[R-P] DOS AÑOS SIN EL GATO CARBONE
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Mie Abr 18 10:49:10 MDT 2007
Hace 2 años que se fue al Comando celestial, el
oriental Alberto el Gato Carbone.
DOS AÑOS SIN EL GATO CARBONE
Escrito por Alejandro Pandra - Martin Garcia
Alberto Gato Carbone:-Admito también que algún porteño
ha logrado descolocarme diciendo: “Pero ustedes, hijos
de puta, también nos mandaron a China Zorrilla...”.
DOS AÑOS SIN EL GATO
UN PERIODISTA DE RAZA Y UN PATRIOTA DE LEY.
Por Martin Garcia
EL ANARCO CRISTIANISMO NACIONALISTA
Por Alejandro Pandra
PLAYA VERDE Y EL APORTE ORIENTAL A LA ARGENTINA
Por Alberto Carbone
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A DOS AÑOS DEL PIANTE DE ALBERTO
CARBONE, UN PERIODISTA DE RAZA Y UN PATRIOTA DE LEY.
Por Martin Garcia
Hace dos años, este lunes 16 de abril de 2007, que se
fue al Comando celestial, el Gato Alberto Carbone,
escritor de La Casualidad y el Ocaso, excelente libro
que presentara junto al legendario Gallego Alvarez, al
pintor Julio Collotti y al periodista Cacho Novoa.
El Gato fue Director de la revista El Despertador
donde escribíamos Fermín Chávez, Osvaldo Guglielmino,
Norberto Fernández Gamarra, Daniel Barberis, Juan
Carlos Novoa, Mario Casalla, Julio Cardoso, Felix
Herrero, Jorge Götling, Emilio Petcoff, Claudio
Negrete, Jorge Scalabrini Ortiz y Pedro Paz, entre
otros nacionales y populares.
Antes habia dirigido Linea, que supo ser conducido por
personalidades tales como el mismisimo Jose Maria Pepe
Rosa, ese gran historiador.
El Gato, fue una de las grandes plumas periodísticas
que supo tener el diario Clarín, como la de sus
inefables amigos, los periodistas y escritores Jorge
Götling y Emilio Petcoff, toda una epoca.
Con Alberto y Petcoff, que me supo acompañar a la
revista Feriado Nacional, pudimos darle al tinto en la
esquina suroeste del matutino, entre compadres
santiagueños que batían guitarras y chacareras en la
semioscuridad del tugurio, ante el paseo de pibes que
jugaban y chinitas que iban y venían de la pensión,
cuando uno todavía pensaba que compartiendo el estaño
con ellos se les iba a caer alguna de sus musas.
Fundador de la Agrupación Oesterheld junto con otros
compañeros y compañeras queridos, compartió una de sus
ultimas mesas de los sueños, cuando brindamos juntos,
con el Gato y otros memorables Cumpas por el triunfo
del Presidente venezolano Hugo Chávez sobre el golpe
contrarrevolucionario de Carmona en el subsuelo de un
recóndito restaurante de Hotel de la calle Florida
cuando disertaba el economista asesor de Chávez, Eric
Calcagno hijo.
Identificado con la Doctrina Social de la Iglesia,
peronista hasta la médula, descendiente ideológico de
Aparicio Saravia, José Gervasio de Artigas y Wilson
Ferreira Aldunate, Alberto Carbone, el Gato, honró
la memoria de Perón y Evita combatiendo con su pluma
al lado de los descamisados, desposeídos, humildes,
desesperanzados y de los compañeros, en general.
El Gato mantenía una fe solo enmarcada por la
experiencia de tantas derrotas y dolores de los cumpas
y sus familias.
Una fe con la mirada aguda y el gesto silencioso.
Amigo fiel, verdadero, compañero de utopías, amigazo,
campechano, inteligente hasta perforar con el mínimo
gesto de entendimiento, afectuoso y dulce, se va con
el Gato uno de nuestros cumpas mas entrañables y uno
de nuestros escritores y periodistas mas admirados.
Los últimos días se hicieron duros ya que su dormir
cerrado impedía cualquier intercambio de abrazos.
Días antes, apenas después de mis vacaciones, lo
entretuve dándole chácharas de política, mientras me
miraba con los anteojos caídos, por encima del diario
El País de Montevideo, que leía periódicamente y
comentábamos el triunfo de Tabaré, que lo alegraba sin
impedirle las dudas razonables.
Allí si, como tantas otras veces en nuestras vidas,
pude despedirme de el con el afecto que le emanaba.
Nos apretamos las manos, y nos miramos a los ojos,
diciéndonos todo. - Te quiero compañero. - Te quiero
Gato."
MG/
N&P: El Correo-e del autor es Martin Garcia
martin.garcia en fibertel.com.ar
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EL ANARCO CRISTIANISMO NACIONALISTA
Por Alejandro Pandra
El sábado 16 de abril de 2005, moría de un maldito
cáncer el periodista uruguayo Alberto Carbone, mejor
conocido en esta orilla del Plata como “El Gato”.
El mismo había llamado a la muerte “una puta ardiente,
caprichosa o distraída, casi siempre injusta...”.
Carbone fue una de las notables plumas brillantes que
supo tener en otro tiempo el diario Clarín, junto a la
de sus grandes amigos Jorge Götling y Emilio Petcoff.
Dirigió también la revista El Despertador.
Anarquista visceral y militante insobornable de la
dignidad popular, heredero ideológico oriental de
Leandro Gómez y de Aparicio Saravia y occidental de
Evita y de Perón, abrazó con pasión, perspicacia e
inteligencia singular la causa de la integración
continental –como discípulo del Tucho Methol Ferré- y
la redención de los pueblos del Río de la Plata.
Campechano, porteño de ley –aunque importado-, amigo
leal y compañerazo del alma, publicó allá por el ’99
una novela extraordinaria, La casualidad y el ocaso
[Editorial Catálogos, Buenos Aires], que trata sobre
una santa trucha, un cura anarquista que no era tal,
una insólita guerra de secesión, un paraíso terrenal
llamado Playa Verde y unos vagos irredimibles que
saben lo que quieren; sobre el dolor y la luz, el amor
y las desolaciones.
