[R-P] Editorial de Rulli
Edgar Schmid
condornacional en yahoo.com.ar
Mie Ago 22 12:43:39 MDT 2007
EDITORIAL DEL DOMINGO 19 DE AGOS
Me preocupan algunas interpretaciones actuales acerca
del Peronismo, interpretaciones que en algunos casos
forman parte de cursos ampliamente difundidos por los
medios progresistas, y me preocupan porque parecieran
instalar las miradas sobre lo que para mi sería
accesorio y absolutamente particular a una
circunstancia histórica, distante de lo que hoy
necesitamos recuperar como propuesta y como proyecto
nacional.
La sustitución de importaciones o la elección de la
industria liviana en vez de la pesada, son opciones de
aquellos tiempos de posguerra, que pueden atrapar
nuestra atención frente a los desoladores panoramas
posteriores, tanto como la construcción de aquel
famoso avión "Pulqui" de combate, el Instituto
Balseiro o la fábrica nacional de Aviones de Córdoba,
con sus veinticinco mil trabajadores, cuyo recuerdo
nos trae con tanta fuerza la película de Pino.
Sin embargo, insisto en que corremos el riesgo de que
se nos escapen los contenidos más significativos de
aquel proceso, cuya interpretación hoy es decisiva
porque tal como venimos sosteniendo reiteradamente
desde estas editoriales, el ciclo del marxismo parece
haberse cerrado y los revivales propios de la historia
espiralada, nos acercan a circunstancias propicias
para un renacimiento de los sentimientos y de las
políticas nacionales y populares, tal como se
denominaba genéricamente en la Argentina lo
concerniente a las luchas por la emancipación
nacional.
No es suficiente ni correcta, una mirada hacia el
pasado, que opte por señalar con énfasis aquellos
desarrollos de la industria y de la tecnología
nacional, y que homenajee la decisión de recuperar la
soberanía de los grandes resortes de la economía,
tales como los intercambios comerciales con el
exterior y la importancia de los mercados interiores,
y que lo haga en desmedro de una comprensión más
penetrante y más americana de aquel proceso.
Me refiero a una comprensión que nos posibilite
aprehender sus claves en profundidad, y recordando que
decenas de otros procesos similares, quizá no tan
trascendentes como el peronismo, tal vez con otros
matices y con discursos diversos, condicionados por
las diferentes culturas y ámbitos geográficos, se
produjeron en aquellas circunstancias históricas en el
mundo periférico. Y ello implica que lo nuestro no fue
un hecho casual, sino que desde la originalidad de lo
nuestro, fue la generación de un modelo local de las
luchas emancipatorias.
Me preocupa sí, y me preocupa mucho, que no seamos
capaces de revisar aquellas claves de la historia
desde la Cultura misma y desde las luchas por la
identidad cultural, y que una vez más nos quedemos
apenas en las formas y en los instrumentos a los que
apeló en aquel momento el proceso de liberación
nacional. Y me preocupa que lo hagamos ahora,
justamente cuando vienen tiempos de cambios de
paradigmas y cuando lo que se está cuestionando
justamente son las políticas macro, las escalas y las
tecnologías.
Si perdemos de vista que un proceso de Emancipación
Nacional se genera desde el arraigo a la tierra y
desde la Cultura, no comprenderemos nada y
terminaremos como ahora en medio de una enorme
confusión y tal como hacen algunos, sopesando la
posibilidad de una Biotecnología nacional o de
convertir las inmensas rentas que nos proporcionan los
monocultivos de Soja en un instrumento para asegurar
la Justicia Social, o acaso como se tratan de
persuadir algunos cretinos de la izquierda, en un
camino al socialismo...
Comprendamos entonces que esta situación en la que
estamos ahora, dista de configurar un proceso de
liberación nacional y simplemente constituye una nueva
versión del Desarrollismo en que terminamos
confundiendo el consumo con la felicidad del pueblo y
somos incapaces de aceptar la realidad de las muertes
por indigencia y desnutrición en Tucumán y en el
Chaco, porque los índices del producto bruto nos
obturan la comprensión de la verdadera y dramática
realidad neocolonial.
Carece de sentido desde esta perspectiva el discutir
con Martín Redrado algunas políticas del Banco
Central, así como en su momento descubrimos con pena
que ni la Miceli ni su marido conocido como "el
Pacha", tenían el menor interés en dialogar sobre la
posibilidad de hacer del Banco Nación un instrumento
para el cambio y para la recuperación de políticas
nacionales. Todo lo contrario, el negocio que se
proponían era simplemente acompañar y continuar las
políticas existentes, mientras medraban con los cargos
y con las posibilidades que esos cargos y los nuevos
nombramientos, les ofrecían para otros negocios menos
transparentes. De tal manera, que jamás pudo
sorprendernos lo que en un momento dado se encontró en
el baño de la Ministra, sí nos sorprende en cambio que
esas cosas no hayan ocurrido mucho antes.
