[R-P] [CUPV] Thierry Meyssan, La obsesión del complot islámico mundial [Red Voltaire]
Pat H.A.
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Lun Ago 13 13:22:36 MDT 2007
La obsesión del complot islámico mundial
por Thierry Meyssan*
Lograr que la opinión pública occidental apruebe el
trato que las fuerzas sionistas infligen a los
palestinos y las guerras de rapiña alrededor del Golfo
Pérsico requiere, ante la diversidad de situaciones y
la inevitable complejidad de la realidad, el uso de
técnicas de propaganda elaboradas con vistas a
deshumanizar al enemigo y reducir su causa política en
general al oscurantismo religioso de una minoría. Una
casa productora financiada por el régimen israelí, la
Aish Atora, es considerada como un verdadero
laboratorio en la materia. Thierry Meyssan analiza las
técnicas que dicha casa productora utiliza en su más
reciente producción, Obsession: Radical Islam’s War
Against the West, un «documental» resueltamente
dedicado a la promoción del «choque de
civilizaciones».
------------------------------------------------------
13 de agosto de 2007
Hace un año que una misteriosa casa productora está
tratando de difundir mundialmente un «documental»
dedicado al «islam radical». Hasta hoy, el film ha
sido objeto de numerosas proyecciones privadas,
incluso en el Congreso de Estados Unidos, pero sin
obtener una audiencia masiva, aparte del momento en
que fue incluido en la programación de la cadena
neoconservadora Fox News, a finales de octubre y
principios de noviembre de 2006. Una decena de
millones de personas lo vieron entonces. Se han
preparado versiones subtituladas en diferentes
idiomas, incluyendo el francés. Es poco probable que
alguna cadena francesa proyecte este «documental», por
lo menos mientras que las leyes republicanas sigan
siendo respetadas, pero es posible que tenga cierto
público mediante su difusión en formato DVD o mediante
Internet.
Bajo el título de Obsession: Radical Islam’s War
Against the West (Obsesión: la guerra del islam
extremista contra Occidente), el documental intenta
demostrar en 78 minutos que el mundo musulmán
contemporáneo está todavía más enfermo que la Alemania
nazi y que un odio obsesivo lo posee y lo conduce
inevitablemente hacia una «guerra de civilizaciones»,
especie de guerra civil global cuyo síntoma es el
terrorismo.
Se trata, en realidad, de una hasbarah (en hebreo,
obra de propaganda). En ella se recurre, de forma
clásica, a la emoción, a la disimulación, la confusión
y la repetición hasta suscitar una fuerte angustia
incluso en el espectador más avezado.
El mensaje de este film puede resumirse de la
siguiente manera: «El complot yihadista mundial es la
punta de lanza del Islam que es una civilización
nazi». Este eslogan concentra los principales
argumentos favorables al «choque de civilizaciones»,
además de desarrollarlos de forma extrema. Pero
también ofrece una buena oportunidad de reflexionar
sobre la realidad de dichos argumentos y de hacerles
frente.
En primer lugar, el film plantea la existencia de un
movimiento secreto. Afirma que ese movimiento, al que
define por las diversas acciones que el propio film le
atribuye, se manifiesta mediante esas mismas acciones.
Se trata de un razonamiento perfectamente circular. Se
nutre de la yuxtaposición de imágenes similares entre
sí y de comentarios de expertos. De entrada, se saca
al espectador del plano de lo racional y se le sumerge
en un horror repulsivo.
En una segunda etapa, el film plantea que ese
movimiento secreto no es un grupúsculo sino la punta
de lanza de una civilización de mil millones de
hombres. Afirma que los miembros de ese movimiento son
productos ejemplares de una educación de masas, que
constituyen la élite de una civilización. Para ello,
el film descontextualiza las imágenes haciendo
abstracción de situaciones políticas específicas y de
la significación cultural de determinados gestos y
expresiones.
Finalmente, en un tercer tiempo, el film plantea que
esa civilización es nazi. Recuerda entonces la alianza
entre el gran muftí de Jerusalén, al que presenta como
si fuese el representante de todos los musulmanes, y
el Reich nazi. Pero descontextualiza completamente esa
alianza de forma que el objetivo de esta no es ya la
liberación de la Palestina británica, sino el
exterminio de los judíos europeos.
1. El complot yihadista mundial…
Desde los primeros minutos, el film pone al espectador
ante imágenes de atentados ocurridos en diferentes
partes del mundo durante los 10 últimos años. El
presidente Bush declara gravemente que se trata de
actos de guerra. Se muestra un planisferio con la
localización geográfica de los atentados, para
demostrar que lo sucedido en Nueva York el 11 de
septiembre de 2001 no fue un acto aislado, sino una de
las tantas batallas del «islam extremista».
