[R-P] ENTRE LA CERTEZA Y EL ESCEPTICISMO

Alberto Franzoia albertofranzoia en yahoo.com.ar
Mie Ene 18 17:26:14 MST 2006


ENTRE LA CERTEZA Y EL ESCEPTICISMO

Lic. Alberto J. Franzoia



En tiempos posmodernos el conocimiento parece oscilar
entre dos visiones opuestas pero, desde nuestra
perspectiva, igualmente erróneas: las verdades
absolutas enarboladas por la versión más extrema del
positivismo cientificista, o el absoluto relativismo
de los filósofos escépticos. Sabido es que los
primeros esfuerzos por construir un conocimiento
científico en la modernidad, provienen de los
defensores de una concepción de la misma que se
encuadra dentro de lo que conocemos como positivismo.
Esta forma de concebir la ciencia (método inductivo,
objetividad pura, neutralidad valorativa) si bien
inició su camino en el campo de las ciencias naturales
luego trasladó sus métodos y epistemología al de la
ciencia social (o ciencias sociales). Probablemente el
avance que más influyó para que esto ocurriese fue el
descubrimiento de la ley de la gravedad por parte de
Newton. Así, por ejemplo, Saint Simon (iniciador de la
sociología científica) abrevó en su ejemplo para
realizar el intento de convertir a la filosofía social
en un conocimiento no sólo sistemático sino
empíricamente demostrable, es decir, científico. Se
trataba de pasar de la mera especulación teórica a la
validación basada en la observación y al
descubrimiento por lo tanto de las leyes que
"gobernaban" la sociedad. Esto desde ya representó un
avance significativo a la hora de producir
conocimientos comprobables, sin embargo, partía de un
postulado equivocado: suponer que la validación
observacional eliminaba necesariamente todo vestigio
filosófico o ideológico, además de creer que las
regularidades sociales son comparables a las leyes
naturales.

El caso que tomamos en un anterior artículo (el papel
desempeñado por la postura erecta en la transformación
del mono en hombre), más allá del aporte realizado a
la teoría de la evolución en sí, delata las
insuficiencias del positivismo en cuestiones como ¿qué
lugar ocupan los prejuicios a la hora de intentar la
producción de un conocimiento científico? Engels, al
formular desde su materialismo dialéctico la hipótesis
según la cual el desarrollo de la inteligencia es
posterior a la postura erecta adoptada por un grupo de
simios que descendían de los árboles (desarrollando
luego sus manos en el proceso de trabajo), ponía en
tela de juicio la especulación presente en la teoría
de Darwin acerca de la primacía del cerebro en la
evolución. Con el descubrimiento del australopiteco la
hipótesis de Engels logró una significativa
validación, sin embargo esto no sirvió para eliminar
la especulación contraria que le asignaba prioridad a
la inteligencia. Los "prejuicios subterráneos" tal
como los llama Gould, o los "supuestos básicos
subyacentes" según el análisis más preciso sobre este
tema desarrollado por Alvin Gouldner (1), han sido
obstáculos permanentes a la hora de construir
conocimientos científicos. Sin embargo, el carácter
subyacente de los mismos ha conducido a muchos
científicos, sobretodo cuando el positivismo no tenía
rivales, a creer que sus descubrimientos eran
idénticos a la verdad absoluta. Tanto que si algunos
datos no concordaban con la teoría formulada se los
rechazaba. Gould es muy claro al respecto cuando
afirma que el australopiteco fue negado como eslabón
que confirma la evolución a partir de la postura
erecta y la adaptación de la mano al trabajo, por no
adecuarse al preconcepto según el cual la inteligencia
es anterior a la postura erecta. Vale aclarar que con
esta crítica Gould lo primero que está demostrando es
que no adhiere a la versión tradicional de la ciencia
narrada por el positivismo.

