[R-P] [E. Lacolla] El mundo sin Bergman ni Antonioni
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Ago 1 14:50:27 MDT 2007
El mundo sin Bergman ni Antonioni
Por ENRIQUE LACOLLA
Los dos grandes cineastas muertos esta semana proporcionaron algunas
de las obras más cumplidas de la narrativa moderna.
Hace apenas dos días murieron dos de los artistas que mejor plasmaron
la condición humana en el siglo XX. Ingmar Bergman y Michelangelo
Antonioni cerraron su existencia mortal casi en el mismo momento, por
una de esas raras coincidencias que condensan, en su pirueta, una
gran carga simbólica.
Junto a Andrezj Wajda, que los sobrevive pero que no los iguala en la
altura y complejidad de su obra, eran los últimos exponentes de una
generación de cineastas que animó las que posiblemente han sido hasta
hoy las dos décadas más ricas del cine: las inmediatamente
posteriores a la segunda guerra mundial. Fue un momento de epifanía,
ése, con un caudal de nombres y obras que pusieron al cine a la
altura de las artes más maduras y que ahondaron en la problemática
moral, existencial y social de nuestro tiempo con una profundidad y
un delicado equilibrio que no se habían dado antes ni se han vuelto a
dar desde entonces.
Eran los años inmediatamente posteriores al neorrealismo, que había
expuesto la verdad cruda de un mundo despanzurrado por la guerra. El
universo social europeo se había recompuesto a partir de ese momento,
con una velocidad sorprendente, y su exterior brillante no era
penetrable ya con las armas de la vocación documentalista y
testimonial del neorrealismo: requería de instrumentos más agudos y
precisos para ahondar en la desazón que informaba, sordamente, a un
mundo que de pronto había trocado la escasez más extrema por las
prodigalidades de la sociedad de consumo; pero que de todas manera se
sentía amenazado por el recuerdo de la guerra pasada y por los
tormentos de la guerra fría, que hacía pender la sombra del
Apocalipsis nuclear sobre la reluciente prosperidad del milagro
económico europeo.
Bergman y Antonioni, cada cual a su manera y desde un espiritualidad
no muy diferente, dieron expresión a esa angustia. En el caso del
cineasta sueco, quizá el más grande de todos los creadores
cinematográficos que hemos tenido hasta el momento, su percepción del
mundo está traspasada por una angustia existencial que lo lleva a
elaborar algunas de las reflexiones más desoladas y sin embargo más
enteras y viriles sobre el sin sentido del universo: no puedo dejar
de recordar a El Séptimo Sello y a la frase que pronuncia el escudero
de Antonius Block cuando la Muerte le impone silencio: "Callo, pero
callo bajo protesta".
El Norte y el Sur: similitudes y diferencias
La angustia que permea a Bergman y que el realizador resuelve en un
cine de una pureza visual extrema y en unos textos de una
esencialidad poética impresionante, encuentra en Antonioni una
expresión determinada en buena medida por el origen italiano de este,
pero que no difiere mucho en su sentido.
En Bergman el enigma que plantea la vida es experimentado con una
intensidad religiosa reforzada por la percepción intensamente sensual
que el director tiene de esta.
En Antonioni, el sesgo materialista de su manera de ver el mundo se
encarna, en cambio, en formas menos líricas, más frías (menos
nórdicas y fáusticas, si se quiere, y más mediterráneas y
racionalistas), y su espanto deviene más de la incomunicación que
percibe en los seres humanos como consecuencia de su inserción en un
planeta social estéril, carente de valores, que de una interrogación
metafísica que casi no se plantea.
Ambos, sin embargo, proceden con una coherencia estilística rigurosa.
Bergman fue un maestro absoluto en la combinación de las vertientes
expresivas que confluyen en el filme: plástica, sonido, música y
texto se acuerdan con fluidez en sus películas.
Antonioni, por su parte, nos ha legado, a través de sus filmes, una
forma de ver el paisaje moderno que hemos incorporado de manera casi
inconsciente. Los paisajes, cualesquiera que sean, están por supuesto
siempre allí, pero es la percepción del artista la que nos los revela
en su sentido más verdadero. Así como la pintura de Edward Hopper nos
enseñó a ver la soledad del individuo en un mundo ausente, así
Antonioni nos ha dado una visión de las ciudades modernas que resalta
la frialdad de estas y de las relaciones que se tejen en ellas.
Pero la angustia existencial no sostiene a una obra de arte ni le da
su proyección más poderosa. Es lo que esta vale por sí misma, como
apuesta contra esa misma angustia, lo que la consolida en el tiempo.
Los dos realizadores que nos dijeron adiós esta semana, lejos de
acomodarse a las cosas como son, resolviendo su cine como una
ecuación miserablemente desesperanzada y en el fondo conformista,
configuraron su obra como una protesta contra el destino.
Algo más los mancomunó, asimismo, dotando a su trabajo de una
dimensión afirmativa: su valorización de la mujer como portadora de
la verdad de la vida. Los personajes femeninos de Bergman y Antonioni
son legión, y muchos de ellos inolvidables: el personaje de Kari
Sylwan en Gritos y susurros, el de Bibi Andersson en El séptimo
sello, los de Mónica Vitti o Jeanne Moreau en la trilogía que
conforman La aventura, La noche y El eclipse, entre muchos otros.
Todos ellos se perfilan como opciones positivas, que parecen
encerrar, junto a la dimensión destructiva o desconcertada del
hombre, la constatación tenaz de la maternidad, capaz de afianzarse
contra la muerte y de seguir dando, sean cuales fueren las
inclemencias del destino, el obstinado testimonio de la vida.
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Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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