[R-P] [E. Lacolla] Furores inextinguibles

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Dom Ago 26 13:10:26 MDT 2007


[Publicado originalmente en "La Voz del Interior"]
Furores inextinguibles 
Por ENRIQUE LACOLLA

Aun subsiste en algunos argentinos una predisposición a la 
parcialidad política tormentosa, ajena al compromiso firme pero 
equilibrado que exigen los tiempos.

Entender la historia y, en consecuencia, entender la política, 
requiere de una disposición a asumirlas en sus contradicciones. Si no 
se toma en cuenta el complejo tramado de los hechos que las componen 
y sus paradojas, es difícil evitar la ira o la desilusión. 
Creo que la negativa a abordar este plano es lo que explica la 
vehemencia del ataque que Raúl Faure dirige, en un artículo publicado 
el lunes 13 del corriente en este diario, a la aproximación -que, 
como él dice, no es nueva- entre el yrigoyenismo y el peronismo 
insinuada en una nota mía titulada "La crispación y la soberbia", que 
por cierto excedía mucho el paralelo entre esos dos movimientos. 
El propósito de ese artículo estaba orientado a la necesidad de 
instalar una comprensión todo lo objetiva que fuera posible respecto 
de las coordenadas que informaron nuestro pasado, en especial entre 
los integrantes de lo que podríamos llamar, genéricamente, el bando 
nacional.
La nota de Faure da a entender que esa comprensión es imposible. Creo 
que cabe refutar su postura reflexionando en torno de algunos de los 
temas que esta trae a colación. 
No creo en el aforismo que afirma que "lo único que enseña la 
historia es que no enseña nada". Sin embargo, a estar por el tenor 
del artículo de Faure cuando hace referencia a la distancia entre 
radicales y peronistas, uno se sentiría tentado a admitir su 
veracidad, pues leerlo da la impresión de que se está recorriendo una 
diatriba publicada en 1955. 
Las diferencias entre radicales y peronistas existieron, por 
supuesto, pero el deber de cualquier analista es tratar no sólo de 
establecerlas sino de discernir el contexto en el cual se ubicaban, y 
cuáles pudieron ser las eventuales coincidencias (positivas tanto 
como negativas) que informaron a ambos movimientos en el arco de su 
auge y decadencia como fenómenos expresivos de la inquietud popular. 
Puntos
La argumentación de Faure parece entroncarse en puntos como estos: 
"lo recia y libre que fue la vida parlamentaria del período 1916-
1922...", contrariamente al control omnímodo del Congreso ejercido 
por el Ejecutivo durante las presidencias de Perón; el diferente 
espectáculo que este último e Yrigoyen dieron en el momento de su 
caída; la insobornable defensa que Yrigoyen hizo de las reservas 
minerales, y "la abdicación del patrimonio nacional" que según Faure 
habría efectuado Perón con los contratos petroleros, a modo de 
prólogo a la completa enajenación de este consumada luego "por Menem, 
Duhalde y Kirchner"; la humillación que Perón impuso al país al 
instalar a su esposa Isabelita como vicepresidente, mientras Yrigoyen 
aconsejó a sus correligionarios que apoyaran a "un caballero" 
(Marcelo T. de Alvear) para luchar contra el fraude; y, por supuesto, 
el "nazismo" de Perón, supuestamente corroborado por el hecho de que 
concediera pasaportes a criminales de guerra nazis y los protegiera 
bajo pabellón argentino, mientras que antes Alvear se pronunció 
contra ese tenebroso fenómeno político no bien este se produjo en 
tierras europeas. 
Por último, Faure imputa a Perón "haber enviado al patíbulo a miles 
de jóvenes que se alistaron en la lucha armada obedeciendo a sus 
consignas, mientras él estaba cómodamente instalado en Madrid".
Tópicos
Salvo el justificado reproche de la imposición de Isabelita (aunque 
algo habría que objetar a la conducta del caballeroso Alvear frente 
al sistema, y a su tesitura rupturista a comienzos de la segunda 
guerra mundial, muy alejados de la intransigencia del viejo caudillo 
frente a la oligarquía y a la tónica neutralista que había tenido la 
política de este durante el primer conflicto), todos los tópicos del 
antiperonismo furibundo están expuestos en este muestrario. Ninguno 
de los muchos factores que informaron de modo positivo a las 
gestiones iniciales de Perón figura aquí. No hay tampoco ninguna 
autocrítica referida a la forma en que un partido de raigambre 
nacional como el radicalismo, hizo causa común con sus adversarios de 
ayer y con el patriciado oligárquico para derrocar a un gobierno 
elegido por el pueblo en comicios libres y, en la primera de esas 
ocasiones, con toda la prensa en contra. 
La vida parlamentaria durante las presidencias radicales entre 1916 y 
1930 fue en efecto vigorosa y libre. Pero la naturaleza del 
emprendimiento yrigoyenista se mantuvo dentro de los límites del país 
agropecuario y no intentó un experimento de democracia social. Por 
cierto dio voz y voto a los sectores medios y sensibilizó a los 
estratos populares, pero mantuvo una férrea disciplina entre las 
clases, de lo cual dio ejemplo con las brutales represiones de la 
Semana Trágica y las huelgas en la Patagonia, saldadas con cientos o 
quizá miles de muertos. 
El peronismo, con todo su autoritarismo y el servilismo de su culto a 
la personalidad, que no negamos y que fueron factores que mucho 
ayudaron a precipitar su caída, dio lugar a una experiencia nueva y 
revolucionaria. El proletariado industrial, que había ido formándose 
a lo largo de las décadas anteriores, encontró en él una 
