[R-P] [E. Lacolla] Guerras sin victoria

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Ago 8 12:04:19 MDT 2007


Guerras sin victoria 

Por ENRIQUE LACOLLA

El arte de la guerra se está transformando de extraña manera. Más que 
un medio para llegar al triunfo parece estar convirtiéndose en un fin 
en sí mismo.

Cuando George W. Bush proclamó, con posterioridad a los atentados del 
11 de Septiembre, la "Operación Libertad Duradera", también 
denominada "Justicia Infinita", quería significar exactamente lo que 
decía. 
Es decir, el ingreso a un conflicto inacabable, en diapasón con la 
hipótesis del "Choque de las Civilizaciones" y previsto para durar 
por un período impredecible, suministrando así, a los Estados Unidos 
y al sistema global que este capitanea, el pretexto para mantener el 
estado de cosas en el mundo tal como está por un lapso asimismo 
imprevisible.
De momento, los principales esfuerzos norteamericanos se dirigen 
contra el Medio Oriente y el Asia Central, con el cuádruple objetivo 
de controlar el gas y el petróleo, imponer una globalización 
económica que favorezca a Occidente, incidir en el balance de poderes 
en el Asia Central y vigilar a los competidores por la hegemonía 
mundial que puedan surgir en Oriente, en el caso de una eventual 
coalición entre Rusia, China y la India. 
La fijación de estas metas, implica la guerra, o la amenaza 
permanente de esta. La razón profunda que explica este curso de 
acción es que la existencia de conflictos, operantes o potenciales, 
es esencial para sostener los ingresos del formidable complejo 
militar-industrial de Estados Unidos y para imponer el 
ultraimperialismo del capital financiero, que forma una sola cosa con 
aquel.
Pero la guerra requiere de motivos. La utilización del espantajo 
terrorista como excusa para el rearme en un mundo donde había 
desaparecido la competencia estratégica bipolar, fue una de las 
clásicas jugadas en que abunda la historia. Ellas se caracterizan por 
el uso de una amenaza externa como pretexto para suprimir las 
contradicciones internas de un sistema y para no encarar la necesaria 
reforma de este. 
El estado de guerra permanente ya fue contemplado en el pasado como 
un expediente para concentrar el poder, y el recurso a los efectos 
sensacionales y en ocasiones prefabricados para justificar ese 
procedimiento como una absoluta necesidad, fue ilustrado, pongamos 
por caso, por la quema de Reichstag y por el aprovechamiento que de 
ese episodio hizo el nazismo a los fines de implantar una dictadura 
irrestricta en Alemania. Adolfo Hitler también previó una especie de 
guerra inagotable como expediente para asegurar el predominio alemán 
en Europa y tal vez más allá, y como forma de "templar" a la raza 
germana para el rol inevitable que había de caberle como dueña del 
mundo. 
George W. Bush no es Hitler, desde luego; le falta el toque de 
genialidad demoníaca que tenía este. Pero el aparato y el entramado 
de intereses que sustentan la arquitectura política y económica del 
Imperio que provisoriamente Bush encabeza, disponen de una 
inteligencia, una elasticidad y una capacidad de adaptación muy 
superiores a los que podían exhibir los detentores del poder en el 
Tercer Reich.
Lo cual los perfila como una amenaza muchísimo más grande que la que 
representaron estos últimos.
RMA y FGW
No, no son dos marcas de automóviles. Son las siglas de dos doctrinas 
militares que se han lanzado en Estados Unidos. 
Todo régimen se fabrica las teorías militares que necesita. Esto es, 
que se adecuan a sus objetivos y los explican. El Pentágono ha 
acuñado durante las últimas décadas un par de conceptos que comprimen 
la naturaleza de las ambiciones estratégicas y de las posibilidades 
prácticas que se abren para la ambiciosa pretensión de implantar la 
supremacía mundial de Estados Unidos. Las dos teorías son disímiles y 
hasta se contraponen. Ambas, sin embargo, tienen algo de 
inconcluyente en ellas que de alguna manera las mancomuna.
A la primera se la ha demonado Revolution in Military Affairs (RMA), 
o sea la Revolución en los Asuntos Militares. Consiste en una visión 
sustentada en una ecuación que estipula la inversión masiva de 
enormes candidades de dinero para investigar, descubrir, perfeccionar 
y aplicar armamento de altísima tecnología. La precisión de las armas 
inteligentes, la información y la invisibilidad de los vectores del 
fuego serían los atributos que permitirían ejercer un dominio 
incontrastado en todo el mundo. El monopolio de estos factores 
establecería en el campo de batalla una superioridad irrebatible, que 
tendría razón sobre cualquier oponente. 
