[R-P] Debate s/Bolivia y otros temas clasicos ( Aporte de Roberto Ferrero al debate)

INFOR-MET rmermet en yahoo.com.ar
Jue Nov 2 04:31:39 MST 2006


El amigo y camarada Roberto Ferrero, desde Cordoba
envia estas interesantisimas reflexiones, que con
gusto compartimos con los suscriptores de Reconquista
Popular.

El interes del tema tratado, excede -a mi juicio- el
marco específico de una polémica teórica en el seno 
de la izquierda nacional, para abarcar el interes 
de todo compañero del Campo Nacional y Popular
Latinoamericano, y de los patriotas y revolucionarios
en general.

Saludamos - y animamos a emular- la altura y el alto
nivel de los partícipes en el debate en curso, tanto
en sus aspectos formales, como en los ricos aportes
que efectuan al meollo del tema tratado.

Agrego, que el solo hecho de que aun discrepando,
estemos maduros para reflexionar colectivamente sobre
estos temas cruciales, en forma fraterna y apasionada,
sin personalizaciones innecesarias,y con el horizonte
siempre puesto en la acción política futura común,
para desplegar y profundizar la Revolución Nacional
Latinoamericana hacia una perspectiva socialista,
igualitaria o como gusten llamarla, habla  a mi
juicio, de un avance importantísimo, de un proceso de
madurez y probablemente también, de que como decia
uno, "los tiempos esten cambiando" y que ahora en
nuestra America, no solo "la idea existe", sino "que
la realidad tambien esta clamando por la idea"....

Adelante, pues.

Para una mejor comprension del debate:

 
http://lists.econ.utah.edu/pipermail/reconquista-popular/2006-October/002875.html

http://lists.econ.utah.edu/pipermail/reconquista-popular/2006-October/002615.html

Un verdadero priviligio.
Los dejo con el texto de Ferrero.

Rolando
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PRECISIONES SOBRE ALGUNOS TEMAS CLÁSICOS

     El fraternal debate sobre Bolivia ha derivado
rápidamente a algunos temas clásicos, sobre el que
quisiera hacer  varias precisiones, a partir de la
intervención de Gustavo Battistoni.

