[R-P] Burla a la Justicia ( Enrique Lacolla ) -imperdible s/ "Juicio" a Saddam H.

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Vie Nov 10 15:37:05 MST 2006


Burla a la Justicia

Por ENRIQUE LACOLLA

La condena del ex-dictador Saddam Hussein es un
asesinato jurídico, que habla de cualquier cosa antes
que del respeto a la ley.

De todos los elementos que configuran el horrible
rostro de la realidad contemporánea, el más detestable
es la sofocante hipocresía. Guerras, masacres,
terrorismo, hambre, peste, son los cinco jinetes del
Apocalipsis que día a día desfilan ante nuestros ojos
en las páginas de los diarios o a través de las
pantallas de televisión; pero el acostumbramiento a
este carrusel de horrores tiende a insensibilizarnos a
la materialidad con que esas plagas se abaten sobre el
hombre. En la medida, por supuesto, de que ellas no
nos toquen en forma directa. 

Paradójicamente, son los discursos que las justifican
los que más pueden inducir a un despertar de la
conciencia entre quienes se cuentan entre los
atontados por el ruido mediático. Pues tan flagrante
es la inverosimilitud, tan gigantesca la hipocresía
que trasuntan, que se hace difícil no experimentar
náuseas ante semejante descaro. 

George W. Bush se congratuló por la condena a muerte
de Saddam Hussein, el ex-dictador iraquí. “Es un
importante logro hacia la libertad de ese país”,
entonó con el énfasis de predicador que lo distingue.
Desde luego omitió que “ese país” ha sido
sistemáticamente destruido por la agresión y la
ocupación norteamericana y que Saddam Hussein, la
bestia negra de la imaginería popular estadounidense,
tal como la construyeron el cine y los medios masivos
de comunicación, fue la criatura de los mismos Estados
Unidos durante al menos una década, en la medida que
resultaba funcional a los intereses del Imperio para
frenar a la revolución iraní.

Fueron norteamericanos los gobiernos que lo
abastecieron de armas, tanto convencionales como
químicas, y los que lo situaron en una posición de
impunidad para proceder a la brutal represión de las
otras etnias y sectores confesionales que integraban a
Irak. Justo en la época en que se verificaba la
masacre de Dujail por la cual el tribunal iraquí,
cuyos hilos son tirados por Estados Unidos, acaba de
condenarlo a muerte.

Dicho sea de paso, la sanguinaria andadura interna de
la dictadura de Hussein estuvo lejos de alcanzar los
niveles de mortandad que se han producido después de
la invasión norteamericana. Y por entonces, dígase lo
que se quiera, la sociedad iraquí conservaba una
cohesión orgánica y una relativa equidad en la
distribución de los beneficios sociales, datos que
zozobraron una vez que la intervención extranjera
despedazó la estructura estatal y fogoneó las
diferencias tribales, mientras fingía –y finge–
deplorarlas.

Protagonismo negativo

Saddam nunca nos inspiró simpatía. Su rol de peón
norteamericano durante la guerra contra Irán y su
despotismo feroz lo inhabilitaban para cumplir su
aspiración de suceder a Gamal Abdel Nasser como
campeón de la causa panárabe. De hecho, incluso cuando
desconoció la autoridad de sus antiguos protectores y
se lanzó con escasa prudencia contra Kuwait, su papel
fue funcional a la decisión norteamericana de
aposentarse en el Medio Oriente y el Asia central,
decisión que sólo fue posible poner en práctica
después de la caída de la URSS y que supuso el primer
paso de una escalada hegemónica que prosigue hasta
hoy, aunque con ciertas dificultades...
Pero esta apreciación negativa del ex-dictador no
puede invalidar el hecho de que lo asistía la justicia
cuando se defendió contra el ataque externo. Y mucho
menos puede disimular el dato de que el proceso al que
acaba de ser sometido resultó ser una farsa de cabo a
rabo. 

