[R-P] [E. Lacolla] Brasil: la resistente coraza del sistema
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Oct 4 14:22:25 MDT 2006
Brasil: la resistente coraza del sistema
Por ENRIQUE LACOLLA
Los movimientos populares antisistema, que comenzaron a expresarse
pocos años atrás, tienen en la elección brasileña una ocasión para
probar su fuerza.
Las elecciones brasileñas han venido a demostrar, por si hacía falta,
el carácter coriáceo del entramado político, cultural y económico
que, en Brasil como en muchas otras partes de América latina, tiene
las riendas del poder o conserva en sus manos los atributos que son
necesarios para condicionarlo de forma determinante.
Pese a que durante la mayor parte de la campaña electoral los sondeos
de opinión daban como triunfador por la mitad más uno de los votos al
presidente Luiz Inacio Lula da Silva, la elección terminó
consagrándolo vencedor por el 48,61 por ciento de los votos válidos
contra el 41,64 por ciento de su contendor principal, el candidato
del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), Gerardo Alckmin.
Lula, por consiguiente, habrá de ir a una segunda vuelta para
refrendar su triunfo, el 29 del corriente mes. Las expectativas
tenderían a favorecerlo, toda vez que el tercer candidato más votado,
la ex-senadora Heloísa Helena, es un desprendimiento del Partido
Trabalhista (PT) y se supone que sus electores, si no ella misma,
tenderían a favorecer al populista Lula en detrimento de Alckmin,
portavoz del modelo neoliberal. La posibilidad de un voto nulo de
parte de quienes se volcaron a esa candidata, sin embargo, hace
pender sobre el resultado definitivo del próximo comicio una duda
poco tranquilizadora para quien, hasta hace pocos días, era el
favorito por amplio margen.
El gobierno del Partido Trabalhista (PT) no llenó las expectativas
que abriera su triunfo en 2002. Con todo, sus políticas sociales
paliaron la miseria y el rumbo que imprimió a su política exterior
representó una inflexión clara en el sentido de un gran compromiso
con el Mercosur y con la colaboración sudamericana, que fueron
decisivos para el torpedeamiento del Alca (Área de Libre Comercio de
las Américas), el proyecto a través del cual Estados Unidos ha
proyectado su ordenamiento hegemónico del hemisferio occidental.
La opción para el próximo balotaje, desde una perspectiva nacional-
popular, no ofrece por lo tanto dudas: de ser brasileños votaríamos
por Lula. Está claro que, con todas sus diferencias e imperfecciones,
los movimientos que han surgido en América latina en la estela del
desastre consumado por el neoliberalismo durante las últimas décadas
del pasado siglo, representan procesos que son favorables a sus
respectivos pueblos. Hugo Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, Evo
Morales en Bolivia y Néstor Kirchner en Argentina, son resultantes,
más o menos conscientes, más o menos decididos, más o menos
oportunistas, hesitantes, torpes o atinados, de un proceso de ascenso
popular que no reviste por supuesto los contornos que tuviera en
épocas más turbulentas, pero que no por eso deja ser indicativo de un
rebrote del compromiso político en el seno de las masas del
subcontinente.
Afincado, esta vez, más en una suerte de rechazo visceral del
discurso monocolor del sistema que en la asunción de posturas
ideológicas radicales, ese compromiso sin embargo exige cambios que
apunten a modificar las coordenadas de una realidad que, hasta ahora,
ha sido favorable a los sectores del privilegio.
El enemigo al acecho
La vacilación en afrontar esas reformas necesarias de parte los
exponentes políticos que están en situación de llevar el proceso
adelante no puede sino cortarles el césped bajo los pies, en la
medida que si pierden el sustento de la confianza que les han
brindado las masas populares, carecerán de la entidad necesaria para
defenderse del sistema de poder establecido, provisoriamente puesto a
la defensiva, pero atrincherado en los principales baluartes de la
economía y los medios de comunicación.