En todo caso, un desafío a la imaginación y la memoria
histórica, un grito frente a esta decadencia atroz.
La novela termina parafraseando el epitafio de la
tumba del florentino Lorenzo el Magnífico que los
Médicis encargaron a Miguel Angel: “Allí donde está la
patria, está el verdadero reposo”. El Gato escribió:
“Allí donde está Playa Verde, ahí quiero morir”.
RESEÑA AUTOBIOGRÁFICA
Alberto L. Carbone nació en Paysandú, Uruguay, cuando
agonizaba 1939 y comenzó en serio la Segunda Guerra,
pero tales hechos no son vinculantes aunque lo
parezcan.
Asistió unos pocos años a una escuela primaria de los
salesianos, y por esa razón le pareció, durante un
tiempo, que era ateo.
Tocó el violín en algunos bailes por unos pueblos
perdidos de Uruguay, Argentina y el sur del Brasil, y
también en el legendario cabaret “La Manchega” de su
ciudad natal.
A veces sostiene –vino mediante- que su mayor mérito
en la vida es haber integrado en dos temporadas
veraniegas la orquesta de Aníbal Troilo, “Pichuco”.
Fue al observar cómo el “Gordo” acariciaba el fueye
cuando redescubrió que Dios existe. Si está sobrio,
dice que no tiene mérito alguno vivir como se vive,
pero no hay que tomarlo muy en serio: hasta ahora, no
da la impresión que sea un resentido.
Pasó por el anarquismo, militó en el peronismo y como
le fue tan bien y cosechó tantos éxitos se refugió, en
las cercanías de la vejez, en un
anarco-cristianismo-nacionalista de dudosa viabilidad
y difícil comprensión.
Su otra guarida es el turbio y mágico boliche de
Roberto, ahí en Bulnes y Perón, donde todavía
sobreviven restos de un Almagro que fuera gloria de
los guapos.
Una serie de accidentes en su juventud –se le cayó el
violín en un pozo negro- y algunos malentendidos
(creyeron que sabía escribir) lo llevaron al
periodismo, y por eso trabajó en diarios, revistas,
agencias noticiosas y fue corresponsal de varias
publicaciones extranjeras.
Se aburrió de perpetrar zonceras que nadie nunca
habría de leer o recordar, y entonces dedicó sus
bartlebianas energías [por Bartleby, el escribiente,
el cuento de Herman Melville] a inventar distintos
curros para sobrevivir.
Algunos le dieron mucha plata –que malgastó- y otros
generaron maravillosas catástrofes.
Después de leer a Conrad, Balzac, Melville, Hawthorne,
Dostoyevsky y Faulkner, pasó treinta años meditando si
valía la pena escribir algo. Cuando terminó este libro
sus dudas, era obvio, se multiplicaron.
Vivió la infancia y juventud en Paysandú, casi diez
años en Montevideo.
El resto en Buenos Aires y esa mala costumbre logró,
apenas, que algunos porteños le adjudicaran el apodo
de “El Gato”.
Tiene amigos, mujer [¿y cómo se podría a llamar la
mujer oriental de Carbone?: ¡Primavera!, por
supuesto...], cuatro hijas, cuatro nietas, un nieto y
un perro.
No tiene un gato ni tampoco un loro bocasucia, grave
error.
También conserva algunos odios irredimibles, varios
recuerdos poderosos y dos o tres esperanzas.
Escribió esto con el propósito –exagerado, delirante-
de pagar algunas deudas, del bolsillo y el corazón.
En fin.
AP/
N&P: El Correo-e del autor es Alejandro Pandra
pandra en ciudad.com.ar
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PLAYA VERDE Y EL APORTE ORIENTAL A LA ARGENTINA
Por Alberto Carbone
La casualidad y el ocaso
Fragmento
Capítulos III y IV, páginas 270 a 286
- III -
[...] Cuando agonizaba el siglo, jadeante pero aún
esperanzado, comenzó a circular en Montevideo y en los
pequeños caseríos de la costa una suerte de leyenda
mentirosa o mentira legendaria –que son dos formas de
la realidad- acerca de Playa Verde.
Hablaba de una mujer salvaje, huraña, de una belleza
extraordinaria, que al parecer se paseaba por los
arenales de esa playa cubierta tan solo por una túnica
blanca, semitransparente. Rubia según algunos, de pelo
renegrido decían otros. Alta afirmaban aquellos, ojos
fríos como de hielo azul, murmuraban estos. Todos
coincidían: resplandecía de amor, promesas o deseo.
Las mujeres descreían, los hombres suspiraban.
En algunos fogones cuyas brazas alimentan siempre la
soledad o la imaginería, caras curtidas por
horizontes, solazos o aguaceros aseguraron entre
amargos y ginebras que habían escuchado una suerte de
canto o lamento desgarrado y convocante, como de niño
perdido, de mujer parturienta, de patriotas
moribundos.
Pero lo cierto es que nadie nunca pudo decir: “estuve
con ella, hablé con ella, yací con ella”.
Y por eso la leyenda se transformó en desmesura, hija
predilecta de ese curioso matrimonio entre el sabio
silencio campesino y las vanas inquietudes ciudadanas.
Finalmente, la exageración cedió paso al olvido y ya
en la década del cuarenta eran muy pocos los que
recordaban –o querían recordar- la extraña y bella
figura caminando en soledad por las arenas
playaverdenses.
Pero siempre hay alguien que pregunta. Siempre está el
que interroga y se interroga.
Así fue que Cristophe Jabbour, un antropólogo de la
Sorbonne que recaló en estas tierras a raíz de un
traumático desengaño amoroso, rastreó durante años el
origen de esa leyenda –y otras- y se encontró con la
verdad.