Ahora bien, hay dos cosas que enturbian esta hipótesis. Una, es que 
parece estar demasiado vecina a la leyenda del armero chino, que se 
jactaba de fabricar un escudo que resistía a cualquier lanza y una 
lanza que traspasaba a cualquier escudo. Los enemigos potenciales que 
son o pueden llegar a ser equiparables a Estados Unidos por peso 
industrial y experiencia tecnológica y están dando vueltas por ahí 
-China y Rusia- son capaces de imaginar sus propias contramedidas y 
mantener la carrera entre instrumentos ofensivos y defensivos en una 
serie de alzas y bajas que jamás permitirán que nadie se sienta de 
veras seguro. En especial habida cuenta del poder destructivo del 
armamento nuclear, que en cualquier intercambio entre dos 
contrincantes de peso aproximado excluye la noción del triunfo y la 
suplanta por la de aniquilación mutua. 
En estas condiciones el mito de Superman, en que se complacen tantos 
norteamericanos, puede convertirse en una trampa. 
Débiles y poderosos
Otros teóricos que con probabilidad tienen menos compromisos de 
carácter crematístico con las fábricas de armamento y con el Silicon 
Valley, han construido sin embargo una hipótesis diferente. Un 
analista llamado William Lind y un grupo de oficiales de la 
infantería de marina acuñaron la doctrina de las Fourth Generations 
Wars (FGW) o Guerras de Cuarta Generación, teoría que parte de 
establecer un orden de jerarquías entre los diversos estilos de 
guerrear que generó Occidente desde el siglo XVIII en adelante y que 
termina afirmando que ahora estas hipótesis comenzarían a ser 
jaqueadas por las guerras de cuarta generación.
Estas poseen características que ya habían sido experimentado en 
Occidente y en muchas otras partes del mundo en siglos recientes. Sus 
tácticas remiten en efecto a la guerra de partisanos, uno de cuyos 
ejemplos más egregios lo brindó la lucha de los españoles contra 
Napoleón (y de los criollos americanos contra los españoles en el 
Alto Perú). 
Según la teoría de Lind y adláteres, después de las guerras 
organizadas en torno de la línea  y la columna, características de 
las guerras del siglo XVIII y de las de la Revolución y el Imperio; 
luego de la guerra industrial y de materiales que fue típica de la 
primera conflagración mundial, y después de la guerra relámpago que 
presidió las operaciones de la Segunda, las condiciones del mundo 
actual no dan lugar a confrontaciones a gran escala ni disputadas 
sobre esos parámetros. El factor tecnológico seguirá presente, la 
lucha por la información y la desinformación también; pero a nivel 
disperso y contra enemigos ubicuos cuya armas son demasiado 
esenciales y que se apoyan en una tecnología no tanto rudimentaria 
cuanto funcional, como para resultar blancos fáciles a la 
parafernalia aeronaval inteligente que constituye la herramienta 
maestra de quienes se postulan para amos del mundo. 
El fracaso israelí en la última guerra del Líbano y la incapacidad de 
los norteamericanos de acabar con los resistentes en Irak o en 
Afganistán, están proclamando el advenimiento de las Guerras de 
Cuarta Generación. El caso israelí, por haberse jugado en un breve 
lapso y con una disparidad enorme de medios, es ilustrativo del 
fracaso la Revolución en Asuntos Militares. Ciegamente confiado en el 
valor del armamento "inteligente", el Tsahal fue derrotado por una 
guerrilla muy bien entrenada y motivada, no pudiendo cobrarse ese 
desastre sino con el estrago generalizado que las armas -según toda 
evidencia, no tan inteligentes- sembraron en la infraestructura y la 
población civil libanesa. 
Ahora bien, ¿importa mucho a los jefes del sistema este fiasco? Es 
probable que no. De lo que se trata es más bien de justificar los 
ingentes gastos que la Revolución en Asuntos Militares requiere para 
seguir su curso. La confrontación entre fuerzas supremamente 
sofisticadas y batallones de desesperados, refractarios o suicidas no 
va a llevar a nada sino más bien a un permanente empate, en el cual 
la crisis y el resentimiento identitario generado, no por las 
culturas extrañas a Occidente, sino por la agresión que este ejerce 
contra aquellas, seguirá alimentando conflictos sin fin. 
Tenemos aquí una singular paradoja. Las guerras, al contrario de lo 
que pensaban Clausewitz, Liddell Hart y tantos otros teorizadores de 
la polemología, no se combaten ahora para vencer sino para continuar 
guerreando. 
Todo parecido con el caos que el ultraimperialismo impone al mundo, 
no es en absoluto una coincidencia.


Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ 
"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ 





Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular