[R-P] El moralismo
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Ago 29 10:52:27 MDT 2007
[La Argentina está atravesada por una ola de moralismo. Hay quienes
levantan actas morales contra Kirchner por avasallar las libertades
públicas, o por entregar las riquezas del subsuelo, hay quienes
levantan actas morales contra Telerman por no haberse dejado degollar
junto con Ibarra, hay moralismo por todos lados y para todos los
gustos. En ese clima, se me ocurrió que algunos párrafos extractados
de un viejo artículo podían servir. Lanzo al ruedo unos extractos de
"Su moral y la nuestra", escrito por León Trotsky en 1938]
En épocas de reacción triunfante, los señores demócratas,
socialdemócratas, anarquistas y otros representantes de la izquierda
se ponen a desprender, en doble cantidad, emanaciones de moral, del
mismo modo que transpiran doblemente las gentes cuando tienen miedo.
Al repetir, a su manera, los Diez Mandamientos o el Sermón de la
Montaña, esos moralistas se dirigen no tanto a la reacción triunfante
cuanto a los revolucionarios perseguidos por ella, quienes, con sus
"excesos" y con sus principios "amorales" "provocan" a la reacción y
le proporcionan una justificación moral. Hay, sin embargo, un medio
tan sencillo y seguro de evitar la reacción: el esfuerzo interior; la
regeneración moral. En todas las redacciones interesadas se
distribuyen. gratuitamente muestras de perfección ética.
La base de clase de esta prédica falsa y ampulosa la constituye la
pequeña burguesía intelectual. La base política son la impotencia y
la desesperación ante la ofensiva reaccionaria. La base psicológica
se halla en el deseo de superar el sentimiento de la propia
inconsistencia, disfrazándose con una barba postiza de profeta.
Hitler y Mussolini, utilizando un método enteramente semejante,
demuestran que liberalismo, democracia y bolchevismo sólo son
distintas manifestaciones de un solo y mismo mal. La idea de que
stalinismo y trotskismo son "en el fondo" idénticos, encuentra hoy la
más amplia aceptación. Reúne en su rededor a liberales, demócratas,
píos católicos, idealistas, pragmatistas, anarquistas y fascistas. Si
los stalinistas no están en posibilidad de unirse a ese "frente
popular", sólo es porque por casualidad se hallan ocupados en
exterminar a los trotskistas.
El rasgo fundamental de esas asimilaciones e identificaciones lo
constituye el ignorar completamente la base material de las diversas
tendencias, es decir, su naturaleza de clase, y por eso mismo su
papel histórico objetivo. En lugar de eso, se valoran y clasifican
las distintas tendencias según cualquier indicio exterior y
secundario; lo más a menudo, según su actitud frente a tal o cual
principio abstracto, que para el clasificador dado tiene un valor
profesional muy particular. Así, para el papa romano, los
francmasones, los darwinistas, los marxistas y los anarquistas son
gemelos, puesto que todos por igual niegan sacrílegamente la
Inmaculada Concepción. Para Hitler, liberalismo y marxismo son
gemelos, puesto que ignoran "la sangre y el honor". Para los
demócratas son el fascismo y el bolchevismo los gemelos, puesto que
no se inclinan ante el sufragio universal. Etc., etc..
Los rasgos comunes a las tendencias así comparadas son innegables.
La realidad, sin embargo, es que el desarrollo de la especie humana
no se agota ni con el sufragio universal, ni con "la sangre y el
honor", ni con el dogma de la Inmaculada Concepción. El proceso
histórico es, ante todo, lucha de clases y acontece que clases
diferentes, en nombre de finalidades diferentes, usen medios
análogos. En el fondo, no podría ser de otro modo. Los ejércitos
beligerantes son siempre más o menos simétricos y si no hubiera nada
de común en sus métodos de lucha, no podrían lanzarse ataques uno al
otro.
El campesino o el tendero rudos, si se encuentran entre dos fuegos,
sin comprender ni el origen ni el sentido de la pugna entre
proletariado y burguesía, tendrán igual odio para los dos campos en
lucha; y ¿qué son todos esos moralistas demócratas? Los ideólogos de
las capas medias, caídas o temerosas de caer entre dos fuegos. Los
principales rasgos de los profetas de ese género son su alejamiento
de los grandes movimientos históricos, el conservatismo petrificado
de su pensamiento, la satisfacción de sí, en la propia mediocridad y
la cobardía política más primitiva. Los moralistas quieren, ante
todo, que la historia los deje en paz; con sus libritos, sus
revistillas, sus suscriptores, el sentido común y las normas morales.
