[R-P] Crimen , politica y narcotrafico , en Salta
silvio ansaldi
silvioansaldi en yahoo.com.ar
Lun Nov 20 12:12:41 MST 2006
Al igual que con el secuestro y asesinato de mi prima
Graciela Khune , en 1986 , en Salta capital , nada a
cambiado en esa provincia , con los Romero al poder ,
difunto-padre e hijo , actualmente.
Y nada a cambiado en los jusgados federales de Oran
,Salta o Jujuy , que se pelean para ver quien queda
con las causas , para luego archivarlas .
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EL EX DIPUTADO ROMERISTA ERNESTO APARICIO Y LA SOMBRA
DEL NARCOTRAFICO
Sangre y corrupción en la frontera norte
En el límite de Salta con Bolivia pasan cientos de
kilos de cocaína a través de una cerrada trama de
bandas de narcos. El ex diputado provincial Ernesto
Aparicio, del sector que respalda al gobernador Juan
Carlos Romero, es el dueño de una finca en la frontera
caliente y debió renunciar al verse involucrado en el
crimen de la productora Liliana Ledesma.
La ruta de los clanes
Aparicio en la línea floja
Por Cristian Alarcón
Desde Salvador Mazza, Salta
El campo de Ernesto Aparicio es, lejos, el más
próspero de toda la zona de Madrejones. A unos veinte
kilómetros de Pocitos, por un camino de tierra lleno
de curvas y oscurecido por la sombra del monte,
aparece la primera de las tres tranqueras que durante
más de un año, hasta poco después del crimen de la
productora Liliana Ledesma, mantuvo cerrado con
candados y cadenas, custodiado por peones armados. Es
justo allí, en medio de “la finca” del ex diputado
romerista, donde la Justicia federal investiga una
denuncia según la cual, Aparicio trafica cocaína a
gran escala usando sus tierras limítrofes con Bolivia.
En el expediente, al que tuvo acceso exclusivo
Página/12, se investiga la historia que contó un
testigo de identidad reservada: en febrero estaban a
punto de cruzar 180 kilos de pasta base de cocaína
para ser luego “cristalizada” en El Pajeal, el campo
de Aparicio. En la frontera caliente de Salta, donde
el contrabando es la base de la cultura local y la
mejicaneada una operación frecuente, el conflicto
entre productores y narcos toma dimensiones reales con
el protagonismo de un amigo del gobernador Juan Carlos
Romero: “Mamila” o “El Gordo” Aparicio. Por primera
vez un crimen mafioso como el de Ledesma explica las
formas que asume la corrupción política local, materia
prima tan necesaria como la hoja de coca en el
complejo proceso de construcción del narcotráfico.
Aquí, el sopor y la desmesura de una zona en la que la
frontera no tiene límites.
Vecinos
Don Eugenio Ledesma –Ledesma, como le dicen en el
pueblo, o El Viejo, como le dicen sus hijos– vive en
un rancho de adobe, en un terreno desmalezado, ganado
al monte acompañado por un peón de barba que deambula,
desconfiado. Desde su puesto, bajo un alero de chapa,
puede ver las doscientas cabezas de ganado que apenas
se mueven con este calor extremo cuando son las dos de
la tarde en Ipaguazú, mil hectáreas de tupido monte en
el Chaco Salteño. Más allá, brumosa, se ve el perfil
de la laguna, una mancha de agua poco profunda, medio
cubierta por los camalotes y habitada por pájaros
silenciosos y cebúes que se desplazan con las jorobas
fuera del agua, en cámara lenta. Ledesma es, junto a
otros productores como el viejo Pilar Rojas, que vive
también en la zona en disputa, el gran problema que
arrastraban el ex diputado Aparicio, y sus socios, los
hermanos Reynaldo Delfín y Raúl “Ula” Castedo, todos
investigados en por lo menos tres causas federales por
narcotráfico. Ledesma es el padre de Liliana, la Negra
Ledesma, asesinada por dos sicarios a punta de
cuchillo el 21 de septiembre cuando cruzaba una
pasarela angosta, de unos 50 metros, que cuelga sobre
la cañada de Guandacarenda, a poco de su casa, uniendo
su barrio, Villa Las Rosas, y el de enfrente, YPF. Esa
tarde, a las ocho y media, Lino Moreno –un pibe al que
conocen desde chico– y Aníbal Ceferino Tarraga, el
yerno de Aparicio –casado con su hija Gabriela
Aparicio, presa por el crimen– la esperaron en un
negocito cercano y no alcanzaron a tomarse el primer
vaso cuando por teléfono les avisaron que ella se
aproximaba. Según los hombres de la Brigada, uno de
ellos se quebró y contó que primero le cortaron la
boca y después le dieron en el estómago; que ella
cayó, pero pudiendo haber corrido, se levantó y le
encajó dos trompadas a su atacante. Entonces le
llovieron los cortes y la mató uno certero, en el
corazón.
