[R-P] (PSI).- UN INTERESANTE ANÁLISIS DE LA REALIDAD SOBRE PLANIFICACIÓN
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Mar Ago 14 07:10:25 MDT 2007
BUENOS AIRES, 14(PSI).- UN INTERESANTE ANÁLISIS DE LA REALIDAD SOBRE
PLANIFICACIÓN. El periodista Alfredo Zaiat, columnista de temas económicos
del matutino “Página 12”, publicó en la edición del pasado sábado 11, un
artículo titulado PLANIFICACIÓN, que estimamos oportuno reproducir.
“Para algunos es una virtud, incluso merecen análisis elogiosos de
investigadores de prestigiosas universidades del exterior. También recibe el
reconocimiento de ejecutivos de grandes empresas internacionales la
capacidad de adaptación de los cuerpos gerenciales locales. Sin embargo, el
fabuloso ejercicio del sector privado y de los funcionarios circunstanciales
al frente de áreas clave del Estado para enfrentar crisis, manejarlas y
luego superarlas puede generar la admiración del observador externo, pero
genera un cuadro de agotamiento social que va minando las posibilidades de
reconstrucción, además de los elevados costos económicos asociados a una
situación que parece transitar por la ladera de un precipicio.
La hiperinflación de Alfonsín y luego la de Menem pusieron a
prueba los departamentos de finanzas y producción de las compañías, que
muchos superaron con éxito y otros tantos naufragaron. La recesión y la
megadevaluación provocaron un escenario de estrés terminal en las
estructuras productivas, que varias enfrentaron con ajustes para sobrevivir
y otras directamente sucumbieron. Y ahora el régimen de tensión máxima del
régimen energético, con restricciones de consumo de ocho horas diarias a
4700 industrias, puso en juego la habilidad empresaria para sortear esa
limitación.
En cada una de esas crisis, de origen diferente y resoluciones
específicas, los gobiernos encontraron no sin errores costosos una salida.
Menem frenó la híper con la convertibilidad; la recesión y la devaluación
2001 no provocaron la disolución nacional, entre otros factores, por la
creación de las cuasimonedas que permitió continuar con el escaso movimiento
económico, y la actual deficiencia en el sistema energético se fue superando
a los ponchazos (un día corte de GNC, otro faltante de gasoil; se importó
electricidad de Brasil y fueloil de Venezuela) o, en todo caso, los
funcionarios aprendieron a los golpes a enfrentar jornadas críticas en el
peor invierno de los últimos 45 años. En todos los casos hay costos visibles
–por ejemplo, el energético se llevó unos 2000 millones de pesos del
superávit fiscal–, pero son más importantes los implícitos vinculados con la
saturación de una sociedad que se desgasta y va asumiendo comportamientos
defensivos que inhiben la capacidad de transformación.
Resulta evidente que los casos mencionados tienen
características y magnitudes distintas por su impacto en la sociedad y, por
lo tanto, no son comparables. Pero todos ellos reúnen una particularidad: la
improvisación, la debilidad de las políticas públicas, la deficiencia del
Estado para ordenar previamente pujas previsibles de agentes económicos y el
endeble compromiso y horizonte cortoplacista que el sector privado expone
para sus inversiones. El país “normal” que el presidente Néstor Kirchner
propuso en más de un discurso durante su mandato todavía no ha alumbrado.
El Gobierno podrá mostrar que les ha ganado a los profetas del
Apocalipsis, que afirmaban que la oscuridad se iba a posar sobre los hogares
argentinos y aconsejaban para evitar ese castigo aceptar otro sobre los
bolsillos de los consumidores aumentando las tarifas. A partir del lunes se
flexibilizarán las restricciones a la industria, para eliminarlas a partir
del lunes 27 de este mes. A propósito, este anuncio de normalización en la
provisión de energía tuvo una marginal cobertura mediática, cuando hubiera
merecido una mayor difusión teniendo en cuenta que a lo largo de los dos
últimos meses se atemorizaba con el fantasma del apagón. De todos modos,
salir triunfador de esa batalla no exime al Gobierno de responsabilidades
por los costos del desbalance energético que se extenderá, por lo menos, en
los próximos dos años.
