[R-P] Respuesta a MI RESPUESTA (1ª de 19 partes)

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Mie Ago 29 01:16:42 MDT 2007



> Sé que los compañeros Lizardo Sánchez y Roberto
 Bardini tienen un fuerte vínculo con el colistero al
cual hago referencia en anterior mail, motivo por el
cual no me sorprende que traten de presentarme a mi
como el malo de la película.

> Lo que ocurre es que contrariando
el dicho popular, sus amigos no tienen porqué ser
necesariamente los míos.


LA HISTORIA ME ABSORBERÁ
Respuesta a MI RESPUESTA, del Lic. Alberto Franzoia

[Primera parte de 19 siguientes partes...

... que -desde ya le informo, muy brevemente- están más o
menos pensadas, medio elaboradas y casi-casi terminadas.
Pero que en el transcurso de los envíos pueden ser
repensadas, reelaboradas y transformadas en un texto
abierto e interactivo, como una Wikipedia Interminable, La
Historia Sin Fin, Gran Hermano, Bailando por un Sueño o La
Decadencia de Occidente pero bastante más lúdica, hasta un
poco divertida, para despabilarse un rato luego del
esfuerzo que requiere estar informado día a día acerca de
Nuestramérica, Eurasia, Putin, PdVSA, CFK, Botnia, la
reelección en Venezuela, la Fundación Ford, la gorda
Carrió, la gorda del Mindef y alguna que otra cachiporra]


Compañero Alberto Franzoia:

Por favor, nadie quiere presentarlo como “el malo de la
película”. Ya le dije alguna vez que estamos del mismo lado
de la trinchera, aunque a veces reciba algún codazo en las
costillas. Es nomás como cuando se viaja en colectivo o en
subte, lleno de pasajeros, de pie y apretados, y uno tiene
hacerse un lugarcito.

Me demoré en contestarle, incluso, para meditar un poco mi
respuesta y no cometer exabruptos.

A pesar de que nuestros amigos no tienen que ser de prepo
sus amigos, como usted bien dice, verá que en algún momento
de nuestras vidas tuvimos al menos dos compañeros comunes,
aunque fueron poco comunes compañeros. Después veremos si
“los compañeros de mis compañeros”... etcétera. Los hombres
portamos un par de ellos, que son compañeros pero no son
amigos ni se hablan. Con la gente a veces pasa igual.

* * * * *

¿Usted es de La Plata? ¿Viaja en tren? Ya es un buen punto
de partida. Es como viajar en RP con algún codazo no letal.

En diciembre de 1973 yo tenía 25 años recién cumplidos y
viajaba casi todos los días en subte y en tren, ida y
vuelta en el mismo día. En ese mes de aquel año debía
rendir la última materia en la Escuela Superior de
Periodismo, precisamente en La Plata. Aunque desde los 21
estudiaba Sociología en Buenos Aires y trabajaba como
reportero free lance en el semanario sensacionalista “Así”,
pensaba que no me vendría mal el título de “licenciado en
ciencias de la información”. Y si cursaba dos años más,
sería “licenciado en ciencias de la comunicación”.

Pero el hombre propone y la historia dispone.

En aquel diciembre de 1973 yo había tomado distancia de la
secta trotskista y ultraizquierdista en la que militaba sin
excesivo entusiasmo y surgió la posibilidad de viajar a
Brasil. Se trataba de convivir durante tres meses con unos
contrabandistas de piedras semipreciosas (amatistas y
topacios) de Río Grande do Sul. Imaginé una buena serie de
crónicas, decidí rendir la última materia en marzo de 1974,
hice el bolso y me tomé un avión a Porto Alegre. 

En esa época empezaba a ganarme la vida también como
guionista de historietas. Me había convencido de hacerlo un
subcomisario de la Policía Federal, Juan Eugenio Zappietro,
que trabajaba en Protocolo y Relaciones Públicas, y además
era director de la revista del Círculo Policial, cronista
deportivo, poeta, novelista, dramaturgo, escritor de
telenovelas y guionista de historietas (con el seudónimo
Ray Collins, el subcomisario Zappietro había creado varios
personajes, entre ellos “Zero” Galván, el detective
protagonista de “Precinto 56”). 