Encontrarse con ella no le devolvió la esperanza de
poder amar nuevamente a una mujer, pero Jabbour –pese
a los desencantos de su juventud- tenía la prudencia
erudita que sólo el vino y ciertas tristezas
afrancesadas pueden convocar. Si a esas virtudes se
suma un trabajo investigativo de nueve años, el
rastreo y ubicación de algunas pocas pero ilustrativas
cartas, más de 150 horas de entrevistas grabadas y, en
lo esencial, apuntes de los recuerdos y precisiones
del narrador oral Ariel, se puede tener una idea de la
importancia y el valor documentario del trabajo de
Jabbour.
Lo cierto es que el curioso francesito se encontró con
una verdad trágica, que durante años mucha gente se
obstinó por hundirla en el olvido. Otros simplemente,
optaron por negar su existencia.
Pero digamos así: ¿qué pueblo, región o país puede
darse el lujo de prescindir de la tragedia si es que
realmente quiere ser historia o, por lo menos,
anécdota de la historia? Bien: esa verdad figura en el
ensayo que Jabbour tituló “Mythes, légendes et
realités des plages du Río de la Plata – Une étude
comparative”, Ed. Gallimard 1996 (versión corregida y
anotada por Carolina Gertsmayer) y que, en síntesis,
trata de contar lo siguiente.
En 1855, un matrimonio residente en Buenos Aires
integrado –¿o desintegrado?- por Bernardino Flores
Mitre y Encarnación Quiroga Peñaloza a pesar de
múltiples y a veces violentas rencillas explicables
tal vez por origen y apellidos, conoció un poco de paz
cuando nació su primogénita Magdalena.
Una niña hermosa de ojos penetrantes y delicada de
salud, temperamental, que lloró –sin lágrimas pero
hondamente- una sola vez en su corta vida y lo hizo
para morirse dando vida.
Ambos padres, con ideas diametralmente opuestas sobre
el sentido final del paso del hombre por el mundo (y
el mundo para ellos era Buenos Aires, acaso Londres o
París, pero nunca la Argentina bárbara, mucho menos la
incivilizada América criolla) y también sobre el amor,
la patria y el destino.
Reiniciaron sus guerrillas casi de inmediato a causa
de la educación y los sentimientos que ellos suponían
debía recibir y albergar la frágil Magdalena.
En eso pasaron varios años, reproche va y acusación
viene: ni siquiera advirtieron que la niña se había
transformado en mujer, y miraba con ojos contenidos
pero amorosos a un vecino de aquella casona de la
calle Artes. Fue esa distracción la que permitió a
Magdalena y Aureliano Lamas Sáa consumar una noche ese
acto de amor casi perfecto de los adolescentes o los
desesperados.
Lo hicieron debajo de un parral cómplice, cuyas guías
se habían abrazado con las de un jazmín del país pero
que, comprensivas, le dejaron resquicios que le
permitieron a ella –en esa su única noche plena- mirar
la dulzura atenta del lucero. Aureliano, un muchacho
hipersensible que cultivaba la amistad con el poeta
Julio Herrera y Reissig, alcanzó a leerle a Magdalena
dos de los poemas iniciales de lo que después se
llamaría “Las pascuas del tiempo”.
El le juró amor eterno y ella juró darle dichas
inconmensurables y cuatro hijos varones.
De aquella noche irrepetible Magdalena conservó el
perfume del jazmín, un vientre hambriento y una
belleza nueva pero melancólica, porque la melancolía,
en las mujeres, es un estadio superior de la tristeza.
Todo habría de estallar en mil fragmentos una mañana
del impiadoso enero de 1874, cuando Sinforosa, la
criada negra, le susurró a doña Encarnación que su
hija estaba embarazada y, de paso, le informó con una
sonrisa desfachatada que ella también lo estaba.
No le dijo, claro, que el padre era el recto, austero
y probo don Bernardino: un mediodía la encontró
juntando huevos en el siempre alborotado gallinero y
–con cara de odios puritanos y culposos- consumó sin
bajarse los pantalones y entre el cacareo histérico de
las batarazas, una urgida parodia del sexo,
desprolija, casi brutal, triste.
Todo un escándalo, pero sólo por Magdalena. Llantos,
nuevas recriminaciones entre los irreconciliables
esposos, amenazas de muerte para el autor del inaudito
atentado de hacerle caso al reclamo de un cuerpo y un
corazón jóvenes, que sin un peso –y apenas con lo
puesto- debió huir a Misiones.
Vinieron días de susurros y alaridos que sólo
sirvieron para llenar de miedo, odio y desdén a
Magdalena, porque se había convencido –mirando a sus
padres- que el matrimonio era (¿no lo será todavía?)
el peor de los suicidios que le pueden tocar a una
mujer y a un hombre.
Se habló de un aborto, pero la cerrada negativa de la
preñada y el excesivo adelanto del embarazo
descartaron esa posibilidad.
Finalmente, el despótico Bernardino –un unitario que
adoraba a Calvino y a Voltaire, porque creía en la
civilización del progreso como tantos miserables-
decidió mantener encerrada a Magdalena en una
habitación hasta que pariera. Después –le anunció a la
familia- sería enviada secretamente a Montevideo donde
debería permanecer hasta el final de sus días con un
nombre y apellido falsos y mostró un documento en el
que se acreditaba que la parturienta tenía ahora el
apellido Federico.
La madre protestó, y fue en vano. Las protestas de una
mujer, en ese tiempo como ahora, valían tanto como las
de una lombriz.
Pero la muerte –una puta ardiente, caprichosa o
distraída, casi siempre injusta- cambió las cosas.
Magdalena, tras dos días de dolores y alaridos dejó su
corta vida de dieciocho años en el parto.
Dio a luz una nena a la que bautizaron Raquel –nombre
para la desdicha, dice la Biblia- con la complicidad
de un cura imbécil que pontificó media hora frente a
la moribunda sobre los pecados carnales y los
extravíos de la juventud.
