la cohesión revolucionaria del proletariado, 
inflaman su alma con un odio implacable por la opresión, le enseñan a 
despreciar la moral oficial y a sus súbditos demócratas, le impregnan 
con la conciencia de su misión histórica, aumentan su bravura y su 
abnegación en la lucha. Precisamente de eso se desprende que no todos 
los medios son permitidos. Cuando decimos que el fin justifica los 
medios, resulta para nosotros la conclusión de que el gran fin 
revolucionario rechaza, en cuanto medios, todos los procedimientos y 
métodos indignos que alzan a una parte de la clase obrera contra las 
otras; o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio 
concurso; o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y 
en su organización, sustituyendo tal cosa por la adoración de los 
"jefes". Por encima de todo, irreductiblemente, la moral 
revolucionaria condena el servilismo para con la burguesía y la 
altanería para con los trabajadores, es decir, uno de los rasgos más 
hondos de la mentalidad de los pedantes y moralistas 
pequeñoburgueses.

Esos criterios no dicen, naturalmente, lo que es permitido y lo que 
es inadmisible en cada caso dado. Semejantes respuestas automáticas 
no pueden existir. Los problemas de la moral revolucionaria se 
confunden con los problemas de la estrategia y de la táctica 
revolucionarias. Respuesta correcta a esos problemas, únicamente 
puede encontrarse en la experiencia viva del movimiento, a la luz de 
la teoría.

El materialismo dialéctico desconoce el dualismo de medios y fines. 
El fin se deduce naturalmente del movimiento histórico mismo. Los 
medios están orgánicamente subordinados al fin. El fin inmediato se 
convierte en medio del fin ulterior. En su drama, Franz von 
Sickingen, Ferdinand Lassalle pone las palabras siguientes en boca de 
uno de sus personajes:

No muestres sólo el fin, muestra también la ruta,
Pues el fin y el camino tan unidos se hallan
Que uno en otro se cambian,
Y cada nueva ruta descubre nuevo fin.

Los versos de Lassalle son muy imperfectos. Lo que es peor aun, en la 
política práctica, Lassalle se separó de la regla enunciada por él; 
baste recordar que llegó hasta negociaciones secretas con Bismark.

La interdependencia del fin y de los medios, sin embargo, está 
expresada, en el caso de los versos reproducidos, de modo enteramente 
exacto. Es preciso sembrar un grano de trigo para cosechar una espiga 
de trigo.

¿El terrorismo individual, por ejemplo, es o no admisible, desde el 
punto de vista de la "moral pura"? En esta forma abstracta, la 
cuestión, para nosotros, carece de sentido. Los burgueses 
conservadores suizos, hoy todavía, conceden honores oficiales al 
terrorista Guillermo Tell. Nosotros simpatizamos enteramente con el 
bando de los terroristas irlandeses, rusos, polacos, hindúes, en su 
lucha contra la opresión nacional y política [...]. Sin embargo, lo 
que decide para nosotros no son los móviles subjetivos, sino la 
adecuación objetiva. ¿Ese medio puede conducir realmente a fin? En el 
caso del terror individual, la teoría y la experiencia atestiguan que 
no. Nosotros decimos al terrorista: es imposible reemplazar a las 
masas; solo dentro de un movimiento de masas podrás emplear útilmente 
tu heroísmo. Sin embargo, en condiciones de guerra civil, el 
asesinato de ciertos opresores cesa de ser un acto de terrorismo 
individual. Si, por ejemplo, un revolucionario hubiese hecho saltar 
al general Franco y a su Estado Mayor, es dudoso que semejante acto 
hubiera provocado una indignación moral, aun entre los eunucos de la 
democracia. En tiempo de guerra civil, un acto de ese género seria 
hasta políticamente útil. Así aun en la cuestión más aguda -el 
asesinato del hombre por el hombre- los absolutos morales resultan 
enteramente inoperantes. La apreciación moral, lo mismo que la 
apreciación política, se desprende de las necesidades internas de la 
lucha.

La emancipación de los trabajadores solo puede ser obra de los 
trabajadores mismos. Por eso no hay mayor crimen que engañar a las 
masas, que hacer pasar las derrotas por victorias, a los amigos por 
enemigos, que corromper a los jefes, que fabricar leyendas, que 
montar procesos falsos, en una palabra, que hacer lo que hacen los 
stalinistas. Esos medios solo pueden servir un único fin: el de 
prolongar la dominación de una pandilla, condenada ya por la 
historia. No pueden servir, sin embargo, para la emancipación de las 
masas[...]

Las masas, naturalmente, no carecen de pecado. La idealización de las 
masas nos es extraña. Las hemos visto en circunstancias variadas, en 
diversas etapas, en medio de los mas grandes sacudimientos políticos. 
Hemos observado su lado fuerte y su lado débil. El fuerte, la 
decisión, la abnegación, el heroísmo, encontraron siempre su 
expresi6n mas alta en los periodos de ascenso de la resolución. En 
aquellos momentos, los bolcheviques estuvieron a la cabeza de las 
masas. Otro capitulo de la historia se abrió en seguida, cuando se 
revelaron los lados débiles de los oprimidos: heterogeneidad, falta 
de cultura, horizontes limitados. Fatigadas, distendidas, 
desilusionadas, las masas perdieron confianza en ellas mismas y 
cedieron su sitio a una nueva aristocracia. En este periodo los 
bolcheviques (los "trotskistas") se hallaron aislados de las masas.

Prácticamente, hemos recorrido dos de esos grandes ciclos históricos: 
1897-1905, años de ascenso; 1907-1913, anos de reflujo; 1917-1923, 
anos de ascenso, sin precedente en la historia; después, un nuevo 
periodo de reacci6n, que todavía hoy no ha terminado. De esos grandes 
acontecimientos, los "trotskistas" han aprendido el ritmo de la 
historia; en otros términos, la dialéctica de la lucha de clases. Han 
aprendido-y parece, hasta cierto grado, que han acertado a subordinar 
a ese ritmo objetivo sus planes y sus programas subjetivos. Han 
aprendido a no desesperar porque las leyes de la historia no dependen 
de nuestros gustos individuales o no se someten a nuestros criterios 
morales. Han aprendido a subordinar sus gustos individuales a las 
leyes de la historia. Han aprendido a no temer ni a los enemigos más 
poderosos si su poder se halla en contradicción con las necesidades 
del desenvolvimiento histórico. Saben nadar contra la corriente, con 
la honda convicción de que el nuevo flujo histórico de poderoso 
impulso los llevará hasta la orilla. No todos arribarán: muchos se 
ahogarán. Pero tomar parte en ese movimiento con los ojos abiertos y 
con la voluntad tensa ¡sólo eso puede dispensar la satisfacción moral 
suprema dable a un ser pensante!

Coyoacán, 16 de febrero de 1938.

P. S.  ESCRIBÍA ESTAS PAGINAS SIN SABER QUE DURANTE ESOS DÍAS MI HIJO 
LUCHABA CON LA MUERTE. DEDICO A SU MEMORIA ESTE CORTO TRABAJO QUE 
ASÍ LO ESPERO HABRÍA CONSEGUIDO SU APROBACIÓN: PORQUE LEÓN SEDOV 
ERA UN REVOLUCIONARIO AUTÉNTICO Y DESPRECIABA A LOS FARISEOS.


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Néstor Miguel Gorojovsky
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
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