[R-P] E. Lacolla Cambiar para que todo siga igual
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Dom Nov 12 08:53:21 MST 2006
De La voz de hoy
Cambiar para que todo siga igual
Por Enrique Lacolla
Periodista
La estrategia de la sorpresa de último momento, a la que la administración
de George W. Bush es adepta, no parece haberle dado mucho resultado en
ocasión de las elecciones de medio período que se desarrollaron el pasado
martes.
La condena a muerte de Saddam Hussein impuesta al ex dictador por un
tribunal iraquí controlado por el ejército de Estados Unidos fue con toda
probabilidad calculada para que coincidiera con la víspera de los comicios
destinados a renovar la totalidad de la Cámara de Representantes, un tercio
de la de Senadores y a 36 gobernadores.
Sin embargo, los resultados no fueron favorables al gobierno de Bush, lo que
da la pauta de que la opinión norteamericana necesita de engaños más
elaborados para revertir una tendencia antirrepublicana que ha aumentado en
los últimos meses, junto a la creciente evidencia de que cada vez se hace
más difícil salir del pantano iraquí. Pero, ¿quiere realmente la elite
norteamericana salir de ese lugar?
Es bastante obvio que, como consecuencia de los resultados electorales que,
a estar por las encuestas, reflejan en gran medida el malestar de la opinión
pública respecto de la situación en Irak, algunos cambios han de hacerse, a
fin de dar al menos la sensación de que se está haciendo algo.
Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa que era la cara más visible de la
conducción de la guerra y a quien se reprochó de entrada haberla lanzado con
efectivos insuficientes para asegurar el país conquistado, fue el primer
chivo expiatorio del fiasco electoral. Pero las vías para salir del atasco
no se resuelven con su ida ni están claras para los republicanos y los
demócratas.
¿Se van a retirar los norteamericanos de Irak? Es difícil. Una retirada
abriría el camino para una progresión del fundamentalismo chiíta y pondría
en riesgo la posesión de los recursos energéticos, que fue la clave del
desencadenamiento de la guerra.
La única forma en que podría generarse un proceso de ese tipo sería a través
de la apertura de negociaciones serias con Irán y Siria; es decir, por medio
de la reversión completa de las políticas sustentadas hasta ahora por el
gobierno norteamericano y por el lobby pro-israelí que tan vinculado le
está.
Un curso semejante supondría también el reconocimiento de un fracaso que por
ahora los círculos de poder no están en disposición de aceptar.
¿Y entonces? Conviene observar que en la oligarquía política que se alterna
en el gobierno bajo la forma de republicanos y demócratas, los
cuestionamientos a Bush están referidos a la forma de hacer la guerra, más
que a la guerra en sí misma.
Es decir que lo que se les reprocha al presidente y a sus asesores no es la
invasión a Irak sino su incapacidad para llevarla adelante y la falta
aparente de instrumentos para imponer su propia voluntad sobre el terreno.
Esto último es opinable, pues los norteamericanos cuentan con toda la
tecnología bélica moderna para imponerse. Lo que ocurre es que están
embarcados en el tipo de conflicto largo, desgastante y sin salida típico de
las guerras coloniales, cuyo alivio sólo puede resultar de una retirada o de
una guerra de aniquilación que desborde las fronteras y convierta a Medio
Oriente en una hoguera.
Ya han muerto más de tres mil soldados norteamericanos y de la coalición en
Irak y, dato al que no se le suele dar tanto relieve, unos 600 mil iraquíes,
en su inmensa mayoría civiles. ¿Qué podría esperarse de la profundización de
este curso de acción?
Falta de opciones. Las elecciones del martes reflejaron el malestar de la
ciudadanía ante el estado de cosas, pero por ahora ese rechazo no va a
cambiar mucho ni en el conflicto del Golfo ni en los parámetros internos de
esa sociedad.
Resulta ilustrativo que Arnold Schwarzenegger, gobernador de California,
emblema del conservadurismo y expresivo de la fabricación mediática de la
imagen, haya triunfado en los comicios del Estado más poblado de la Unión,
donde se acumulan las tensiones raciales más importantes en razón de la
presencia de una numerosa población hispana y del rechazo que a su ascenso
social y político oponen los sectores de clase media anglosajones y
protestantes.
La política norteamericana es la lucha entre la narrativa republicana y la
demócrata. Ambas cuentan el mismo argumento, pero con matices distintos.
Desde ahora hasta 2008, la controversia entre estos dos discursos estará
apuntada a la elección presidencial.
No cabe esperar que esa lucha aporte debates de fondo. A menos que un
desastre rompa el encanto, el statu quo seguirá presidiendo a la
superpotencia. Salpimentado quizá con un golpe de Estado en Irak, que podría
reemplazar a su actual gobierno por otro que dé la ilusión de una mayor
eficacia.
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