Tuvo por nodriza a la negra Sinforosa quien, por su
parte, había parido un varón “de padre desconocido”
tres meses atrás pero sin que nadie se escandalizara,
por supuesto: un negrito siempre era –es, aún- promesa
y garantía de mano de obra barata.
La decisión de Flores Mitre fue inamovible: esperó dos
años, entregó al hijo de Sinforosa para que lo criaran
dos machonas que regenteaban con mano de hierro su
estancia de Chacabuco, y envió a Montevideo a la negra
y a Raquel Federico, su nieta huérfana, pese a los
llantos y ruegos de la envejecida y delirante doña
Encarnación, que veía en la bebita una prolongación de
su antes denostada pero ahora querida hija muerta.
Había aprendido –con el dolor, con desolaciones
sórdidas- que no se puede menospreciar la propia
sangre por prejuicios, sospechas o morales ambiguas.
Sinforosa cuidó a Raquel como a una hija propia, le
trasmitió antiguas sabidurías, ritos, hechicerías y
magias caseras de su raza. Le enseñó también cuatro
cosas imprescindibles en una mujer: leer, escribir,
persignarse y cocinar.
Le dijo una tarde: “no puedo enseñarte cómo se hace el
amor, porque sería como tratar de enseñarte a volar.
Si lo hiciera ya no sería una negra. Estaría tratando
de ser Dios, y Dios nunca le enseñaría cómo se vuela a
los hombres: se pondrían tan soberbios que arrasarían
la tierra”.
Jamás el energúmeno Bernardino cruzó el río para ver a
su nieta, y de él sólo tenían noticias cuando llegaba
los 25 de cada mes un sobre con una remesa de dinero
con el cual sobrevivían.
Suma miserable si se quiere para tanto dolor y
ausencia, pero suficiente como para permitirle a
Sinforosa ahorrar algunos pesos que le asegurarían a
Raquel su subsistencia después que ella ya no
estuviera.
La niña creció feliz, atosigada a veces por el cariño
un poco obsesivo de la negra, rodeada de libros y
libros que Sinforosa compraba sin ton ni son y
regateando siempre en la calle Sarandí, de recetas
encerradas en una extraña caligrafía, de preguntas y
preguntas casi todas sin respuesta.
La dulce y abnegada negra cayó abatida por una fiebre
extraña en el verano de 1895.
En su agonía, le habló a Raquel de sus ahorros y dónde
estaban escondidos.
Le dijo por último: “No te preocupes demasiado. El
mundo es de los blancos, y no te dejarán de lado. No
vuelvas a Buenos Aires, porque todo tu pasado está
aquí, en esta tierra. Allá solo hay fantasmas o
desprecio”.
Cuando le cerró los ojos, Raquel advirtió recién
entonces que estaba sola, irremediablemente sola en el
mundo: ni siquiera conocía la dirección de sus abuelos
aunque no le importaba demasiado, porque un asco
infinito se le anidó en el alma cuando por fin
Sinforosa, entre lágrimas calientes, le hizo conocer
la historia cruel de su madre y las miserables razones
de su destierro.
Pagó el sepelio, vendió los pocos muebles o
pertenencias y con el resto de los ahorros de
Sinforosa partió –sin razones precisas, con
determinación- hacia el este.
Una amargura resentida pero justificada le arañaba el
corazón: en él encontraban refugio algunas ideas
apesadumbradas que se parecían a los naufragios.
Raquel las fue anotando en varias cartas enviadas a
una hermana de Sinforosa que vivía en Colón, Entre
Ríos.
Sobre el amor: “una mentira insolente, una molestia
sin fin matizada por 30 segundos de gozo y horas de
reproches”, la convivencia –“un infierno doméstico de
guerras diminutas donde todos son perdedores”-, los
hijos –“un hastío lleno de mierda, mocos, llantos y
desvelos gratuitos”-, y el futuro –“caprichos del azar
que sólo fabrican desventuras”-, decía en aquella
correspondencia que Jabbour finalmente rastreó en la
casa de Amabilia Maseillot, una mujer dulce y
distraída que las guardaba como reliquias en su casita
de Carlos María Ramírez, allá en el Cerro de
Montevideo.
Las pacientes investigaciones del francés le
permitieron comprobar que el primer lugar de
residencia de Raquel Federico fueron los parajes
conocidos hoy como Cuchilla Alta.
De allí se fue para no soportar las embestidas sin
cuartel de cuatro hermanos que decían ser hijos
naturales de Gregorio –“Goyo Jeta” - Suárez, asesino
irredimible y vengativo elevado a la categoría de
patriota por los colorados.
Cuatro hombres huraños y embrutecidos por el
resentimiento, el alcohol, la forzada abstinencia y el
analfabetismo: cuatro razones suficientes para
cualquier violador.
Pero a fines de 1897 ya había construido un ranchito
humilde en lo que ahora se conoce como Playa Verde,
presumiblemente en el solar donde ahora se levanta la
casa de piedra de la familia Estévez.
Algo de verdad en la leyenda: en los crepúsculos solía
caminar sola, con el pelo suelto y cubierto por una
túnica blanca que Sinforosa utilizaba en sus ritos, y
en las tardes nubladas entonaba extrañas canciones.
Nunca supo que las letras eran traducciones
arbitrarias a su difuso dialecto nigeriano que
Sinforosa había hecho de los “Cielitos” de Bartolomé
Hidalgo. Esos solitarios paseos por la playa
silenciosa alimentaron imaginaciones, desparramaron
mitos, alentaron esperanzas y también recelos, porque
a veces la libertad de los otros es insoportable.
Fue allí donde una noche de abril la asustada Raquel
abrió la puerta ante los llamados perentorios de
Nicasio Martín Amestoy, blanco de Aparicio Saravia y
fugitivo de los hombres del presidente Juan Lindolfo
Cuestas, aquél hemipléjico oscuro, feo, mediocre y
resentido que sin embargo se mantuvo seis años en el
poder y logró pacificar un poco el pequeño pero
agitado país.
