[R-P] El mundo sin Bergman ni Antonioni, de Enrique Lacolla
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en gmail.com
Mie Ago 1 13:17:06 MDT 2007
Me sumo a lo magistralmente expuesto acá por el gurú cordobés.
Europa, sin estos maestros, ha perdido todo interés para mí.
Lo que de Europa genera expectativas no es europeo, es ruso.
Y es muy difícil que el cine vuelva a alcanzar la estatura que estos tipos
le dieron.
Las computadoras, los FX, el ingenio sin genialidad, lo han aplastado y
homogeneizado. Casi todas las películas parecen hechas por el mismo
director, un despersonalizado estudioso del mercadeo, inculto y basto, para
quien la edad mental de sus espectadores no sobrepasa los 14 años.
Julio Fernández Baraibar
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El mundo sin Bergman ni Antonioni
Por ENRIQUE LACOLLA
Los dos grandes cineastas muertos esta semana proporcionaron algunas de las
obras más cumplidas de la narrativa moderna.
Hace apenas dos días murieron dos de los artistas que mejor plasmaron la
condición humana en el siglo XX. Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni
cerraron su existencia mortal casi en el mismo momento, por una de esas
raras coincidencias que condensan, en su pirueta, una gran carga simbólica.
Junto a Andrezj Wajda, que los sobrevive pero que no los iguala en la altura
y complejidad de su obra, eran los últimos exponentes de una generación de
cineastas que animó las que posiblemente han sido hasta hoy las dos décadas
más ricas del cine: las inmediatamente posteriores a la segunda guerra
mundial. Fue un momento de epifanía, ése, con un caudal de nombres y obras
que pusieron al cine a la altura de las artes más maduras y que ahondaron en
la problemática moral, existencial y social de nuestro tiempo con una
profundidad y un delicado equilibrio que no se habían dado antes ni se han
vuelto a dar desde entonces.
Eran los años inmediatamente posteriores al neorrealismo, que había expuesto
la verdad cruda de un mundo despanzurrado por la guerra. El universo social
europeo se había recompuesto a partir de ese momento, con una velocidad
sorprendente, y su exterior brillante no era penetrable ya con las armas de
la vocación documentalista y testimonial del neorrealismo: requería de
instrumentos más agudos y precisos para ahondar en la desazón que informaba,
sordamente, a un mundo que de pronto había trocado la escasez más extrema
por las prodigalidades de la sociedad de consumo; pero que de todas manera
se sentía amenazado por el recuerdo de la guerra pasada y por los tormentos
de la guerra fría, que hacía pender la sombra del Apocalipsis nuclear sobre
la reluciente prosperidad del milagro económico europeo.
Bergman y Antonioni, cada cual a su manera y desde un espiritualidad no muy
diferente, dieron expresión a esa angustia. En el caso del cineasta sueco,
quizá el más grande de todos los creadores cinematográficos que hemos tenido
hasta el momento, su percepción del mundo está traspasada por una angustia
existencial que lo lleva a elaborar algunas de las reflexiones más desoladas
y sin embargo más enteras y viriles sobre el sin sentido del universo: no
puedo dejar de recordar a El Séptimo Sello y a la frase que pronuncia el
escudero de Antonius Block cuando la Muerte le impone silencio: "Callo, pero
callo bajo protesta".
El Norte y el Sur: similitudes y diferencias
La angustia que permea a Bergman y que el realizador resuelve en un cine de
una pureza visual extrema y en unos textos de una esencialidad poética
impresionante, encuentra en Antonioni una expresión determinada en buena
medida por el origen italiano de este, pero que no difiere mucho en su
sentido.
En Bergman el enigma que plantea la vida es experimentado con una intensidad
religiosa reforzada por la percepción intensamente sensual que el director
tiene de esta.
En Antonioni, el sesgo materialista de su manera de ver el mundo se encarna,
en cambio, en formas menos líricas, más frías (menos nórdicas y fáusticas,
si se quiere, y más mediterráneas y racionalistas), y su espanto deviene más
de la incomunicación que percibe en los seres humanos como consecuencia de
su inserción en un planeta social estéril, carente de valores, que de una
interrogación metafísica que casi no se plantea.
Ambos, sin embargo, proceden con una coherencia estilística rigurosa.
Bergman fue un maestro absoluto en la combinación de las vertientes
expresivas que confluyen en el filme: plástica, sonido, música y texto se
acuerdan con fluidez en sus películas.
Antonioni, por su parte, nos ha legado, a través de sus filmes, una forma de
ver el paisaje moderno que hemos incorporado de manera casi inconsciente.
Los paisajes, cualesquiera que sean, están por supuesto siempre allí, pero
es la percepción del artista la que nos los revela en su sentido más
verdadero. Así como la pintura de Edward Hopper nos enseñó a ver la soledad
del individuo en un mundo ausente, así Antonioni nos ha dado una visión de
las ciudades modernas que resalta la frialdad de estas y de las relaciones
que se tejen en ellas.
Pero la angustia existencial no sostiene a una obra de arte ni le da su
proyección más poderosa. Es lo que ésta vale por sí misma, como apuesta
contra esa misma angustia, lo que la consolida en el tiempo. Los dos
realizadores que nos dijeron adiós esta semana, lejos de acomodarse a las
cosas como son, resolviendo su cine como una ecuación miserablemente
desesperanzada y en el fondo conformista, configuraron su obra como una
protesta contra el destino.
Algo más los mancomunó, asimismo, dotando a su trabajo de una dimensión
afirmativa: su valorización de la mujer como portadora de la verdad de la
vida. Los personajes femeninos de Bergman y Antonioni son legión, y muchos
de ellos inolvidables: el personaje de Kari Sylwan en Gritos y susurros, el
de Bibi Andersson en El séptimo sello, los de Mónica Vitti o Jeanne Moreau
en la trilogía que conforman La aventura, La noche y El eclipse, entre
muchos otros.
Todos ellos se perfilan como opciones positivas, que parecen encerrar, junto
a la dimensión destructiva o desconcertada del hombre, la constatación tenaz
de la maternidad, capaz de afianzarse contra la muerte y de seguir dando,
sean cuales fueren las inclemencias del destino, el obstinado testimonio de
la vida.
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