Pero la historia no los deja en paz. Tan pronto de izquierda como de
derecha, les dan de empellones. Indudablemente, revolución y
reacción, zarismo y bolchevismo, comunismo y fascismo, stalinismo y
trotskismo son todos gemelos. Que quien lo dude se tome la pena de
palpar, en el cráneo de los moralistas, las protuberancias simétricas
de derecha e izquierda.
2.- Amoralidad marxista y verdades eternas
[...]
Si quisiéramos tomar en serio a nuestros señores censores deberíamos
preguntarles, ante todo, cuáles son sus principios de moral. He aquí
una cuestión a la cual sería dudoso que recibiéramos respuesta.
Admitamos, en efecto, que ni la finalidad personal ni la finalidad
social puedan justificar los medios. Será menester entonces buscar
otros criterios fuera de la sociedad, tal como la historia la ha
hecho, y fuera de las finalidades que suscita su desarrollo. ¿En
dónde? Si no es en la tierra, habrá de ser en los cielos. Los
sacerdotes han descubierto, desde tiempo atrás, criterios infalibles
de moral en la revelación divina. Los padrecitos laicos hablan de las
verdades eternas de la moral, sin indicar su fuente primera. Tenemos,
sin embargo, derecho de concluir diciendo: si esas verdades son
eternas, debieron existir no sólo antes de la aparición del
pitecántropo sobre la tierra, sino aun antes de 1a formación del
sistema solar. En realidad, ¿de dónde vienen exactamente? Sin Dios,
la teoría de la moral eterna no puede tenerse en pie.
Los moralistas de tipo anglosajón, en la medida en que no se
contentan, gracias a su utilitarismo racionalista, con la ética del
tenedor de libros burgués, resultan discípulo conscientes o
inconscientes del vizconde de Shaftesbury, quien ¡a principios del
siglo XVIII! deducía los juicios morales de un "sentido moral"
particular, dado por decirlo así de una vez para siempre al hombre.
Situada por encima de las clases, la moral conduce inevitablemente a
la aceptación de una substancia particular, de un "sentido moral", de
una "conciencia", como un absoluto especial, que no es más que un
cobarde seudónimo filosófico de Dios. La moral independiente de los
"fines", es decir, de la sociedad, ya se la deduzca de la verdad
eterna, ya de la "naturaleza humana", sólo es, en resumidas cuentas,
una forma de "teología natural". Los cielos siguen siendo la única
posición fortificada para las operaciones militares contra el
materialismo dialéctica.
[...]
El idealismo filosófico clásico, en la proporción en que tendió, en
su época, a secularizar la moral, es decir, a emanciparla de 1a
sanción religiosa, fue un enorme paso hacia adelante (Hegel). Pero
una vez desprendida de los cielos, la moral tuvo necesidad de raíces
terrestres. El descubrimiento de esas raíces fue una de las tareas
del materialismo. Después de Shaftesbury, Darwin; después de Hegel,
Marx. Invocar hoy las "verdades eternas" de la moral es tratar de
hacer que la rueda dé vueltas al revés. El idealismo filosófico sólo
es una etapa: de la religión al materialismo o, por el contrario, del
materialismo a la religión.
[...]
4.- Jesuitismo y utilitarismo
[...C]uánta ignorancia y cuánta cortedad se necesitan para tomar en
serio la oposición entre el principio "jesuítico" ("el fin justifica
los medios"), y el otro, inspirado por supuesto en una moral más
elevada, según el cual cada "medio" lleva su pequeño marbete moral,
lo mismo que 1as mercancías en los almacenes de precio fijo. Es
notable que el sentido común del filisteo anglosajón consiga
indignarse contra el principio "jesuítico", mientras él mismo se
inspira en la moral del utilitarismo, tan característico de la
filosofía británica. Sin embargo, el criterio de Bentham, John Mill
"la mayor felicidad posible para el mayor número posible"
significa: morales son los medios que conducen al bien general, fin
supremo. Bajo su enunciado filosófico general, el utilitarismo
anglosajón coincide así plenamente con el principio "jesuítico": "el
fin justifica los medios". El empirismo como vemos existe en este
mundo para libertar a las gentes de la necesidad de juntar los dos
cabos del razonamiento.