Raquel se encontró entonces frente a un hombre de
rostro ancho, con mandíbulas decididas, una frente
despejada, ojos como ajenos o tristes de ver tanto,
tanto y tanto, una boca de labios que conjugaban –con
dosis justas- sensualidad y cierto escepticismo, manos
seguras pero algo infantiles, pelo castaño con
reflejos rojizos.
Prendió fuego, le cebó un mate, le dio galletas y
queso, le preguntó su nombre, admiró secretamente su
estampa. Después le dijo: –estoy sola-. El le dijo:
–ando solo-.
Estar y andar (casi como ser, para algunos
castellanos) se fundieron en un abrazo tímido, después
voluntarioso, finalmente agradecido y pleno.
Entonces, recién entonces fueron dos, que no siempre
es tan solo uno más uno, porque pueden ser millones si
las almas se acomodan.
En esa noche el amor mandó patrullas para explorar y
no quedó en aquellos cuerpos centímetro sin
reconocimiento, ni en los dos corazones quedaron
llagas sin su bálsamo. Los labios de Raquel, cansados
de besos, olían a vida joven y a magnolias. Los de él,
a tierra húmeda y raíces.
Llegó la madrugada con una vela cómplice. Raquel se
enteró que Cuestas quería la muerte de ese varón, al
que podría amar con audacias desconocidas, no por
problemas de divisas entre blancos y colorados, entre
federales y unitarios, sino por un brumoso asunto de
faldas en el cual Lindolfo había sospechado (con
fundamento, según las investigaciones de Jabbour) que
se le estaba calcificando la frente.
Nicasio le explicó a Raquel, con las ingenuidades
ladinas de un seductor: “andaba buscando a quien
querer y me fue bastante mal. Ahora, recién ahora
estoy bien. Y me parece que ya te estoy queriendo”.
Ella le dijo prudente: “puede ser”.
Cuando el sol comenzó a iluminar los cerros, con esa
luz esforzada y tierna que usa en los abriles,
hicieron otra vez el amor: ahí fue que Raquel sintió
que de su piel partían buitres, regresaban horneros.
Entonces bostezó y puso su pierna derecha sobre el
muslo del hombre y se abrazaron y durmieron y parecían
hermanitos.
Más tarde hablaron. Entonces ella fue sabiendo.
Aquella aventura le había costado cara a Nicasio:
apenas concluidas las batallas de la revolución blanca
y federal del 97, regresó a Montevideo donde lo
esperaban, con órdenes terminantes de fusilarlo o
degollarlo, cuatro expertos matones que algunos
rumores sindicaban como los instigadores de Avelino
Arredondo, un tarambana que había asesinado a balazos
al anterior presidente Juan Idiarte Borda. Oportuno
–¿demasiado oportuno?- crimen que posibilitó el acceso
a la presidencia del feo Lindolfo.
Por diferencia de pocas horas Nicasio pudo escapar de
los asesinos, se refugió dos días en una tapera en la
Unión, y siguió después hacia el este buscando poner
prudente distancia y con intenciones de llegar a la
frontera con Brasil.
Sabía que encontraría amparo seguro entre los
federales riograndenses de otro general de hombres
libres, Joao Nunez Da Silva Tavares, el legendario
“Tigre Joca” que peleó junto a Gumersindo Saravia
–hermano de Aparicio- en la Revolución del 93:
Gumersindo murió en la patriada y Aparicio, un lanzazo
y la bala aquella en el cuerpo para siempre, volvió
siendo general gaúcho.
En Playa Verde lo sorprendió un violentísimo temporal
de viento, granizo y rayos implacables y fue entonces
que Nicasio atinó a pedir refugio en el ranchito de
Raquel. No sabían –ella y él- que esos cinco golpes
urgidos, arbitrarios, aniquilarían aquellas ideas
amargas sobre la vida de la solitaria y hermosa mujer.
Porque la pasión –después el amor, finalmente la
ternura compañera- irrumpieron en ese rancho (y en
aquel corazón tempranamente agrietado) con la fuerza
ciega de los perros abandonados cuando encuentran un
refugio con olores amigos.
Se amaron como sólo pueden amarse los hijos de la
soledad y las batallas, se cuidaron como aquellos que
saben o intuyen que les queda poco tiempo, se
aprendieron mutuamente con la paciencia de los ciegos
y sus ojos en los dedos, jugaron como juega la
libertad si tiene caminos o misterios por inventar.
Raquel se fue transformando en una mujer esplendorosa,
Nicasio en un hombre sosegado, con los olvidos
necesarios.
De sus juegos nocturnos nació un niño, Gervasio, y de
sus afanes diurnos nacieron un gallinero con varias
ponedoras y tres gallos celosos y compadritos, un
chiquero con algunos chanchos, una quintita para las
verduras, un horno de barro, un palenque para el
tobiano, un corralito para las ovejas, un alero para
la leña seca y los mates tempraneros. Raquel, cuando
escuchó el llanto del niño, pensó entre sueños que
había llegado a una región de las esperanzas donde por
fin podía quedarse y empezar.
La comadrona que la asistió en el parto estalló en
carcajadas cuando vio el pelo rojo del recién nacido:
“Nicasio, lo único que te faltaba, te nació un
coloradito”, y el guerrero blanco y fugitivo
reflexionó: “Mejor, tal vez sea augurio de paz entre
los orientales. Alguna vez deberíamos convivir
tranquilos”.
No fue así. Cinco años después –años de dicha y
ciertos pesares, meses alegres y angustias económicas,
días felices y breves tormentas de celos- algunos
rumores que hablaban de guerra comenzaron a recorrer
llanuras, cuchillas, cerros y playas.
Estaban equivocados: en lugar de guerra debían hablar
de Revolución.
Hablaban, otra vez, de hermanos blancos contra
hermanos colorados como si fuera un juego, y estaban
equivocados: lo justo era hablar de la integridad de
la nación blanca contra la abyección de un gobierno
colorado que hasta llegó a pedirle a Theodoro
Roosevelt el desembarco de “marines” norteamericanos
para intervenir contra Saravia.
