[R-P] BIBLIOGRAFIA PARA "MILICOS" Y "RATIS" (Primera parte 2)
jorge tribo
jorgetribo en yahoo.com.ar
Jue Abr 12 09:39:49 MDT 2007
CONTINUACION DE LA PRIMERA PARTE:
Todos los niños tienen un sueño
Todos los niños tienen sueños y yo no tuve uno, sino
dos. El primero nació uno de esos fines de año en que
mi papá, quien acababa de regresar de Caracas tras un
curso de mejoramiento profesional del magisterio, me
regaló un ejemplar de la Enciclopedia Autodidacta
Quillet. Eran cuatro tomos grandes y gruesos, con
muchas figuras y gráficos. Me los bebí y viajé por el
mundo a través de las ilustraciones y las historias.
Hasta un pequeño curso de alemán traían aquellos
libros, y me empeñé, con mi primo Adrián, en aprender
ese idioma. Adrián soñaba con ser torero, miraba una
foto y decía: “Cuando yo esté en la monumental de
Valencia...” Ese era su sueño, y el mío era ser
pintor. Gracias a aquellos ejemplares empecé a dibujar
y, años más tarde, pasé unos cursos de pintura en
Barinas, durante el bachillerato. Salía del liceo por
la tarde y me iba a la escuela de pintura Cristóbal
Rojas. Me daba clases una profesora bien bonita que
nos advertía: “Lo más difícil de pintar son las
manos”, y nos ponía unos moldes para que las
dibujáramos. Ella nos explicó la técnica del
claroscuro y la combinación de colores.
Mi otro gran sueño era el béisbol. Lo traía en el alma
desde niño, pero fue en Barinas donde se consolidó,
cuando ingresamos en un equipo organizado en 1967 ó
1968. Mi ídolo era Isaías “Látigo” Chávez,
magallanero, un muchacho de Chacao que no era familia
nuestra. A los 21 años estaba ya pitcheando en las
Grandes Ligas. Le decían Látigo porque lanzaba como si
tuviera un látigo en la mano derecha. Nunca lo vi
porque televisión uno nunca veía –vine a verla de
cadete–, pero logré imaginarlo muy bien, gracias a un
extraordinario narrador que tuvimos en Venezuela,
Delio Amado León. Lo escuchaba por radio: “Se prepara
Isaías Chávez, levanta una pierna... El Juan Marichal
venezolano lanza una recta...; strike, el primero”.
Eso todavía lo tengo aquí, dentro de la cabeza.
Nunca me olvidaré de una noche en que escuchaba el
juego en casa de mi mamá. Estaba empatado. Anunciaron
que Látigo Chávez iba a relevar al pítcher que había
estado hasta ese momento y que empezaba a fallar.
Venían a batear los tres mejores peloteros del
Caracas, sin out: Víctor Davalillo, César Tovar y José
Tartabull, que, creo, era cubano.
El Látigo Chávez los ponchó a los tres. Se armó un
escándalo en la cuadra. Los magallaneros salimos
corriendo para la calle: “¡Los ponchó a los tres!” Qué
alegría. El Látigo era una leyenda. Yo hasta lo
dibujé. Utilicé como modelo una foto suya de Sport
Gráfico, una revista que perseguía por toda Sabaneta y
Barinas.
El 16 de marzo de 1969, un domingo, me levanté un poco
más tarde. Mi abuelita Rosa estaba preparándome el
desayuno, y encendió el radio para oír música y de
repente: “Última hora, urgente”, y salió la noticia,
fue como si por un momento me hubiera llegado la
muerte. Se había desplomado un avión poco después de
despegar del aeródromo en Maracaibo y no había
sobrevivientes. Entre ellos iba el Látigo Chávez.
Terrible. No fui a clases ni lunes ni martes. Me
desplomé. Hasta me inventé una oración que rezaba
todas las noches, en la que juraba que sería como él:
un pitcher de las Grandes Ligas.
A partir de ahí, el sueño de ser pintor fue desplazado
totalmente por el de ser pelotero. Empecé a darme a
conocer en el ambiente beisbolero de Barinas, y al año
siguiente estaba en un campeonato zonal, como pitcher.