Por supuesto que el planteo de la evolución formulado
por Darwin ( que no es el único ni se lo debe
considerar excluyente de otros aportes anteriores y
posteriores) fue esencial para el desarrollo del
conocimiento verdadero (comprobable), pero no
definitivo como lo demuestran las correcciones
introducidas por Engels, sin olvidar a Haeckel
(representante fundamental de la primacía de la
postura erecta durante el siglo XIX). En tanto la
ciencia se plantea todo el tiempo resolver problemas,
la posibilidad de que una buena teoría deba realizar
correcciones en su desarrollo siempre está presente,
de no ser así dudaríamos de su rigor. Por otra parte
no debemos ignorar dos cuestiones esenciales que
completan el panorama mucho más complejo de la
investigación científica que lo que suponen algunas
simplificaciones ingenuas:
1.tanto el mundo social como el natural sufren cambios
a lo largo de su historia, por lo que la teoría que
intenta dar cuenta de ellos no puede ser inmutable;
2.los métodos y técnicas disponibles en un determinado
momento de esa historia siempre pueden ser
perfeccionados permitiendo nuevas y mejores
validaciones o descubrimientos insospechados hasta
entonces.
Por lo tanto, es imposible aceptar que una teoría por
más que haya sido validada en sus afirmaciones
centrales resulte sinónimo de verdad absoluta. Los
puntos oscuros que siempre existen son precisamente el
estímulo para un desarrollo constante. Creer lo
contrario nos conduce a una de las afirmaciones más
desafortunadas en la historia de la ciencia como la
realizada en los años noventa del siglo XX por John
Horgan en su libro "El fin de la ciencia", al sostener
que las grandes teoría ya han sido formuladas con lo
que la ciencia habría llegado a su fin y solo le queda
dedicarse a cuestiones tecnológicas (aplicación
concreta de sus descubrimientos teóricos). Este
planteo de Horgan representa la expresión más osada y
fundamentalista del positivismo y ya ha comenzado a
ser refutado por los nuevos avances de la teoría
científica, como ocurre en el campo de la genética

Ahora bien, destacar el carácter equivocado de esta
ciencia entendida como productora de certezas no
falsables, no significa avalar la tesis contraria
sostenida por los filósofos escépticos de la
posmodernidad. En las últimas décadas del siglo XX
algunos filósofos de la ciencia comenzaron a negar
toda posibilidad de alcanzar un conocimiento objetivo.
Consideran que los datos que dan cuenta de los objetos
son creados por las teorías (no existen por lo tanto
objetos independientes), por lo que éstas se vuelven
inconmensurables, es decir, no son comparables entre
sí. Resulta evidente que si tanto las teorías como los
datos son sólo construcciones del sujeto, carecemos de
todo criterio objetivo de evaluación. Al respecto,
Paul Feyerabend, uno de los principales referentes de
esta posición, sostiene que entre dos teorías rivales
la opción del científico pasa por una decisión
esencialmente subjetiva. Es más, no está dispuesto a
admitir la superioridad de la ciencia con respecto a
otras formas de conocimiento, como por ejemplo el vudú
o la astrología, ya que sólo son formas distintas de
acercarse a la realidad. Para los epistemólogos
posmodernos la subjetividad creativa es fundamental,
tanto para el desarrollo de las distintas formas del
conocimiento como para la sociedad en su conjunto. Son
por lo tanto adversarios de reglas estrictas, según
Feyerabend: "Ninguno de los métodos que Popper (o
Carnap, o Hempel, o Nagel) quiere aplicar para
racionalizar la ciencia puede ser aplicado, y el único
que puede aplicarse, la refutación, es de fuerza muy
reducida. Lo que quedan son juicios estéticos, juicios
de gusto, y nuestros propios deseos subjetivos" (2)

No es insólito sospechar que posturas como esta han
dado oxígeno a teorías como la creacionista que
alberga la pretensión de convertirse en una
alternativa válida a la teoría de la evolución. Un
postulado de los filósofos escépticos que resulta
particularmente funcional a los creacionistas es el
que sostiene que "el cambio científico es producto de
la intuición, de la persuasión o de la conversión
(métodos que tienen que ver con las convicciones pero
no con las pruebas)", como sostiene Schuster en su
análisis crítico de esta filosofía.