Gobernaba Batlle y Ordónez en Montevideo, gobernaba
Aparicio en Cerro Largo y Nicasio entendió que Batlle
tal vez fuera la legalidad, pero Saravia era lo
legítimo.
Magdalena lloró una mañana, cuando advirtió que su
hombre engrasaba pensativo el revólver, afilaba con
esmero su facón.
Lo miró fijo y en sus ojos vio galopes, gritos,
lanzas.
No hubo reproches. Sólo seis palabras de Nicasio: “es
más fuerte que yo. Perdoname”. Sólo tres palabras de
Raquel: “te estaremos esperando”.
Apenas una mirada triste del niño Gervasio, cuando el
tobiano –aquella mañana clara de diciembre, se moría
1903- inició un trote lento rumbo al norte. Una sola
vez Nicasio miró hacia atrás: las figuras
empequeñecidas de su mujer y su hijo lo conmovieron y
apuró al caballo.
Raquel nunca supo que cabalgaba llorando, como habrán
llorado muchos de los veinte mil hombres mal armados
que respondieron al llamado de Aparicio, un llamado
que les repetía una y otra vez, sí señor, una y otra
vez que la patria tiene que ser la dignidad arriba y
el regocijo abajo.
Un año, una carta: “...estoy cansado, vida mía, pero
hago lo que debía hacer. Te escribo desde Durazno,
pero mañana ya marchamos hacia Florida.
No estamos quietos nunca, porque es la manera de
mantener inquietos a los del gobierno. Si sumara
leguas, serían miles las que hemos recorrido con el
tobiano. Pero Saravia sabe lo que hace, y nosotros
hacemos lo que sabemos: pelear por una causa justa.
Ruego a Dios por nuestro triunfo, y por volver pronto
a casa. Extraño a ‘Fosforito’, te extraño a ti, te
extraño y te deseo. En Mansavillagra tuvimos un
encuentro con los gubernistas y recibí un balazo en la
pierna derecha. Nada grave, pero doloroso. Combatí en
Paso del Parque, un desastre sangriento para nosotros
y ellos, en Santa Rita, Fray Marco y en Ilescas: ahí
comprobé la eficacia de las ametralladoras Maxim, que
algunos ganaderos ingleses donaron al gobierno.
Te pienso mucho y te quiero más. No le guardes rencor
a la patria, por tenerme aquí guerreando. Cuando
regrese ya verás cuanta paz tendré para darles...”.
Después soledad y silencio.
Día a día, noche a noche, tristeza a tristeza: Raquel,
por las mañanas, siempre observando los cerros,
esperando ver al tobiano con su trote lento, tristón,
porque siempre los caballos vuelven tristes de mirar
como se matan los hombres. Más tarde sus pasos leves
en la arena, observando con los ojos del desconsuelo
al río como mar, que a veces parecía llamarla, parecía
que la convocaba para alguna ceremonia. Tal vez, vaya
uno a saber, se sentía copartícipe de su infortunio.
En las noches, un poco de descanso al mirar los ojos
de Gervasio, acariciarlo levemente, recordar momentos,
rezar por el alma de su padre pensando siempre en su
cuerpo amado.
Hasta la mañana aquella, terrible, que traería dolor,
delirio y al final locura. A dos metros del palenque
un paquete. En él un facón con sangre reseca. Un papel
que decía: “...usted no me conoce y no he querido
molestarla. Mi nombre no importa.
Este cuchillo atravesó el vientre de Nicasio, que
murió pronunciando su nombre en Masoller. Me dijo que
le dijera que rehaga su vida.
Yo soy colorado, fuimos enemigos pero ahora es tiempo
de olvidar rencores. No fui yo quien lo mató, pero es
como si lo fuera.
Como ya no quiero guerra ni más muertes, mi única
ofrenda de paz, aunque parezca extraña, es dejarle
este facón manchado con la sangre de su hombre.
Que Dios nos perdone a todos, y a usted y a su hijo no
los abandone”.
Durante tres días, arrodillada frente a la cama,
Raquel miró el cuchillo sobre la almohada donde ella
había visto dormir a Nicasio. No lloró, no rezó, no
gritó. Ni los ruegos primero, los reclamos más tarde
ni el hambre de Gervasio después lograron arrancarla
de su mutismo atroz, endurecido, reseco, porque ya no
había lágrimas en ella, sólo clamores brumosos de
cólera y venganza.
Aquella región donde quedarse y empezar, era ahora
región de un final nunca esperado pero tal vez
presentido, región de sueños quebrados para siempre,
de ese dolor que nacía en la nuca y estallaba en sus
sienes, de esa luz roja y feroz que todo lo inundaba,
que le iba demoliendo una a una las defensas del alma
mientras enfilaba resuelta, inexorable, hacia los
peligrosos acantilados de la mente.
Por eso, aquella insensatez homicida: a las seis de la
mañana del 25 de noviembre de 1904, el cuchillo que
mató a Nicasio se enterraba ahora en el corazón de
Gervasio que dormía, que no sintió dolor ni espanto.
Sus oídos ni siquiera alcanzaron a escuchar la frase
enloquecida de aquella mujer rota: “coloradito hijo de
puta”.
Sólo había sido un sueño tenso de un niño que no
entendía lo que pasó.
Un sueño breve que se transformó en el largo descanso
de un cuerpito inerte que ya no podía escuchar los
gritos de la mujer, ni tampoco sentir ése su último
abrazo exasperado, inútil, imperdonable.
Raquel, ahora toda pesadumbre, ya toda ternuras, le
fue ordenando con su saliva y dedos como plumas aquel
flequillo siempre rebelde como si ese niño estuviera
por ir de visita, como si ya saliera para la escuela,
como si Gervasio todo muerte se estuviese preparando
para vivir, como si lo deshecho nunca hubiera sido
hecho, como si, pobrecita, se hubiera vengado de un
millón de antiguas afrentas.
