[R-P] A cuarenta años de 'Historia de la Gente Decente'

José María Cavalleri ingcavalleri en hotmail.com
Sab Abr 7 08:52:43 MDT 2007


A cuarenta años de 'Historia de la Gente Decente'
Por Gregorio Caro Figueroa el martes, 26 de diciembre de 2006 (leído 1282 
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Este artículo pertenece a Noticias Salta » Cultura
A fines de 1966, hace ahora cuarenta años, terminé de escribir el primer 
borrador de “Historia de la Gente Decente de Salta”. Cuatro años después, 
modificado, se editó en Buenos Aires con un título que, con más criterio 
publicitario que rigor, modificó el editor interesado en extender al Norte 
argentino su límite real, acotado a Salta.


A 40 años de su publicación
No intentaré aquí una autocrítica. No porque permanezca atrincherado en la 
soberbia del que cree que no tiene nada que enmendar por no haber errado. 
Tampoco porque haya elegido el repliegue vergonzante del arrepentido. No 
corresponde abrir ese capítulo ahora. Creo en lo que dijo Víctor Hugo, y 
recordó Jean Guitton: “la mejor manera de corregir un libro es hacer otro 
mejor”.

Este es un rápido paseo por el contexto y la “cocina” de ese libro. 
Rescataría de él haber llamado la atención local sobre: la importancia de la 
historia social, las redes familiares, las mentalidades y pautas de 
comportamiento de la élite, y el haber tratado, de modo deliberado, de 
agitar la tranquila siesta provinciana. Silencio, enojo y murmuración, antes 
que debate, fueron respuestas a esas páginas.

Haré aquí un solo cuestionamiento: ese trabajo utilizó como imán de 
lectores, con carga irónica y peyorativa, el término “gente decente”; pero 
no lo explicó, no lo desarrolló y tampoco lo colocó como uno de sus ejes. En 
este punto también incurrí en el error de “sustituir el análisis por el 
estereotipo”, como dice Manuel García Pelayo. Recién en los últimos años 
dediqué atención a ese análisis.

Esa posterior indagación, y no un giro político o un reacomodamiento 
oportunista, modificó mi idea de este y otros temas. Comprendí que “la 
indignación moral no es una ayuda para pensar con lucidez ni para comprender 
con simpatía el pasado”, como explica Lawrence Stone. La saturación 
ideológica y las simpatías políticas facciosas, tampoco.

Con desaliño artesanal


El entusiasmo juvenil explica el desaliño artesanal, la temeridad en la 
elección de un tema tan vasto como complejo, y la amplitud del período 
trazado para su abordaje. Tal audacia se explica, además, por el clima de 
época, la influencia de lecturas de ambiciosas síntesis de la historia 
argentina, ideológicamente sesgadas y polémicas, las que intenté acompañar 
desde una perspectiva provincial, entonces ausente.

Esos factores actuaron como compensación a las limitaciones y carencias del 
medio local, entonces marcado por una incipiente vida académica y la escasez 
de información, donde la mordacidad verbal en pequeños cenáculos o textos 
esporádicos amparados bajo anónimos o seudónimos, reemplazaban la crítica 
social sistemática, escrita, publicada y asumida con firma por sus autores.

Si bien comencé a redactar ese borrador a comienzos de 1966, mi interés por 
el tema data de mediados de 1962, cuando leí un trabajo sobre “La Revolución 
Libertadora en Salta” en el número 29 del Boletín del Instituto de San 
Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta.

Aunque en septiembre de 1955 era un escolar, recordaba con claridad y dolor 
esos episodios. Al momento de ser derrocado Perón, mi padre era Senador de 
la Nación e interventor federal en la Provincia de Santiago del Estero. Fue 
el último funcionario peronista que entregó el gobierno en el país y uno de 
los primeros en ser detenido. A esa detención siguieron otras, que se 
prolongaron hasta el año 1959.

Mi padre jamás había aceptado las prebendas que el régimen entregaba a los 
obsecuentes en forma de dinero, órdenes para coches, donación de tierras o 
casas, y tampoco utilizó la partida de gastos reservados. Las llamadas 
comisiones investigadoras del gobierno de facto tuvieron que reconocer su 
honestidad.