Ledesma estaba en el campo cuando llegó su hijo Jesús
a avisarle: “La apuñalaron a la Liliana”. Tuvo que
correr en un taxi pero por el lado boliviano, la única
manera de llegar a Ipaguazú cuando Aparicio y los
Castedo mantenían cerrado el paso. El conflicto
llevaba un largo tiempo. La relación con unos y otros
también. Desde 1993 cuando Aparicio había comprado
4470,90 hectáreas a 600 mil pesos de la época a la
toma de mando de los Castedo –que se dio hace unos dos
años– había pasado mucho entre estos vecinos de tierra
adentro. “Los Castedo antes eran peones de uno que
ahora es su testaferro. Pero empezaron con el tráfico
y crecieron tanto que por boca de ellos yo sé que
Aparicio les debía a ellos merca y que por ese motivo
al final ellos le habían quitado todas las vacas”,
cuenta don Ledesma, bajo la sombra de los algarrobos y
las moreras de su monte. Es cierto. Todos los Ledesma
lo reconocen, hasta hace un tiempo no sólo fueron
cercanos a Aparicio sino que también pasaban por El
Pajeal, rumbo a Ipaguazú o Nupiau, la finca de Jesús,
y se quedaban a jugar al sapo o al tejo con los
Castedo. Siempre parece que están por contar una nueva
historia de esa frontera a la que han pertenecido
durante los últimos 30 años (Ledesma repite la vez que
ya en 1989 un comandante de Gendarmería le pidió
prestado el campo para instalar una cocina). La madeja
los comprende, los incluye. En la frontera el
contrabando no es sólo una forma de sobrevivir en la
pobreza sino también un modo de relación, de
articulación y de construcción de redes de solidaridad
en la ilegalidad. Claro que su expansión destruye
cualquier lazo. A la hora de crecer, el que era vecino
amistoso y discreto puede transformarse en un enemigo
al que hay que eliminar. Algo así pasó con Liliana
Ledesma.
Amigos
Olga Salas era la mejor amiga de la Negra Ledesma.
Comenzaron juntas el secundario, y en las aulas de la
Escuela República de Bolivia, hoy un edificio de
techos ruinosos, casi sin baños, en el que se asan mil
alumnos por turno, se mezclaban con otros de su
generación, entre ellos varios de los que serían capos
de los clanes narco. En las mismas aulas estaban
Delfín Castedo y Aparicio. Cuando terminaron, Liliana
se propuso cursar una carrera. Le gustaba entrenarse
corriendo a la hora implacable de la siesta por la
Quebrada Seca. Nunca dejó esa rutina exigente. Ni
cuando iban con Olga a Ipaguazú y se sentaban a comer
hasta hartarse el animal que mataba su padre para
ella; aun así, entre las tres y las cinco, salía a
correr la frontera. Tenía altura y cuerpo. Olga la
había secundado unos meses en la compra y venta de
cajas de huevos. Pero ella se cansó. Liliana se puso
un localcito en el centro y andaba todo el día
cargando los cartones llenos. La voluntad de Liliana
era conocida en Pocitos. Estudió en Pichanal, un
pueblo cercano, Educación Física. Pero no ejerció,
porque en eso andaba cuando conoció al hombre que le
cambiaría el destino de primera universitaria de una
familia campesina: Guillermo Villagómez, “Gili”, el
padre de su hija de nueve años.
“Ese noviazgo ella lo tenía muy oculto. A mí nunca me
invitó a la boda”: todavía le da cierta rabia a Olga.
“A mí la verdad es que durante los años en que estuvo
con Villagómez nunca me invitó a la casa ni me lo
presentó. Creo que era una cuestión de seguridad, de
no comprometerme en algo.” No se casaron en el pueblo
sino más allá, donde suelen escapar los amantes de
Pocitos, en Aguaray. La ceremonia fue pequeña. El
tenía otra mujer y dos hijos del lado boliviano, en
San José de Pocitos. No quisieron a nadie que no fuera
de la familia. Pero en las fotos se puede ver la ancha
estampa del Gordo Aparicio. Y a Villagómez vivo. Lo
mataron de nueve tiros en 1999. Desde entonces a
Liliana Ledesma le llevó siete años de silencio decir
lo que sabía: “Aparicio mandó a matar a mi marido.
Trabajaba con él en la droga”. Fue lo que dijo en
radio FM Noticias cuando la entrevistó la periodista
Marta César. Ese fue el punto débil que decidió
tocarle. Esa era lo que ella misma llamaba “la pata
más floja de la mesa” cuando conversaban con Sergio
Rojas, el productor que la acompañaba en su lucha por
las tierras. “No queríamos pegarles a los Castedo
–cuenta Rojas–. Lo teníamos más apuntado a Aparicio.