Si se presta atención a los métodos propuestos por los
escépticos se podrá comprender cuan aptos resultan
para la labor de los defensores del creacionismo. Es
habitual leer o escuchar exposiciones de los
integrantes de esta corriente de pensamiento, en las
que se apunta básicamente tanto a detectar
inconsistencias en la lógica de la teoría evolutiva,
como a poner en duda los datos concretos aportados por
no ser definitivos. Sin embargo, difícilmente
encontremos un intento por formular una teoría
alternativa con pretensiones serias de cientificidad,
razón por la cual no existen pruebas concretas para
validar ciertas hipótesis poco rigurosas que se ponen
en circulación. Por ejemplo, hay estudiosos del tema
que plantean, a partir de algunas atendibles dudas
sobre las características de los Australopitecos, que
se los debe descartar como productores de
herramientas, para ubicar en su lugar a un homínido
superior, cuyos restos aún no han sido hallados. En
este Foro se ha presentado un trabajo que se orienta
en esa dirección, lo que representa un curioso
procedimiento científico, sobretodo si además se
afirma en el mismo texto que el método serio para
producir teoría es partir de evidencias. Debo aclarar
al respecto que la historia real de la ciencia
demuestra que no es aconsejable confundir el contexto
de producción o descubrimiento de una hipótesis con el
de validación, sólo en el segundo caso se requiere
necesariamente de la evidencia. Pero de todas maneras,
y hecha la aclaración pertinente que en principio
podría favorecer al responsable del trabajo
mencionado, sorprende la falta de correspondencia
entre lo que se le exige a la teoría cuestionada
(evidencias incontrastables) y lo que se propone como
alternativa (sospechas sobre la existencia de
homínidos contemporáneos de los Australopitecos que
nunca fueron  hallados).

Por todo lo anterior sostenemos que la certeza
absoluta que ha exorcizado cualquier posibilidad de
duda es enemiga del conocimiento científico porque
resulta estéril para engendrar nuevos y mejores
conocimientos, pero, por otra parte, el escepticismo
es una alternativa poco seria en el campo científico
ya que su apuesta a la subjetividad lo inhibe de
antemano para construir un conocimiento comprobable.
Entre estas opciones extremas la sociología del
conocimiento que tiene en Marx y Manheim a dos de sus
máximos referentes, nos presenta la opción de producir
un conocimiento verdadero, lo más objetivo posible,
pero indefectiblemente condicionado. Es decir, los
condicionantes de la objetividad existen (pero para
todos, no sólo para los adversarios), reconocerlos y
examinarlos permanentemente es la mayor garantía para
generar avances científicos. Entre los condicionantes
están el contexto histórico en el que se gesta un
determinado conocimiento, la posición que adopta el
científico ante dicho contexto (su ideología) y el
estado en el que se encuentra la ciencia a la hora de
producir una investigación específica. En posteriores
artículos podemos desarrollar estos temas si es que
existe interés al respecto, pero por lo pronto en este
Foro fue formulado uno de los condicionantes más
complejos: los prejuicios subterráneos o supuestos
básicos subyacentes, que desde nuestra perspectiva son
componentes ideológicos que anidan en regiones
oscuras, confirmando o, a veces, contradiciendo la
ideología manifiesta.