Herbert Spencer, a cuyo empirismo Darwin había inoculado la idea de
"evolución" del mismo modo que se vacuna contra la viruela, enseñaba
que en el dominio de la moral, la evolución parte de las
"sensaciones", para llegar hasta las "ideas". Las sensaciones imponen
criterios de satisfacción inmediata, mientras que las ideas permiten
guiarse conforme a un criterio de satisfacción futura, más durable y
más elevada. El criterio de la moral es así, aquí también, la
"satisfacción" o la "felicidad". Pero el contenido de este criterio
se ensancha y profundiza según el nivel de la "evolución". Así, hasta
Herbert Spencer, por los métodos de su utilitarismo "evolucionista"
ha mostrado que el principio: "el fin justifica los medios" no
encierra, en sí mismo, nada inmoral.
Sería, sin embargo, ingenuo esperar de este "principio" abstracto una
respuesta a la cuestión práctica: ¿Qué se puede y qué no se puede
hacer? Además, el principio: "el fin justifica los medios" suscita
naturalmente la cuestión: ¿Y qué justifica el fin? En la vida
práctica, como en el movimiento de la historia, el fin y el medio
cambian sin cesar de sitio. La máquina en construcción es el "fin" de
la producción, para convertirse, una vez instalada en una fábrica, en
un "medio", de esa producción. La democracia es, en ciertas épocas,
el "fin" de la lucha de clases, para cambiarse después en su "medio".
Sin encerrar en sí nada inmoral, el principio atribuido a los
jesuitas no resuelve, sin embargo, el problema de la moral.
[...] La moral sólo es una de las funciones ideológicas de [la lucha
de clases]. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y la
acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen
esos fines. Tal es la función principal de la moral social. Persigue
"la mayor felicidad posible", no para la mayoría, sino para una
exigua minoría, por lo demás, sin cesar decreciente. Un régimen
semejante no podría mantenerse ni una semana por la sola coacción.
Tiene necesidad del cemento de la moral. La elaboración de ese
cemento constituye la profesión de teóricos y moralistas
pequeñoburgueses. Que manipulen todos los colores del arco iris; a
pesar de ello siguen siendo, en resumidas cuentas, los apóstoles de
la esclavitud y de la sumisión.
5.- "Reglas morales universalmente válidas"
[...L]a moral es producto del desarrollo social; [...] no encierra
nada invariable; [...] se halla al servicio de los intereses
sociales; [...] esos intereses son contradictorios; [...] la moral
posee, más que cualquier otra forma ideológica, un carácter de clase.
Sin embargo, ¿es que no existen reglas elementales de moral,
elaboradas por el desarrollo de la humanidad en tanto que totalidad,
y necesarias para la vida de la colectividad entera? Existen, sin
duda; pero la virtud de su acción es extremadamente limitada e
inestable. Las normas "universalmente válidas" son tanto menos
actuantes cuanto más agudo es el carácter que toma la lucha de
clases. La forma suprema de ésta es la guerra civil; ella provoca la
explosión de todos los lazos morales entre las clases enemigas
En condiciones "normales", el hombre "normal" observa el mandamiento:
"¡No matarás!"; si mata en condiciones excepcionales de legítima
defensa, los jueces lo absuelven. Si, por el contrario, cae víctima
de un asesino, éste será quien muera, por decisión del tribunal. La
necesidad de tribunales, lo mismo que la de la legítima defensa, se
desprende del antagonismo de intereses. En lo que concierne al
Estado, éste se limita, en tiempo de paz, a legalizar la ejecución de
individuos, para cambiar, en tiempo de guerra, el mandamiento
"universalmente válido" ("¡no matarás!") en su contrario. Los
gobiernos más "humanos" que, en tiempo de paz "odian" la guerra,
convierten, en tiempo de guerra, en deber supremo de sus ejércitos el
exterminio de la mayor parte posible de la humanidad.
Las supuestas reglas "generalmente reconocidas" de la moral conservan
en el fondo un carácter algebraico, es decir, indeterminado. Expresan
únicamente el hecho de que el hombre, en su conducta individual, se
encuentra ligado por ciertas normas generales, que se desprenden de
su pertenencia a una sociedad. El "imperativo categórico" de Kant es
la más elevada generalización de esas normas. A despecho, sin
embargo, de la alta situación que ocupa en el Olimpo de la filosofía,
ese imperativo no encierra en sí absolutamente nada de categórico,
puesto que no posee nada de concreto. Es una forma sin contenido.