Paralizado ante la vista de las sangrientas imágenes,
el espectador es incapaz de poner en tela juicio la
afirmación según la cual todos esos crímenes tienen
una causa única; lo que los sociólogos llaman
clásicamente la «teoría del complot». Me resulta
incómodo emplear este último concepto, del que tanto
se ha abusado desde hace 6 años para estigmatizar a
todo el que se atrevió –entre ellos yo mismo–a
plantearse interrogantes sobre la versión
gubernamental de los atentados del 11 de septiembre.
En todo caso, se trata, en este film, de la «teoría
del complot» en el más estricto de los sentidos. Los
autores mezclan, por ejemplo, el atentado cometido en
1996 en el metro Saint-Michel [En París, Francia. Nota
del Traductor.] (generalmente atribuido a una facción
del gobierno argelino) y los atentados perpetrados en
Tailandia en 2006 (cuya autoría fue reclamada por los
separatistas de Patán). Para ellos, sólo hay una causa
única: «el islam extremista». Para reforzar la
presión, los subtítulos indican el día de la semana en
que ocurrió cada uno de los atentados: el martes, los
de Nueva York; el jueves, los de Madrid; también
jueves, los de Londres; el viernes, el de Beslan,
cuando en realidad estos hechos se desarrollaron a lo
largo de una década.
Caroline GlickUn elegante politóloga de un tanque
pensante neoconservador, Caroline Glick, explica que
no se debe considerar que existen diferencias entra la
lucha de los palestinos y la de los iraquíes: unos y
otros forman parte de la yihad global. Los subtítulos
omiten indicar que la capitana Caroline Glick fue
miembro del departamento de operaciones sicológicas de
Tsahal y consejera del primer ministro israelí
Benjamín Netanyahu. Esta información hubiera puesto en
guardia al espectador permitiéndole darse cuenta con
más facilidad del móvil de su intervención: si los
palestinos, y otros, participan en la Yihad global,
eso quiere decir que no luchan por el respeto de sus
derechos y que no hay entonces nada que negociar con
ellos.
Un «periodista palestino», Khaled Abu Toameh, asegura
que todo forma parte de una «campaña de yihad para
derrocar a Occidente y minar los cimientos mismos de
la cristiandad y del judaísmo». Las referencias
religiosas mencionadas mientras que vemos cadáveres
destrozados y víctimas llorosas son lo suficientemente
poderosas como para paralizar toda reflexión. Uno
quisiera saber, sin embargo, qué Occidente
judeocristiano es éste que abarca, según nos dicen,
países como Marruecos, Turquía, Rusia y Tailandia,
entre otros. Uno quisiera comprender cuál puede ser el
significado de expresiones como «derrocar a Occidente»
o «minar los cimientos de la cristiandad». Los
subtítulos omiten precisar que Khaled Abu Toameh es
periodista en el diario neoconservador The Jerusalem
Post.
Robert WistrichtEl profesor Robert Wistricht,
presidente del Sasson Center, subraya que una parte
del islam «rechaza un pilar central de la civilización
humana: el carácter sagrado de la vida». Aparece
entonces Hassan Nasrallah, secretario general del
Hezbollah, glorificando a aquellos que están muriendo
en nombre de su fe. El montaje tergiversa la
declaración del jeque Nasrallah: la mayoría de las
religiones –al igual que numerosas ideologías
seculares– hacen la apología del martirio (o sea, del
sacrificio de sí mismo), lo cual no quiere decir que
desprecien la vida, sino que le atribuyen un sentido.
Los subtítulos omiten indicar que el Sasson Center es
un centro de estudios del antisemitismo y que el
profesor Wistricht es un consejero del ministerio de
Relaciones Exteriores de Israel.
El narrador precisa cuidadosamente que el film no está
dirigido contra los musulmanes en su conjunto,
precisión que no tiene sentido cuando se analiza la
terminología utilizada: si existe un Islam extremista,
tiene que ser por oposición a un Islam moderado; y si
el Islam extremista se manifiesta mediante un alto
grado de violencia –el terrorismo–, ello implica que
el Islam moderado es portador de un grado menor de
violencia: el odio. Mientras vemos imágenes del
peregrinaje a la Meca, el narrador se pregunta cuál es
el porcentaje de musulmanes que ha pasado ya del odio
al terrorismo. Respuesta: entre el 10 y el 15%, lo que
representaría, según nos dicen, una cantidad de
personas equivalente a la población de Estados Unidos
(Aquí, la aritmética se fue al diablo: si tenemos en
cuenta que hay 1 200 millones de musulmanes, el 10 o
15% son entre 120 y 180 millones de personas y Estados
Unidos cuenta con 300 millones de habitantes). En
cierto sentido, esto debería tranquilizarnos: el
enorme poderío estadounidense no se arredra ante unos
pocos grupúsculos, pero tiene que enfrentarse a un
adversario a su medida.