El cruce de esos recuerdos infantiles con el impacto del artículo sobre “La 
Revolución Libertadora en Salta”, descalificando en bloque a funcionarios 
salteños de aquella época, disparó el impulso de refutar esos ataques aunque 
con pasión de signo contrario, sin imparcialidad. Ahora podría decir, con 
Phillipe Ariès, que “la historia se me presentaba, ya entonces, como un 
arsenal de argumentos”.


Izquierda Nacional


Pronto advertí que los elementos de comprensión surgidos del peronismo eran 
insuficientes para intentar tal empresa. Sin un mapa previo, tanteando el 
terreno, me fui aproximando a la lectura de autores que combinaban el 
rescate del peronismo con un socialismo que ostentaba cuño nacional.

Debo a Francisco Álvarez Leguizamón la lectura de José Carlos Mariátegui, 
cuyos ensayos sobre la realidad peruana aportaron la dimensión andina que 
faltaba en los ensayistas rioplatenses. Mariátegui permitía una primera 
comprensión de los problemas de la tierra, de la economía colonial, del 
indio, de la educación, de la religión y de las relaciones entre 
regionalismo y centralismo, afines a nuestra realidad.

A los libros de los fundadores del Partido Socialista de la Izquierda 
Nacional (PSIN), Jorge Abelardo Ramos y Jorge Enea Spilimbergo y los casi 
cuarenta títulos de los pequeños volúmenes de la editorial “Coyoacán”, se 
añadieron los de Juan José Sebreli, Arturo Jauretche, Juan José Hernández 
Arregui y Rodolfo Puiggrós. En “Las derivas del revisionismo histórico”, 
presentado en diciembre de 2005, intento un examen crítico del revisionismo 
histórico que, desde mediados de los años ’60, alentó la izquierda armada y 
populista.

El PSIN se fundó en junio de 1962. En 1963, después de leer el manifiesto 
“La izquierda nacional ya tiene su partido”, envié una carta a la revista 
“Izquierda Nacional” adhiriendo desde Salta al PSIN al que se habían sumado 
Ernesto Laclau, Blas Alberti y José Luis Etcheverry, entre otros. La 
orfandad ideológica a la que nos condenaba el medio local se convirtió en 
sobrecarga y ésta, sin sutilezas, impregnó la “Historia de la Gente 
Decente”.

A comienzos de 1966, a poco de mi ingreso a la Universidad Nacional de 
Tucumán, se incorporó a ella Ernesto Laclau como profesor de Historia 
Moderna e Historia y Teoría e Historia de la Historiografía. Aunque ese año 
me había inscripto en la Facultad de Derecho, mi interés estaba en puesto en 
la Historia. Había conocido a Laclau en 1965, cuando él tenía 29 años y 
formaba parte de la dirección nacional del PSIN que yo también integraba. 
Mientras permaneció en Tucumán, me permitió asistir como oyente a sus clases 
magistrales.

Al poco tiempo, con la misma audacia que había borroneado mis apuntes para 
la “Historia de la Gente Decente”, le pedí que leyera y criticara esos 
papeles. Dos semanas después me invitó a su departamento al frente de la 
Plaza Independencia, para comentar esos deshilvanados apuntes.


La Vulgata marxista


Me dijo que el tema era importante, aunque debía acotar y sistematizar su 
tratamiento. De modo más sutil que directo, señaló la conveniencia de tomar 
distancia de la manufactura y el estilo de ciertos autores que, ceñidos al 
canon partidario, buscaban hacerse perdonar su esquematismo a cambio de su 
fidelidad a la endogamia del grupo.

Después me leyó una carta que acababa de recibir de Eric Hobsbawm, en la que 
éste le respondía una suya referida al marco teórico para el análisis de la 
marginalidad social en América Latina, que Laclau estaba elaborando dentro 
de un proyecto internacional sobre marginalidad. Añadió que este modo de 
Hobsbawm, y no aquel otro, el de la Vulgata marxista, era el correcto para 
hacer historia.

En junio de 1966, el golpe de Estado que destituyó al presidente 
constitucional Arturo Illia instauró la dictadura del general Onganía que 
intervino las universidades nacionales, entró a saco en ellas, provocó la 
renuncia de cientos de profesores y destituyó a otros tantos, entre ellos a 
Laclau que entonces regresó a Buenos Aires.