Me decían que necesitaba fortalecer las piernas, y me
ponía a trotar. Corría todos los días. Mi abuelita:
“Se va a volver loco usted”. Llegaba del liceo y
empezaba a lanzar piedras y cosas contra una lata que
ponía junto a una palmera del patio. Hasta construí un
dispositivo muy rústico para batear limones y
perfeccionar los lanzamientos: “Usted me está acabando
con los limones” –decía Mamá Rosa.
Se me metió una idea fija, pero fija, fija, de que
tenía que ser pelotero profesional. Estuve tres años
como pitcher abridor en Barinas. Eso me hizo daño,
porque, además de mi obsesión que ya era exagerada, me
pusieron a pitchear en la categoría superior, como
relevo. El brazo no aguantó.
Pesebre para Navidad
Nos contaba Adán que la primera vez que él lo vio
llorar a usted con desconsuelo y dolor fue cuando
murió Rosa Inés.
Sí, vale, eso fue impresionante. A inicios de los 80
sabíamos que iba a morir muy pronto. Ella se enfermó,
y en unos pocos meses se aceleró su mal. Recuerdo ese
diciembre previo a 1982, un año muy importante en mi
vida, de muchos pesares, de dolor y ausencia, y
también, de nacimientos.
Rosa Inés murió el 2 de enero de 1982. Estaba próxima
la fecha de su cumpleaños. Ella nació el día de Santa
Inés, el 18 de enero. Por eso le pusieron Rosa Inés,
pero le gustaba más que le lleváramos flores el 30 de
agosto, día de Santa Rosa.
Estaba muy enferma. Los médicos decían que le quedaba
poco tiempo de vida. Tenía los pulmones muy
desgastados. Casi no respiraba. Andábamos con
dificultades económicas y papá se la llevó para la
casa en Barinas. En diciembre de 1981 yo estaba
trabajando en la Academia Militar. Cada diciembre
salía de permiso, y me iba de inmediato para Barinas,
sobre todo para estar con ella, en particular en esos
años en que veía que se nos estaba yendo.
En el ejército los permisos de descanso los daban por
sorteo. Salíamos el 24 ó el 31. Tuve muy mala suerte
con los sorteos y salía siempre con guardia el 31,
aunque en realidad nunca me importó, nunca le di
demasiada importancia a la Navidad, más bien buscaba
alejarme del bullicio para reflexionar; daba el abrazo
de Año Nuevo pero no me gustaba estar entre mucha
gente. Prefería irme a la finquita de mi papá y estar
solo con mi mujer, los muchachos, la abuela y los
viejos.
Cuando salía libre el 24 de diciembre, uno se iba
después de los actos conmemorativos por la muerte de
Bolívar. Inmediatamente buscaba a Nancy, a mis
muchachos, la maleta y... para Barinas; rápido,
directo. Dejaba a mi esposa en casa de su mamá Rosa
Colmenares –ella también es de Barinas–, y por
supuesto, también a las dos niñas. Hugo nació en
octubre de 1982.
A veces me quedaba con Adán, que tenía su casa en
Barinas y vivía con su esposa y sus niños. Me gustaba.
Estaba en las afueras y era muy tranquila. Me ponía a
leer. Lo prefería porque en el barrio aparecían los
amigos y la cerveza, un gentío incontrolable. Además,
Adán y yo siempre hemos tenido una relación muy
especial. Pero ese diciembre me dije: “No, me quedo en
casa de mamá, con la abuela”. Metí una colchoneta en
el cuartico de Rosa Inés, donde apenas cabía su
camita, su ropa –cuatro camisones– y sus chancletas.
Sólo tenía seis días de permiso –del 17 al 25– y
aproveché y le hice el pesebre de Navidad. Tenía
alguna habilidad –bueno, tengo, no la he perdido– para
los dibujos y para hacer figuritas. Picaba, por
ejemplo, un cartón, le hacía las casas y luego las
pintaba con acuarela y le echaba escarcha. También,
agarraba una madera y le daba la forma de una vaca;
buscaba en el monte y construía la granja; y sacos
vacíos de cal para armar algo parecido a los cerros,
con unas ramitas. En la pared del fondo, pintaba el
cielo azul y las estrellas, y unas lucecitas, unos
animalitos. Un vidrio de espejo coloreado de azul era
la laguna. A la laguna de Rosa Inés le ponía un patico
y en la orilla, piedrecitas.
