[R-P] Una critica a los programas de "cultura gral" de la Tv (Hugo Salas)

INFOR-MET rmermet en yahoo.com.ar
Mar Ago 14 09:42:57 MDT 2007


Me gustó. Es interesante la critica que formula...
Si tienen tiempo, se deja leer..A veces en el suple de
P12 sale algo leible..

rolo
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Television: La escuela vuelve a la pantalla, ¿para
que? 

Hace unos años, los programas de preguntas y
respuestas fueron barridos de la pantalla por otros
más ajustados a la realidad: lo que se premiaba era el
azar en la ruleta, la velocidad con un pulsador o la
osadía en las apuestas. Ahora, en medio de bailarines,
grandes hermanos y soñadores, se atisba el regreso de
la cultura general aprendida en la escuela. Pero ya no
como tragedia, sino como burla.

Por Hugo Salas

Desde hace tiempo ya, con el exitoso Trato hecho y
otros por el estilo, distintos mecanismos de
eliminación (el maletín, la ruleta, el pulsador) han
ganado terreno en los programas de concursos sobre la
vieja vara de la cultura general. Fue una de las
tantas muestras de sinceridad brutal a las que la caja
nada boba –como un preclaro espejo– nos tiene
acostumbrados, del mismo modo que los Bailando y los
Cantando se encargan noche a noche de hacer explícito
el verdadero lugar de la solidaridad y la beneficencia
en la pantalla. En un espacio social dominado por
lógicas arbitrarias y crueles de exclusión, el saber
ya no vale dinero (es decir, no vale nada). El
imbatible ha perecido bajo El circo de las estrellas
y, en la pulseada, Gerardo Sofovich quebró a Pancho
Ibáñez, relegado definitivamente al único lugar de
provecho que el magma catódico puede encontrarle:
respaldar productos lácteos de aquí a la eternidad.

En semejante panorama, parecería contradictorio que
América saque al aire un ciclo diario como ¿Sabés más
que un chico de quinto grado?, en el que un adulto
acumula dinero a fuerza de responder preguntas de
primaria auxiliado por un grupo de confiados nerds de
diez años, bajo la mirada de una maestra cómplice y
amablemente irónica (impecable el personaje de Andrea
Frigerio, una belleza demasiado elegante para los
tiempos que corren). ¿Será que el conocimiento vuelve
a encontrar un lugar en la pantalla, que de nuevo vale
algo, o será que la propuesta atrasa? En realidad, ni
lo uno ni lo otro; ¿Sabés más que un chico de quinto
grado? lleva las cosas un poco más allá y postula, de
un modo paradójico si se quiere, la inutilidad de la
escuela en el mundo contemporáneo.

Ocurre que toda la gracia del programa –un formato
importado de Estados Unidos y respetado al pie de la
letra (salvo por el premio, un millón de dólares
contra los cien mil pesos locales, y el interesante
giro que le aporta al papel del conductor la versión
local)– consiste en demostrar que los participantes,
adultos profesionales, siempre de clase media (como
corresponde), “no saben más que un chico de quinto
grado”; vale decir, que no recuerdan los contenidos de
los libros de texto. En una sociedad donde todavía
tuviera algún valor el viejo paradigma del hombre
ilustrado, esto desnudaría la crisis de la “cultura
general”, pero en una sociedad como la actual, donde
el valor está dado por la inserción laboral o más
crudamente por el acceso al consumo, que adultos
productivos no recuerden o ignoren esos contenidos
tiene el paradójico efecto no de desautorizarlos a
ellos, los adultos (como parecería buscar el
programa), sino a esos saberes... por inútiles.

Así, en esta mirada que supuestamente la celebra, la
escuela se convierte en un lugar donde se difunden y
aprenden datos superfluos, totalmente alejados del
mundo real, con el único propósito de que los chicos
se entretengan. Sus nerds tan confiados, tan
sonrientes, “saben” de geografía, historia, lengua o
lo que fuera (reducidas siempre a un catálogo de ríos,
batallas o reglas ortográficas ignotas) del mismo modo
que podrían “saber” de Pokémon, 100% lucha o Casi
ángeles, como una serie sistemática de pormenores
absolutamente irrelevantes en el mundo adulto. Lejos
de reivindicar la cultura general, ¿Sabés más que un
chico de quinto grado? demuestra en la práctica que
las preguntas y respuestas pueden regresar a la
pantalla no porque el saber vuelva a tener valor, sino
porque se han convertido en un mecanismo de timba tan
azaroso como la ruleta, los dados o el maletín.

No es el único caso. Algo parecido puede verse en El
último pasajero, aggiornado sucedáneo de Feliz domingo
producido por Telefé. Hasta el año pasado, tres
cursos, formados en hilerita, respondían preguntas.
Cada vez que la respuesta era correcta, un pasajero
subía al micro y el curso podía responder otra; de ser
incorrecta, el turno pasaba al equipo siguiente. El
juego terminaba cuando uno de los grupos subía todos
sus pasajeros. Ese grupo elegía entre dos llaves (una
encendía el micro, la otra no); para los demás, las
opciones se multiplicaban en función de la cantidad de
los que hubieran quedado abajo (de ser cinco, por
ejemplo, elegían entre seis llaves). El curso que
elegía la llave correcta se iba a Bariló. Obviamente,
casi siempre ganaban los que más “sabían”. ¿Qué pasó?
Debido a los errores de los participantes, el programa
se hacía eterno, a pesar de que prontamente las
preguntas del estilo “¿Cuál es la provincia del país
con mayor población?” o “¿Cuál de estos huesos no
corresponde a la pierna?” fueron reemplazadas por
otras como “¿A qué hora emite Telefé el noticiero de
las ocho?” o “¿Cuántas patas tiene un cuadrúpedo?”.

El último pasajero optó entonces por una decisión
radical: los grupos contestan durante un determinado
lapso. Cuando el reloj llega a cero, se cuenta cuántos
pasajeros no logró subir cada curso y un escribano les
asigna las respectivas llaves (por ejemplo: ocho, once
y catorce). De este modo, las preguntas y respuestas
mantienen aún un muy relativo impacto en el margen de
posibilidades, pero ganar, en última instancia, es
pura cuestión de suerte (casi tanto como contestar
correctamente o no). Todo ello, por si fuera poco,
después de un juego (el de “desnudar” a las azafatas)
y dos prendas (el beso, el corte de pelo) claramente
sexistas, que terminan de poner las cosas en claro: la
televisión no es un lugar para saber, la televisión es
un lugar donde los chicos manejan, toman decisiones,
juegan, las chicas se dejan –desnudar, cortar el pelo–
por el bien del grupo y el contacto erótico es
estrictamente heterosexual. A fin de cuentas, la tele
–siempre se cansó de decirlo– es como la vida misma.




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