La causa de la vacuidad de las normas universalmente validas se
encuentra en el hecho de que en todas las cuestiones decisivas, los
hombres sienten su pertenencia a una clase, mucho más profunda e
inmediatamente que su pertenencia a una "sociedad". Las normas
"universalmente validas" de la moral se cargan, en realidad, con un
contenido de clase, es decir, antagónico. La norma moral se vuelve
tanto más categórica cuanto menos "universal" es. La solidaridad
obrera, sobre todo durante las huelgas o tras las barricadas, es
infinitamente más "categórica" que la solidaridad humana en general.
La burguesía, que sobrepasa en mucho al proletariado por lo acabado e
intransigente de su conciencia de clase, tiene un interés vital en
imponer su moral a las clases explotadas. Precisamente por eso, las
normas concretas del catecismo burgués se cubren con abstracciones
morales que colocan bajo la égida de la religión, de la filosofía o
de esa cosa híbrida que se llama "sentido común". El invocar las
normas abstractas no es error filosófico desinteresado, sino un
elemento necesario en la mecánica de la engañifa de clase. La
divulgación de esa engañifa, que tiene tras de sí una tradición
milenaria, es el primer deber del revolucionario proletario.
[...L]os más sinceros y también los más limitados de los moralistas
pequeñoburgueses viven, todavía hoy, de los recuerdos idealizados del
ayer y las esperanzas de un retorno a ese ayer. No comprenden que la
moral es función de la lucha de clases; que la moral democrática
correspondía a la época del capitalismo liberal progresista; que la
exacerbación de la lucha de clases, que domina en la época reciente,
ha destruido definitiva y completamente esa moral
[...]
[L]a democracia también ha tenido su historia, y en ella no han
faltado horrores. Para caracterizar la burocracia soviética empleamos
las expresiones: "thermidor", y "bonapartismo", de la historia de la
democracia burguesa, ya que -y que los adoctrinadores retrasados del
liberalismo tomen nota- la democracia no apareció de ningún modo por
la virtud de medios democráticos. Sólo mentecatos pueden contentarse
con razonamientos sobre el bonapartismo, "hijo legítimo" del
jacobinismo, castigo histórico por los atentados cometidos contra la
democracia, etc. Sin la destrucción del feudalismo por el método
jacobino, la democracia burguesa hubiera sido inconcebible. Es tan
falso oponer a las etapas históricas concretas: jacobinismo,
thermidor, bonapartismo, la abstracción idealizada de "democracia",
como oponer el recién nacido al adulto.
[...]
La reacción social, en cualquiera de sus formas, se ve obligada a
ocultar sus fines verdaderos. Mientras más brutal sea la transición
de la revolución a la reacción, más depende la reacción de las
tradiciones de la revolución; es decir, más teme a las masas y tanto
más se ve forzada a recurrir a la mentira y a la falsificación, en la
lucha contra los representantes de la revolución. [...] Toda reacción
resucita, nutre, refuerza los elementos del pasado histórico sobre el
que la revolución ha descargado un golpe sin haber logrado
aniquilarlo.
[...] Entre liberales y radicales no faltan gentes que han asimilado
los métodos materialistas de interpretación de los acontecimientos y
que se consideran marxistas. Eso no les impide, sin embargo, seguir
siendo periodistas, profesores o políticos burgueses. El bolchevique
no se concibe, naturalmente, sin método materialista, inclusive en el
dominio de la moral. Pero ese método no sólo le sirve para
interpretar los acontecimientos, sino para crear el partido
revolucionario, el partido del proletariado. [...] El marxista
revolucionario no podría abordar su misión histórica sin haber roto
moralmente con la opinión pública de la burguesía y de sus agentes en
el seno del proletariado. Tal cosa exige un arrojo moral de distinto
calibre del que se necesita para gritar en las reuniones públicas:
"¡Abajo Hitler! ¡Abajo Franco!" Precisamente esa ruptura decisiva,
profundamente reflexionada, irrevocable entre los bolcheviques y la
moral conservadora de la grande y también de la pequeña burguesía, es
lo que causa un espanto mortal a los fraseadores demócratas, a los
profetas de salón y héroes de corredor. De ahí sus lamentaciones
sobre la "amoralidad" de los bolcheviques.
Su manera de identificar la moral burguesa con la moral "en
general"se observa, sin duda, del mejor modo en la extrema izquierda
de la pequeña burguesía [...]. Los centristas "admiten" la revolución
proletaria como los kantianos admiten el imperativo categórico, es
decir, como un principio sagrado, pero inaplicable en la vida de
todos los días. En la esfera de la política práctica, se unen con los
peores enemigos de la revolución, los reformistas stalinistas[...].