Ella sabía mucho de él.”
En la frontera, los líderes de los clanes familiares
nunca comenzaron muy de arriba. Rodolfo “Pichi”
Ledesma, el menor de los hermanos de Liliana, lo
recuerda a su cuñado llegar bien ancho en una coupé
fuego que se le quedó sin batería. Villagómez creció
cuando se asoció con Aparicio. Pero el dinero llama al
dinero y no pasó demasiado tiempo hasta que hubo
cuentas sin saldar. Una fuente judicial de Salta le
dijo a este cronista que Aparicio “lo habría mandado
matar porque Villagómez le debía 60 mil dólares”. Los
Ledesma cuentan lo contrario. Eli, la mamá de Liliana,
repite el diálogo que tuvo con su entonces yerno
cuando quería cobrarle a Aparicio. El Gordo se
apareció en la casa de Gili para decirle que no le iba
a pagar. “Vas a ganar que te cague matando”, le dijo.
“Cuando me contó yo le dije que hubiera aprovechado
para agarrarlo él en su casa, que era propiedad
privada.” Y él me dijo: “‘Hace rato que lo hubiera
matado pero el Gordo me debe 300 mil’. Eran 300 mil
dólares de droga”. Eli reconoce que su yerno era
narco. Pero dice que Liliana nunca tuvo que ver con el
asunto. “Los negocios son de hombres”, sentencia.
Después de la apretada, Villagómez decidió devolverle
la mano a Aparicio. “Y lo apuró en Aguas Blancas”,
cuenta Jesús. Entonces Aparicio lo acusó y lo mandó
preso por tres meses. Cuando salió, siguió reclamando.
Hasta que le bajaron un cargador en Pocitos.
Socios
No era el primer problema de Aparicio con sus manos
derechas. Wilson Abalos, un productor que estuvo preso
entre el ’92 y el ’95 por tráfico de drogas en Salta,
fue quien le manejó la finca hasta que murió aplastado
por un tractor al subir una loma de leve inclinación,
en 1998. Su familia vive en Pocitos, y sus hijos,
sentados a la sombra en la vereda a pocas cuadras del
límite con Bolivia, admiten que nunca creyeron que ésa
fuera la verdad. “Cuando mi viejo cayó preso por
narcotráfico en Salta él ya estaba trabajando para
Aparicio. Cuando salió fue a la finca de Aparicio de
vuelta y quedó de encargado”, dice José Antonio
Abalos, que ahora tiene 27 años. José Antonio y sus
amigos caminan por la Quebrada que cruzan, en menos de
cinco minutos, para moverse del Barrio Norte, en
Pocitos, al Barrio Nuevo, en Bolivia: la misma
pobreza, el mismo polvo, con diferente nacionalidad.
La quebrada es una depresión que parte la tierra y que
se recorre por senderos muy transitados. En la
entrada, desde la Argentina hacia Bolivia, hay dos
gendarmes conversando que apenas los miran pasar. En
el medio de la quebrada han montado dos arcos, uno del
lado argentino, otro del boliviano. Nadie se cruza en
nuestro camino. Pronto, tras unos doscientos metros,
aparece Yacuiba: una mujer vende sopa en la calle,
frente al cementerio. Entre las tumbas está el camino
de regreso. La salida a la quebrada está en el fondo,
tras las lápidas, todas pintadas de celeste y
adornadas con coronas de flores artificiales. Es
apenas uno de los cruces clandestinos.
Volvemos a Pocitos argentino. Gabriela Abalos, de 22,
recuerda con detalles la noche en que Aparicio llegó
con su padre ya muerto del campo. “En esa época
vivíamos en la casa de Teresita, la madre de Aparicio,
en el barrio Aserradero. El ese día le prometió a mi
mamá que nos iba a dar la casa y el estudio. Después
nos pidió el dinero que tenía guardado mi madre, pero
nunca lo devolvió, nos echaron de la casa y no volvió
a venir. El no tiene cara para venir a mi casa. El
sabe que conocemos la verdad. Sabe lo que sabemos.”
Aparicio fue en extremo cuidadoso con los trámites por
Abalos. Permaneció junto al cadáver hasta que un
perito forense de Embarcación, a unos 90 kilómetros,
llegó para firmar que el hombre había muerto por los
“golpes internos” del accidente, cuando ante la
familia el médico de Pocitos, Carlos Aníbal Geraldo,
había hablado de un paro cardíaco. “Mi papá tenía
aserrín y querosén en la ropa, y en la loma donde dice
que fue todo no había más que tierra. Probamos con el
tractor y era imposible volcarlo”, dice José Antonio.