1.	En primera lugar, respecto al “positivismo” de
Marx. Concuerdo con Battistoni en que el conjunto de
la obra de Marx no es positivista, sino materialista
histórica y dialéctica, lo que no es más que una
obviedad: Marx es marxista, al menos desde  “La
Ideología Alemana” y la “Miseria de la Filosofía”.
Pero eso no significa que en esa obra no haya
“inscrustaciones”, “deslices” positivistas, o –como
dice mi comprovinciano Pancho Aricó- “puntos de fuga”
de su concepción general, excepciones, tales como las
que mencioné casi al pasar  en mi primera corta
intervención. Dice Battistoni que  el autor del
Manifiesto “no habla de  necesidades históricas
ineluctables”. Pero el hecho es que Marx si habla en
algunos casos excepcionales de  necesidades
ineluctables. Para ver que es así basta con leer sin
prejuicios defensivos el Prólogo a El Capital, donde
su autor escribe que “los paises industrializados no
hacen más que poner delante de los países atrasados,
como en un espejo, el futuro de su desarrollo”, o 
cuando en el mismo sitio escribe menos metafóricamente
que “aunque una sociedad haya encontrado el rastro de
su ley natural, etc, etc... jamás podrá saltar ni
descartar por decreto las fases naturales de su
desarrollo”. Y en el Prefacio de 1857 a la
Contribución a la Crítica de la Economía Política,
como es sabido, acuña su célebre sucesión unilineal de
“otras tantas épocas de progreso de los modos de
producción” (asiático, antiguo, feudal, capitalista,
socialista), que tiene un innegable  aire de familia
con respecto a los famosos “tres estados” del progreso
comteano (el estado teológico, el metafísico y el
positivo). Ambas son tentativas de encontrar una
marcha necesaria de desarrollo social objetivo. ¿Y no
tiene un cierto carácter a-histórico la afirmación de
un único mecanismo de cambio social, cual es aquel de
que  “al llegar a una determinada fase de desarrollo,
las fuerzas productivas materiales de la sociedad
entran en contradicción con las relaciones de
producción existentes(...) y se abre una época de
revolución  social” (Prefacio cit.)?. Porque, como ha
probado muy convincentemente Pierre Dockes, el paso
del esclavismo al feudalismo no se produce por un
desarrollo (un crecimiento) de las fuerzas
productivas, sino por su derrumbe o al menos una
contracción durante el imperio romano. Y lo que es más
interesante: este mecanismo único de 1857 está en
contradicción con el análisis in concreto que los
propios Marx y Engels habían realizado sobre el tema
en La Ideología Alemana de l845... Es que era
imposible que Carlos Marx, por más grande que fuese su
genio, escapara a la atmósfera de su siglo y no
resultara influenciado por ella en aspectos puntuales
como los señalados. Ese clima decimonónico británico -
lo dijo Aurelio Narvaja hace mucho- influenció también
su juicio sobre Napoleón III y sobre  Simón Bolivar
hasta hacerlo prejuicio. Después de todo, la grandeza
de Marx radica en sus aportes a las ciencias sociales
y al movimiento socialista y no en su infalibilidad, 
que es monopolio papal. No todo lo que escribió Marx
puede ser reivindicado. ¿O aceptaremos sus opiniones
sobre Bolivar –como hacía Aníbal Ponce- sólo porque
provienen de él?  Eso no sería “marxismo ortodoxo”,
sino indigno servilismo intelectual, porque como dijo
Georg Lucáks en Historia y Conciencia de Clase, la
ortodoxia no consiste en ser fiel a las hipótesis y
categorías del marxismo –que pueden ser todas
descartadas si es necesario- sino al método. Por mejor
decir:  a su concepción del mundo, al “núcleo duro”
(totalidad-historicismo-materialismo-dialéctica) de su
weltanschauung, a través del cual mirar e interpretar
la realidad. El  “método”, como le decía sin rigor
epistemológico  ni verbal Engels, es un cristal de
calidad; las hipótesis y categorías del marxismo
clásico, en la medida en que están histórica y
espacialmente situadas, pueden ser anteojeras
deformantes.

2.	También objeta Battistoni mi afirmación acerca del
“consenso de las masas  al orden burgués”
metropolitano. Yo me he limitado a hacer una
comprobación de  hecho que ninguna persona en su sano
juicio se atrevería a negar. Battistoni no la rebate:
se limita a contraponerle una prognosis: “a medida que
el sistema capitalista va desarrollando todas sus
determinaciones en su decadencia final (que es la
etapa que nos toca vivir) la contradicción entre las
condiciones materiales de vida de los trabajadores del
primer mundo y esa conciencia de privilegio terminará
cediendo”. Ojalá. Pero una precisión no niega la otra.
Una cosa es el presente y otra el porvenir.
             De todas maneras, aun coincidiendo con 
los deseos de Battistoni, quiero advertir que ellos
pueden ser   frustrados por el devenir de los
acontecimientos. El pronóstico de Battistoni,
efectivamente, peca de un optimismo algo mecanicista,
porque si bien es cierto que “la existencia determina
la  conciencia”, aquí la existencia de los
trabajadores del primer mundo debe ser entendida como
toda la existencia de la clase en el tiempo, y no sólo
como la experiencia de la generación obrera  de “la
etapa que nos toca vivir”. Los hechos enseñan a quien
puede aprender, y  la capacidad de aprender de un
sujeto histórico está mediada también por las
tradiciones, las esperanzas, las  derrotas y los
prejuicios de su generación anterior, que integra la
“existencia” de la actual como memoria histórica y
automatismos sociales. Las condiciones materiales de
vida no determinan el tipo y grado de conciencia de
una clase sólo por si, de modo directo e inmediato,
sino precisamente a través de la naturaleza
historico-cultural del sujeto cognoscente. Si la
determinación de la conciencia estuviera dada de
manera directa por la experiencia material, entonces
los trabajadores norteamericanos deberían haber
respondido a la crisis  de 1929/ 30 de la forma que
dice Battistoni. Sin embargo, sabemos que la clase
obrera  no acudió en masa a engrosar las filas del P
C. norteamericano ni de la Oposición  de Izquierda, 
ni mucho menos,  sino que apoyó al demócrata burgués
Franklin  Delano Roosvelt.