La hipocresía rampante

“¡Ay de los vencidos!” reza un aforismo de la
antigüedad. Con toda su dureza, esa frase expresa una
verdad mucho más tolerable que el montaje judicial del
que han sido objeto Saddam y sus colaboradores.
Un tribunal propulsado y controlado por Estados
Unidos, bien que conservando la apariencia de ser una
emanación de la autoridad nacional iraquí (entidad al
menos dudosa, en la medida que es el fruto de unos
comicios deslegitimados por la guerra civil y la
ocupación extranjera), juzgó a los acusados a puertas
cerradas. Se prohibió la asistencia al juicio de
periodistas independientes y se admitió sólo la
presencia de los periodistas norteamericanos e
iraquíes seleccionados; el material de video que se
remitió a las cadenas de televisión llevaban la
etiqueta “Aprobado por el ejército de Estados Unidos”;
no se hizo conocer un registro público completo de lo
que ocurría en el interior de la sala; se forzó el
alejamiento del observador para la defensa Ramsey
Clark, ex-procurador federal de Estados Unidos bajo la
presidencia de Lyndon Johnson y se destituyó al primer
Presidente del Tribunal por entendérselo demasiado
“débil” ante las recusaciones que Saddam formulaba a
los alegatos de la fiscalía.

Por último, pero por cierto no lo menos importante,
tres defensores del acusado fueron asesinados en las
calles de Bagdad, sin que a la prensa mundial se le
moviera un pelo y sin que las autoridades del tribunal
dedujesen, de la comisión de esos actos, la nulidad
del juicio.
La enormidad de estas irregularidades invalida
técnicamente todo el proceso. Pero no es esto lo que
interesa, por supuesto, a los que en última instancia
lo han compaginado. 

Lo que les importa en sentar un “ejemplo” respecto de
alguien que osó desafiarlos y, también, con mucha
probabilidad, deshacerse de un testigo incómodo que
podría aportar datos comprometedores respecto de la
colusión que con él tenían quienes hoy lo juzgan. Las
normas del juicio impedían extender la jurisdicción
del tribunal más allá de los ciudadanos iraquíes. De
este modo nadie conocerá la identidad de quienes
suministraron cultivos bacterianos a Saddam, para
desarrollar las bombas de ántrax y botulismo, o las
fórmulas para fabricar el gas sarín y el gas
mostaza...

 El fondo de la cuestión

Pero hay algo más que el escamoteo de la realidad,
algo más que una mise en scéne en esta farsa jurídica.
Hay un deliberado propósito de profundizar el caos en
Irak, enfrentando a chiítas y kurdos con sunnitas. En
un momento en que las tensiones intraétnicas y
confesionales alcanzan su máxima tensión, la condena y
el casi seguro ahorcamiento de Saddam pueden servir
para precipitar el baño de sangre que termine de
dividir ese país antes unitario. De paso, pudo ser
exhibida por George Bush como una victoria en un
frente cada día menos propicio para las jactancias
fáciles y jugar algún papel propagandístico ante las
elecciones legislativas que amenazaban suprimir la
mayoría republicana en las cámaras del Congreso. 

Pero, si de crímenes se trata, ¿por casa cómo andamos?
La justicia, en las relaciones internacionales, es tan
asimétrica como la distribución del poder y la
riqueza. ¿Quién juzgará el genocidio silente de los
bloqueos económicos promovidos por los mandatarios de
Estados Unidos? ¿Qué tribunales entenderán en los
casos de transgresión a los derechos humanos cometidos
en las salas de tortura de Abu Ghraib, Guantánamo y
las muchas cárceles clandestinas que la CIA tiene
distribuidas por el mundo, incluida Europa? ¿Cómo se
contabilizarán las víctimas de los daños colaterales
en los bombardeos presuntamente quirúrgicos de las
armas inteligentes? ¿Cómo se evaluará la política de
los “asesinatos selectivos”? ¿Quiénes juzgarán a los
miembros permanentes del Consejo de Seguridad,
primeros vendedores de armas en el mundo y tapadera de
otros tráficos del mismo carácter efectuados por
organizaciones privadas?

Son preguntas tal vez ingenuas. Pero conviene
formulárselas de cuando en cuando, para escapar del
ángulo muerto que nos propone la visión mediática de
la realidad. 




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