“Los contrabandos los hacían los dos. Ernesto le daba
plata a mi viejo, lo dejaba sacar madera y carnear
animales”, dice Gabriela. “A mí no me dejaban ver
mucho cuando estaba en la finca, pero sé que
discutían, que Aparicio por ejemplo tenía problemas
con Gili”, recuerda el hijo de Wilson Abalos.
Entonces, cuando el chico era peón de El Pajeal, los
Castedo ni siquiera figuraban, dice. Se fueron
haciendo fuertes en los últimos cinco años. Poco a
poco ellos tomaron el lugar de los viejos socios.
Jefes
Orán es un caldero peor que el de Pocitos, aunque esté
tres horas al sur. Allí es donde se instalaron hace
dos años un juzgado y una fiscalía federal que tienen
jurisdicción sobre toda la frontera caliente. Allí
abrieron una investigación en la que los protagonistas
son Ernesto Aparicio y sus amigos Delfín y Ula
Castedo. Es la última de las pesquisas lanzadas contra
el trío. Otros juzgados federales, de Salta capital,
de Jujuy y del Gran Buenos Aires han seguido sus
pasos. Pero esta causa es la que tiene un largo
testimonio que cuenta cómo usan la tierra de Aparicio
que limita con Bolivia. El testigo asegura que se
están por trasladar 180 kilogramos de pasta base de
cocaína a través de la finca de Aparicio para ser
“cristalizada” allí mismo. “También se habría
efectivizado la compra del querosén para el proceso de
elaboración”, se lee en un informe judicial al que
tuvo acceso Página/12. “Aparicio se hallaría implicado
en las maniobras delictivas de Delfín Castedo.” Se
trata de la causa federal 148/06 en manos del juez
Raúl Reynoso y del fiscal José Luis Bruno. Ambos le
han pedido al cuestionado juez de instrucción Néstor
Aramayo, que investiga la muerte de Liliana Ledesma,
que les remita porque consideran que al estar
relacionado con el tráfico de drogas el caso debe
llevarlo la Justicia federal. Aunque el juez federal
Abel Cornejo, de Salta, podría también pedir la causa
del homicidio. Desde 1998 sigue los pasos de los
Castedo y de Aparicio.
En el juzgado de Cornejo consideran que los Castedo
formaron un clan como otros que existen en la zona
dedicados al mismo negocio y bajo la mira como el de
los Motok, la banda que cayó el verano pasado
vinculada al tráfico de 750 kilos de cocaína que había
llegado a José C. Paz disfrazada entre bolsas de
carbón. Podría hacerse toda una genealogía en la
formación de estas “familias”. En general comenzaron
como pasadores de otros y pronto invirtieron lo ganado
en el negocio propio apoderándose de rutas
alternativas a lo largo de la frontera y con diversos
acuerdos con lo más corrupto de Gendarmería. Para los
investigadores federales “es seguro que ellos no son
el gran narcotráfico, que lo que hace es entrar con
aviones hasta Santiago del Estero o andar en flotas de
camiones imposibles de controlar”. “Estoy convencido
–le dijo un secretario federal a Página/12– de que a
pesar de que estos clanes son grandes hay una
organización superior, donde podría estar alguien como
Aparicio.”
A las manchas en la historia de Aparicio que van
apareciendo como si el vapor las dibujara en las
tardes de Pocitos se les suman sus participaciones en
las escuchas telefónicas a los hermanos Castedo en
diferentes causas federales. Prófugos desde hace más
de una semana, acusados de ser los autores
intelectuales de la muerte de Liliana Ledesma, Delfín
y Ula tienen esa tonada inconfundible de la frontera,
hablan con la boca cerrada por el “acusi” de hojas de
coca que rumian tras las muelas, y anuncian el triste
final de la única mujer que los combatía. “Yo sé que a
las siete de la mañana sale la otra conchudota, yo sé
por dónde anda, por aquí, por aquí, por acá, la Negra
puta –vocifera Ula Castedo–. Esta chota chupapija no
sé quién se cree, le digo, ta’costumbrada a boconeá.
Esa la tengo estudiada punto por punto por dónde anda,
qué es lo que hace, a qué hora abre su negocio, adónde
va. Si hay que poné cien, dosciento, treciento verde,
lo va a poné. Yo me organizo de esta forma y se acaba
la familia esa.” En el mismo expediente figuran largas
conversaciones entre Delfín Castedo y Aparicio. Y cada
vez que Ula, el prófugo, se desespera repite una
muletilla que los jueces tienen en cuenta en estas
horas: “Hay que llamarlo al Gordo, voy a llamarlo al
Gordo”. Apenas comienza a resquebrajarse el silencio
de la frontera norte. Todos temen.
Nota de Pagina12
enviada por
Silvio Ansaldi
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