B. …es la punta de lanza del islam…
Después, el documental presenta la «cultura de la
yihad». Los musulmanes están convencidos,
erróneamente, de que Estados Unidos quiere dominar el
mundo e imponerle su modo de vida. Como se creen
amenazados, su respuesta es tratar de ser ellos los
que dominen el mundo y le impongan su propio modo de
vida: el Islam. Este razonamiento recurre a un eficaz
juego de espejos en el que el espectador mide el error
de los demás en función de su propia verdad.
En ese contexto, el espectador piensa de manera
etnocéntrica e interpreta cada citación que le es
presentada sin tener en cuenta el contexto cultural de
la misma. En realidad, la yihad es el equivalente de
lo que los cristianos llaman el «deber de estado». Se
trata de una ascesis, o sea es a la vez algo que el
creyente tiene que cumplir, allí donde se encuentre
(según su estado), y que, cuando lo cumple, transforma
al propio creyente. La yihad puede ser tanto el hecho
de practicar la caridad hacia los pobres como el de
asumir la defensa de la patria, con tal de que la
acción se realice acercándose a Dios.
En el caso del espectador que vive en una sociedad de
consumo, el documental le lleva a tener la impresión
de que la cultura del sacrificio que permite a alguien
sobrepasarse a sí mismo es une cultura hecha de
nihilismo, de destrucción y de autodestrucción.
Walid ShoebatUn ex «terrorista de la OLP», Walid
Shoebar, explica que la traducción correcta de la
expresión «mi yihad» al alemán es Mein Kampf (alusión
al libro programático de Adolf Hitler). Inmediatamente
después de esta referencia al antisemitismo nazi viene
un fragmento de una prédica en la que un exaltado
jeque exhorta, espada en mano, a cortar cabezas de
judíos, ante el clamor de los fanáticos fieles.
El espectador se estremece. Se trata de un efecto del
montaje de las imágenes. En realidad, es poco probable
que Walid Shoebat haya participado alguna vez en
atentados de la OLP: en ese caso podría ser condenado
a muerte en Estados Unidos, país donde vive
libremente. Shoebat ni siquiera es musulmán, sino
cristiano sionista. El jeque exaltado es un ulema
filmado en una mezquita de Bagdad un mes antes de la
invasión anglo-estadounidense. Y no está llamando a
«matar judíos», sino a resistir con las armas en la
mano frente a los invasores sionistas.
El documental se concentra en la «cultura del odio»,
presentando imágenes de multitudes que corean «¡Muerte
a los Estados Unidos!». Luego de los atentados del 11
de septiembre, los estadounidenses se equivocaban al
preguntarse por qué los árabes los odian, ya que ese
odio no proviene de la actitud de los propios
estadounidenses sino que se le inculca a los árabes a
lo largo de su educación. Ningún elemento preciso
viene a corroborar esta afirmación del documental,
varios personajes intervienen para explicar que los
dictadores árabes alimentan esa cultura del odio para
desviar la cólera de sus pueblos. Como prueba, nos
presentan un video en el que Hassan Nasrallah denuncia
la responsabilidad de Estados Unidos en las desgracias
que sufre el Medio Oriente. Las imágenes se encadenan
con bastante rapidez para que el espectador no tenga
tiempo de preguntarse qué país vive bajo la dictadura
del líder de la oposición libanesa.
El odio musulmán se ilustra mediante escenas de
jolgorio filmadas en Jerusalén y Karachi luego de los
atentados del 11 de septiembre.
Sin embargo, las imágenes captadas en Jerusalén el 11
de septiembre sólo presentan a una veintena de
exaltados y no tienen ninguna representatividad. En
cuanto a la manifestación de Karachi, la realidad es
que los manifestantes no están celebrando la
destrucción del World Trade Center sino protestando
por el ataque contra Afganistán.
Después vienen imágenes en las que la chusma arrastra
los cuerpos de varios estadounidenses muertos en
emboscadas, en Irak (en 2004) y en Somalia (en 1991).