Todo su pensamiento está impregnado de duplicidad y de falsía. Si no
llegan hasta crímenes enormes solo es porque siempre se quedan en el
último plano de la política: son, en cierta forma, los carteristas de
la historia. Precisamente por eso se consideran los llamados a
regenerar el movimiento obrero por medio de una nueva moral.
[...]
16.- Interdependencia dialéctica del fin y de los medios
El medio sólo puede ser justificado por el fin. Pero éste, a su vez,
debe ser justificado. Desde el punto de vista del marxismo, que
expresa los intereses históricos del proletariado, el fin está
justificado si conduce al acrecentamiento del poder del hombre sobre
la naturaleza y a la abolición del poder del hombre sobre el hombre.
¿Eso significa que para alcanzar tal fin todo está permitido? nos
preguntará sarcásticamente el filisteo, revelando que no ha
comprendido nada. Está permitido responderemos todo lo que conduce
realmente a la liberación de la humanidad. Y puesto que este fin sólo
puede alcanzarse por caminos revolucionarios, la moral emancipadora
del proletariado posee indispensablemente un carácter
revolucionario. Se opone irreductiblemente no sólo a los dogmas de la
religión, sino también a los fetiches idealistas de toda especie,
gendarmes filosóficos de la clase dominante. Deduce las reglas de la
conducta de las leyes del desarrollo de la humanidad, y por
consiguiente, ante todo, de la lucha de clases, ley de leyes.
¿Eso significa, a pesar de todo, que en la lucha de clases contra el
capitalismo todos los medios están permitidos: la mentira, la
falsificación, la traición, el asesinato, etc.? insiste todavía el
moralista. Sólo son admisibles y obligatorios le responderemos los
medios que acrecen la cohesión revolucionaria del proletariado,
inflaman su alma con un odio implacable por la opresión, le enseñan a
despreciar la moral oficial y a sus súbditos demócratas, le impregnan
con la conciencia de su misión histórica, aumentan su bravura y su
abnegación en la lucha. Precisamente de eso se desprende que no todos
los medios son permitidos. Cuando decimos que el fin justifica los
medios, resulta para nosotros la conclusión de que el gran fin
revolucionario rechaza, en cuanto medios, todos los procedimientos y
métodos indignos que alzan a una parte de la clase obrera contra las
otras; o que intentan hacer la dicha de las demás sin su propio
concurso; o que reducen la confianza de las masas en ellas mismas y
en su organización, sustituyendo tal cosa por la adoración de los
"jefes". Por encima de todo, irreductiblemente, la moral
revolucionaria condena el servilismo para con la burguesía y la
altanería para con los trabajadores, es decir, uno de los rasgos más
hondos de la mentalidad de los pedantes y moralistas
pequeñoburgueses.
Esos criterios no dicen, naturalmente, lo que es permitido y lo que
es inadmisible en cada caso dado. Semejantes respuestas automáticas
no pueden existir. Los problemas de la moral revolucionaria se
confunden con los problemas de la estrategia y de la táctica
revolucionarias. Respuesta correcta a esos problemas, únicamente
puede encontrarse en la experiencia viva del movimiento, a la luz de
la teoría.
El materialismo dialéctico desconoce el dualismo de medios y fines.
El fin se deduce naturalmente del movimiento histórico mismo. Los
medios están orgánicamente subordinados al fin. El fin inmediato se
convierte en medio del fin ulterior. En su drama, Franz von
Sickingen, Ferdinand Lassalle pone las palabras siguientes en boca de
uno de sus personajes:
No muestres sólo el fin, muestra también la ruta,
Pues el fin y el camino tan unidos se hallan
Que uno en otro se cambian,
Y cada nueva ruta descubre nuevo fin.
Los versos de Lassalle son muy imperfectos. Lo que es peor aun, en la
política práctica, Lassalle se separó de la regla enunciada por él;
baste recordar que llegó hasta negociaciones secretas con Bismark.
La interdependencia del fin y de los medios, sin embargo, está
expresada, en el caso de los versos reproducidos, de modo enteramente
exacto. Es preciso sembrar un grano de trigo para cosechar una espiga
de trigo.
