[R-P] El péndulo de la idea de Revolución: del evento al proceso

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Vie Mar 10 12:47:26 MST 2006


Como me llego, lo reenvio.

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El péndulo de la idea de Revolución: del evento al
proceso 


Marco Antonio Esteban
Rebelión

La historia de la izquierda contemporánea está marcada
por una profunda división entre dos conceptos de
revolución: revolución como evento y revolución como
proceso. La lucha entre las dos ideas se libra desde
la Revolución Francesa. Hasta 1848 la noción de
revolución como evento fue claramente dominante. Eran
muchos los eventos revolucionarios que mostraban su
pertinencia. Tras la derrota de las revoluciones de
ese periodo, la idea de revolución como proceso pasó a
ser hegemónica, alentada por el auge de una
socialdemocracia que asumió plenamente la senda de la
revolución de tiempos largos. Tras morir Marx, Engels
abandonó paulatinamente el concepto de revolución con
toma de poder en favor de la transformación por vía
parlamentaria. Bernstein, discípulo de Engels, llevó
esta conclusión a sus últimas consecuencias: el
abandono de la idea de revolución. En agosto de 1917
la posibilidad de una revolución similar a las del
periodo 1789-1948 parecía tan remota como lo parece
actualmente. Lenin recuperó la noción de revolución
como evento -situación excepcional que abre la
posibilidad de una transformación radical del orden
existente- y Lucaks desarrolló la filosofía leninista
del evento revolucionario. De nuevo el concepto de
revolución como evento será predominante hasta la
derrota de las revoluciones de 1968. De manera similar
a las filosofías y religiones de la resignación que
emergen históricamente cuando los sistemas parecen
imposibles de cambiar, la visión de revolución como
proceso se convierte en mayoritaria tras las grandes
derrotas políticas de la izquierda. Hasta hoy la
noción de revolución como proceso ha mantenido la
hegemonía y ha sido reforzada por nuevos aliados, como
el renovado anarquismo, el postestructuralismo y el
postmarxismo. 


Es creciente el número de autores que, como Jorge
Vestrynge, opinan que habría que abandonar el concepto
"marxista primitivo" de revolución como algo
instantáneo e irreversible. La revolución, asegura,
puede durar cientos de años si quiere modificar
radicalmente las relaciones de poder. Vestrynge asigna
al marxismo temprano la visión de revolución como
evento y a un marxismo más avanzado y sofisticado la
noción de proceso. Un error: el espaciamiento en el
tiempo de la revolución no es lo que la define como
proceso. Tampoco el hecho de que sea o no violenta. Lo
que distingue la revolución como evento de la
revolución como proceso es la existencia o no del
momento en que la revolución se completa: el momento
en que el grupo subordinado deja de serlo. Este
momento no existe en la idea de revolución como
proceso; si existiera, constituiría un evento. Por eso
la idea de proceso descarta la consecución definitiva
de la revolución. Entre los defensores de la
revolución como proceso no faltan quienes argumentan
que la acumulación de etapas en el proceso lleva a la
consecución definitiva de la revolución, pero la
mayoría simplemente afirma que el proceso nunca
culmina. Se puede argüir, por ejemplo, que una clase
dominada puede en una democracia liberal ganar votos
progresivamente hasta obtener la mayoría en el
parlamento. Al superar un determinado umbral de
escaños parlamentarios se produciría un cambio
cualitativo. La posición de la revolución como evento
niega esta posibilidad. La mayoría parlamentaria es
impotente en un sistema que se articula en función de
las relaciones económicas de propiedad. Al llegar a
ese punto en la esfera política se produce
necesariamente un golpe de mano que impide el salto
cualitativo -el evento revolucionario- o lo provoca. 