Gracias este policía-escritor o escritor-policía vendí mis
primeros dos guiones, uno a la revista D’Artagnan y otro a
la mejor hecha Skorpio. Y nunca olvidaré que cuando dos
años después tuve que salir imprevistamente de Argentina,
él me consiguió el pasaporte en seis horas, mientras dentro
del Departamento Central de Policía yo cortaba un bulón
tras otro sin ser obrero metalúrgico y sin utilizar las
manos, a puras contracciones nomás. Como ve, ni todos los
<ex fachos peronistas-post trotskistas
ultraizquierdistas-aspirantes a reporteros de
investigación-tipo Rodolfo Walsh> son corajudos, ni todos
los polis son malos.

Esto es apenas para empezar a entendernos.

La cuestión es que no rendí en diciembre la última materia
y me fui a Río Grande do Sul pensando hacer en un buen
reportaje de investigación y encontrar material para unos
cuantos guiones de historietas. Para un joven de 25 años
recién cumplidos –y en aquella época, a diferencia de hoy,
en pleno uso de sus facultades mentales, intelectuales,
físicas y espirituales- Brasil era un oasis, casi el
paraíso al que aspiran los mujaidines muertos heroicamente.


Y encontré inspiración para una docena de historias e
historietas que nunca escribí. 

Me hice de amigos increíbles, conversé durante días enteros
con un ex asaltante de bancos que en la cárcel de Sao Paulo
se había transformado en lector crónico de Baudelaire y se
hacía llamar “Bodel”, tuve en mi manos un Colt calibre 44
Magnum que sólo había visto en películas como “Harry el
sucio”, comí deliciosas frutas de sabores indescriptibles,
me saturé de cachaça y fumé un porro de marihuana por
primera –y casi única- vez en mi vida. 

También estuve en las “pedreras”, como les llaman a las
minas de piedras semipreciosas. Y conocí minas totalmente
preciosas que no eran para nada de piedra, a las que llaman
“mininas” pero deberían llamar “minones”. 

Pensando que quizá iba a tener tiempo libre en esos tres
meses, me había llevado a Brasil un librito que ya había
leído dos veces y todavía releo: “Retrato del aventurero”,
de Roger Stephane (Portrait de l’Aventurier, Bernard
Grasset Editeur, París, 1963). En Argentina lo publicó
Ediciones de la Flor, un pequeño lujo, en septiembre de
1968. En un ensayo sobre Thomas Edward Lawrence, André
Malraux y Ernst von Salomon, con prólogo de Jean Paul
Sartre.

El libro comienza con una cita de Lawrence: “Todos los
hombres sueñan, pero no de la misma manera. Aquellos que
sueñan por la noche entre los repliegues polvorientos de su
mente se despiertan con el día y sueñan que todo era
vanidad; pero los soñadores diurnos son hombres peligrosos
porque pueden actuar su sueño con los ojos abiertos, para
tornarlo posible”.

En aquellos años yo soñaba con los ojos abiertos,
semiabiertos, cerrados y semicerrados. Pero en ese país y
con aquella gente, ni siquiera una sola vez abrí el
librito... que 40 años después aún tengo en mi biblioteca,
lo he prestado unas veinte veces y, increíblemente, siempre
me lo devolvieron.

Con ese libro aprendí tempranamente que no hay “malos de la
película”. Ni entre camaradas ni entre adversarios.  

Con ese libro sin abrir regresé a Buenos Aires en marzo de
1974 para rendir mi última materia de periodismo. Pero me
encontré con una Argentina distinta, a punto de estallar
por los cuatro costados. 

* * * * *

En enero, en democracia peronista, el ERP había atacado el
cuartel de Azul. En febrero, Obregón Cano y Atilio López
habían sido derrocados en Córdoba por el “navarrazo”. Ese
mismo mes, un ex teniente primero llamado Salvador Horacio
Paino había mencionado por primera vez públicamente que la
Triple A existía: él y el periodista Jorge Conti, de Prensa
y Difusión, traían de Paraguay metras Stein que almacenaban
en el ministerio de Bienestar Social. No hace falta que me
extienda más en la descripción de aquellos tiempos. Muchos
años después y en otro país, me enteré que la Operación
Cóndor del Cono Sur fue formalmente puesta en marcha
precisamente en febrero de 1974, mientras yo “curtía” en
Río Grande do Sul.