·	Todo lo anterior en cuanto a las fraternales
observaciones que  Gustavo  Battistoni formula al
suscripto. Pero también quisiera dar una breve opinión
sobre el meneado asunto de la Hegemonía obrera y el
Partido obrero. En esta cuestión, Battistoni no hace
más que repetir el catecismo clásico, pero debe hacer
concesiones a los hechos. En efecto: los hechos
demuestran  que el proletariado no ha dirigido ninguna
revolución  nunca: tanto la revolución cubana, como la
sandinista o la vietnamita fueron dirigidas por la
denostada pequeñoburguesía. El Partido comunista chino
no era otra cosa que un partido campesino radical, y
esta naturaleza contribuye a explicar en parte la
actual evolución  hacia el capitalismo del gran país
asiático. La revolución rusa fue dirigida por un
partido cuya dirección provenía de la pequeñoburguesía
y hasta de la pequeña nobleza, según Lichteim. Tanto
es así que Battistoni  dice claramente que  “para
nosotros la hegemonía obrera ni siquiera requiere que
la composición social del partido revolucionario sea
obrera, sino en el contenido objetivo del programa”.
Según Battistoni, el carácter obrero del partido
revolucionario hegemónico se establece entonces por el
programa y la ideología socialista del mismo. Pero ya
Lenin dijo en el ¿Qué Hacer? (cito de memoria) que 
“el socialismo es una ciencia elaborada por los
mejores elementos de la burguesía” y que “debe ser
introducido en la clase obrera desde el exterior”,
porque el proletariado, “librado a si mismo, no puede
superar el nivel ideológico del tradeunionismo”
(sindicalismo). Esto significa que el socialismo no es
connatural al proletariado, no es un producto
espontáneo de la clase. Lo crearon -en su mejor
variante- un Doctor en jurisprudencia desocupado y un
industrial de Manchester. Esto también lo admite
Battistoni cuando dice que  el socialismo  es “un
pensamiento que supere precisamente aquello  que los
trabajadores por si mismo no pueden generar: una
visión de conjunto de las  estructuras productivas y
un rumbo claro para su modificación”.
          De todo lo cual resulta  que el célebre
“partido obrero” no es más que     un partido
pequeñoburgués radical de ideología socialista, que
trata de ganar a su causa a los trabajadores..
     Pero entonces ¿porqué no llamar a las cosas por
su nombre? 
          En este sentido,  más científica -en cuanto
descripción de una realidad empírica- es la concepción
peronista que la marxista, en el sentido de concebir a
la clase obrera como la “columna vertebral” antes que
como “cabeza” del proceso revolucionario. Ya sabemos
que la cabeza es el partido pequeñoburgués de
ideología revolucionaria. Y lo más irónico de esta
cuestión  no es que la clase obrera reclame este
status –el de clase directora- sino  el que la
pequeñoburguesía socialista se lo atribuye. La lucha
por la hegemonía obrera, en consecuencia, no es más
que la lucha entre la pequeñoburguesía y  la burguesía
por conquistar la conciencia de los trabajadores
           La situación estratégica de la clase obrera
en el sistema productivo del capitalismo –y no su
capacidad hegemónica- es lo realmente decisivo en el
proceso revolucionario. Como la clase más explotada,
ella está dispuesta, en ciertas condiciones, a llevar
el proceso hasta sus últimas consecuencias: aquellas
en que dejará de ser clase porque las clases habrán
dejado de existir. Su apoyo a las medidas de Evo
Morales, efectivamente, es decisivo para llevarlas a
buen puerto. De eso no hay dudas.