A ella le encantaba verme construir su pesebre. Se
sentaba a mi lado y me ayudaba. Me pasaba las cosas y
me daba ideas. “Huguito, ¿y por qué no le pone esto?”
A veces le decía: “Déjeme quieto, Mamá Rosa”, porque
ella inventaba también y de vez en cuando chocábamos,
pero siempre con mucho cariño. “Mire, ¿por qué le
quedó tan alto ese cerro?” “Bueno, no está alto”. “No,
sí está muy alto, póngalo más bajito”. Ella dirigía,
pues.
Ese diciembre recordé que Adán tenía guardada una caja
con algunas cosas de pesebres anteriores –creo que
todavía Carmen, la esposa de Adán, las guarda–. Había
figuras de porcelana y otras de plástico, que se
conservaban para el año siguiente. Recuerdo una
gallinita de plástico que tenía un pollito arriba, y a
Rosa Inés le gustaba mucho. “¿Y ese pollito qué hace
ahí arriba?”, y se reía. También, había dos vacas que
movían la cabeza. Una vez conseguimos algo que le
encantó: un muñeco al que uno le daba cuerda y tocaba
el tambor: ta, ta, ta, y ella me decía: “Póngame
también al tamborero por ahí.”
Cuando en ese diciembre comencé a armar el pesebre en
una esquina del cuarto, ella se sentó en su cama.
Estaba muy flaquita ya, y recuerdo su sonrisa. El 24
estábamos todos allí con ella, en nochebuena. Llegó el
día de la despedida. Tenía que regresar a Caracas, a
la Academia. Era el 26 de diciembre. Me pidió que le
diera un masaje en la espalda. Ya tenía fuertes
dolores. “Huguito, écheme Vick’s Vaporoub”. Se untaba
aquel ungüento para cualquier cosa, lo olía cuando
tenía gripe o si le dolía algo: para el brazo, Vick’s
Vaporoub; para la cabeza, Vick’s Vaporoub. Yo le
decía: “¿Eso sirve para todo?” “Sí” –me contestaba. Se
acostó boca abajo y yo le abrí el camisón por detrás
–mucho pudor tenía ella–: “Ábrame sólo un poquitico”,
le eché el Vick’s Vaporoub y le pasé la mano por la
espalda. Hice eso otras muchas veces y siempre se
quedaba dormida.
Pero ese día, cuando me despedí –nunca se me olvidarán
sus ojos, porque fue la última vez–, ella estaba
acostada después del masaje y se sentó: “¿Ya se va,
Huguito?” Nosotros no nos tuteábamos, había mucho amor
y un gran respeto. Le respondí: “Ahí están Nancy y las
niñas; pídanle la bendición a la abuela”. Era 1981,
Rosa tenía casi cuatro años y María estaba chiquita y
enferma. María nació con problemas de salud y mi mamá
utilizaba una expresión: “Esta muchachita es sucedía”,
que quiere decir que “le sucede mucho”. Así les dicen
en Venezuela a los niños que son enfermizos o se caen
y se aporrean constantemente.
Nancy y las niñas salieron del cuarto, me quedé solo
un rato con Rosa Inés. Me costaba mucho irme, pero
tenía que hacerlo. Cuando ya me iba a despedir, le di
un abrazo y me puse a llorar, y ella me dijo: “Calma”,
y me agarró por los brazos y me dijo: “No llore, hijo,
no llore; con tantas pastillas y tantos remedios a lo
mejor me curo”. Yo lloré y lloré, abrazado a ella.
Sabía que le habían traído unas pastillas muy fuertes
para el dolor. Ella no sabía cuán fuertes eran esos
remedios, ni lo poco que le quedaba de vida; pero yo
sí. Me habían enseñado la última radiografía de sus
pulmones destrozados.
Con ese consuelo que le daba, Rosa Inés demostró que
en aquel momento le dolía más el dolor suyo que el de
ella...
“A lo mejor me curo, no llore”. Yo le vi los ojos,
vale, y algo me decía por dentro: “No te voy a ver
más, Mamá Rosa...” Ah, esos ojos. En ese momento sentí
que ella se iba. Me fui a Caracas manejando y
llorando. Creo que me paré un rato en la carretera
para mirar la sabana. Iba solo, porque Nancy se quedó
en Barinas con los niños para pasar el 31 con su mamá.
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