Lo mismo en el caso de otros organismos del Estado, a
los que nos hemos referido en forma reiterada y que
son la clave para comprender escenarios insensatos y
políticas que conducen a la catástrofe y a muertes
inocentes. Y me refiero al modo en que se envenena
impunemente a las poblaciones desde el aire con los
tóxicos que están legalizados por el SENASA. Nos hemos
referido a la definitiva incapacidad de su actual
conducción que lleva allí casi cuatro años y que desde
el principio, quedó además prisionera de las antiguas
bandas de funcionarios apropiados de los cuantiosos
presupuestos destinados a preservar la salud de la
población.
Tampoco volveríamos entonces, a discutir con el Doctor
Amaya director del SENASA, de políticas públicas.
En la medida en que no tengamos un proyecto nacional,
en la medida en que no existan políticas para la
reconstrucción del Estado y en la medida en que los
funcionarios sean reclutados desde las lealtades a las
personas que conducen, y en ámbitos de empresas
privadas o de organismos financieros internacionales,
en que los códigos de conducta distan de ser los del
interés nacional, continuarán ocurriendo los hechos
terribles que nos avergüenzan periódicamente y que en
los últimos días, pareciera que han transformado a un
ex funcionario santacruceño en un asesino serial.
Debemos volver a los grandes pensadores nacionales y
en especial a Rodolfo Kusch, que fue como pocos, capaz
de recapacitar en la hondura del pensar en América.
Debemos volver a ellos para comprender que todo
proceso nacional, es inevitablemente caótico, y que
las repetidas tendencias a ordenar ese caos, más allá
de ciertos límites y en la medida en que ese núcleo de
lo caótico no sea preservado, son siempre tendencias
retrógradas que de persistir y de imponerse, terminan
inevitablemente matando la posibilidad de lo nuevo y
agotando la expresión de lo popular y las
manifestaciones propias de la Cultura.
Es por ello que la acción de minorías obstinadas que
rinden culto al “aparatismo” y a la racionalidad
extrema, suelen ser letales para todo proceso
revolucionario.
Ocurrió en los años setenta y volvió a repetirse con
el movimiento asambleario de finales del 2001. Ciertos
sectores de la clase media obnubilados por el marxismo
y por la necesidad del orden y de la disciplina, jamás
pudieron soportar la expresión desordenada y caótica
de lo popular. Es por ello que alguna vez dijimos que
el
fascismo en la Argentina ha sido predominantemente de
izquierdas y no de derechas.
Porque esas izquierdas se preocuparon siempre por
ordenar, por contener u organizar la expresión de lo
popular. Y la manifestación de lo popular es siempre
una fiesta, aunque haya vidas que se pierdan en la
lucha y por la represión, como en el veinte de
diciembre, porque en cualquier fiesta puede haber
muertes y en especial antes y en ciertas zonas del
interior cuando no eran raras las fiestas que
terminaban con los duelos a cuchillo. Y esas muertes
no niegan la fiesta, pero la obstinación en organizar
el caos que es el corazón mismo de la fiesta de la
Cultura popular, eso sí acaba tanto con la fiesta como
con toda continuación posible de la creatividad por
parte del común de los que participan.
El Caos deviene en Cosmos en la medida en que se
ordena y de esa manera madura pero también envejece,
eso lo sabían los antiguos hombres y de esa manera
justificaban la existencia del mundo en que vivían,
desde el Caos originario en que se había formado el
Universo, a la creciente complejidad de lo que ellos
denominaban el Cosmos y que no era sino el creciente y
paulatino ordenamiento del mundo y de la vida. Pero el
Caos persiste, aún en medio del orden y por eso los
hombres lo alimentan con las fiestas, y con las danzas
y con el arte que, como todo lo lúdico son fuerzas que
llevan energías a esa corriente primordial que asegura
la continuación de la vida.
El cosmos sin resabios de caos es sencillamente la
muerte, el orden total, la quietud y la inmovilidad.
Era preciso exorcizar esa posibilidad ominosa que nos
amenazaba y es por ello que los pueblos se reservaban
momentos sacralizados en que las reglas caían y el
caos volvía a imperar por un breve período y
alimentaba el renacer de un cosmos no excluyente de la
complejidad de la vida y en especial de la
incertidumbre que es inherente a la vida.
