[R-P] Porqué la cumbia no levanta cabeza ( Gabriel F)
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Jue Nov 2 04:22:02 MST 2006
Observaciones sobre el potencial cultural popular
Porqué la cumbia no levanta cabeza
Gabriel Fernández *
—Marquitos tiene buenas ideas, lo que pasa es que se
quiere
hacer el artista...
La frase, lanzada al pasar por un productor de bandas
cumbieras, no se refería al electricista –lo cual
merecería
un debate intrincado—sino a uno de los integrantes del
grupo musical que le ha prodigado mayores ganancias en
los últimos años.
La cosa es así: el hombre, como todos los que orientan
la carrera de las jóvenes asociaciones de pibes que se
insertaron en la ya asentada marea de la cumbia en la
Argentina,
aplana y descarta materiales que intenten zafar de
lo que consideran la transgresión requerida, consumida
y
escuchada por los humildes.
Varias decenas de chicos que de una muy modesta
condición saltaron a manejar algo de dinero, aceptan
sin
dudar y sin formularse demasiadas preguntas las
instrucciones.
Unos cuantos, sin embargo, sostienen que "estamos
haciendo boludeces, pasa que pagan bien" aunque
añaden el elemento convincente: "parece que eso es lo
que
la gente quiere escuchar".
Guardan los pelpas con poesía más delicada –o los
queman—y se abocan a danzar mientras entonan
referencias
groseras al sexo, invitaciones veladas –o no—al
consumo
de drogas y alcohol y algunas consideraciones más o
menos sociales acerca del "choreo". Hay algunas
excepciones,
minúsculas, que pasan desapercibidas en medio de
materiales discográficos apabullantes y reiterativos.
¿Eso
es lo que (toda) la gente humilde quiere escuchar?
Bailar, pensar, sentir
La cumbia lleva, más allá de sus lejanos afluentes,
casi dos
décadas de instalación en el mercado de masas
argentino.
Para entonces, en sus respectivos períodos, el tango y
el
rock nacional ya habían despejado los excesos
triviales y
empezaban a nutrirse de autores que, tan populares
como
los predecesores, se sentían lo suficientemente
seguros y
tal vez libres como para levantar cabeza y ofrecer
obras
profundas, sin perder impacto.
Los primeros tangos también fueron coplas chispeantes;
los primeros rocks locales no superaban el cover de
algún
hit inglés. Los comienzos son así. Pero pasada una
década,
promedio, metieron mano talladores de fuste que le
dieron al pueblo una sublimación de sus narraciones
callejeras,
y abrieron el abanico para que aquellas personas que
deseaban seguir en el género (o sumarse a él) pudieran
hacerlo
mientras disfrutaban elaboraciones más complejas.
No hacemos mención del folklore por tratarse de una
vertiente múltiple, con referencias históricas de
larga data,
que impide la evaluación a partir de tiempos breves.
Tampoco
incluimos al cuarteto cordobés, que sí ha despegado
y ofrece, desde hace muchos años, variantes en verdad
creativas sin dejar de plantear el baile como columna
vertebral.
Quemá esas ideas
Lo cierto es que "Marquitos" quema sus ideas y los
empresarios
del sector, una franja enriquecida a partir de
esquemas
muy sencillos, se encargan de mantener el nivel por
los suelos. Y cada vez que uno se aviene a considerar
que
hay de nuevo en el ambiente, se encuentra con más de
lo
mismo, lo cual deriva en el cansancio: las humoradas
directas
suenan remanidas, las canciones se parecen
tremendamente,
la mirada se empequeñece con cada estrofa.
Conversando con el amigo Emilio Del Guercio, creador
de algunas de las obras más significativas de Almendra
y Aquelarre, pude percibir que no se trataba de una
inquietud
personal. "Esto hay que decirlo, señalaba, porque no
es cierto que la cultura popular esté sólo en esa
dimensión.
Hay que plantearlo para mostrar que hay mierda
manipulada comercialmente, y también para ayudar a los
músicos a crecer."
