[R-P] El gorilaje extrañao, que mira sin comprender...

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Jue Abr 19 21:20:59 MDT 2007


Interesante la reflexión al final de este mensaje: “Lamento
la muerte de [Noé] Jitrik y la permanencia de su necio
fantasma que hace décadas simula que piensa como los
vivos".

Santiago Plaza <cocoplaza en ciudad.com.ar> escribió:

CAMPERAS DE CUERO NEGRO
Por Noé Jitrik 
Página 12

Una de mis hermanas era frágil y delicada, apenas se hacía
notar o, quizá, se hacía notar por su dificultad de hacerse
notar. Le costaba trabar relaciones, y no porque la casa se
lo impidiera, sino por su extraordinaria timidez, una
actitud que yo no comprendía entonces muy bien, igualmente
trabado frente a una vida tan extraña, en la que los demás
lo tenían todo o lo que gente como nosotros podía suponer
que lo tenían todo. Esa timidez nos hacía dejarla de lado
en muchos momentos y hasta nos irritaba, era como que había
que correr en su auxilio a cada momento y los momentos en
que eso ocurría eran muchos, dada la precariedad de nuestra
existencia.

Para lo que quiero contar ahora, una mera imagen de un
pasado que regresa infatigablemente, en virtud de esa
cortedad no le era fácil trabajar o conseguir trabajo, algo
que la familia necesitaba con premura pues, a la muerte de
mi padre, era difícil sostenernos. Mi padre murió en 1942 y
de ahí al ’45 la vida no fue fácil en la ciudad de Buenos
Aires, cuyos códigos de sobrevivencia eran poco claros y
más bien hostiles. Pero ella no conseguía empleo, y si
conseguía algo, por una razón u otra lo perdía, yo creo
ahora que era por cortedad, porque carecía de esa
competitividad que se da en ciertos seres sin pensarlo,
arrolladores y triunfadores. Visto a la distancia, el
triunfo no le estaba deparado, sí la delicadeza y la
bondad.

Hacia 1946, creo, consiguió un empleo, me imagino que en
las oficinas de una fábrica de caramelos y golosinas que
gozaba de cierto prestigio por entonces, en especial entre
los niños; la marca era Mu-Mu y nadie que se preciara podía
ignorarla. Su esplendor comercial coincidió con la creación
de la Fundación María Eva Duarte de Perón, lo que, para lo
que quiero rememorar, no es una coincidencia trivial.

En efecto, la Fundación, como se supo en ese momento y aún
se sabe gracias a la abundante bibliografía que existe al
respecto, acometió, de entrada nomás –en consonancia con la
energía de su titular–, una agresiva empresa de
distribución de bienes entre miles o millares de
necesitados que sólo debían hacer su pedido para que fuera,
así se decía, satisfecho de inmediato. La propia titular
respondía a los pedidos, un verdadero desfile de bienes que
venían a paliar necesidades básicas: una máquina de coser,
una bicicleta, chapas para un techo, ropa para niños,
alimentos, muebles, los relatos eran constantes y en alguna
medida empalidecieron lo que por su lado llevaba a cabo el
gobierno mismo, me refiero al propio Perón.

El Estado, o el gobierno, pese a la cercanía de ambos
titulares, el del gobierno y la de la Fundación, no debía
ser el proveedor de los recursos necesarios para afrontar
esa gigantesca tarea. Y debieron ser muchos esos recursos,
puesto que, además de la obra de solidaridad social
emprendida, se pudo construir una sede monumental, estilo
romano, en la avenida Paseo Colón, ocupada por la Facultad
de Ingeniería después de la revolución del ’55. Allí
operaba el estado mayor de la Fundación, allí estaba su
administración, allí estaban los elementos a distribuir y,
obviamente, allí llegaban los incesantes pedidos, así como
los infinitos solicitantes. La Fundación, hay que decirlo,
liquidó sin piedad los viejos criterios de beneficencia que
muy pronto fueron cosa del pasado: sus damas patrocinadoras
tuvieron que replegarse, no resistieron el empuje de esa
mujer que duró hasta que la enfermedad la hizo rendirse.

¿De dónde, entonces, si no del Estado procedían los fondos?
Respuesta simple: de donaciones voluntarias que
industriales, comerciantes, financistas, ganaderos,
estancieros, exportadores, etcétera, volcaban sin especular
sobre las cantidades que donaban, aunque se puede adivinar
con qué gusto lo hacían. Circulaban rumores acerca de la
índole, un tanto compulsiva, de los pedidos pero pocos,
casi nadie, se animaba a rehusarse, o la causa era muy
noble, o los donantes eran muy nobles o imaginaban lo que
les que podía pasar si se negaban. Una de esas empresas así
requeridas fue, precisamente, la fábrica de caramelos Mu-Mu
donde, precisamente, estaba trabajando mi frágil hermana.

