[R-P] Patria somos todos / A Dios rogando y sin cachiporra dando
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Lun Ago 27 12:11:56 MDT 2007
--- Gustavo Battistoni <gustavo.battistoni en gmail.com>
escribió:
> Estimado Lizardo, comparto en líneas generales su
> opinión; pero en lo
> que disiento es en su opinión sobre el "sectarismo" de
> Alberto
> Franzoia.
Compañero Gustavo:
En la Nicaragua de los primeros tiempos del último Somoza
había una discusión interna –y casi eterna– en las filas
del Frente Sandinista. Se daba entre dos bandos del mismo
Frente: los combatientes nuevos, de extracción
universitaria y formación marxista, y los combatientes más
veteranos, no universitarios y empíricos, pero con muchos
años arriba de la montaña.
La discrepancia se resume en una anécdota que circulaba de
boca en boca. Los verteranos decían que el triunfo de la
revolución dependía de dos factores mineral-metalúrgicos:
plata y fierros. Los jóvenes decían que los dos factores
que conducirían a la victoria eran neuro-fisiológicos:
cerebro y cojones.
Después, con el crecimiento cuantitativo y cualitativo, el
Frente Sandinista se dividió en tres fracciones: los
“Terceristas” (de orientación socialdemócrata, representada
por los hermanos Daniel y Humberto Ortega), los “Guerra
Popular Prolongada” (marxistas, representados por Tomás
Borge) y los “Proletarios” (grupo minoritario,
fundamentalmente universitarios, más marxistas que todos
los demás marxistas, representado por los hermanos Jaime
Wheelock). Estuvieron mucho tiempo empantanados en el tira
y afloje.
“Crisis de crecimiento”, diría un optimista, cuando en
realidad centraban la discusión en el collar del perro que
aún no tenían amarrado. Correa de cuero, decían unos. No,
cadena de acero, replicaban otros. Y ni siquiera sabían si
el rrope era chihuahua, doberman o pastor alemán.
Un día, después de un lento proceso de acercamiento y
largas discusiones de las que prefiero obviar las
respectivas descripciones, las tres fracciones se
reunificaron. Y exactamente al año echaron a patadas a
Somoza. Después del triunfo de julio de 1979, en el que
cada una de los tres grupos sumó lo que tenía para aportar,
se creó la Dirección Nacional del Frente Sandinista: nueve
comandantes, tres por cada una de las fracciones.
Las tres corrientes estuvieron pagadas con moco durante
diez años de constante agresión militar externa y
desestabilización civil interna respaldadas por el gobierno
de Ronald Reagan, que los quería borrar del mapa.
Y luego de perder las elecciones de diciembre de 1989
volvieron a dividirse, esta vez con más fuerza que antes,
con más odios, con más facturas que cobrarse. Y “se los
llevó la chingada”, como dicen en México. El Frente
Sandinista no se repuso más. Aquel casi legendario Frente
hoy no existe; es apenas una evocación nostálgica como los
300 espartanos en las Termópilas, la carga de la Brigada
Ligera o la Guardia Imperial que muere pero no se rinde.
A mi modo de ver, en Nicaragua nunca hubo una revolución
sino una insurrección triunfante: la ecuación
plata-fierros-cerebro-cojones, más gran apoyo popular. Esto
último fue el principal factor de la victoria. Y si se
hubiera dado una auténtica revolución, el poder no se
hubiera perdido en unas elecciones pedorras.
Antes y después del triunfo, los talleres de formación
sobre materialismo histórico y materialismo dialéctico
estaban a la orden del día: primero en el monte o en el
exilio, después en las universidades, en los barrios, en
las filas del Ejército Popular Sandinista, en los centros
de producción urbanos y agrícolas. Fue toda una década, de
1979 a 1989.
¿Y qué pasó con la condiciones objetivas y subjetivas?
Posibilidad uno: nunca existieron. Posibilidad dos: en
algún momento existieron, pero se fueron al jocara mientras
tres fracciones de un mismo Frente discutían las distintas
estrategias para la real toma del poder y la construcción
de un socialismo que unos querían “rosa”, otros querían
“rojo” y otros querían “ultrarrojo”. Y cuando no hay
capacidad para encontrar una síntesis de los colores,
parece que se imponen los “blancos”.
Los “nacionalistas populares” [o “de izquierda” o
“peronistas revolucionarios” o
como-sea-que-quieran-etiquetarnos] no tenemos drama con la
Izquierda Nacional; por el contrario, hablamos casi el
mismo idioma aunque con diferencias de tonada, como las que
existen entre un rosarino y un santiagueño. Nos sentimos
cómodos y en familia, con los entuertos que existen en toda
familia. Tampoco tenemos drama desde hace décadas con el
materialismo histórico y el materialismo dialéctico, sólo
que los vemos como una herramienta más –entre algunas
otras– de análisis y transformación de la realidad, y no
como “la” herramienta única, infalible y excluyente.
Y tanto bla bla, ¿por qué? Porque creo que a eso se
refería, más o menos, don Lizardo Sánchez al decir:
> me permito señalarles que el
> estilo de concepción que muestra el compañero
> Alberto Franzoia en sus últimas notas sirve muy
> bien para convocar y organizar al propio batallón
> así como para quedarse solos en la patriada si se
> lo aplica del batallón para afuera.
Quizás fue mucho “jo jo” para decir “hay que joderse, che”,
pero es preferible eso y no que se crea que uno discute a
Dios rogando y con la cachiporra dando. De vez en cuando,
alguna idea se nos cae.
Roberto Bardini
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