[R-P] [redial_s_bolivar] Negocio, tu salud

Patricia H.A. desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Dom Oct 8 17:15:02 MDT 2006


Cuando la medicina se transforma en comercio
Negocio, tu salud 

por Pablo Escribá*
http://www.voltairenet.org/article143629.html

Entrar en un hospital no debería ser como hacerlo en
una tienda a comprar una camisa. Sin embargo, la
tendencia que se está imponiendo en la actualidad es
la de tratar al paciente como si fuera una mercancía.

Se le dedica poco tiempo, en clínicas privadas, se le
hacen pruebas innecesarias para que realice un gasto.
En la sanidad pública, en ocasiones, no se efectúan
pruebas necesarias y, con demasiada frecuencia, hay
que esperar horas interminables en salas deprimentes o
meses en la soledad del hogar a que llegue el turno de
una intervención. Los problemas de la sanidad pública
y privada no son idénticos, aunque hay varios
escenarios en los que convergen. Uno de ellos es,
obviamente, el enfermo.

El enfermo eres tú y soy yo. El enfermo somos todos en
un momento determinado y, por eso, tenemos derecho a
expresar nuestra opinión y buscar soluciones. En la
raíz del problema hay múltiples factores. ¿Por qué se
obliga a muchos profesionales de la sanidad a prestar
los servicios durante períodos de 24 horas e incluso
más? A alguien en el Ministerio de Sanidad no se le ha
informado de que “no es sano” trabajar de esa manera.

La atención decae y la probabilidad de cometer errores
se multiplica a medida que pasan las horas y se
acumula el cansancio. ¿Acaso no se ha limitado el
tiempo que pasan los conductores de camiones en la
carretera para evitar accidentes? Entonces, parece
ilógico que la persona de la que puede depender
nuestra vida pueda llevar despierto más de treinta
horas. Puede que trabajando casi sin descanso.

Es demencial que esté en estas condiciones cuando va a
rescatarnos de las manos de la muerte. No hace mucho
tiempo, murió un amigo mío por sobredosis de un
fármaco postoperatorio. También tuve conocimiento hace
algo más de un año de que una prescripción facultativa
errónea causó un desprendimiento de placenta en una
embarazada en muy avanzado estado de gestación. 
 
El médico que originó el problema no se encontraba en
su puesto cuando surgió el percance, aunque su
obligación era estar de guardia allí, y el feto sufrió
unos daños que han dado lugar a un retraso mental de
una cierta consideración.