Durante la mitad del año 67 permanecí en Salta, retomé mi trabajo 
periodístico y dediqué mucho tiempo al partido, relegando mis estudios 
universitarios y la reelaboración de la “Historia de la Gente Decente”, 
tarea que retomé al año siguiente, aunque sin atender los criterios y las 
oportunas sugerencias de Laclau.

En marzo de 1968 viajé a Buenos Aires llevando un segundo borrador de aquel 
libro en preparación. Esta vez el destinatario de la copia fue Jorge 
Abelardo Ramos quien, luego de leerla, me dijo: “Revise y arregle un poco el 
texto. Hay que publicarlo este año”.

Dos días después acompañé a Ramos a la oficina de la Editorial Sudestada que 
dirigían Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, en la que Ramos había 
editado una recopilación de textos suyos sobre los militares y la política. 
Los editores aceptaron la propuesta, fijaron un plazo de entrega e 
incluyeron el título del libro en catálogo.

Estimulado por la posibilidad de editar el libro y de hacerlo con prólogo 
del propio Ramos, en abril estuve dos semanas en Salta recopilando material. 
Los primeros días de mayo regresé a Tucumán con dos cajas con unos pocos 
libros, dispuesto a enclaustrarme para trabajar en la versión que enviaría a 
imprenta.


Historia militante y persuasiva


Durante casi dos meses me encerré en la casa que alquilábamos con mis 
hermanos y otros estudiantes salteños, en calle Ecuador 2834 del Barrio 
Echeverría de Tucumán. Un estudiante salteño, Tony Danduch, me prestó su 
máquina de escribir portátil. Lucía Solís, a quien conocí ese año 68 y era 
entonces mi novia, me regaló una resma de papel y una caja de carbónicos.

La modalidad, el estilo y el ritmo de trabajo fueron más periodísticos que 
académicos. Entonces no se ocultaba y, antes bien, se proclamaba que la 
historia podía y debía ser utilizada como un poderoso instrumento de 
persuasión. Escribir uno de esos textos era una tarea “militante”, destinada 
a captar adeptos. De ese modo, había una preferencia por lograr textos 
seductores antes que emprender las tareas más arduas que demandan las 
construcciones sólidas.

Contra lo que alguien dijo luego, mi padre no me alentó ni me desalentó. 
Tampoco intentó influir en el contenido de ese libro, aunque leyó algunos 
fragmentos. La única sugerencia que me hizo, y que no seguí, fue: “Tenés que 
evitar los calificativos. El exceso de adjetivación no es bueno: suele 
encubrir defectos en la argumentación”. Con los años, comprendí que aquella 
observación, aparentemente trivial, formaba parte de su espíritu tolerante y 
despojado de odios.

En noviembre de 1968 entregué a Ramos una carpeta con un nuevo borrador y 
quedé a la espera de sus observaciones. A mediados de 1969 viajé a Buenos 
Aires, becado por una fundación social cristiana para asistir a un curso 
sobre la universidad latinoamericana. La única observación de Ramos 
coincidió con la que me había hecho antes mi padre: “Trate de no calificar 
demasiado”, me aconsejó el escritor en quien yo admiraba, hasta la 
imitación, su filo polémico.

Ramos añadió: “Mañana tiene que corregir las pruebas de imprenta”. Intenté 
decirle que el texto entregado estaba lejos de ser el definitivo, pero 
insistió: “Usted es joven. Ya tendrá tiempo de pulir sus escritos”. Luego me 
preguntó: “¿Está seguro de la dedicatoria?”.

“A mi padre, que anduvo en estas luchas. A Lucy, porque las andaremos 
juntos”, escribí allí. Recién entendí aquella pregunta cuando Ramos añadió: 
“Tendría que pensar si quiere mantener ese texto. Una dedicatoria queda 
impresa para siempre y los afectos no suelen tener la misma duración”.

Mantuve entonces la dedicatoria y la ratifiqué siempre. A comienzos de 1970 
regresé a Salta y me casé con Lucía. Con un único ejemplar del libro en la 
mano, el 3 de septiembre de 1970, en el Club Universitario de Salta, anuncié 
la aparición del libro. “Estas página son parte de una lucha”, insistí 
entonces. Recién al recibirlo leí el elogioso prólogo de Ramos, quien 
situaba a la “Historia de la Gente Decente” dentro de la corriente del 
“revisionismo socialista”.


