[R-P] Un buen articulo de Blixen s/destino de Uruguay: ¿De nuevo Estado tapón?
INFOR-MET
rmermet en yahoo.com.ar
Jue Jun 1 09:41:27 MDT 2006
Del autor de la interesante biografia de Sendic, un
articulo de opinion, a favor de la Unidad de la Patria
Grande, donde nos advierte que Canning y Lord Ponsonby
cabalgan de nuevo...y que les estamos facilitando la
tarea....
rolo.
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Brecha de Uruguay - 25 de mayo de 2006
La dicotomía entre pragmatismos y causas justas
¿De nuevo Estado tapón?
Dice Tomás de Mattos, por boca de Josefina Péguy, que
“la justicia de una causa no garantiza su éxito”.
Cierto. Pero el fracaso tampoco invalida la causa
justa, y tal como enseña nuestra historia, la
necesidad del éxito, muchas más veces de las deseadas,
ha impuesto la negociación del objetivo. Es lo que hoy
conocemos como “pragmatismo”.
Samuel Blixen
Quizás el ejemplo paradigmático de una derrota que se
sustenta en la defensa intransigente de la justicia de
la causa sea el ostracismo de José Artigas en Paraguay
y el nacimiento de la República Oriental del Uruguay.
Se necesitarán los avatares de mezquinas guerras
fratricidas para carpir las raíces de la aplicación
del Reglamento de Tierras de 1815. Y se necesitará un
articulador de los apetitos que garantizará el éxito a
costa de la causa para que la liga de los pueblos
federados, expresión concreta de la Patria Grande, se
metamorfosee en su antítesis, un “Estado tapón”.
El alquimista que transformó la Banda Oriental en un
“Estado hanseático” fue lord John Ponsonby, un
vizconde de origen irlandés que por los días en que
Artigas se internaba en la selva paraguaya se
destacaba por ser “el hombre más hermoso de los tres
reinos” británicos. Que ese articulador de intrigas
haya desembarcado en el Río de la Plata expulsado de
la corte debido a sus avances galantes con lady
Coningham, amante del rey Jorge IV, es apenas una
circunstancia. Lo determinante fue su capacidad para
concretar las instrucciones del canciller George
Canning, quien aún no había acuñado el concepto de
“balcanización”, pero que ya sabía que la expansión
comercial del imperio británico en el Río de la Plata
dependía de una suerte de fraccionamiento de la
antigua unidad colonial.
Ponsonby ensayó en el Río de la Plata la cirugía
imperial que le permitiría inventar después una
Bélgica innecesaria en el corazón de Europa. La
mutación de la provincia oriental en república reveló
la fibra de una clase criolla de comerciantes
portuarios, de los grandes hacendados latifundistas y
de una clase política que no tardó mucho en arriar las
banderas de los próceres de la revolución. El control
de las aduanas fue el botín tras la ilusión de los
grandes beneficios que ofrecía la política comercial
británica que inauguró el proceso de dependencia; en
aquellas épocas nace el fenómeno del endeudamiento
externo, la mutilación territorial, el caos de las
guerras civiles y el entierro del sueño de una América
unida. Cuando fue invitado a retornar a la patria
“liberada”, Artigas contestó desde Paraguay: “Ya no
tengo patria”.
Ciento setenta años después, América parece dispuesta
a desandar el camino. Desde México hasta la Patagonia
un movimiento indígena recorre la espina dorsal del
continente levantando la causa justa de los más
desposeídos. El fracaso de las oligarquías
neoliberales deja paso a las nuevas experiencias de
gobiernos progresistas y nacionalistas. Y las riquezas
que se acumulan en las entrañas de este continente
sufrido, objetivo indisimulado de los imperialismos de
turno, se convierten en las herramientas de la nueva
soberanía. En un mundo globalizado pero destripado por
la voracidad de las grandes trasnacionales, el
petróleo, el gas, el hierro, el cobre, el agua y la
capacidad de producir alimentos ya no son –o pueden
dejar de ser– el reaseguro del bienestar en los países
centrales.
Hay una esperanza en América que despunta tras el
asenso de Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, Evo
Morales en Bolivia, Vázquez en Uruguay, Kirchner en
Argentina, el gobierno socialista en Chile y un
Ecuador indefinido, sometido a la vigilancia alerta
del movimiento indígena. No es el mapa de los Menem,
los Fujimori, los Jorge Batlle, los Pinochet. Pero
tampoco es un lienzo de pinceladas serenas. Chávez
incursiona “demasiado al sur” con el poder de su
petróleo amenazando el histórico liderazgo de Brasil.
Morales nacionaliza el petróleo y el gas, restaurando
para su pueblo mayoritariamente indígena la soberanía
de las riquezas bolivianas, y asesta un golpe rotundo
a los intereses petroleros europeos y estadounidenses;
pero despierta también la reacción de los empresarios
paulistas, cuyas pujantes industrias se sustentan en
los precios del gas boliviano, y el temor de Buenos
Aires, que depende del flujo de Repsol-ypf, como el de
Brasilia, cuya Petrobras acusa el mayor golpe por las
modificaciones de las regalías. Chile alienta el
desembarco de China por el Pacífico, que pretende
poner un pie en el Atlántico con un ambicioso corredor
ferrocarrilero transoceánico, pero enciende la luz de
alerta en la tradicional clase empresarial vinculada
al comercio exterior desigual con América del Norte y
Europa. Uruguay, dispuesto a ensayar un esquema de
país productivo, enfrenta la indiferencia de sus dos
vecinos, que le retacean el acceso a sus mercados.
El parto de una América que insinúa el rescate del
ideal bolivariano choca con el entramado de las
contradicciones internas. Es, de todas formas, un
momento de cruce de caminos. La Unión Europea alienta
el fortalecimiento del Mercosur, como muro de
contención en su relación con Estados Unidos. Y
Estados Unidos utiliza los tratados de libre comercio
como palanca para rescatar su deteriorada hegemonía en
el continente. Bush no es Canning, pero ha tenido sus
éxitos en el debilitamiento del bloque del Mercosur.
Acaso ande por ahí un nuevo Ponsonby ducho en tejer
intrigas y explotar la desunión de los hermanos,
agazapado a la espera de que la incapacidad para
sortear las complejas realidades facilite las
“autonomías” de este siglo.
Vázquez ha reiterado su compromiso con el Mercosur,
pero se ha preguntado qué Mercosur, una pregunta que
rebota en el rostro de Lula y Kirchner. El tranco
corto de los pequeños intereses ha estimulado crisis
que pueden dejar heridas difíciles de cicatrizar y,
sobre todo, ha fortalecido, en estas democracias que
tantean un camino hacia el progreso más equitativo,
las tendencias que apuestan a una reedición de las
políticas económicas neoliberales, a una repetición de
las fórmulas que la experiencia ha certificado como
nefastas. El incremento del comercio con Estados
Unidos es en sí un objetivo legítimo, como lo es el
fomento de las inversiones. Lo que está detrás es más
complicado: ¿en qué medida las circunstancias y las
necesidades instalan una trampa en la que puede caer
el proyecto de país productivo? Y también: ¿en qué
medida la necesidad y las circunstancias nos deslizan,
otra vez, al viejo papel de “Estado tapón”? La
encrucijada está entre las necesidades inmediatas y
los objetivos estratégicos. Lo peor que podría pasar
es que se impusieran los menos progresistas de los
progresistas, el triunfo de los pragmatismos sobre las
causas justas.
Y que volvieran a resonar las palabras de Canning: “He
hecho surgir a la vida un Nuevo Mundo para restablecer
el equilibrio del Antiguo”.
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