De yapa, por circunstancias equis y zeta que ligué de
rebote, un amigo me avisó por teléfono que no fuera a La
Plata. Y que si podía, regresara a Brasil por algún tiempo.
También me pasó un mensaje de la ayudante de cátedra de la
asignatura final que debía rendir... pero eso lo dejo para
lo último.

Nunca volví a tomar el subte hasta la estación de
Constitución y, desde ahí, el tren a La Plata. Y no me
presenté a dar mi examen final. 

Me tomé un colectivo a Neuquén y durante casi un año anduve
deambulando entre Cipolletti, Cinco Saltos, General Roca y
Allen (me pregunto si tendrá algo que ver con Herron
Allen).

* * * * *

La materia que tenía que rendir era Sociología de América
Latina. El profesor que me iba a examinar se llamaba Blas
Alberti, y no necesita presentación en esta historia. Su
ayudante de cátedra, se llamaba como la actual senadora,
primera dama y candidata presidencial: Cristina Fernández.
Era una chica muy linda y quizá sean necesarias algunas
palabras de presentación.

Ella era la representante de la Agrupación Universitaria
Nacional (AUN) en la Escuela Superior de Periodismo. Estaba
casada, pero no era Cristina Fernández “de” Kirchner” sino
“de” Pankonin. 

En esa época fugaz y feroz yo militaba sin demasiado
entusiasmo, como conté antes, en una pequeña secta
ultraizquierdista trotskista fascinada con las tesis de
Ernst Mandel. Y en las asambleas de la escuela –que cuando
eran multitudinarias asistían, a lo sumo, 25 o 30
estudiantes– yo discutía mucho con Cristina. Los de AUN
eran tres y nosotros éramos cinco, pero todo el mundo
reservaba lugar para asistir a la confrontación política.

Nos peleábamos, nos chicaneábamos, ejercitábamos un
sarcasmo y una ironía que eran el deleite del resto de
estudiantes. Ella, que era de piel muy blanca, se ponía
roja de furia y la sabía contener muy bien. Y mis
compañeros me contaban después que yo, que soy medio piel
roja, me convertía en carapálida de la bronca que me
generaba Cristina y no lograba disimularlo. 

Nos dábamos muchos “codazos” en las costillas, Franzoia. No
sé si me entiende.

La cuestión es que aunque sólo nos veíamos en la escuela,
éramos bastante amigos y después de las asambleas nos
íbamos a la cafetería a charlar de cualquier cosa, como si
nada. Cristina nunca me bajó un punto en las calificaciones
y hasta se hizo la distraída cuando dos o tres veces me
atrasé en la entrega de algún trabajo práctico. 

Nunca le confesé, que me sentía perdidamente enamorado de
ella y que la había bautizado en privado, entre mis
compañeros, como “la Gran Esperanza Blanca de América
Latina”. Si hubiera tenido que elegir entre Cristina y
media docena de complacientes “mininas” brasileñas para mí
solo, me quedaba con ella sin un instante de duda.

En este momento de la madrugada en que le escribo,
Franzoia, ella adquiere más relieve en mi memoria cuando
recuerdo aquel mensaje que me envió con el amigo que, a mi
regreso de Brasil, me recomendó por teléfono que no
apareciera por La Plata. 

Cristina le había dicho: “Decíle a Bardini que se presente
a dar examen. Lo voy a aprobar en cinco minutos. Si se va a
ir del país, el título le va a servir para algo”.

Por fortuna, la falta de título nunca fue un impedimento
para trabajar y dar clases. Por desgracia, nunca le pude
agradecer ese gesto a la compañera, adversaria en las
asambleas y amiga en los momentos de tregua. Se lo
agradezco ahora, por primera vez, tarde pero públicamente.

¿Va cachando la onda, Franzoia?

Si la respuesta es afirmativa, avise. Y le ahorro las 19
partes que faltan.



Roberto Bardini
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