Una vez más las imágenes son presentadas fuera de su
contexto, como si no hubiera la menor injerencia
estadounidense en esos Estados y se tratara de
crímenes gratuitos.
El documental denuncia «la infiltración del islam
extremista» en «Occidente». El discurso se torna aquí
más sutil: el Islam es portador de valores diferentes
a los de «Occidente», los musulmanes moderados podrían
llegar a integrarse adoptando poco a poco los valores
occidentales, mientras que los musulmanes radicales
serían inasimilables y tratarían de derrocar las
instituciones occidentales. Esta forma de presentar
las cosas, teniendo mucho cuidado de no acusar a todos
los musulmanes, busca en realidad hacerlos sospechosos
a todos. Sobre todo porque éstos mantienen un discurso
cuando se dirigen al público occidental y otro
diferente cuando hablan entre sí. En apoyo a esta
última afirmación, vemos imágenes de Yasser Arafat que
lo muestran sucesivamente hablando de paz en la Casa
Blanca y predicando la yihad en Palestina.
No importa que Arafat haya sido un laico. Sacadas de
su contexto, sus palabras apoyan la demostración.
Imágenes de Abu Hamza al-Masri sirven para probar la
presencia de fanáticos en Occidente. El célebre
predicador de Finsbury Park y sus acólitos celebran
los atentados del 11 de septiembre y llaman a matar a
los no musulmanes. Glenn Jenvey, el agente de
inteligencia que se infiltró en su grupo y que lo
llevó ante los tribunales, comenta estas imágenes.
No se dice aquí que Abu Hamza está purgando una pena
de prisión por incitación al odio racial y que su
grupo se componía sólo de unos pocos chiflados. Por el
contrario, el montaje de las imágenes nos hace pensar
que Hamza sigue en actividad y que dispone de
batallones de seguidores, como si representara un
peligro real e inminente.
Ellos están por todas partes. Como prueba, Brigitte
Gabriel, periodista en cruzada contra el pensamiento
políticamente correcto que restringe la libertad de
expresión, asegura que Hamas desplegó una amplia
organización terrorista en Estados Unidos. La
situación es aún más grave en Europa, donde la minoría
musulmana está en pleno crecimiento. Esta última se
sublevó en Francia, en noviembre de 2005, como
expresión de su rechazo de los valores occidentales.
(¡Caramba! Para conservar un poco de credibilidad, no
va a quedar más remedio que cortar esta parte antes de
poner el film en Francia).
No nos dicen que la señora Gabriel huyó de su Líbano
natal cuando se retiraron las tropas israelíes, con
las cuales ella colaboraba.
C. …que es una civilización nazi
Imágenes de archivo muestran al canciller Hitler
llamando a la destrucción de la raza judía en Europa.
El historiador Sir Martin Gilbert denuncia la
pasividad política ante el Reich y los acuerdos de
Munich que, al tratar de preservar la paz, hicieron
que la guerra fuera más larga y atroz. De la misma
manera, según nos dicen, el hecho de minimizar el
peligro islámico, cuando la voluntad de los yihadistas
de destruir a los judíos está demostrada, es una
locura que llevará a una confrontación general. El
anciano Alfons Heck, ciudadano estadounidense de
origen alemán, presta testimonio sobre su infancia en
las filas de la Juventud Hitleriana y compara el
proselitismo del que él mismo fue víctima con el de
los jóvenes musulmanes. La historia se repite.
Para dar crédito a este paralelo, el montaje de las
imágenes mezcla discursos antisemitas nazis con
discursos antiisraelíes árabes y persas. También
alterna imágenes de jóvenes combatientes árabes con
imágenes de jóvenes hitlerianos. Unos y otros
extienden el brazo, haciendo el saludo romano. El
espectador, si no conoce la cultura mediterránea, es
inducido así a confundir automáticamente esta forma de
juramento solemne con el ritual nazi.
John Loftus, el fiscal que dirigió la búsqueda de
criminales nazis en Estados Unidos, explica
doctoralmente que la cultura musulmana considera a los
judíos como no humanos y enseña que Alá exhorta a
matarlos. Itamar Marcus, director de un centro de
estudios sobre los medios palestinos, subraya que la
propaganda musulmana se hace eco de los clichés
medievales que acusan a los judíos de alimentarse con
sangre de niños cristianos. Es por eso que en la serie
Diáspora se presenta una escena con ese mito del
sacrificio ritual como si éste último fuera parte de
la ideología judía. Lo más grave no sería sin embargo
la escena en sí, sino el momento en que se puso en
pantalla: durante el Ramadán, momento en que se mira
la televisión en familia.
