[R-P] Menu Porteño (martin fierro, un ave solitaria)

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Mie Jun 21 02:29:35 MDT 2006


Menú Porteño:

Cuando la noche aparentaba ofrecer al vano espectador la típica opción de un martes 
mas, esto viene a ser, resignarse a la dulce letanía de la espera de  El Partido de 
la selección, o la posibilidad de perderse en el universo de estar casado, y encima 
con hijos que ofrece telefe,  o ejercer simplemente la libertad de apretar el 
control remoto y cambiar de canal para adentrarse en la desesperante costumbre del 
conventillo de la Monita, añorando a otro bicho: la paloma. O Nacha Guevara te 
quiere hacer creer que el tiempo no para...

Cuando la postrer idea de ver en la noche a Pablo Echarri en la cima del 
Montecristo movía mas a risa que a otra cosa, si se lo comparaba con lo que iba a 
suceder en una sala de la avenida Santa Fé, en un rato no mas, cuando unos 
centenares de personas dificultando el paso en la vereda del cine ATLAS, apostaban 
a que otra opción a todo aquello, era posible. Asi, asi se fue poblando de gentes. 
Iban cayendo y no era un baile precisamente eso todavía, ni mucho menos un rodeo.

 

Actores, premios noveles, políticos, periodistas, movileros, militantes, músicos, 
hasta una hinchada con bandera y vincha, presumiendo que éramos el morfi de los de 
afuera y alentando al héroe local, daban un marco inusitado a la paqueta y 
desconcertada avenida. 

 

No era otra cosa que la proyección anticipada del Martín Fierro –un ave solitaria- 
del Gerardo Vallejo lo que concitaba tal despiporre. No era ni mas ni menos que la 
figura imponente de Palomino achicándose ante la impronta de los 24 cuadros por 
segundo que compondrían minutos después su verdadera estampa, la del gaucho maula, 
la que provocaba tanto revuelo. 

 

El tiempo que duro la proyección de la película hizo lo suyo, acordar entre la 
ficción y la realidad. Hacernos suponer que de una vez y para siempre que el tiempo 
se había detenido. En la sala coincidían dos cosas, la tal vez inconsciente, 
adormilada avidez por  lo nuestro, y ese grado de verosimilut que el arte le puede 
dar a lo propio, a lo de uno.

 

Todos nos vimos en algún momento recitando los versos mal aprendidos en el colegio. 
Todos nos vimos enjugar los ojos antes las imparables lagrimas que salían sin pedir 
permiso, tal vez  como prueba evidente e irrefutable de lo que somos. Todos 
entendimos de una vez y para siempre de que lado estábamos, todos volvimos a saber 
que así no se mata a un valiente.

 

Todos fuimos la sentencia de esos versos que no son que  no significan -como 
pretenden hacernos creer algunos- la consagración de un destino desgraciau, si no 
mas bien todo lo contrario. Esos versos son como dirían en el oriente, si se 
tratara de una película de japoneses o hindúes: un mantra, o en occidente: un rezo; 
un conjuro que de tan aprendido, de tan repetido son ni mas ni menos que las 
palabras que nos llevan en todo caso por el camino que mas conocemos, el propio, el 
nuestro, el de los bien nacidos.



Leo Cofré

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