[R-P] Globalización y Estado-Nación
Edgar Schmid
condornacional en yahoo.com.ar
Dom Nov 12 09:12:32 MST 2006
Aprendiendo a globalizarnos
Mario Roberto Morales
La Insignia
La globalización consiste en un conjunto de procesos
económicos capitalistas que han llevado a la
integración de megamercados regionales cuya dinámica
implica el impulso de procesos de desnacionalización y
transnacionalización de las relaciones entre el
capital y el trabajo. Al transnacionalizarse los
procesos de producción de mercancías, los trabajadores
de un país fabrican objetos o partes de objetos que
serán ensamblados en otro país y vendidos y consumidos
en otro u otros países. El intercambio comercial de
estos productos transnacionalizados está sujeto a
acuerdos que buscan disminuir las trabas arancelarias
y otros gravámenes que las Naciones-Estado han
instituido (ejerciendo un criterio de soberanía que,
como veremos, la transnacionalización viene a romper),
por medio de los cuales imponen restricciones sobre el
intercambio de algunas mercancías con el fin de
proteger a la propia clase empresarial, la propia
producción y los propios mercados internos,
nacionales.
Libre comercio quiere decir justamente abolición de
gravámenes entre los países que conforman un
megamercado, y de éstos con países que forman otros
bloques económicos, otros megamercados. En el caso que
nos ocupa, la América Latina constituye un área de
influencia de Estados Unidos, y el primer paso en el
proceso de conformación del megamercado de las
Américas lo constituye el Tratado de Libre Comercio
entre Estados Unidos, México y Canadá, al cual se
busca unir Centroamérica.
Los procesos de transnacionalización económica tienden
naturalmente a quebrar las estructuras económicas,
políticas e ideológicas que hasta ahora habíamos
conocido como nacionales, de modo que la
transnacionalización de la producción y el consumo
implica a la vez la intensificación de fuertes
procesos de desnacionalización económica, política y
cultural.
Esto, porque la Nación y los imaginarios de lo
nacional han sido realidades eminentemente políticas,
impulsadas por grupos de individuos especializados en
ejercer estas tareas, a los cuales se ha conocido como
clase política, y ocurre que en un mundo en el que los
procesos productivos y de consumo transnacionalizados
necesitan de acuerdos transnacionales de libre
comercio, no es la clase política la principalmente
interesada en la conformación de megamercados, sino lo
es la clase empresarial. De aquí, la presión
neoliberal de empequeñecer los Estados para hacer
recaer el poder y el control económico de las
sociedades en esa clase, reduciendo la clase política
a un conglomerado meramente administrativo de una
justicia y una ley que ampare precisamente los
procesos de desestatización, transnacionalización y
desnacionalización política, económica e ideológica.
El neoliberalismo, que busca sustituir a la clase
política con la clase empresarial arrebatándole al
Estado su función reguladora de ciertas actividades
económicas, así como su potestad de subsidiar empresas
y brindar servicios básicos a la sociedad, como la
salud, la vivienda, los planes de jubilación y las
vías de comunicación, entre otros, equipara la
globalización con la necesidad de empequeñecer el
Estado y ensanchar el empresariado. Como la
globalización es algo inevitable y resulta absurdo
pronunciarse en contra de ella, lo que procede hacer
--si uno insiste en mantener una posición política
identificada con el interés popular-- es buscar
maneras de globalizarse sin perder el espacio del
Estado como ente regulador de una parte importante de
la actividad económica y social.
¿Por qué la insistencia en mantener el espacio del
Estado como ente regulador de una parte importante de
la actividad económica y social? Pues porque el Estado
es el único espacio por el cual vale la pena que los
sectores populares luchen y articulen un proyecto
nacional-popular de nación. Si el Estado es reducido a
una mera entidad administrativa, legalizadora y
policial de los negocios de la clase empresarial
neoliberal, ¿para qué un proyecto político popular si
el poder no radicaría ya en el Estado sino en este
empresariado, el cual sólo en su retórica ideológica
permite que su elite se ensanche? Llegados a este
punto vale la pena preguntarse: ¿es que la vía
neoliberal es la única posible para globalizarnos? El
caso de Estados Unidos pareciera contestar con un
rotundo no a la interrogante, sobre todo si observamos
la lucha del Partido Demócrata por mantener un Estado
fuerte, capaz de ocuparse de amplios conglomerados
marginados de los derechos y beneficios básicos
populares como la salud, el transporte y el trabajo.
Esto, ante el hecho sabido de que el bipartidismo
estadounidense coincide en sus intereses estratégicos
en materia de seguridad y dominación económica.
Ante la inevitabilidad de los procesos globalizadores,
lo que procede es plantear una permanente negociación
entre Estado y empresariado de modo que el primero
permanezca siendo lo suficientemente fuerte como para
regular una parte significativa de la vida económica y
social. Esto implica erradicar del Estado su
justamente señalado carácter corrupto e ineficiente.
La depuración del Estado, la erradicación de la
corrupción y la impunidad son un requisito
indispensable para anular el argumento neoliberal de
que el Estado debe minimizarse porque históricamente
ha demostrado ser ineficiente como administrador y
corrupto como ente político.