Había inaugurado, sin saberlo, una larga tragedia que
duraría mucho más que un siglo de pesares y
desencuentros, duraría todo ese tiempo necesario y
desgraciado que se incuba en los huevos de la mentira,
las frustraciones y la vida mezquina, el sin destino
de un páramo que perdió su centro porque ya no había
entorno, territorio de almas desamparadas o porque la
única derrota que no se perdona es la muerte de las
esperanzas o las utopías.
Después, con la túnica blanca de aquellos rituales de
su infancia manchada con la sangre de su hijo, Raquel
caminó bordeando las rocas de la playa desolada.
Desolada porque las gaviotas siempre olfatean la
muerte o la desesperación y esa mañana volaron un
vuelo de fugitivos. Raquel miraba fijo hacia el
horizonte color acero, y en su locura ahora casi
lúcida no tuvo el coraje para persignarse mientras sus
pies comenzaban a mojarse.
Su cabeza estaba erguida como la de un condenado
orgulloso que camina hacia el cadalso creyéndolo su
redención, mientras el agua salobre, despiadada, subía
y subía hasta las rodillas, subía hasta el vientre,
hasta los senos, hasta la boca, subía hasta los ojos
ahora ciegos de culpa y amor derrotado para alcanzar
por fin la nada oscura, silenciosa, final, liberadora.
Su cuerpo apareció dos días después, medio kilómetro
al este. Lo encontraron tres pescadores que ya nunca
olvidarían.
La túnica estaba inmaculada, y en los labios de la
mujer había una sonrisa apaciguada.
Como de niño dormido, dijeron ellos sin saber.
¿Qué es lo que dice Goethe sobre el caballo?
–preguntó-. “Cansado de la libertad toleró que lo
ensillaran y le pusieran riendas, y por sus penas tuvo
que soportar, hasta la muerte, que le montasen”
(Malcom Lowry, Bajo el volcán)
- IV -
A comienzos de este siglo XX, cambalache, problemático
y febril, Playa Verde –silenciados los fusiles,
ocultas y en silencio las ilusiones federales- vivía
la tranquilidad aburrida de la arcadia batllista
(algunas democracias, a veces, se parecen a los
bostezos) tal como la vivieron casi todos, menos los
desocupados, los tuberculosos, los inmigrantes
hambrientos, los pobladores de los llamados “pueblos
de ratas”, los explotados peones rurales, las decenas
de miles de laburantes hacinados en los 600 y pico de
conventillos montevideanos y otros marginales sin
mayor importancia.
Los distraídos playaverdenses solían celebrar con
júbilo –como todos los distraídos uruguayos- que
existieran espantosas guerras en el mundo y que
murieran millones y millones de personas, porque con
ellas subían los precios de las vaquitas, las ovejas,
la lana y el cuero. Tan es así, que el 28 de junio de
1919, día en que se firmó el famoso Tratado de
Versalles, fue declarado en Uruguay “Día de las Buenas
Perspectivas” y no porque el siniestro tratado fuera a
garantizar la paz mundial, sino porque las humillantes
condiciones que las potencias aliadas impusieron a
Alemania convencieron de inmediato a los parásitos
oligarcas, acopiadores sin alma y barraqueros
inescrupulosos que, en pocos años, los germanos
pasarían la factura y se desataría otra conflagración
similar a la que había finalizado un año atrás.
Gobernantes y gobernados, leyendo el tratado, supieron
que podían dormir tranquilos porque se venía otra
guerra y habría plata para pagar a la exuberante
burocracia uruguaya.
Es más: el 6 de agosto de 1945, fecha en que fue
arrojada la bomba atómica sobre Hiroshima, fue
declarado informalmente (para evitar roces
diplomáticos con los japoneses) como Día de Luto
Nacional, y no por compasión hacia los incinerados
amarillos –como creyeron algunos, entre otros el nabo
de Bertrand Rusell- sino porque ese terrible estallido
puso fin lamentablemente a una contienda que le estaba
permitiendo a Uruguay manotear tocos de guita casi sin
trabajar.
Una de las últimas oportunidades de los juntacadáveres
uruguayos de hacer unas monedas, rápido y sin
esfuerzos, fue la guerra de Corea y cuando ésta
terminó –con nuevas rayitas en los mapas que mostraban
límites de Estados ficticios- también terminó la
idílica modorra del “paisito” que habían engendrado
contra-natura el batllismo y sus cómplices. Fue por
ello que, en un gesto casi teatral y seguramente
inspirado en algún rincón del alma no carcomido por
los ratoncitos liberales, los uruguayos decidieron en
1958 (después de casi cien años) que debería gobernar
la muchachada del Partido Blanco, tal vez para darle
una última satisfacción a don Luis Alberto de Herrera
antes de morirse.
Sin embargo, los efluvios de la amable arcadia liberal
ya habían logrado impregnar hasta los caracuses a los
herederos de aquel partido de insurrectos, federal y
americanista, que encima llegaban al gobierno con el
pesado fardo de un energúmeno llamado Benito Nardone.
Este personaje, prototípico del político que pasa años
diciendo ciertas cosas que los humildes esperan
escuchar y cuando llega al gobierno pasa años haciendo
todo lo que los oligarcas deseaban que hiciera, había
logrado con una inteligente y eficaz campaña radial
recaudar los votos del siempre postergado mundo rural
que fueron decisivos para el triunfo de los blancos.
Pero el hecho es que en un proceso de mimetización
bastante miserable se había ido engendrando una raza
de pigmeos que se llamaron a sí mismos “blancos
independientes”, pelotudos insignes que adoraban la
llovizna del liberalismo pro-británico primero y
pro-yanki después porque creían –y lo peor es que
tenían razón- que ella era lo suficientemente tenaz
como para sofocar los últimos Fuegos de San Telmo,
resplandores que aún recorrían las venas de los
descendientes de aquellos patriotas de la dignidad y
el coraje.