Como ya lo hemos planteado en un trabajo anterior (4)
la gran dificultad que presentan muchos prejuicios o
supuestos es que los científicos no somos inmunes a
ellos, sin embargo encontramos dificultades para
reconocerlos por que son subterráneos o subyacentes.
Es necesario que todo científico serio, que por lo
tanto tenga incorporada la noción de duda como
prioridad a la hora de producir o profundizar
conocimientos en su especialidad, incorpore esta
noción al examen de su propia actividad profesional.
¿Cómo consumimos y gestamos conocimientos? ¿Es posible
que la ciencia nos halla puesto al margen de todos los
prejuicios o supuestos adquiridos por el resto de los
humanos con los que convivimos? Definitivamente los
científicos no estamos fuera de nuestro tiempo y de
nuestra sociedad. Nuestro proceso de socialización
comenzó mucho antes que nuestra actividad profesional,
y aún siendo ya profesionales hemos estado muchas
veces con las defensas bajas ante la permanente
exposición a los mecanismos con que cuentan las clases
dominantes para transmitir sus ideas. Por lo tanto, el
análisis crítico de nuestra actividad debe ser
constante y colectivo para tomar conciencia de esos
prejuicios o supuestos que en oportunidades se
instalan en nuestra labor impidiéndonos ver lo
"evidente". Y una vez que han sido reconocidos es
primordial estar dispuestos a someterlos al tribunal
de la práctica concreta. Por ejemplo, la imposibilidad
de descubrir en el Australopiteco el eslabón perdido
en el proceso evolutivo fue producto de un supuesto
subyacente y por lo tanto no demostrado como bien lo
precisa Gould:
"Debemos adscribir este "espectacular fracaso"
principalmente a un prejuicio subterráneo que conduce
a la siguiente extrapolación inválida: Nosotros
dominamos a otros animales por el poder del cerebro (y
poco más); en consecuencia el crecimiento del cerebro
debe haber propulsado nuestra evolución en todos los
estadios. La tradición que subordina la postura erecta
al crecimiento del cerebro puede ser seguida a través
de toda la historia de la antropología" (5).
Sólo descubriendo y confrontando ese prejuicio con la
práctica del trabajo de campo se podía superar el
obstáculo. Desde ya, si se descubren suficientes
pruebas concretas de la existencia de homínidos
superiores, contemporáneos del Australopiteco o
anteriores, productores de herramientas, habrá que
incorporar el dato modificando la teoría, pero
mientras eso no ocurra es una especulación con rango
inferior a las pruebas de las que disponemos en la
actualidad. Por lo tanto, es conveniente revisar
cuáles son los supuestos que nos hacen prestarle
semejante atención a una hipótesis, por el momento,
tan débil.

Sólo haciendo el esfuerzo crítico por tomar conciencia
de aquello que permanece subterráneo o subyacente para
poder explicitarlo y confrontarlo con la práctica
concreta, nos permitirá construir un conocimiento cada
vez más riguroso. De allí que entre las certezas
definitivas (dogmáticas) del positivismo y el
escepticismo filosófico que se convierte en guarida
para todo tipo de subjetividades contrarias a la
ciencia (pues carecen de evidencias y no realizan
esfuerzo alguno por hallarlas), a la hora de producir
conocimientos rigurosos optamos por esa objetividad
necesaria pero condicionada que formulan los
partidarios de la sociología del conocimiento.

La Plata, enero de 2006



(1) Gouldner Alvin: "La crisis de la sociología
occidental", Amorrortu, 1973, paginas 34 a 40

(2).Paul Feyerabend: "Contra el método", Hyspamérica,
1984, página.119

(3).Schuster Félix: "Los límites de la objetividad en
las ciencias sociales", trabajo presentado en Bogotá
en 1981, en el tercer seminario del grupo de trabajo
"Epistemología y política" de CLACSO, página 2

(4) Franzoia Alberto: "Reflexiones "preocupantes"
sobre la teoría de la evolución", publicado por
Reconquista Popular en enero de 2006

(5) Gould Stephen Jay: "La postura hizo al hombre",
publicado en Reconquista Popular en enero de 2006


Alberto J. Franzoia
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