Asustar al conservador


La revista “El otro país”, utilizando una tajante afirmación del autor, 
tituló “Gente Decente en la opinión marxista”. La revista anticipaba un acto 
de presentación en el Auditorio Kraft de Buenos Aires donde hablarían Ramos 
y Arturo Jauretche. A esa seguirían otras en Rosario, Córdoba y Tucumán. 
Poco después, el 6 de noviembre, por su cambio de orientación, renuncié al 
periódico donde trabajaba.

A mediados de diciembre de ese año recibí una caja con más de doscientos 
ejemplares del libro y algunos otros de Ediciones del Mar Dulce, con cuya 
venta debía cobrarme los derechos de autor. En la víspera de Navidad del 
’70, nació nuestro primer hijo. Diez días después, pesaban sobre mí enojos y 
amenazas de juicios y lances a espada o pistolas, regidos por los códigos de 
honor.

Aquellos reclamos y mi descargo aparecieron como solicitadas en periódicos 
locales a comienzos de 1971. Treinta años después, comencé una enriquecedora 
amistad con Pablo Saravia, nieto de uno de los personajes cuestionados en mi 
libro, y mantuve un diálogo conciliador con Nicolás García Pinto, hijo de 
otro de los personajes allí criticados.

A comienzos de febrero de 1971 el semanario porteño “Panorama” incluyó un 
reportaje sobre Salta que, con el título “Los baches de la tradición” firmó 
su enviado especial Jorge Raventos. “En las librerías se agotaba la Historia 
de la Gente Decente de Salta, un polémico libro de Gregorio Caro Figueroa, 
hijo del ex legislador justicialista Armando Caro y sobrino del general 
Carlos Caro”. Raventos calificó el libro como “mordaz opúsculo”.

En esos mismos días, Leopoldo Torre Nilsson rodaba en Salta su filme 
“Güemes”. Una amiga me presentó a Beatriz Guido. “Leí su libro y me 
impresionó. Compré treinta ejemplares y los regalé a mis amigos. Si 
hubiéramos tenido ese libro antes, quizás el guión de la película hubiera 
sido distinto”, me dijo la escritora.


Juan José Sebreli y Julio Mafud


Al año siguiente, Juan José Sebreli mencionó mi trabajo en su libro “Apogeo 
y ocaso de los Anchorena”. Años después, en 1986, me obsequió un ejemplar de 
“La saga de los Anchorena”: “Para Gregorio Caro Figueroa con el 
reconocimiento por su investigación histórica. De su antiguo lector, Juan 
José Sebreli”.

Por su exceso de generosidad, Sebreli alteró el orden de las cosas. El 
agradecido y antiguo lector de sus libros era yo. Conocí Buenos Aires cuatro 
años antes de llegar allí por primera vez, leyendo y releyendo al Sebreli de 
“Buenos Aires vida cotidiana y alienación”, que no dejó de reeditarse desde 
1964, cuando salió su primera edición.

En mayo de 1987 se añadió otra gratificación de uno de los sociólogos que 
más libros vendió en la Argentina, Julio Mafud, hoy injustamente olvidado, a 
quien hice una entrevista periodística. Mafud, había sido obrero ferroviario 
y había estudiado en la Sorbona. Cuando lo conocí enseñaba en el Instituto 
Grafotécnico. Me impresionaron sus conocimientos y su modestia.

Después de esa entrevista, Mafud me preguntó por mi origen. Cuando mencioné 
a Salta, dijo: “Hace años leí un interesante libro sobre la elite salteña de 
un señor Caro Figueroa, que ahora debe ser anciano”. Cuando le dije que yo 
era el autor, se extrañó por mi edad, hizo comentarios a la “Historia de la 
Gente Decente”, sugirió textos que luego leí y me alentó a profundizar el 
tema.


Propios y extraños


Algunos historiadores extranjeros utilizaron datos del libro y lo citaron. 
Frederick Alexander Hollander estuvo en Salta a mediados del año 1970, 
consultó el original de “Historia de la Gente Decente”, que cita allí con su 
primer título: “Historia de la oligarquía en Salta”.
Hollander recogió aquí datos para su tesis doctoral sobre la oligarquía y 
las políticas petroleras en la Argentina, con especial referencia al caso de 
la Standard Oil en Salta durante el periodo 1918-1933. En 1976, Hollander 
presentó su tesis en la Universidad de California.

