[R-P] Asesinato de Sacco y Vanzetti
Abulafia
abulafia en arnet.com.ar
Jue Ago 23 08:36:32 MDT 2007
Hoy es el aniversario de la venganza ejercida impunemente contra dos
obreros, inmigrantes luchadores por los derechos de los trabajadores y
por la libertad.
Largo pero vale la pena. Hay muchos Vanzetti en la Argentina muriendo de
acoso moral y exclusión.
Outa
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MIÉRCOLES 22 DE AGOSTO DE 2007 la Juventud 3
SACCO Y VANZETTI
“El libro de la vida”: ¡He ahí el libro de los libros!
EDITORIAL
El 23 de agosto de 1927 fue ajusticiado en los Estados Unidos el endedor
de anguilas Bartolomeo Vanzetti.
Había pasado más de siete años en la cárcel, acusado de crímenes de que
no cometió, pero efectivamente culpable de ser libertario e italiano
en un país lleno de odio y crispado por el terror ante extranjeros y
progresistas.
El caso Sacco y Vanzetti provocó en aquella época la movilización obrera
internacional más grande y vasta de la historia.
Mientras estuvo preso, Vanzetti enriqueció su formación autodidacta y
reforzó sus convicciones filosóficas y políticas.
Bartolomeo Vanzetti nació en Villafalleto cerca de la ciudad de Cuneo.
Hace apenas cinco días atrás que se pasó la película “Sacco y Vanzetti”
en la fonoplatea Gustavo Nocetti para un público que se mantuvo
expectante y en profundo silencio durante casi dos horas.
Eran casi las cuatro de la tarde del 5 de abril de 1920 cuando en la
ciudad de South Braintree, Massachusetts, sonaron seis tiros
de revólver. Frederick Parmenter, pagador, y Alessandro Berandelli,
guardaespaldas, se vieron enfrentados por dos gángsteres mientras
procedían a transportar por la calle dos voluminosas cajas que guardaban
los sueldos ensobrados del personal de la fábrica de calzados Rice &
Hutchins: 15.776 dólares.
Los dos agredidos murieron en el acto, los asaltantes arrancaron las
cajas metálicas de los dedos contraídos por la muerte, saltaron
al interior de un auto oscuro, que los esperaba con el motor en marcha y
desaparecieron.
Los testigos oculares del delito, peatones y vecinos de los edificios
circundantes, solo alcanzaron a ver la fuga de los asaltantes ante
la policía, no pudieron aclarar siquiera si en el auto había o no dos o
tres personas más.
La investigación se orientó de inmediato hacia el ambiente de los
inmigrantes italianos.
Ya en los años veinte se había divulgado ampliamente la convicción de
que eran italianos los responsables de la criminalidad que
estaba inundando el ambiente.
Después de veinte días la policía no había avanzado nada en la
investigación y en Massachusetts existía la sensación de que el delito
de Braintree quedaría impune.
La indignación pública, los episodios causados por el gangsterismo cada
vez más numerosos exigían alguna medida, era necesario hallar lo antes
posible un par de chivos emisarios.
Los hallaron en Sacco y Vanzetti.
En la tarde del 5 de mayo de 1920, y mientras regresaban en tranvía de
Bridgewater a Brockton, Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti fueron
arrestados: la policía los había marcado porque ellos habían tratado de
alquilar un automóvil y eso los puso automáticamente en la lista de
sospechosos.
Estaban armados y llevaban con ellos material de propaganda anárquica.
Italianos y anarquistas no hacía falta más para considerarlos culpables.
El ministro de Justicia, Palmer, transformó inmediatamente esa campaña
en fundamento de su actividad y dirigió personalmente la persecución
contra todos los activistas de los movimientos políticos de izquierda.
Para cumplir sus fines, la policía de aquella época no vacilaba en
cometer cualquier delito. Dos días antes del arresto de Sacco y
Vanzetti, otro anarquista tipógrafo Andrea Salsedo cayó desde el
decimocuarto piso de un edificio de Park Row, Nueva York, había
sufrido horribles torturas durante ocho semanas de arresto preventivo y
fueron muchos los que sostuvieron que la propia policía lo lanzó a la
calle desde la ventana del rascacielos.