·	De manera que cuando Cesarini rechaza con cierta
ironía y entrecomillas la “hegemonía obrera”, lo que
está rechazando -creo yo, aunque esto debería decirlo
el propio Horacio-  no es el “partido obrero” como
partido revolucionario, sino su parodia aparatística
de pequeñoburgueses encipayados y soberbios que se
proclaman el “partido proletario” sin serlo (como el
POR boliviano de Lora, el MAS de Nahuel Moreno o el
MIR chileno y tantos otros semejantes) y que hostigan
a los gobiernos nacionalistas antiimperialistas porque
no establecen el “socialismo” de inmediato, como si
ello fuera posible en nuestros atrasados y
dependientes países de la Patria Grande. Cesarini
apunta –creo yo- a esas sectas que en los hechos
sirven con sus provocaciones “socialistas” a los
esfuerzos del imperialismo por doblegar la Revolución
Nacional. Porque el “socialismo puro”, el
ultraizquierdismo por otro nombre, como dijo Ramos “no
es un enemigo sino una función  del Imperialismo”. 
Uno ataca desde la derecha y el otro desde la
“izquierda” retórica. Que lo digan sinó el General
Torres, Allende o Velazco Alvarado, todos sometidos a
esa operación de pinzas.

·	En cuanto a la afirmación de Cesarini de que “es al
menos inadaptado plantearse en Bolivia una salida con
medidas ‘socialistas’ cuando en el momento hay un
problema nacional”, es perfecta. No comprendo porque
Battistoni la observa, a menos que él crea  también
que el Socialismo está a la orden del día en la patria
del Mariscal Santa Cruz. Esta claro que la frase de
Horacio de ninguna manera niega que  “las tareas
democráticas y socialistas están inextrincablemente
unidas” como asegura Battistoni, cosa que en la IN
aprendemos por lo demás en la primera sesión de
política básica. Esa frase de Cesarini sólo indica que
 el proceso –sin perjuicio de profundizarse en el
curso de su desenvolvimiento- se inicia a un nivel
nacional-democrático y no socialista, porque si él
comenzara en este último nivel querría decir que  ya
no quedan tareas democrático-burguesas pendientes,
cosa que no creo que Battistoni se atreva a sostener
al menos en relación  a Bolivia. El empuja una puerta
abierta.

·	Finalmente: una “América Latina imperialista” en
caso de una Revolución nacional triunfante que no
avance más allá de ese límite, no necesariamente  es
así. Bien podría dar lugar a una nación capitalista
autónoma autocentrada que no  avance hacia la fase
imperialista, como Noruega, Suiza o Luxemburgo. Si
esta es la dirección  que la historia eventualmente 
siguiera por nuestra propia impotencia ¿deberíamos
oponernos? Evidentemente no, porque la burguesía
habría hecho parte de nuestro trabajo y, al
proporcionarnos como nuevo suelo histórico un
capitalismo autónomo, lo que correspondería es luchar
en este nuevo escenario por la implantación del
socialismo, porque las condiciones materiales ya
estarían dadas, o casi.  Pero esto es fanta-política.
Creo que, dada la naturaleza y la cobardía de la
“burguesia nacional” latinoamericana, esta posibilidad
capitalista autónoma consolidada  no existe. Si el
proletariado, las masas explotadas y su partido no dan
la salida, ella será proporcionada por otros grupos o
formaciónes sustitutas que avanzarán en la misma
dirección con las consiguientes carencias y
debilidades En estos casos, el Estado y no la
burguesía será el gran constructor. Y si no, no
seremos nada, como dijo José de San Martín.






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