[R-P] Cortos de razones, largos de espada
jota jota
jota2016 en gmail.com
Mar Ago 21 15:15:01 MDT 2007
Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte
Cortos de razones, largos de espada
Eres joven y guipuzcoano, según deduzco por tu carta y el remite.
Escribes como lector reciente de la última aventura de nuestro amigo
Alatriste, contándome que es el primer libro de la serie que cae en
tus manos. Te ha gustado mucho, dices, excepto el hecho «poco
riguroso» y «poco creíble» de que una galera española estuviera
tripulada por soldados vizcaínos que combatían al grito de Cierra,
España; en referencia a la Caridad Negra, que en los últimos capítulos
combate a los turcos, en las bocas de Escanderlu, llevando a bordo a
la compañía del capitán Machín de Gorostiola. Y añades, joven amigo
–lo de joven es importante–, que eso no disminuye tu entusiasmo por la
historia que has leído; pero que el episodio de los vizcaínos te
chirría, pues parece forzado. «Metido con calzador –son tus palabras–
para demostrar que los vascos (y no los vascongados, don Arturo)
estábamos perfectamente integrados en las fuerzas armadas españolas,
lo que no era del todo cierto.»
Son las siete últimas palabras del párrafo anterior las que me hacen,
hoy, escribir sobre esto; la triste certeza de que realmente crees en
lo que dices. Te gusta la novela, pero lamentas que el autor haga
trampas con la Historia real; la auténtica Historia que –eso no lo
cuentas, pero se deduce– te enseñaron en el colegio. Así que, con
buena voluntad y con el deseo de que yo no cometa errores en futuras
entregas, me corriges. Debería, a cambio, escribirte una carta con mi
versión del asunto. El problema es que nunca contesto el correo. No
tengo tiempo, y lo siento. Esta página, sin embargo, no es mala
solución. La lee gente, y así quizá evite otras cartas como la tuya.
De paso, extiendo mi respuesta a la cuadrilla de embusteros y
sinvergüenzas de los sucesivos ministerios de Educación, de la
consejería autonómica correspondiente, de los colegios o de donde sea,
que son los verdaderos culpables de que a los diecisiete años, honrado
lector, tengas –si me permites una expresión clásica– la picha
histórica hecha un lío.
Machín de Gorostiola es un personaje ficticio, como su compañía de
infantería vizcaína. En efecto. Pero uno y otros deben mucho al
capitán Machín de Munguía y a los soldados de su compañía, «la mayor
parte vascongados», que, según una relación del siglo XVI conservada
en el Museo Naval de Madrid, pelearon como fieras durante todo un día
contra tres galeras turcas, en La Prevesa. En cuanto a lo de Cierra,
España, ni es consigna franquista ni del Capitán Trueno. Quien conoce
los textos de la época sabe que, durante siglos, ése fue usual grito
de ataque de la infantería española –en su tiempo la más fiel, sufrida
y temible de Europa–, que en gran número, además de soldados
castellanos y de otras regiones, estaba formada por vizcaínos; pues
así, vizcaínos, solía llamarse entonces a los vascos en general, «a
veces cortos de razones pero siempre largos de bolsa y espada». Y
guste o no a quien manipuló tus libros escolares, amigo mío, con sus
nombres están hechas las viejas relaciones militares, de Flandes a
Berbería, de las Indias a la costa turca. Los oprimidos vascos
fuisteis –extraño síndrome de Estocolmo, el vuestro– protagonistas de
todas las empresas españolas por tierra y mar desde el siglo XV en
adelante. Ése fue, entre otros muchos, el caso de los capitanes de
galeras Iñigo de Urquiza, Juan Lezcano y Felipe Martínez de
Echevarría, del almirante Antonio de Oquendo, su padre y su hijo
Miguel, o de tantos otros embarcados en las galeras del Mediterráneo o
en la empresa de Inglaterra. Las relaciones de Ibarra, Bentivoglio,
Benavides, Villalobos o Coloma sobre las guerras del Palatinado y
Flandes, los asedios, los asaltos con el agua por la cintura, las
matanzas y las hazañas, las victorias y las derrotas, hasta Rocroi y
más allá incluso, están salpicadas de tales apellidos, sin olvidar las
guerras de Italia: en Pavía, por ejemplo, un rey francés fue capturado
por un humilde soldado de Hernani, en el curso de una acción sostenida
por tenaces arcabuceros vascos. Y te doy mi palabra de honor de que
aquel día todos gritaron, hasta enronquecer, Cierra, España: voz que,
en realidad, no tenía significado ideológico alguno. Sólo era un modo
de animarse unos a otros –eran tiempos duros– diciéndole al enemigo de
entonces, fuera el que fuera: Cuidado, que ataca España.
Así que ya ves, amigo mío. No inventé nada. El único invento es el
negocio perverso de quienes te niegan y escamotean la verdadera
Historia: la de tu patria vasca –«La gente más antigua, noble y limpia
de toda España», escribía en 1606 el malagueño Bernardo de Alderete– y
la de la otra, la grande y vieja. La común. La tuya y la mía.
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