[R-P] Lacolla La masacre en EE.UU. indica un mal moderno ...

José María Cavalleri ingcavalleri en hotmail.com
Dom Abr 22 06:41:41 MDT 2007


Perspectivas
Explicar lo inexplicable
La masacre en EE.UU. indica un mal moderno que ese país sufre primero, justo 
porque es el más moderno de todos.
Enrique Lacolla
Periodista

Casos como el de la Universidad Politécnica de Virginia han acaecido en 
otras partes, en escala mucho menor, por supuesto. Incluso nuestro país fue 
tocado por un episodio parecido, cuando un adolescente abrió fuego, en 
Carmen de Patagones, contra sus compañeros de curso. Pero que la 
norteamericana es una sociedad violenta nadie lo duda. Como tampoco que esa 
violencia desborda los parámetros de lo experimentado en cualquier otro país 
desarrollado, resultando expresivo de una idiosincrasia peculiar. A la cual, 
sin embargo, convendría no disociar de una evolución histórica y 
psicocultural que se ha ido modificando con los años.

La norteamericana es una sociedad armada hasta los dientes: se calcula que 
hay 200 millones de armas en poder de particulares, lo que da un promedio de 
dos armas por cada tres habitantes. Pero sería erróneo atribuir sólo a este 
dato la sangrienta cadena de episodios que han venido señalando en las 
últimas décadas el historial de la violencia en ese país.

Hay países como Suiza y Canadá, por ejemplo, tan armados como Estados 
Unidos, sin que en ellos se produzcan asesinatos masivos en catarata. Más 
bien son países señalados por un notable equilibrio entre disciplina social 
y armonía individual.

La originalidad estadounidense se deriva del hecho de que es la nación en la 
cual se expresan los datos de la sociedad moderna de la manera más 
concentrada, conectándose además con una tradición que privilegió siempre 
"la cultura del revólver". Esto la configura como un teatro especialísimo 
para poner en escena las pulsiones más truculentas de este momento 
histórico.

La sociedad norteamericana combina los rasgos más visibles de una sociedad 
híper desarrollada: es pletórica, nerviosa, individualista, ferozmente 
competitiva, consumista y, en apariencia, bastante permisiva, pero en 
realidad contenida en las mallas de un sistema señalado por el conformismo 
político y la intoxicación mediática.

Es también acrítica en lo referido a los problemas de carácter general que 
conmueven al mundo, que sin embargo la tienen como su protagonista central.

Este conjunto de contradicciones no es fácil de gestionar para el 
inconsciente colectivo. En especial, los jóvenes perciben que están rodeados 
de una violencia exaltada y condenada a la vez por el discurso televisivo y 
cinematográfico; violencia que, por otra parte, rezuma, de forma muy 
concreta, de la falta de tolerancia hacia los inmigrantes internos, de la 
carencia de coberturas sociales y de la necesidad de programar de una manera 
muy exigente la propia vida para hacerse un espacio en un universo laboral 
atiborrado y regido por parámetros implacables acerca de la necesidad de 
tener éxito. A todo lo cual se suma una violencia genocida a nivel 
internacional, ejercida por su propio gobierno en nombre de la democracia. 
Para los seres psicológicamente más frágiles y desequilibrados no es fácil 
conservar la cordura en este ambiente.

Etapas. No siempre estas características se dieron de una forma tan 
paroxística. En el pasado, la violencia, siempre presente, solía darse más 
bien entre las mafias, los gángsters y la policía. Pero en la década de los 
‘60 parece producirse una inflexión tenebrosa.

Los magnicidios de John Fitzgerald Kennedy, Martin Luther King y Robert 
Kennedy, más la guerra de Vietnam, parecieron abrir las puertas del 
infierno. A partir de allí las matanzas menudearon, teniendo como escenario 
predilecto los campus universitarios o los establecimientos secundarios, 
aunque no cabe olvidar casos de vesanía como el de un individuo que, 
secundado por un menor, se dedicó a disparar al azar y a distancia contra 
los clientes de las estaciones de servicio.

El denominador común de estas masacres es el absurdo. No se trata de 
asesinar a alguien en particular, sino de descargar la ira, inexplicada a 
veces para el mismo matador, lanzándola contra quien se ponga al alcance.

Se tiene la impresión de que la sociedad norteamericana -y, por extensión, 
la sociedad moderna- con todo su confort, incuba furores que sólo pueden ser 
consecuencia de la falta de motivaciones espirituales, éticas e 
intelectuales. Esta carencia puede poner a los menos equilibrados de entre 
sus miembros en una disposición terrorista. Terrorista en el pleno sentido 
de la palabra, pues aquí no hay siquiera una motivación ideológica, sino una 
rabia fría, hija de la falta de sentido que se intuye en las cosas y que, 
como se expresara en un editorial de este diario, reacciona contra el vacío 
creando más vacío, en un intento de arrastrar a los demás al agujero negro 
de la propia anomia.

Cuidado. Virginia Tech puede resultar un espejo en el cual pronto todo el 
mundo comenzará a mirarse.

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