Ambos se expresaban en un inglés rudimentario y se defendieron como
pudieron. Para no comprometer a sus compañeros de lucha no hallaron
mejor línea de resistencia que la de negar. Negaron todo, hasta la
evidencia.
Y también negaron el haber querido alquilar un auto, cosa que la policía
ya había podido comprobar.
Lo hicieron por el hecho de que el vehículo pertenecía a otro narquista.
Aquello fue su perdición; en ese momento se precipitaron en los
engranajes de una confabulación espantosa, que los llevaría a la silla
eléctrica.
Al principio solo se acusó a Sacco de participación en el asalto y en
los homicidios de Braintree, mientras a Venzetti se le imputaba el
intento de asalto, en perjuicio de un recaudador de impuestos, que tuvo
lugar en Bridgewater la víspera de Navidad de 1919.
Procesado por la Corte Suprema de Plymouth, Vanzetti fue condenado a
entre doce y quince años de prisión.
Mientras en Bridgewater tenía lugar aquel asalto frustrado, el pescador
Bartolomeo Vanzetti vendía anguilas en el mercado de Plymouth.
Pero ni el testimonio del joven que lo ayudaba, Beltrando Brini, ni el
de los clientes que lo recordaban bastaron para evitarle la condena.
En el verano de 1928 cuando la sentencia de muerte ya se había
ejecutado, el ex presidario Frank Silva confesó haber organizado
el “golpe” de Bridgewater y negó categóricamente
que Vanzetti hubiera tenido en él la menor participación.
El proceso se desarrolló en Dedham trece meses después del arresto. Su
recuerdo perduró mucho tiempo en la conciencia de millones de
estadounidenses.
Fue una formalidad; el veredicto estaba decidido antes de que la Corte
se reuniese.
Una atmósfera de histeria envolvió el extraordinario debate, en el que
participaron ciento sesenta y siete testigos. En torno de los dos
acusados, una multitud de policías armados sirvió para alimentar los
sentimientos de odio que sacudían a buena parte de la población de
Massachusetts ante los extranjeros.
Los testigos de la acusación que fueron los primeros en declarar, dieron
de inmediato la sensación de que oscuras maniobras los inducían y
constreñían a sostener falsedades.
Se trataba de los mismos testigos oculares que no habían podido siquiera
precisar el número de los bandidos que intervinieron en el asalto.
En el debate se llegó a saber incluso que uno de los testigos perdió su
empleo en represalia por negarse a acusar a los procesados y lo recuperó
no bien hubo decidido reconocerlos.
En cambio los testigos de la defensa no recibieron la menor
consideración; eran italianos, casi todos sospechosos de anarquismo y
por ello indignos de confianza. Hasta el cónsul italiano en Boston, que
era testigo de descargo para Sacco, vio puesta en duda su palabra y tuvo
que protestar aunque inútilmente.
El único testigo ocular estadounidense que hubiera podido declarar por
la defensa era Roy Gould, que en el tiroteo del asalto resultó con la
chaqueta perforada por un proyectil y que había visto a los bandidos
cara a cara.
Pero este señor ni siquiera compareció ante la Corte; en violación de
todas las leyes, la fiscalía mantuvo su nombre en secreto.
Declarados culpables de homicidio en primer grado, Sacco y Vanzetti
fueron condenados a la silla eléctrica.
Pero su agonía recién comenzaba; antes de que los mataran, pasarían en
la cárcel, entre postergaciones, pedidos de revisión del proceso,
recursos y suspensiones, siete años, tres meses y dieciocho días. Pese a
la gigantesca y tenaz acción de defensa que desarrolló el Comité pro
Sacco y Vanzetti no logró arrancarlos de la muerte: los acusados habían
sido condenados por italianos y por anarquistas no por culpables.
En noviembre de 1925 la parcialidad de Thayer y de Katzmann había
llegado a ser tan manifiesta, que hasta algunos periódicos de gran
circulación se pusieron de parte de los dos inmigrantes. Un joven
criminal de origen de origen portorriqueño Celestino Madeiros
había confesado ser el autor del delito, al mismo tiempo que negaba
categóricamente cualquier participación de Sacco y Vanzetti en el mismo.