Entonces, la lucha por un Estado fuerte es la lucha
por la depuración del Estado. Lo mismo ocurre con
instituciones estatales como las universidades
públicas: la lucha por su mantención y sobrevivencia
como espacios de desarrollo cultural y académico de
los sectores populares es la lucha por su depuración,
por la eliminación de la corrupción y la impunidad
académicas y administrativas.
Definitivamente, la vía neoliberal no es la única vía
para globalizarse, para entrar en la globalización.
Existe la posibilidad de entrar en ella con un Estado
fuerte que proteja intereses populares. Este planteo
debiera ser el corazón de un programa de izquierda
renovada si es que esta izquierda existiera. Pero como
no existe, el planteo político de contención de la ola
neoliberal tiene que ser diferente. Me explico. Si es
cierto que el ingreso en la globalización es
inevitable y a estas alturas urgente y necesario para
no quedarnos fuera del juego en el nuevo siglo,
también lo es que la única clase que está en capacidad
de negociar la modalidad local, nacional, de ese
ingreso es la clase empresarial, ya que es la que
actualmente tiene la representación política del país.
La izquierda en general no la tiene. La izquierda
oficial se vendió a la derecha. Por todo, lo que
procede es que el empresariado liberal (no el
neoliberal), es decir el que no está por la
neutralización del Estado, así como las expresiones de
centro político y las izquierdas en proceso de
renovación, articulen un proyecto nacional-popular de
país con criterios interclasistas y multisectoriales,
que les permita tener influencia en las negociaciones
que la clase empresarial realiza actualmente con el
Norte para que pasemos a formar parte, como país y
como región, del megamercado de las Américas.
A simple vista pareciera que ya es demasiado tarde
para que una fuerza política pluralista e
interclasista pueda hacer algo. La evidencia indica
que nos globalizaremos mediante la modalidad
neoliberal. Sin embargo, la elite neoliberal es
minoritaria y sin duda una alianza política tendente a
mantener un equilibro entre la fuerza empresarial y la
fuerza del Estado puede todavía imponerse.
La condición para que se pueda todavía alcanzar un
equilibrio deseable entre la fuerza empresarial y la
fuerza del Estado es, primero, la formación de la gran
alianza del espectro político que el neoliberalismo
contribuye a conformar como su anticuerpo al rechazar
como "socialistas" tanto al empresariado de derecha
que acepta que el Estado regule parte de la vida
económica y social, como al centro político y a todas
las izquierdas; segundo, la discriminación de la
izquierda oficial (por la situación de desautorización
moral en que quedó al firmar los acuerdos de paz) y,
tercero, el diálogo directo y las convergencias
puntuales con el neoliberalismo. Esto puede constituir
el gran paso para la consolidación de un sistema
democrático que de verdad funcione y, con él, emitir
nuestro pasaporte digno a la inevitable globalización.
El problema que enfrentamos es la inercia del pasado,
la cual determina que el material humano con el que se
tiene que trabajar presente los vicios de la clase
política corrupta, y que el empresariado neoliberal
todavía vea en la derecha moderada, el centro y las
izquierdas, a representantes de lo que ellos conciben
como socialismo. Su mitología de la libertad de
empresa y del mercado libre tiene a los neoliberales
todavía presos del dogmatismo de derecha que animó la
guerra fría, y sus ideólogos y políticos aún
evidencian una actitud autoritaria al querer imponer
su pensamiento, su doctrina y su sistema, negando la
posibilidad de negociación. Una actitud flexible por
parte de todas las fuerzas políticas que el
neoliberalismo rechaza (contribuyendo con ello a su
unificación anti-neoliberal) es la necesaria
respuesta.
La globalización es el resultado del desarrollo del
capitalismo. Su aceleramiento actual se debe al
derrumbe del socialismo como economía y a la
integración de los países del bloque socialista a las
posibilidades del mercado globalizador. En esta lucha
se inscribe la discusión actual acerca del papel del
tercer mundo en los procesos productivos mundiales. El
consumo transnacionalizado no basta para considerarnos
parte de la "aldea global".
Falta formar parte de ella como productores, con
nuestras propias reglas del juego. Falta también
adoptar una política inteligente respecto de un
fenómeno que forma parte indisoluble de los procesos
de globalización: el narcotráfico como fuente de las
narcofinanzas mundiales, las cuales han permeado ya
todos los sistemas bancarios del orbe, instaurando en
los sistemas políticos su secuela más grave: el crimen
organizado, la corrupción generalizada y la impunidad
como expresión de poderes "alternativos" al poder de
la ley y del sistema democrático.
Hoy por hoy, cuando los principales mecanismos
globalizadores han entrado en crisis en varias partes
del mundo produciendo un sacudimiento financiero
mundial que afecta a América Latina, y cuando los
centros de poder económico están voceando la necesidad
de un replanteamiento del capitalismo globalizador, la
ocasión es oportuna para que en nuestro medio se
articule una expresión política basada en alianzas que
se opongan al fundamentalismo neoliberal de guerra
fría, y que sea capaz de diseñar el país que
necesitamos en el nuevo milenio: un país estable y no
sujeto a los inciertos oleajes de un mercado suelto en
la llanura como un caballo loco.
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