La divergencia entre evento y proceso no es paralela a
la división entre socialismo y anarquismo. Tanto Marx
(en ocasiones) como Bakunin o Lenin creían en el
evento revolucionario, el alzamiento que se produce en
una situación de crisis y destruye manera fulminante
el sistema existente. La diferencia de visiones sobre
la idea de revolución arranca del debate entre Marx y
Proudhon. La emancipación económica de los
trabajadores es para Proudhon el principal objetivo y
todo movimiento político debe subordinarse a ese fin.
La prioridad no es la toma del poder estatal –posición
hoy dominante en los movimientos sociales- ni la
revolución política, sino la acción obrera directa y
la gestión de las fuerzas económicas. Por el
contrario, Marx defiende la unificación de esas luchas
económicas, la centralización de la acción, la toma de
conciencia de clase y la adopción de una teoría común.
En síntesis: la acción política organizada. Proudhon
también defiende la existencia de un partido
revolucionario, pero sin delegación de poder,
centralismo, autoritarismo o liderazgo de
intelectuales y teóricos que guíen la práctica
política: la práctica debe ser espontánea. Si para
Marx la centralización es necesaria para ganar, para
Proudhon conlleva la pérdida de la libertad. La acción
proletaria, insiste Proudhon, debe ser prefigurativa,
adoptar ya la forma de una sociedad futura que está
inscrita y anunciado en el mismo acto revolucionario.
La revolución no es un momento privilegiado de la
historia en el que desaparece el sistema de repente,
sino un proceso continuo, que puede acelerarse al
desaparecer la propiedad, pero que nunca termina. Es
la lucha permanente, no la insurrección pasajera, la
que transforma las relaciones de producción. La
soberanía del pueblo no debe ser delegada en la
revolución, porque inevitablemente se transforma en
dictadura. La acción revolucionaria debe ser también
anarquista. Debe negar todos los sistemas políticos. 


La noción de revolución como proceso vuelve a tornarse
hegemónica a partir de los años 70 con la crítica de
Marcuse a los conceptos marxista y leninista de la
revolución y su rechazo de la idea de revolución como
evento. Según Marcuse, lo que determina la
potencialidad de una clase revolucionaria en el
capitalismo de la segunda mitad del siglo XX no es el
empobrecimiento, como pensaba Marx, sino la opresión.
El equivalente del trabajador industrial de los
tiempos de Marx hoy en día es una minoría
completamente aburguesada y la esperanza descansa en
otros grupos sociales, como los estudiantes, las
minorías étnicas, las mujeres o las nacionalidades
oprimidas. Consecuentemente, una revolución proletaria
clásica, con toma del poder estatal violenta por parte
de la clase trabajadora industrial, es inviable.
Tampoco es posible en las sociedades capitalistas
avanzadas el evento revolucionario, el colapso que
derriba definitivamente al capitalismo, aunque sí en
las menos desarrolladas. A juicio de Marcuse la
transformación social es un largo proceso que pasa por
emprender una "larga marcha a través de las
instituciones", con el fin de crear
contrainstituciones. Kernell ha señalado una notable
contradicción en el pensamiento de Marcuse sobre la
revolución. Por un lado, rechaza tanto el (mal
entendido) leninismo como la socialdemocracia,
apostando por la tradición de los consejos obreros y
la autogestión revolucionaria de los trabajadores. Por
otro, insiste en que el proceso revolucionario debe
ser impulsado por intelectuales, en la medida en que
la clase trabajadora se encuentra totalmente integrada
en el sistema. Pero entonces coincide con el leninismo
vulgar que defiende la tesis de que la conciencia
revolucionaria en los trabajadores debe llegar de
fuera, una idea que proviene de Kautsky, no de Lenin.
Marcuse radicaliza la noción del intelectual colectivo
de Gramsci y postula al intelectual como puntal de la
vanguardia revolucionaria que activa el proceso de
cambio social. Pero Gramsci situaba al intelectual en
el centro de la lucha social y en las organizaciones
políticas, mientras que Marcuse lo ubica en las
universidades e instituciones. Allí se encuentra desde
entonces, sin signos aparentes de volver jamás. Por
eso buena parte de los actuales movimientos sociales
están liderados por intelectuales postmarxistas,
anarquistas y socialdemócratas que comparten la visión
de la revolución como proceso. 


La derrota de las revoluciones de 1968 produjo en la
izquierda un fortalecimiento del concepto de
revolución como proceso en detrimento del concepto de
revolución como evento. La noción de proceso ha vuelto
a ser hegemónica. La revolución como evento es vista
como falsa o no conducente a una verdadera revolución
(un cambio fundamental en la estructura social). La
idea de revolución como proceso ha convergido con la
idea anarquista de rebelión. La idea de revolución
imperante en la izquierda a comienzos del siglo XXI ha
adoptado la premisa teórica básica de la rebelión
anarquista: el abandono de la voluntad de conquista
del poder político. El marxismo mutado en postmarxismo
y postestructuralismo ha repudiado la visión de la
revolución como evento y abrazado la noción de
proceso, confluyendo con la visión anarquista y
conformando una nueva y extraña socialdemocracia
libertaria. Una especie de cruce entre Proudhon y
Bernstein. 


marcoantonio.esteban en gmail.com 







	
	
		
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