Amparados en ese miniaturismo liliputiense que se
correspondía con la geografía inventada por los
británicos, los “blancos independientes” imaginaron
que con un parricidio histórico podían independizarse
de su propio pasado y por eso celebraron con champagne
la muerte de Herrera, testimonio de un pasado de
abuelos y padres de esperanzas blancas, federales y
americanas compartidas.
Historia que –en su grandeza- era exactamente lo
contrario de su alcahuetería hacia el nuevo imperio de
las estrellitas y las barras, de su anticomunismo
estúpido y cerril aunque bien financiado por cierta
embajada, de su desprecio por el continente mestizo y
retobado.
De aquella frase del líder –“es lindo ser blanco”-,
pasaron a otra: “es patético ser blanco”, y ahí están
los Lacalles de este tiempo –y tantos otros- para
ejemplificarlo.
Pese a todo, la posibilidad de un hermosa y duradera
guerra que trajera prosperidad seguía alentando en las
almitas afligidas de los exportadores y barraqueros, y
el narrador recuerda haber caminado por la calle
Rondeau, en Montevideo, una fría tarde de julio de
1967, observando las sonrisas de oreja a oreja de los
propietarios de las barracas que se concentran en esa
calle.
Es que se había desatado la guerra en Medio Oriente y
a lo mejor, si los árabes se aguantaban e intervenían
otros países, tal vez fuera posible reeditar viejos
éxitos económicos basados en los cadáveres ajenos: la
macana fue que la historia recuerda este hecho como la
“Guerra de los seis días”.
En menos de una semana las sonrisas se transformaron
en congoja, y los únicos que sonrieron contentos
fueron los descendientes de los antiguos adoradores
del becerro de oro, que se afanaron el Golán,
Cisjordania y el Sinaí y hasta se cagaron
olímpicamente en las resoluciones de la ONU que les
ordenaban la devolución de los territorios choreados,
dedicándose entonces de lleno y prolijamente a
masacrar palestinos o encerrarlos en campos de
concentración. “¡¡¡Cómo se aprende con los
holocaustos, vistes?”, diría un asqueroso nazi.
Según una de las tantas tesis de “El Cotorra”, esa
breve guerra no fue ganada por la habilidad belicista
de los israelíes, sino por la boludez inconmensurable
de los árabes. Cuenta el cantor de Playa Verde –por
sus venas corre una veta sefardí- que una de las
bombas disparadas por los árabes dio en el blanco por
mera casualidad en una pequeña aldea cerca de Tel
Aviv, y no dejó piedra sobre piedra. Enseguida
salieron los puntos de la Cruz Roja para ver si había
algún sobreviviente. Escarbaron y escarbaron entre los
escombros, hasta que desde allá abajo se escucharon
unos estremecedores gemidos de dolor. De inmediato
gritaron: “¡somos de la Cruz Roja, somos de la Cruz
Roja!”. Los gemidos cesaron un momento y se escuchó
una desfalleciente voz que decía: “nosotros ya
pusimos...”.
Es curioso, sin embargo, cómo del bostezo batllista,
de la traición de los blanquitos avergonzados de su
propio pasado, de la tilinguería de la izquierda
colonial que deliraba con la sabiduría que
supuestamente impartía La Sorbonne o con la bohemia
dorada de Montmarte, del cipayismo generalizado de la
dirigencia político-empresaria y la infinita
postergación del interior de un país deformado por la
macrocefalia montevideana, pudieron nacer tantos y
tantos talentos, tanta inteligencia, tanta
creatividad.
Cuando algún porteño pelotudo y chauvinista (esos que
van a Punta o a Pinamar, no los vagos de Barracas,
Parque Patricios, Avellaneda, Boedo, Almagro, que son
orres solidarios, laburantes y buenos gomías) me infla
las pelotas por mi condición de provinciano uruguayo,
para hacerlos calentar suelo decirles: “Pero macho,
¿vos todavía no te enteraste que los mejores
argentinos son casi todos uruguayos?”. Cuando el punto
entra por el aro, le pregunto con un tonito de
canchero repugnante: “Decime una cosa, otario, cuál es
el tango por el que todo el mundo identifica al
tango?”. “La cumparsita”, contesta el chabón. “Lo hizo
un uruguayo, Mattos Rodríguez”, le digo. “¿Y el vals?
Desde el alma: Rosita Mello, uruguaya. ¿Y la milonga?
La puñalada: Pintín Castellano, uruguayo”. “¿Y quién
inventó el periodismo moderno en la Argentina?:
Natalio Botana con Crítica, uruguayo. ¿Y quién inventó
el teatro rioplatense?: Florencio Sánchez, uruguayo.
¿Y el cuento, eh?: Horacio Quiroga, uruguayo. ¿Y la
novela contemporánea, papito? Juan Carlos Onetti,
uruguayo”. “¿Y el jockey más famoso del mundo? Ireneo
Leguisamo, uruguayo. ¿Y la poesía gauchesca? Bartolomé
Hidalgo, uruguayo. ¿Y el último mito varonil del
tango? Julio Sosa, uruguayo. ¿Y quién lo bancó a
Gardel en todas sus cagadas, y cantó con él y compuso
su mejor tango, Mano a mano? José Razzano, uruguayo”.
“¿Y quiénes cambiaron el humor en la TV? Telecataplum,
uruguayos. ¿Y en pintura? Figari y Torres García,
uruguayos. ¿Y en dibujo? Menchi Sábat, uruguayo. ¿Y
cuál fue el más grande caudillo argentino? José
Gervasio Artigas, uruguayo”. Y así les sigo pegando
tupido. Cuando lo tengo bien adobado al cusifai, para
darle el remate final le cago en la bandera: “¿Y vos
conocés Tacuarembó, nene? ¿No? Bueno, ahí nació
Carlitos Gardel, otro uruguayo, pedazo de un
pelotudo”.
A veces –debo admitir- no soy muy simpático, pero
admito también que algún porteño ha logrado
descolocarme diciendo: “Sí, algo de razón tenés, pero
ustedes, hijos de puta, también nos mandaron a China
Zorrilla...”.
AGC/
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