Del Guercio avanzaba en el sentido de la observación:
"lo que se está intentando es que la gente no abra su
cabeza, eso lo provoca la música popular de calidad,
con
un nivel de elaboración importante".
El complemento lo hallé charlando con el maestro
Rodolfo Mederos. En una conferencia del Ateneo John
William Cooke el hombre explicó que se había empeñado
en construir una orquesta típica para que la gente que
anhela
bailar, pueda hacerlo con música que transmita letras
y sensaciones fuertes, sensibles, que se adentren en
el cuerpo
de los danzarines.
Es cierto: se dirigen a generaciones diferentes. Y si
ese es un dato para tomar en cuenta, también lo es que
del
diálogo con los consumidores de cumbia no surge para
nada
la idea de un vacío descomunal ni se infiere que jamás
echarían
mano a una producción bailable que mostrara una
poética
más plena.
Una vieja mirada
Los argumentos de quienes defienden este estado de
cosas
son huecos, aunque su trasfondo, conocido. Dicen que
el
sexo, la droga y el robo son parte de la vida de las
clases
populares, que la mentalidad colectiva se ha devaluado
y
que los productos de calidad son un fracaso comercial.
Estas
son razones esgrimidas desde la "derecha" cultural,
pero
silenciosamente admitidas por otros flancos que no se
permitirían
señalarlas con energía.
Se les podría retrucar que, de ser así, la música
"culta"
argentina tendría que abrevar en orgías caras, consumo
de cocaína y desfalcos contra el Estado. Pero no vamos
a
señalar eso aunque ya lo hemos hecho: digamos que no
se
trata, específicamente, de la agenda temática, sino de
la
dimensión del abordaje de los asuntos, de la
profundidad
con la cual se los esboce.
Aunque muy especialmente se trata, también, de contar
con un periodismo, un empresariado y un esquema
cultural
estadual que no menosprecien la potencialidad popular
con percepciones gorilas de vieja data adecuadas al
presente.
En las acciones de esos sectores late la convicción
íntima sobre una invalidez espiritual colectiva que no
guarda
relación con nuestra historia, pero tampoco con la
actualidad
más genuina de las clases populares.
Ni ensayo, ni error, ni acierto
Otro músico, impulsor de la Unión de Músicos
Independientes,
aporta un flanco distinto: "es necesario que los
creadores populares sepan que pueden asociarse para no
depender de las compañías discográficas. Hay un
caminito
que conduce al temita descartable, sin libertad
creativa.
Hay chicos que están atados a eso y sueñan con fama y
dinero que, en la mayor parte de los casos, jamás
llegarán".
Eso lo ha dicho el rockero Diego Boris.
En el mundo de la cumbia todo parece bien controlado.
Ningún esbozo de nucleamiento se ha desplegado, ningún
atisbo de independencia ha dado a luz. Aún. Es que los
intereses en juego parecen bastante importantes y, sin
excluirlo,
pueden trascender lo económico; de hecho, la música
bailable popular es una herramienta valiosa de
información
y sensibilización.
El gesto compulsivo del empresariado del sector para
apaciguar las ínfulas de los pibes que "se creen
artistas" quizás
se encuentre relacionado con la necesidad de evitar
que surjan
–precisamente— artistas concientes con vasta difusión.
¿Quién
puede argumentar, a priori, que las ventas caerían?
Lo que quiere la gente
Para terminar, un diálogo sostenido por este
periodista con
un asiduo bailantero:
—¿Y cuando conversás con una piba, a qué cosas
recurrís?
¿Te acordás de alguna letra de las canciones de
moda?
—¡Estás loco! ¿Querés que invite a salir a una mina y
la trate de puta? No, ahí le pido a un amigo que me
pase
algunos libros, con poemas, o con letras de tango,
entonces
a veces las copio y hago cartas que quedan bárbaras.
¡Imaginate que voy a andar diciendo por ahí las
pavadas
que eso nabos dicen en el escenario!
Esta es la primera de una serie de notas sobre temas
culturales publicadas en la Revista Question
Latinoamérica
*Director Periodístico Question Latinoamérica.
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