¿El terrorismo individual, por ejemplo, es o no admisible, desde el
punto de vista de la "moral pura"? En esta forma abstracta, la
cuestión, para nosotros, carece de sentido. Los burgueses
conservadores suizos, hoy todavía, conceden honores oficiales al
terrorista Guillermo Tell. Nosotros simpatizamos enteramente con el
bando de los terroristas irlandeses, rusos, polacos, hindúes, en su
lucha contra la opresión nacional y política [...]. Sin embargo, lo
que decide para nosotros no son los móviles subjetivos, sino la
adecuación objetiva. ¿Ese medio puede conducir realmente a fin? En el
caso del terror individual, la teoría y la experiencia atestiguan que
no. Nosotros decimos al terrorista: es imposible reemplazar a las
masas; solo dentro de un movimiento de masas podrás emplear útilmente
tu heroísmo. Sin embargo, en condiciones de guerra civil, el
asesinato de ciertos opresores cesa de ser un acto de terrorismo
individual. Si, por ejemplo, un revolucionario hubiese hecho saltar
al general Franco y a su Estado Mayor, es dudoso que semejante acto
hubiera provocado una indignación moral, aun entre los eunucos de la
democracia. En tiempo de guerra civil, un acto de ese género seria
hasta políticamente útil. Así aun en la cuestión más aguda -el
asesinato del hombre por el hombre- los absolutos morales resultan
enteramente inoperantes. La apreciación moral, lo mismo que la
apreciación política, se desprende de las necesidades internas de la
lucha.
La emancipación de los trabajadores solo puede ser obra de los
trabajadores mismos. Por eso no hay mayor crimen que engañar a las
masas, que hacer pasar las derrotas por victorias, a los amigos por
enemigos, que corromper a los jefes, que fabricar leyendas, que
montar procesos falsos, en una palabra, que hacer lo que hacen los
stalinistas. Esos medios solo pueden servir un único fin: el de
prolongar la dominación de una pandilla, condenada ya por la
historia. No pueden servir, sin embargo, para la emancipación de las
masas[...]
Las masas, naturalmente, no carecen de pecado. La idealización de las
masas nos es extraña. Las hemos visto en circunstancias variadas, en
diversas etapas, en medio de los mas grandes sacudimientos políticos.
Hemos observado su lado fuerte y su lado débil. El fuerte, la
decisión, la abnegación, el heroísmo, encontraron siempre su
expresi6n mas alta en los periodos de ascenso de la resolución. En
aquellos momentos, los bolcheviques estuvieron a la cabeza de las
masas. Otro capitulo de la historia se abrió en seguida, cuando se
revelaron los lados débiles de los oprimidos: heterogeneidad, falta
de cultura, horizontes limitados. Fatigadas, distendidas,
desilusionadas, las masas perdieron confianza en ellas mismas y
cedieron su sitio a una nueva aristocracia. En este periodo los
bolcheviques (los "trotskistas") se hallaron aislados de las masas.
Prácticamente, hemos recorrido dos de esos grandes ciclos históricos:
1897-1905, años de ascenso; 1907-1913, anos de reflujo; 1917-1923,
anos de ascenso, sin precedente en la historia; después, un nuevo
periodo de reacci6n, que todavía hoy no ha terminado. De esos grandes
acontecimientos, los "trotskistas" han aprendido el ritmo de la
historia; en otros términos, la dialéctica de la lucha de clases. Han
aprendido-y parece, hasta cierto grado, que han acertado a subordinar
a ese ritmo objetivo sus planes y sus programas subjetivos. Han
aprendido a no desesperar porque las leyes de la historia no dependen
de nuestros gustos individuales o no se someten a nuestros criterios
morales. Han aprendido a subordinar sus gustos individuales a las
leyes de la historia. Han aprendido a no temer ni a los enemigos más
poderosos si su poder se halla en contradicción con las necesidades
del desenvolvimiento histórico. Saben nadar contra la corriente, con
la honda convicción de que el nuevo flujo histórico de poderoso
impulso los llevará hasta la orilla. No todos arribarán: muchos se
ahogarán. Pero tomar parte en ese movimiento con los ojos abiertos y
con la voluntad tensa ¡sólo eso puede dispensar la satisfacción moral
suprema dable a un ser pensante!
Coyoacán, 16 de febrero de 1938.
P. S. ESCRIBÍA ESTAS PAGINAS SIN SABER QUE DURANTE ESOS DÍAS MI HIJO
LUCHABA CON LA MUERTE. DEDICO A SU MEMORIA ESTE CORTO TRABAJO QUE
ASÍ LO ESPERO HABRÍA CONSEGUIDO SU APROBACIÓN: PORQUE LEÓN SEDOV
ERA UN REVOLUCIONARIO AUTÉNTICO Y DESPRECIABA A LOS FARISEOS.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
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