Es posible que todos hayamos sido víctimas de alguna
negligencia médica. Les voy a contar un caso. A la
1:30 a.m. del 31 de marzo de 2005 un señor entró en
urgencias de un hospital español de cierta reputación.
Tenía un fuerte dolor en un dedo del pie derecho.
El médico de guardia en aquel momento, le pidió que se
tumbara y se quitara el zapato. Se enfundó un guante
azul y apretó con sus dedos, a modo de pinza, la
planta y el empeine del pie del afectado, que dejó
escapar entre los dientes un quejido lastimero...
«¿Le duele?» «He visto las estrellas» «Usted tiene
–dijo el galeno, mientras se despojaba de los guantes–
un neurinoma de Hiorton, un pequeño cáncer que rodea
un nervio». Pues bien, aquel señor que estaba delante
del médico era yo. Al escuchar la palabra cáncer, como
a cualquier hijo de vecino, los siete pelos que me
quedan sobre la parte superior de la cabeza se me
pusieron de punta. Me enviaron a hacerme una
radiografía del pie.
Más de media hora más tarde volví al médico con la
radiografía. Le pregunté si el tumor era benigno y me
dijo que sí, para mi alivio. Después pensé ¿y si los
rayos X han producido una mutación que ha tornado en
maligno el quiste…? Acto seguido, el médico me recetó
ibuprofeno para el dolor y me dio cita para pasar por
el quirófano dos semanas después. Yendo a casa fui
considerando todo lo que me había pasado, incluso la
pregunta de una enfermera «¿tiene usted el ácido úrico
alto?» que no pude llegar a responder porque en ese
momento entró el médico que me atendió.
¡Claro! ¡Debía ser eso! El ácido úrico fue la única
herencia que me dejó el bueno de mi padre. ¡Un ataque
de gota! Nunca había tenido ninguno pero, por lo que
había oído, se debía parecer bastante a aquello que me
estaba pasando. Al día siguiente, una segunda opinión
médica confirmó mis sospechas. Como estoy bastante
ocupado, la cosa quedó ahí momentáneamente.
Sin embargo, al cabo de unos días les puse como
trabajo de casa a mis estudiantes, en un curso de
doctorado universitario que imparto sobre cáncer, el
neurinoma de Hiorton: sus características, bases
moleculares, causas que lo originan, tratamiento y
todo lo relacionado con él. No tenía noticias al
respecto de este tipo de tumores y esta era la manera
más fácil de enterarme sin dedicar demasiado tiempo a
ello. En todo caso, no estaba excesivamente interesado
en esta patología.
A fin de cuentas, yo no la había padecido y no tenía
pinta de ser un tumor de gravedad o de gran
incidencia. Algunos de mis estudiantes realizan su
trabajo de Tesis en hospitales, por lo que no les
resultó difícil recabar información sobre este raro
tipo de tumor, que a mí no me sonaba de nada. La
conclusión de los arduos estudios de mis pupilos
dieron sus frutos: el neurinoma de Hiorton no existe.
Por lo tanto, ahí acabaron todos mis males.
Finalmente, resultó que yo NO estaba enfermo de una
enfermedad que NO existe (en realidad, la enfermedad
se denomina neurinoma de Morton, no Hiorton, y si me
hubieran preguntado si me dolía más al pisar en el
suelo que al levantar el pie, cosa que era más que
evidente viéndome caminar, hubiera cambiado el
diagnóstico). Afortunadamente, este fallo no tuvo
consecuencias lamentables, pero en muchos casos, los
errores médicos resultan fatales.
En países desarrollados, como España o EE.UU., los
errores médicos son la tercera causa de muerte, sólo
superada por las patologías cardiovasculares y el
cáncer. En un trabajo publicado en el Journal of the
American Medical Association por Barbara Stanfield en
julio de 2000, cifraba el número anual de muertes por
errores médicos en EE.UU. en 250.000. Mirar hacia otro
lado o simplemente aceptarlo no sirve de nada.
El corporativismo y los colegios de médicos pretenden
que se ignore el problema, pero este asunto perjudica
también a toda la clase médica y en especial a la gran
mayoría de profesionales cuya práctica es de gran
calidad e incluso de excelencia. Cargar contra los
responsables, tampoco serviría de ayuda. Por un lado,
daría lugar a subidas en la cuota de los seguros que
tienen los médicos para cubrir sus errores, lo cuál
haría que el propio afectado estuviera pagando por el
error que se comete contra él (pintoresco ¿verdad?).
Por otro lado, aún un buen profesional puede cometer
un error y sería lamentable medir la valía de una
persona por un incidente aislado. Los accidentes
graves y las muertes producidas por errores médicos se
pueden evitar. Probablemente no todas. Seguramente no.
Pero tomando las medidas adecuadas y, sobre todo,
encarando el problema con decisión, se puede reducir
en más de la mitad. Para ello, no hay que ser
excesivamente imaginativos. Bastaría con empezar a
aplicar los principios que otros han experimentado de
manera positiva.
Desde luego, eso tiene un coste, pero no me parece
caro dedicar una partida económica (que tampoco es
excesiva) para salvar decenas de miles de vidas en
nuestro país y millones en todo el mundo cada año.
¿Por dónde empezar? Un buen punto de partida sería
reducir la jornada laboral de los médicos manteniendo
o mejorando el salario global que perciben. Otra
medida consistiría en iniciar programas específicos
enfocados a este problema, como el abordado en Japón.
Han decidido reducir los errores médicos. Para ello,
lo primero es detectarlos.
El Ministerio de Salud ha creado una base informática
de datos con errores médicos en Internet. Los errores
se clasifican en “fríos” (hiyari) o alarmantes
(hatto). Entre 2001 y 2004 se informaron, de forma
voluntaria, unos 15.000 casos de errores médicos en
240 hospitales. En otras ocasiones no hay que recurrir
a elementos tan sofisticados. Se han detectado un
número no despreciable de errores debidos a la mala
interpretación de la caligrafía del médico por parte
del farmacéutico.
Imprimir las recetas podría evitar bastantes errores.
Es posible que dentro de algunos años, los errores no
sean algo habitual, sino meros accidentes. 
Entonces, dejaremos de sentir que somos parte del
negocio de la salud. Entonces, perderá totalmente su
sentido aquella frase que dijo el cirujano escocés
James Young Simpson a principios del Siglo XIX: «Un
enfermo tiene más probabilidades de morir si se
interna en un hospital, que si lo hace en el campo de
batalla de Waterloo».
Pablo Escribá
Biólogo molecular español, investigador científico y
divulgador cultural.



	
	
		
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