[R-P] Regreso a Trelew

Pat H.A. desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Sab Ago 25 10:59:46 MDT 2007


Regreso a Trelew

Tomás Eloy Martínez 

25 de agosto de 2007 

Trelew no se parece en casi nada a la ciudad que era
hace 35 años, cuando la vi por primera vez. Su
población se ha multiplicado cuatro veces: de los
veintiséis mil habitantes de entonces a los casi cien
mil de ahora. En el centro abundan los cafés, los
negocios atareados, los turistas que tratan de
acercarse a las ballenas en el océano próximo. Sólo no
han cambiado las ondulaciones que separan el casco
urbano de la estepa, el té de la tarde que los galeses
dejaron como una costumbre de siempre cuando
colonizaron la región en 1865, las siestas
inevitables. 

El aeropuerto de 1972, donde se refugiaron y se
rindieron sin condiciones los diecinueve guerrilleros
fugitivos del penal de Rawson, ya no está donde
estaba. El nuevo es un imponente conjunto de dos
plantas situado en el camino a Gaiman, siete
kilómetros hacia el Oeste, en vez del modesto edificio
que antes desafiaba la soledad quince kilómetros al
Este, cerca del mar. 

A las pocas horas de llegar tuve que declarar como
testigo ante el juez federal Hugo Sastre por un libro
que publiqué en 1973, La pasión según Trelew. Allí se
relata la fuga en masa de 115 guerrilleros desde
Rawson, el 15 de agosto de 1972, el fracaso de casi
todos en alcanzar a tiempo el avión de Austral
capturado por sus compañeros en Comodoro Rivadavia, y
la rendición sin condiciones de los diecinueve que
llegaron tarde y se quedaron en tierra, mientras los
otros rezagados volvían a la cárcel. 

Los que se rindieron fueron sacados de sus celdas la
madrugada del 22 de agosto y ametrallados por los
oficiales de la Marina encargados de su custodia. Así
lo recuerda Trelew, el documental de Mariana Arruti
que vi el día del 35° aniversario. Pocos relatos de
esa tragedia sin drama –o de cualquier tragedia en
general– me han parecido tan ascéticos y a la vez tan
conmovedores. Arruti logra el prodigio de restablecer
el pasado tal como fue –el pasado en sí que Proust
aspiraba a resucitar– desplegando con prolijidad
imágenes de los noticiarios, declaraciones de testigos
y retratos silenciosos de los lugares tal como el
tiempo los ha dejado. 

En sus primeros minutos, Trelew relata la solidaridad
que poco a poco despertó entre los habitantes comunes
de la ciudad cuando los primeros presos políticos
llegaron al penal de Rawson y cómo se crearon
amistades imposibles entre los que ya estaban en la
ciudad y los familiares que iban llegando de lugares
distantes con medicamentos y ropa. Casi en seguida, la
película se detiene en los preparativos de una fuga en
masa que parecía empresa de locos y que fracasa a
última hora por una señal mal comprendida. Es el mejor
momento de Trelew. En la narración de Arruti hay un
despojamiento visual y un ascetismo expresivo que hace
pensar en Un condenado a muerte se escapa, la obra
maestra que Robert Bresson dirigió en 1957. Los
detalles de los muros, de las escaleras descascaradas,
de las celdas sin nadie, tienen una densidad casi
metafísica. 

Cuando me propuse narrar esa fuga en 1973, Ana
Wiessen, una de las guerrilleras que esperaban a los
fugitivos en Trelew para llevarlos al aeropuerto, me
dijo que, al no verlos llegar a la hora convenida,
tuvo “un pensamiento judío”. “Los judíos –explicó–
siempre comparamos los signos que nos envía Dios con
otros signos más terrenales para averiguar si aquéllos
son falsos. Pero también Dios puede querer engañarnos.
Por lo tanto, Dios nos ha engañado, me dije. Y ése fue
un verdadero pensamiento judío.” Ana Wiessen hablaba
en tiempos inclementes. Todo lo que entonces decía
podía incriminarla, devolverla a la cárcel,
arrastrarla a la muerte. 

La película de Arruti lleva esa duda metafísica más
lejos, porque la transforma en culpa. Uno de los
responsables de transportar a los fugitivos, Jorge
Lewinger, confiesa que interpretó mal las señales que
le daban desde el penal, o que las confundió, y que
ese error no ha dejado de atormentarlo. Trelew reúne,
por fin, los testimonios de mucha gente que se había
negado a hablar. De hecho, cuando emprendí la
investigación para mi libro de 1973, me dijeron que
Jorge Lewinger había participado en la fuga pero que
hablar podía costarle la vida. Y no hay libro en el
mundo que valga la vida de un solo ser humano. 