Pero la Corte se abstuvo de indagar ni siquiera consideró aquella
confesión; el caso estaba cerrado, Sacco y Vanzetti debían morir y su
muerte serviría de lección a los “bastardos subversivos” como ellos.
En torno del caso Sacco y Vanzetti se produjo la agitación de masas más
vasta que recuerde la historia; el proletariado de todo el mundo elevó a
lo más alto su protesta contra la injusta condena, reunido muchas veces
en las plazas para clamar justicia.
Las adhesiones recibidas por el Comité de defensa fueron incontables, se
reunieron sumas elevadísimas para pagar a los mejores abogados de los
Estados Unidos lo suficiente para inducirlos a defender a los dos
anarquistas.
Las manifestaciones a favor de los condenados congregaban decenas de
miles de concurrentes en todas partes del mundo en Londres, en Moscú, en
Calcuta, en Pekín, en Bruxelas, en París, y hasta en Montevideo.
En París 25 mil personas manifestaron durante toda la noche frente a la
Embajada de los Estados Unidos.
A favor de aquella noble causa transformada en símbolo de la lucha entre
progreso y reacción en los Estados Unidos, se pronunciaron los nombres
más encumbrados de la cultura de todo el mundo, desde Romain Rolland
hasta André Gide, desde Albert Einstein hasta Anatole France, desde
Madame Curie hasta George Bernard Shaw.
Más que Sacco el interés de los intelectuales se sentía atraído por el
modesto emigrante de Villlafeto, Bartolomeo Vanzetti había revelado en
la cárcel una personalidad tan extraordinaria como insospechada.
Mientras Sacco parecía en peligro de volverse loco Vanzetti se entregaba
a una actividad metódica e intensísima. Así aprendió el inglés a la
perfección y lo usó para denunciar al mundo la infamia de que uno y otro
eran víctimas. Tenía perfecta conciencia de la situación, sabía que su
caso superaba los límites del error judicial y así lo dijo y lo scribió,
con lúcida serenidad y valerosa grandeza de ánimo.
Cuando el Gobernador de Massachusetts, Alvan Fuller ordenó la
intervención en el “caso” por parte de una comisión investigadora,
Vanzetti escribió estas incisivas palabras.
“Todos aquellos que conocen al gobernador dicen de él que es un
hombre esforzado, honesto y de gran rectitud moral y que lucha
por lo que considera justo. Eso está muy bien.
Pero las personas que lo conocen y lo estiman son como él, se le
parecen. Yo lo conozco mejor que ellos, porque yo he sido
exactamente lo que ellos son ahora...Hoy estoy cambiado por
completo, y por eso puedo saber que fui antes...Mi defensor, el
abogado Thomson, me dice que la clase media norteamericana,
cuya voluntad es ley, piensa muy mal de nosotros; piensa que somos
culpables, y que fuimos juzgados de buena fe. Es natural que nos sean
tan adversos y que, por lo contrario se sientan de parte de las
prostitutas y los criminales que atestiguaron contra nosotros, que
estén de parte de la Corte, del Juez verdugo. Los entiendo porque yo
fui uno de ellos y pensé como ellos. Y me avergüenzo”.
Las cartas mediante las cuales Vanzetti sacudió la conciencia del mundo
en torno de su causa fueron cartas públicas, escritas para la
colectividad, si bien dirigidas a personas determinadas.
Desgraciadamente algunas de las cartas se perdieron; las secuestró la
policía fascista que en muchas ocasiones requisó la casa de
Vanzetti en Villafalletto.
Dice el autor del libro “No lloren mi muerte”, Cesare Pillon que recoge
buena parte de “Las cartas de Venzetti”, que Bartolomeo Vanzetti había
pedido a su familiares “No se avergüencen de mí”, “vendrá un día en que
mi vida se conocerá tal cual es, y entonces todos los que se llamen
Vanzetti se sentirán contentos."
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