[R-P] [redial_s_bolivar] Nicaragua: La derrota del miedo
Patricia H.A.
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Jue Nov 9 09:07:52 MST 2006
Nicaragua: La derrota del miedo
Augusto Zamora R.
Rebelión
Lo intentó todo EEUU, salvo la amenaza militar, para
impedir la victoria electoral del Frente Sandinista de
Liberación Nacional (FSLN) y de su candidato, Daniel
Ortega. Desde el año 2005, su embajador en Managua,
Paul Trivelli, asumió el papel de director supremo del
antisandinismo y presionó, intrigó, amenazó, sobornó y
castigó a todos aquellos que, en su opinión, se
oponían u obstaculizaban la formación de una nueva
coalición antisandinista, como las que habían
triunfado en las elecciones de 1990, 1996 y 2001,
siempre bajo la égida tutelar de Washington.
El objetivo fundamental de EEUU era el ex presidente
Arnoldo Alemán, quien, pese a ser procesado y
condenado por malversación de fondos públicos, seguía
controlando con mano de hierro al Partido Liberal
Constitucionalista (PLC). Trivelli presionó cuanto
pudo para que Alemán dejara el partido y lo entregara
a su candidato, Eduardo Montealegre, entonces ministro
de Finanzas y protegido del presidente Enrique
Bolaños. Al no lograr la retirada de Alemán, se
promovieron juicios en su contra en Panamá y EEUU, por
corrupción. Luego siguió un sistema de premios y
castigos, sancionando con la retirada de la visa
estadounidense a los dirigentes del PLC que se negaban
a secundar su línea. Trivelli fracasó. Alemán impuso a
su candidato (José Rizo) y la lista de diputados a la
Asamblea General. Montealegre fue expulsado del PLC y
debió crear su propia plataforma política, la Alianza
Liberal Nicaragüense (ALN).
El sandinismo también veía ahondarse su división, con
la entrada en la contienda electoral del Movimiento
Renovador Sandinista (MRS), al que se afiliaron
figuras señeras de la revolución, como el padre
Ernesto Cardenal, el ex presidente y escritor Sergio
Ramírez y tres ex miembros del directorio
revolucionario, además de una extensa lista de
prominentes figuras. EEUU contempló satisfecho esta
división, que debilitaba a su archienemigo y reducía
sus posibilidades electorales.
La reacción del FSLN fue sagaz. Retomando la fórmula
integradora aplicada en 1978 y 1979, para unir a
distintos partidos y agrupaciones en una causa común,
la dirigencia sandinista fue cerrando flancos. Se
reconcilió con la Iglesia Católica y su enemigo
visceral, el cardenal Obando. Se abrió el partido a
grupos de centro, antes antisandinistas, como los
socialcristianos y conservadores. Por último designó
candidato a vicepresidente a un ex director de la
contra, que abrió este movimiento al sandinismo. Los
lemas de campaña resumían el espíritu de aquella
singular alianza: Unidad, paz, reconciliación. “Unida,
Nicaragua triunfa”. El rosado era su bandera de
combate.
Tras fracasar los intentos por unificar a los
liberales, el embajador Trivelli promovió la guerra
sucia contra el FSLN. Para ello contó con el apoyo del
gobierno de Bolaños y del Consejo Superior de la
Empresa Privada (COSEP), órgano que reúne a todos los
grandes grupos económicos de Nicaragua. Usando como
punta de lanza a los medios de comunicación en manos
del COSEP, se empezó a propagar noticias falsas sobre
el riesgo de guerra, tomas de tierra, asonadas y
restablecimiento de las tarjetas de racionamiento y
del servicio militar. Se buscaba generar miedo en la
población, una táctica que había demostrado su fuerza
intimidatoria en las tres elecciones anteriores.
Ante el hecho de que las encuestas seguían reflejando
una notable ventaja del FSLN y Ortega, se promovió, en
las semanas anteriores a la elección, la visita a
Nicaragua de congresistas republicanos, altos
funcionarios del Departamento de Estado y ex miembros
del gobierno Reagan, vinculados a la guerra en los
años 80. Todos advertían que un triunfo del FSLN
provocaría represalias por parte del gobierno Bush. La
presión alcanzó su cúspide cuando tres congresistas
republicanos amenazaron con bloquear las remesas de
los emigrantes nicaragüenses en EEUU, pidiendo a Bush
la aplicación de legislación antiterrorista a
Nicaragua, en caso de victoria de Ortega. Era el golpe
más bajo que podían dar, habida cuenta que las remesas
de los emigrantes son la primera fuente de divisas del
país y que provienen principalmente de EEUU. La
terrible amenaza, sin embargo, no bastó para
atemorizar a un número suficiente de de votantes.
En la noche del 5 de noviembre, cuando empezaron a
conocerse los primeros resultados, que daban a Daniel
Ortega más del 40% de votos, EEUU intentó una última y
disparatada maniobra. La delegación enviada por el
presidente Bush emitió un comunicado en el que
afirmaba la existencia de graves irregularidades en
las elecciones, que podía poner en duda la
imparcialidad y transparencia del proceso electoral.
Desde la sede diplomática y Washington se presiona a
la OEA, el Centro Carter, la Unión Europea y otros
organismos, para que asuman la línea de EEUU. Nuevo
fracaso. Insulza, desde Uruguay, confirma la decisión
del organismo regional de avalar la transparencia de
las elecciones y la validez de sus resultados. Para
disipar las nieblas que emite la embajada
estadounidense, a las siete de la mañana del 6, la
organización Ética y Transparencia, en rueda de
prensa, valida el proceso electoral y afirma que,
según sus conteos internos, el FSLN va a ganar las
elecciones con el 40% de votos.
No eran, realmente, elecciones libres. Desde 1990, los
nicaragüenses acuden a los procesos electorales con
una pistola en la cabeza. En 1990, era la continuación
de la guerra, el bloqueo económico y las penurias.
Desde 1996, la amenaza de sanciones, bloqueos y
represalias, en medio de una atroz campaña interna,
agitando el fantasma de la guerra. La coacción llegó
al extremo que el presidente Arnoldo Alemán ordenó, en
los días previos a las elecciones de 2001, un
despliegue general del Ejército, hecho que aterrorizó
a muchos ciudadanos, que vieron en la medida un
anticipo de la guerra.
En las elecciones de 2006 fracasó la estrategia del
miedo y la coacción. EEUU fue incapaz, no sólo de
mantener la coalición antisandinista, sino de
amedrentar a un número suficientes de votantes. De ahí
que la victoria sandinista sea un revés tan duro para
el gobierno Bush. Porque el ascenso al poder,
nuevamente, esta vez por medio de las urnas, permitirá
al sandinismo gobernar sin guerras, bloqueos,
destrucción y muerte. Tendrá, ahora, la oportunidad de
hacer lo que la guerra de agresión frustró en la
década de los 80. Si estos cinco años venideros son
bien aprovechados, el pueblo terminará de perder el
miedo y podrá comprobar, con hechos, las bondades de
un gobierno nacionalista y de izquierdas. Si el FSLN
lo hace bien, puede haber gobierno sandinista para
rato.
* Profesor de Derecho Internacional y Relaciones
Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid.
Su última obra es La Paz Burlada, los procesos de paz
en Centroamérica 1983-1990.
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