Tanto el juez federal Hugo Sastre como la película de
Mariana Arruti cuentan que la Marina sigue negándose a
colaborar en la investigación. Nadie ha querido echar
luz sobre un grave episodio de sangre que sigue
atribuyéndose al descontrol de dos o tres oficiales
navales durante la madrugada del 22 de agosto. Hubo
dieciséis muertos aquel día –y casi todos ellos fueron
rematados por una descarga final–, más tres
sobrevivientes que inculparon a esos oficiales antes
de que los tres desaparecieran a su vez, años más
tarde, en los campos de tormento de la dictadura.
Acaso los señalados tengan una versión indulgente de
lo que hicieron pero, mientras sus camaradas de armas
callen, los habitantes de Trelew y los que escriben
esa historia seguirán creyéndolos culpables. 

Más que los relatos de la fuga y de la matanza, que
todavía arrebatan el corazón de tanta gente, lo que
sigue impresionándome es la simetría entre lo que
sucedió la madrugada del 22 de agosto de 1972 en la
base naval y lo que padecieron los habitantes de
Trelew cuarenta días más tarde. Al amanecer del 11 de
octubre, aquel mismo año, diecinueve ciudadanos fueron
detenidos en el viejo aeropuerto por las patrullas del
ejército que habían invadido las calles y bloqueado
las salidas hacia Rawson, Puerto Madryn y la zona de
las chacras galesas. Ninguno de esos prisioneros era
digno de sospecha. Se trataba de militantes pacíficos
de partidos políticos que actuaban en la democracia,
profesores secundarios o universitarios, dirigentes
sindicales y hasta un intendente radical recién
elegido Algunos de ellos ni siquiera sabían por qué
los llevaban, con las manos atadas a las espaldas,
hacia un campamento improvisado junto a un avión
Hércules C-130. Las cifras, quizá por azar, son
simbólicas: dieciséis prisioneros cayeron en la base
naval; tres sobrevivieron a la matanza. Cuarenta días
más tarde, de los diecinueve rehenes a los que
levantaron de la cama en medio de la noche, tres
fueron liberados sin explicaciones a las pocas horas.
Los otros dieciséis fueron enviados a la cárcel de
Villa Devoto. 

Llegué a Trelew en esos días y fui testigo de la
indignación con que la ciudad entera respondió al
arresto de algunos de sus habitantes. Más de tres mil
personas –la décima parte de la población– colmó
durante una semana la sala del teatro Español desde el
amanecer hasta la noche para reclamar la devolución de
sus presos sin causa. Nadie dormía. La gente comía en
los asientos de la platea, florecían las asambleas y
los discursos. Allí encontré, convertida en una
Pasionaria patagónica, a Teresita Belfiore, una
compañera de la Escuela de Letras de Tucumán, que
enseñaba Lenguas Clásicas en el Instituto
Universitario de Trelew. Se cantaban sin tregua poemas
compuestos al calor de la vigilia, se leían mensajes
de solidaridad de los pueblos vecinos. Salvo en la
Patagonia misma, ya casi nadie se acuerda de aquella
rebelión espontánea, desatada por ciudadanos de a pie.
Es, sin embargo, una rebelión ejemplar. Demuestra la
fuerza que puede tener un pueblo entero cuando lo
enciende una causa justa. 

La matanza de Trelew cambió los vientos de la política
argentina y se convirtió en una semilla de odio.
Aunque nadie lo sabía entonces, faltaban pocos meses
para que Juan Perón regresara de su exilio de
dieciocho años. El gobierno de Alejandro Lanusse
prometía elecciones libres, sin proscripciones. Sin
las heridas de Trelew, acaso habría sido más fácil
apagar los incendios que vinieron después. Pero aquel
22 de agosto se abrió una grieta inútil, y por allí
fluyó la sangre de mucha gente. 

© La Nacion 

Por Tomás Eloy Martínez 
Para LA NACION 



  "Hasta cuándo seguir gritando que no cedo en hipoteca  mis sueños
Hasta cuándo seguir gritando que soy incorregible
Hasta cuándo seguir gritando que no reniego de mis actos
Hasta cuándo seguir gritando que nada de lo que tengo
está en venta ni quiero que ningún imbécil corte la soga
Hasta cuándo seguir gritando que no cumplo mis deberes en la tormenta
Hasta cuándo seguir gritando que no exijo futuro
Hasta cuándo si desde siempre mis cartas están sobre la mesa"





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