Y ahí comienza la historia: los dueños de la caramelera –se
decía que eran socialistas y se sabe lo empecinados que los
socialistas pueden ser– se negaron a ser aportantes
voluntarios y, como por casualidad, recibieron una visita
de inspectores municipales que descubrieron una escandalosa
falta de higiene en el establecimiento; según declararon,
pululaban las ratas, ni hablar de cucarachas y para qué
mencionar moscas y baños inadecuados y depósitos de basura
que, según ellos, estaban ahí desde hacía siglos.
Procedieron, en consecuencia, a clausurar la fábrica, pese
a las protestas de los dueños, que alegaron que hasta la
llegada de los inspectores nunca había habido ratas, ni
cucarachas, ni moscas ni basura; obviamente, con la
clausura el personal se quedó fuera, nadie había, según
narraba entre lágrimas mi hermana, a quién reclamar.

Así las cosas, un par de días después mi hermana fue
convocada a una reunión que el personal cesante o
suspendido o de licencia iba a tener con directivos del
sindicato, de la alimentación o no sé muy bien de qué rama
de la producción, las designaciones de los gremios
cambiaron mucho en las décadas siguientes. Asistió, desde
luego, y cuando estaba ahí, junto a sus expectantes
compañeros, esperando alguna información o noticia, llegó
con ellos, serían tres o cuatro, nada menos que la
mismísima Eva Perón.

La impresión debió haber sido grande porque del relato de
mi hermana, entrecortado y titubeante, no pude tener una
imagen total del personaje, sólo me queda que estaba muy
vestida y maquillada, con el típico rodete, los ojos
brillantes y una impetuosidad arrolladora en el discurso
que emprendió sin más trámite y que versó sobre la
inescrupulosidad de los dueños de la fábrica que de ese
modo atentaban contra la salud de los niños. Sus
acompañantes, vestidos todos con camperas de cuero negro,
corpulentos y muy serios, asentían cada vez que levantaba
la voz; no hubo calma ni respiro, a nadie se le ocurrió
preguntarle nada ni menos vincular el cierre de la fábrica
con la negativa a colaborar con la Fundación, yo no podía
ni siquiera imaginar a mi hermana enfrentándola, aquella
puro fuego, ésta apagada y temblorosa.

Cuando concluyó su discurso le cedió la palabra a un tal
Costa, recuerdo muy bien su nombre, a quien llamaba
“Costita”, pese a que era un hombre que no pesaría menos de
110 kilos, un remoto predecesor de los llamados “gordos” de
la CGT, pero no se quedó a escucharlo; se retiró
majestuosamente, acompañada por dos de los tres con los que
había llegado y ahí terminó todo, o casi: Costa prosiguió
en la vehemencia y les dijo a los consternados trabajadores
que no tendrían ningún problema para obtener trabajo en
algún lugar más sano, lo cual sería mucho más fácil de
lograr si se afiliaban al sindicato y le pedían protección.

De modo, pues, que mi hermana volvió a casa y ya no intentó
conseguir trabajo. No mucho tiempo después, cuestión de
defensas bajas, murió.

* * *

From: Ariel Magirena 
To: Santiago Plaza 
Cc: Roberto Bardini 
Subject: El gorilaje extrañao, que mira sin comprender...

¿Por qué no me extraña nada el artículo de gratuito y
descontextualizado gorilismo que publica Pagina 12? ¿Hasta
cuándo le dolerá a la izquierda pituca su manifiesta
ignorancia de los códigos de la clase obrera argentina? 

Pretenciosos vanguardistas de la nada, tan extranjeros y
ausentes cuando el pueblo los necesitó que los trabajadores
debieron inventar el peronismo, en defensa propia. ¿Qué
será lo que hace que estos conservadores del pensamiento no
puedan reconocer la evolución de tantos verdaderos
revolucionarios que, provenientes de su misma fuente,
asumieron su rol en la única e inconclusa revolución que
vivió nuestro querido país? 

No sé si la dirección de mu-mu era socialista; seguro que
solo de mentas, como la izquierda argentina que estudia a
la clase obrera como a un fenómeno de laboratorio. Lo que
sé, es que la oligarquía y la gran burguesía nunca regalan
nada, lo mejor que podía pasar es que tuvieran miedo, pero
no miedo a Evita ni a Perón: miedo de los que los ungieron
en defensa propia, miedo de los que, porque nada tenían, no
tenían nada que perder. 

Lamento mucho lo de la hermana de Jitrik que perdió la vida
por la baja de sus defensas cuando, por primera vez, lo que
los trabajadores empezaban a defender eran sus logros; sus
derechos. Pero más lamento la muerte de Jitrik y la
permanencia de su necio fantasma que hace décadas simula
que piensa como los vivos. Y que, anclado en la
interpretación intencionada de un hecho parcial en el
concurso de una revolución (que sigue inconclusa a fuerza
de muerte, tortura e intelectuales de la izquierda
orgánica), alimenta y reproduce anacrónicamente el odio.

Un abrazo compañero:

Ariel Magirena








 

Roberto Bardini
http://bambupress.wordpress.com





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