Muchas de aquellas prácticas se han extraviado en las
actuales sociedades, y así como muchos se preocuparon
de matar los carnavales, otros tantos tratan de
compensar sus vidas rutinarias y su incesante lucha
por el poder y por el dinero, con excesos que la
sociedad ya no es capaz de contener ni de sacralizar y
que en general pertenecen a la crónica policial o
acaso al universo de las parafilias propias de los
hombres del poder. Paniker, un notable pensador
español, nos dice en uno de sus libros denominado:
"Ensayos retroprogresivos" que, si hacemos crecer en
algún lugar la organización, no importa cuál sea, en
algún otro lugar que seguramente no imaginamos, y como
si fueran vasos comunicantes, crecerá inevitablemente
la desorganización, hasta equiparar el orden que
impusimos. Que la organización no puede estar sin la
desorganización, que lo humano requiere un equilibrio
entre el Caos y el Cosmos, y que pagamos un precio
altísimo por pretender imponerle racionalidad a los
procesos caóticos.
Si no se comprende de qué estoy hablando, sugiero
vuelvan la mirada a los años setenta y piensen cuánto
dolor podríamos haber evitado tan sólo con un poquito
menos de soberbia, con un poco más de paciencia, con
un poco más de alteridad, o sea capacidad de contener
al otro, con un poco menos de ambición aparatista de
controlar el proceso revolucionario, y en especial con
un poco de respeto por los principios de la
incertidumbre, de la Cultura y en particular del
imaginario popular.
El Caos antecede al Orden y el fracaso del desorden no
es nunca el retorno al Caos sino la degradación del
Cosmos en el desorden, en un desorden del orden que no
es precisamente el Caos. Así la democracia en los
ochenta, habría sido apenas la degradación de un orden
militar y fracasado que se derrumbaba luego de la
guerra de Malvinas, y el Caos reapareció
repetidamente en estos años en medio de la
desorganización y del desorden, pero siempre volvieron
a primar las tendencias de izquierda a reprimirlo…
perdón, a organizarlo.
De allí que pensemos que con ciertas izquierdas como
la que nosotros tenemos no se requiere tanta
intervención policial, bastan y sobran los abundantes
y radicalizados bienintencionados…
Orden, desorden del orden y emergencia de vertientes
de caos creativo, conviven en estos actuales momentos
de enorme confusión, en que las manifestaciones de lo
popular se entremezclan a la ensordecedora voz de los
multimedios, a la publicidad de las empresas y al modo
como se nos fascina a diario con la sociedad
globalizada. Rechazamos todo pensamiento cerrado y
toda propuesta acabada, justamente porque cierran la
oportunidad creativa que se genera desde el Caos.
Sospechamos de las ideologías y de los pensadores
académicos que no construyen conciencia ni generan
movimientos, sino que patentan frases y pensamientos
que no son capaces de encarnar con el trabajo y el
arraigo. Ellos son en sí mismo, lo contrario de ese
caos creativo que proponemos, no solo porque la fuerza
de lo popular no registra patentamientos, sino porque
no pueden aceptar que lo revolucionario de los
movimientos es que subviertan y desorbiten hasta sus
propias formas de institucionalización, y si lo
reconocieran tendrían que revisar sus propias
historias personales en el laboratorio de los años
setenta,
donde bajo discursos revolucionarios jugaron
sistemáticamente: al militarismo, al control y a la
muerte del Caos.
Nos negamos a los que pretenden organizarnos, y a
quienes nos proponen el renunciamiento a una autonomía
personal que nos es muy cara. Nos negamos a supeditar
toda ética a lo que no sea la del interés productivo
de las luchas partidarias que han devenido en la nueva
empresa del poder y del gran simulacro de la política.
Por todo esto, es que apostamos a los pequeños grupos,
a los movimientos sociales y a los autoconvocados, que
no acumulan poder, sino que lo generan, y que, no sólo
lo generan, sino que luego lo prodigan para que otros
lo recreen y reutilicen. Porque seguimos creyendo que
el Caos convive con el desorden y que hay que hacerlo
crecer hasta que vuelva a generar desde el fondo de la
cultura y de la América profunda, un nuevo movimiento
nacional que cuestione, que remedie, que exprese, que
subvierta, que alimente, que conduzca, que
concientice, que contenga, que desorbite, y en
especial, que nos vuelva a proporcionar alegría,
identidad y confianza en lo porvenir.
Jorge Eduardo Rulli
www.grr.org.ar
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