representatividad que sintió genuina y que lo puso en capacidad de 
gravitar, como organización de masas, sobre el poder en la República.
Fue este "atrevimiento" -y no las torpezas de su gobierno- lo que 
concitó contra el jefe del movimiento nacional surgido el 17 de 
octubre, todos los furores del establishment oligárquico y toda la 
envidia de los partidos tradicionales, que perdían inserción entre el 
pueblo en razón de la irrupción de un nuevo discurso y de una 
práctica política muy diferente a las cultivadas por ellos. 
Una deserción
La dificultad de gobernar en estas condiciones y el hecho de que las 
fuerzas liberal populares del espectro opositor, encarnadas sobre 
todo por el radicalismo, rehusaran la mano que Perón les tendiera en 
un primer momento, serían factores que gravitarían mucho en la 
inflexión nugatoria que asumió el régimen peronista después, más allá 
del intrínseco autoritarismo que admitimos había en él y que lo 
orientaba hacia una deriva despótica.
Ese abandono fue miope, en especial si se lo visualiza en la 
perspectiva de la presión que desde el exterior se ejerció tanto 
contra el gobierno de facto surgido del 4 de junio de 1943 como 
contra el gobierno ungido por las elecciones de febrero del 1946. A 
fines del `43 Washington impulsaba a una guerra entre Brasil y 
Argentina para acabar con lo que el gobierno estadounidense llamaba 
la "experiencia nazi-fascista" de nuestro país. Tanto la orientación 
independiente en la política exterior como la construcción de una 
opción geopolítica que miraba hacia Sudamérica y a la autarquía 
económica, resultaban indigeribles para el imperialismo, que limitó y 
cercó a la Argentina para apartarla del camino que había elegido. 
Frente a esa presión exterior, ¿cómo cabía evaluar la hostilidad 
cerril que una oposición autorreferenciada como democrática realizaba 
contra el gobierno? Los contornos cavernícolas de ciertos exponentes 
del nacionalismo ultracatólico y la corrupción oportunista que 
corroyó luego a parte de la dirigencia peronista, eran 
contrarrestados por la grandeza del un intento histórico que 
requería, por lo menos, de un esfuerzo de comprensión de parte de las 
formaciones que integraban el espectro opositor y no estaban 
manchadas de complicidad con el imperialismo.
No hay espacio aquí para poner en su justa perspectiva la leyenda 
negra del asilo que el gobierno de Perón dio a los criminales de 
guerra nazis. Baste decir que no difirió de la actitud tomada por 
Estados Unidos respecto a ese mismo tipo de personas. 
Lo de la "abdicación del patrimonio nacional" efectuada por Perón 
durante su segundo gobierno, no fue sino una entelequia 
propagandística, a veces sentida con sinceridad, pero por lo general 
usada por las mismas fuerzas que habían vivido en connivencia con el 
imperialismo y que seguirían haciéndolo después, para engalanarse con 
el ropaje de un patriotismo que estaban muy lejos de sentir. Esos 
mismos que hablaban del petróleo suscribieron las sucesivas 
inflexiones liberales de la economía que arruinaron al país desde 
1955 en adelante, y fue un gobierno radical, el de Arturo Frondizi, 
el que lanzó después, a escala más vasta, la práctica de las 
concesiones petroleras que había otorgado Perón. 
Conste que no se esgrime este último hecho para atacar a Frondizi, 
sino para poner de relieve cómo, en determinados momentos, un 
pragmatismo bien vigilado puede revisar los principios doctrinarios 
para acomodarlos a las necesidades del momento. Sin por ello, desde 
luego, incurrir en el liquidacionismo de la riqueza nacional que 
caracterizará, más adelante, a otros gobiernos desprendidos de 
cualquier reparo ético y renunciatarios respecto de la defensa del 
interés nacional.
En cuanto a haber enviado al patíbulo a miles de jóvenes que se 
enrolaron en la lucha armada a fines de la década de 1960 y comienzos 
de la de los `70, la observación es tan injusta como superficial. 
Tanto el caudillo como la dirigencia montonera creyeron que eran 
susceptibles de manipularse mutuamente. Fue un equívoco trágico, pero 
la responsabilidad más pesada recayó en la petulancia de los jefes 
del sector guerrillero, que estaban muy lejos de evaluar las 
relaciones de fuerza y el peso de las fatalidades sociales en la 
Argentina; cosa que Perón, en cambio, tenía clara. 
La crítica de nuestro pasado es necesaria para extraer las 
conclusiones que caben a fin de evaluar las posibilidades de 
construir el futuro. La ilusión de la "Argentina potencia" se ha 
evaporado, básicamente como consecuencia de la ofensiva sin pausa 
practicada contra el esfuerzo modernizador lanzado en las décadas de 
1940 y 1950. Ahora hay que lidiar con la realidad que nos dejó una 
catástrofe de casi medio siglo de duración. Pero al hacerlo no hay 
que achicarse al nivel de la autonegación o replegarse a la cómoda 
costumbre de echar la culpa de todo al otro. Estos rasgos generan 
incapacidad para revisar el pasado. Se trata más bien de cobrar 
fuerzas a partir de ese examen para retomar impulso y reproyectar al 
país a un nivel de grandeza posible.
De los dos movimientos populares que concentraron la peripecia 
política argentina en el siglo XX queda apenas la cáscara. Pero la 
inquietud que los recorrió sigue viva, y busca una nueva síntesis que 
la exprese. 


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Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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