[R-P] Autobiografía, por Rodolfo Walsh

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Jue Mar 23 12:37:04 MST 2006


AUTOBIOGRAFÍA 
por Rodolfo Walsh*

Me llaman Rodolfo Walsh. Cuando chico, ese nombre no
terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por
ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después
descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados,
y eso me gustó.
	
Nací en Choele-Choel, que quiere decir "corazón de palo".
Me ha sido reprochado por varias mujeres.

Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años
decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la
cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me
quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más
espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante:
lavacopas; el más burgués: comerciante de antiguedades; el
más secreto: criptógrafo en Cuba.

Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al
que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo
tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde
en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome
casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en
1947, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba
"Mar Negro", y marcaba dieciséis segundos en los
trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero esta ya era
zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires.

Tengo una hermana monja y dos hijas laicas.

Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la
pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa,
y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo es
no haber terminado mi profesorado en letras.

Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos,
cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado.
Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en
una oficina, la inspiración seguía viva, pero había
perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos.

La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste
idiota de Rilke: Si usted piensa que puede vivir sin
escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha
que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a
silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres
novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino.
Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura, aunque sí
en la diversión y el dinero. Me callé durante cuatro años
más, porque no me consideraba a la altura de nadie.
Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí
que, además de mis perplejidades íntimas, existía un
amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al
nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces
épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo
silencio de seis años.

En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el
violento oficio de escritor era el que más me convenía.
Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad,
he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido
cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento
disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo,
como tantas veces.

En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito
es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado
quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda;
lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la
respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder
decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima;
pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance
laborioso a través de la propia estupidez.


* Periodista y escritor. Fue secuestrado, asesinado y
desaparecido el 25 de marzo de 1977.



	
	
		
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