Recuerdo las investigaciones sobre el petróleo en Salta de Carl E. Solberg 
(1979), de la que hay versión en castellano, y la tesis de Nicholas Biddle 
(1991) sobre petróleo y democracia en la Argentina (1916-1930). Las 
conversaciones con Biddle ampliaron mi información y comprensión del tema.

También incluyo el viaje de estudios de James Scobie (1974) y el más 
reciente de Eric Carter, que acaba de defender su tesis sobre la 
erradicación del paludismo en el Noroeste argentino (1890-1950). En todos 
los casos, los autores me enviaron sus tesis. Por último recuerdo los 
comentarios personales que, en el año 1972, recibí de José Luis Romero, Luis 
Víctor Sommi, Dardo Cúneo, Gregorio Weinberg y Luis Alen Lascano y, más 
tarde, las acertadas críticas de Ramón Leoni Pinto.


Acotaciones de Atilio Cornejo


A mediados de diciembre de 1970, visité al doctor Atilio Cornejo para 
entregarle un ejemplar de la “Historia de la Gente Decente”, con 
dedicatoria: “Al doctor Atilio Cornejo, con admiración y estima”. El 
contenido del libro no contradecía ese reconocimiento a su enorme obra, su 
generosidad y hospitalidad prolongada, incluso, en los años de nuestro 
exilio en Madrid, donde me envió sus libros.

Hace unos días repasé las observaciones que Cornejo escribió en los márgenes 
del ejemplar que le obsequié y que se conserva en su biblioteca. Allí 
encontré nombres y palabras subrayadas, fechas corregidas, datos ampliados, 
afirmaciones matizadas y también algún enojo con mis excesos al adjetivar y 
hacer juicios sumarísimos.

En la alusión al “derecho de pernada” en el Valle Calchaqui, anotó: ‘me 
l’hay de probar patrón’, decía el propio indio. Son resabios más bien 
indígenas, recuerdos del caciquismo del ‘Tata Inga’. En el párrafo en el que 
menciono a José Dávalos escribe: “No es verdad. Es una infamia. Que lo digan 
los que lo conocimos y gozamos de su amistad. José Nicolás Martínez, por 
ejemplo, o sus sobrinos, a quienes ayudó”.

A las críticas al interés de la élite por la genealogía y la vinculación de 
familias salteñas con los duques de Alba, Cornejo apuntó: “Por Figueroa y 
Toledo, de los que desciende el autor y cuyo apellido, por una paradoja, se 
desprende el suyo: Caro Figueroa”. Por último, dijo que el autor no era 
imparcial y sí frontal en la toma de posición ideológica: “En realidad se 
empezó con Marx (página 13) y así se siguió hasta finalizar (página 245)”.


El mismo tema: otra visión

Aunque estoy lejos de haber mantenido intactos en el tiempo muchos de los 
presupuestos con los que encaré aquel primer libro y la intención con que 
fue escrito, no archivé el interés por el tema. Al contrario. En estos 
últimos años comencé a anticipar fragmentos de un futuro desarrollo más 
sistemático de algunas de las cuestiones apenas esbozadas en la “Historia de 
la Gente Decente”.

En ese listado de cuestiones se incluyen los conceptos de decencia, honor e 
hidalguía, y un abanico de temas referidos al mestizaje, el color de piel, 
la familia, los estamentos, las instituciones, la vida material, las 
creencias religiosas, la moral, las ideas, las relaciones paternalistas, el 
tradicionalismo, el clientelismo, el atraso, la pobreza, los viajeros y las 
costumbres.

Haber recordado aquí estas cuatro décadas de ese libro primerizo, quizás sea 
una tarea previa y necesaria para encarar, no ya una reedición de ese texto 
hace años agotado, sino una recuperación actualizada de algunos de los temas 
que, con desmesura juvenil, me propuse entonces abordar.

En este sitio web pueden ser leídas también algunas críticas realizadas con 
motivo del aniversario de este libro. Críticas que, desde posiciones 
ideológicas en principio antagónicos realizan Néstor Miguel Gorojovsky y 
Abel Eduardo Pereyra

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