La historia latinoamericana está sembrada de episodios que demuestran
la peligrosidad de esa conjunción y la dificultad para hacerle frente
a menos que se cuente con el respaldo de una movilización popular
sustantiva y con la contundencia conceptual que sólo puede
proporcionar un programa de cambios que interese decisivamente a los
sectores populares y que, además, vaya dotando a estos de una
específica capacidad económica, capaz de erigirlos en un contrapeso
político que sea apto para contrabalancear el poderío financiero y
comunicacional de las oligarquías.
El proceso vivido en Brasil por estos días, cuando se produjo un
cambio negativo en la opinión respecto del candidato presidencial del
PT, ha estado en gran medida determinado tanto por los errores como
por las debilidades del gobierno, así como por el carácter fluctuante
de ciertos sectores de izquierda que, si pueden con razón exigir
expedientes que depuren el campo popular y profundicen las medidas
que se toman en su favor, de ninguna manera pueden aparecer
coincidiendo con el coro deprecatorio de la oposición de derechas.
Esos sectores, a los que se puede individualizar como exponentes del
radicalismo pequeño burgués, son muy permeables al discurso de la
moral abstracta, sea que esta se corporice en la denuncia de la
corrupción orgánica que atacaría al partido gobernante, sea que se
empine en una intransigencia revolucionaria para la cual nunca nada
es suficiente, sean cuales fueren las relaciones de fuerza entre los
grupos sociales.
Esos núcleos tienden a ser intratables. Hay una larga cola de
movimientos volcados hacia el extremo límite izquierdo del espectro
político que jugaron objetivamente el juego de los ocupantes de la
otra punta del mismo. Su expediente favorito, en ocasión de
producirse una compulsa electoral, es la abstención.
No siempre se puede encontrar la personificación de los propios
ideales y entonces, a veces, la abstención frente a una trampa que
propone elegir entre dos opciones iguales puede ser un instrumento
útil; pero cuando, como en Brasil, existen diferencias notables entre
dos candidatos que representan, uno, la resistencia a los aspectos
más extremos del sistema y otro que en cambio es la expresión clara
de los intereses de este, no cabe dejar de respaldar al primero, sin
que por ello se tenga que renunciar a los propios principios. Al
contrario, el requerimiento de apoyo da la oportunidad para hacer
valer los propios argumentos y que estos pesen algo en la balanza.
El caldo de moralina
La moralina ha sido un ingrediente muy bien aprovechado por las
estructuras de poder establecidas. Contra Getulio Vargas, contra Juan
Perón, entre otros muchos casos, y ahora contra Lula, el sistema ha
sido capaz de armar frentes que han hecho hincapié en cierta pureza
ética, cuidando, sin embargo, de no mirar sobre sí mismo y sobre la
infinita variedad de trapisondas y traiciones que ha consumado contra
el interés general.
El movimiento popular de corte antiliberal (en la acepción económica
del término) y semiconsciente de la necesidad de fundar la unidad
latinoamericana o al menos de constituir un bloque regional capaz de
actuar con peso propio en el mundo globalizado, no puede perder de
vista este dato, que debería servir como principio orientador. En
especial cuando, como en Brasil, la relación de fuerza que se
presenta en el Parlamento es desfavorable al gobierno del PT. En el
Senado el oficialismo no tiene más que la tercera parte de las
bancas; en Diputados no tiene mayoría ni siquiera para aprobar leyes
simples. De los 27 Estados, la oposición domina en la mayor parte de
ellos, incluídos los más ricos y más poblados.
El Brasil aparece dividido entre un nordeste pobre, que sin embargo
agradece el asistencialismo social del gobierno y se aferra a este
como un náufrago a un madero, y un sur, sudeste y centro-oeste donde
se nuclea la riqueza y la oposición manda.
Parece evidente que, de ganar Lula la segunda vuelta, no debería
seguir enfeudado a una moderación política que pasa por no hacer
olas, por seguir sacando un aprobado del Fondo Monetario
Internacional y por mantener un real sobrevaluado que encarece el
crédito y achata el consumo.
No hay mal que por bien no venga, se dice, y este traspié del
presidente brasileño podría inducirlo a hacer las cuentas y a
concluir que, en política como en el fútbol y tantas otras cosas, "la
mejor defensa es un buen ataque".
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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