En esa línea, en un interesante libro de reciente publicación, La
resurrección. Historia de la poscrisis argentina, de Eduardo Levy Yeyati y
Diego Valenzuela, se señala que, en términos generales, “la gestión del
gobierno de Kirchner se ha caracterizado por una audacia discursiva que
contrasta en muchos casos con el bajo dinamismo y efectividad de las
políticas públicas”. Dan algunos ejemplos al respecto (créditos pyme,
préstamos para inquilinos), pero destacan, en especial, uno: “Y qué decir de
la infraestructura de servicios, espada de Damocles del crecimiento,
compleja asignatura pendiente cuya solución excede el reacomodamiento de
precios y tarifas, y precisa de un nuevo tipo de contrato con el sector
privado que aún está por escribirse”.
Más allá del debate sobre discursos y hechos, que en ocasiones
se minimizan las realizaciones por oposición política puesto que desmerecen
audacias que nadie se hubiera imaginado (renegociación de la deuda en
default, cancelación de la deuda con el FMI, reforma previsional, entre
otras), lo cierto es que en el capítulo infraestructura hubo demasiadas
promesas y morosidad en el cumplimiento. Desde el Ministerio de
Planificación muestran un plan de obras ambicioso y en ejecución en el
sector de infraestructura, y fundamentalmente en el área energética. Pero
algo no habrá funcionado del todo bien para que el sistema opere al límite
de su capacidad o, para ser más preciso, con deficiencia en la provisión de
la energía demandada: o se demoró la realización de las obras, o eran
insuficientes, o la economía creció a un ritmo mucho más acelerado que el
previsto, o el modelo energético híbrido (privados que manejan las empresas
y no deciden inversiones, y Estado que decide inversiones y no maneja las
empresas) es un fracaso. Pueden ser todas esas causas juntas, con mayor o
menor importancia, pero algo falló. Se han eludido los presagios de colapso,
aunque se ha puesto en evidencia que en el organigrama de ministerios la
denominación Planificación de la dependencia gubernamental a cargo de Julio
De Vido está equivocada.
Planificación es una cualidad que concentra la admiración cuando
se refiere a los proyectos de las empresas privadas. En cambio, no sucede lo
mismo cuando ese objetivo es adjudicado al Estado. Conceptos como dirigismo
e intervencionismo público son expresados, en general, en tono negativo y
perjudicial para el funcionamiento de la economía. Sin embargo, sin
planificación se transita hacia el camino de una crisis por improvisación,
puesto que el dinamismo de la economía requiere de un plan porque en caso
contrario el modelo estalla. Ordenar una cantidad importante de obras
públicas de infraestructura pesada (centrales nucleares o térmicas) y
livianas (programas de viviendas) no equivale a planificación.
Como contraste vale recordar las principales pautas definidas en
el primer plan quinquenal de gobierno de Perón (1947-1951) para dar cuenta
de la diferencia entre planificar y amontonar proyectos de obras, que, para
peor, se retrasan y algunos están bajo un manto de sospecha por sobreprecios
y manejo irregular de fondos. Bajo la dirección de José Figuerola se delineó
ese plan quinquenal, que presentó tres ejes fundamentales:
- Determinar las necesidades previsibles de materias primas de
origen nacional, combustibles, energía eléctrica, maquinarias y transportes.
Y verificar el estado y grado de eficiencia de los sistemas de producción,
explotación y distribución de esos bienes.
- Establecer un programa mínimo de cinco años de las obras e
inversiones necesarias para asegurar un suministro adecuado de materias
primas, combustibles y equipos mecánicos. Y desarrollar la industria y la
agricultura.
- Descentralizar la industria, formando nuevas zonas;
diversificar la producción y emplazar dichas zonas adecuadamente en función
de las fuentes naturales de energía, las vías de comunicación, los medios de
transporte y los mercados consumidores.
Ese proyecto tuvo sus virtudes y sus defectos, logró avances y
provocó desequilibrios, pero brindó un horizonte que se empalmó con el
Segundo Plan Quinquenal, que quedó trunco por el golpe del ’55. Su resultado
es motivo de debate entre historiadores. En cambio, no debería ser motivo de
controversia que un país normal se construye con planificación y no con
parches, medidas de emergencias y buenas intenciones.- XXX
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