Se trata de una escena repulsiva. Desgraciadamente,
ello no quiere decir gran cosa ya que no sería difícil
encontrar escenas comparables en numeras «series
americanas» que imputan toda clase de crímenes
imaginarios a los musulmanes.
El documental prosigue subrayando el prejuicio según
el cual los judíos manipulan a Estados Unidos y
comparándolo con la teoría del complot judío mundial
desarrollada por los nazis. El choque que ocasionan
las imágenes es tan fuerte que el espectador no puede
darse cuenta de que el propio documental está
tratando, desde el principio, de convencerle de la
existencia de… un imaginario complot islámico mundial.
Volviendo al paralelo histórico, varios personajes
intervienen para recordar que el gran muftí de
Jerusalén (quien fuera en su época el líder del
nacionalismo musulmán) se alió con Adolf Hitler en
1941 para exterminar a los judíos y que creó una
división SS musulmana.
De nuevo, las imágenes son convincentes, pero lo son
porque no mencionan la complejidad del período
histórico al que se refieren y parten de la errónea
suposición según la cual la «cuestión judía» fue el
centro de la Segunda Guerra mundial. El reproche que
el documental hace a los palestinos podría aplicarse
también a todos los pueblos colonizados del Imperio
británico que trataron de unirse al Reich con la
esperanza de obtener su propia libertad. Así sucedió
en el caso de la India, el Mahatma Gandhi no pudo ir a
Alemania, pero le escribió a Adolf Hitler pidiéndole
ayuda, mientras que Chandra Bose creó una división SS
hindú. O sea, nada de esto tiene que ver con el
antisemitismo nazi, pero las secuencias anteriores
tratan de hacer creer lo contrario.
Vienen después imágenes de profanaciones de sinagogas
cometidas por los nazis, de profanaciones de iglesias
en Bosnia, en Nigeria y en Irak, y de la profanación
de un templo hindú en Indonesia, atribuidas todas a
los musulmanes. Incluso se ve la quema de una cruz en
público, en Londres. ¿Qué quieren entonces? John
Loftus responde: «Es muy simple. Quieren matar a los
judíos, derrocar la democracia y destruir la
civilización occidental».
El documental termina con un mensaje de esperanza
acompañado de una música reconfortante después de tan
duras imágenes. Al igual que Roosevelt cuando dirigió
la guerra contra los nazis, Estados Unidos tiene que
cerrarle hoy el paso al fascislamismo con el apoyo de
los musulmanes moderados. Ante el Mal, la peor que se
puede hacer es no hacer nada. The End.
Los productores
Obsession: Radical Islam’s War Against the West fue
producido por Aish HaTorah, una yeshiva (escuela
talmúdica), generosamente financiada por las
autoridades israelíes. Esta organización dispone de
una asociación de relaciones públicas, la Hasbara
Fellowship, que se dio a conocer recientemente al
organizar campañas de protesta contra el ex presidente
estadounidense James Carter, cuando éste último
calificó el trato que reciben los palestinos de
apartheid. También dispone de una asociación de
monitoreo y de producción audiovisual, Honest
Reporting, que dice contar con 140 000 miembros en
Israel. El conjunto se encuentra bajo la dirección del
rabino Ephraim Shore, y de su segundo, Yarden Frankl,
un cabildero del AIPAC.
--------------------------------------------------------------------------------
El film Obsession: Radical Islam’s War Against the
West con subtítulos en francés
Nota: estos subtítulos no son oficiales.
Une versión sin subtítulos se encuentra disponible en
la siguiente url:
http://www.youtube.com/watch?v=gG1gSdBhhjE
Thierry Meyssan
Periodista y escritor, presidente de la Red Voltaire
con sede en París, Francia. Es el autor de La gran
impostura y del Pentagate
"Hasta cuándo seguir gritando que no cedo en hipoteca mis sueños
Hasta cuándo seguir gritando que soy incorregible
Hasta cuándo seguir gritando que no reniego de mis actos
Hasta cuándo seguir gritando que nada de lo que tengo
está en venta ni quiero que ningún imbécil corte la soga
Hasta cuándo seguir gritando que no cumplo mis deberes en la tormenta
Hasta cuándo seguir gritando que no exijo futuro
Hasta cuándo si desde siempre mis cartas están sobre la mesa"
____________________________________________________________________________________
¡Sé un mejor ambientalista!
Encontrá consejos para cuidar el lugar donde vivimos.
http://ar.yahoo.com/promos/mejorambientalista.html
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular