[R-P] LA ARROGANCIA DE LOS ECONOMISTAS
Ezequiel Beer
ebeer en telecentro.com.ar
Vie Feb 24 22:29:24 MST 2006
La arrogancia de los economistas *
En 1849, el ensayista escocés Thomas Carlyle llamó a la economía " la
ciencia funesta".
Dos siglos después, los economistas contemporáneos siguen enfrentados a
decisiones funestas: ¿ más inflación o menos empleo? ¿ Gastar o ahorrar?.
También se han puesto muy arrogantes.
El complejo de superioridad intelectual de los economistas tiene mucho que
ver con su orgullo por las sofisticadas técnicas estadísticas en las que se
basan para analizar fenómenos como la inflación, el desempleo, el comercio e
incluso los efectos a largo plazo de los abortos sobre los niveles de
criminalidad. Esto con frecuencia los lleva a estar convencidos de que sus
métodos son superiores y más rigurosos que los de las demás ciencias
sociales.
Así, cualquier investigación sobre cuyas conclusiones no se basen en el
análisis cuantitativo de una masiva cantidad de datos es desdeñada por los
economistas por ser " literatura" o, aún peor, por ser " periodismo". Hay un
chiste entre economistas que dice que, para los antropólogos, el plural de
anécdota es " base de datos".
Recientemente, la arrogancia de los economistas ha sido rigurosamente
confirmada por una investigación cuantitativa publicada en una de sus
revistas especializadas. El estudio, publicado por The Journal of Economic
Perpectives, revela que el 77% de los alumnos de doctorado en economía de
las más prestigiosas universidades de los EEUU piensa que " la economía es
la ciencia social más científica".
Sin embargo, resulta que esta certeza no se basa en la alta opinión que
tienen de su propia disciplina, sino en lo mucho que desprecian todas las
demás ciencias sociales. A pesar de su casi total unanimidad respecto a la
superioridad relativa de su disciplina, tan sólo el 9% de los entrevistados
opina que hay consenso con respecto a como responder preguntas básicas de la
ciencia económica.
Y tienen razón. Hoy en día, los economistas no tienen respuestas para los
temas fundamentales de su ciencia. Esta ignorancia a menudo tiene graves
consecuencias que trascienden las meras controversias académicas. Cuando los
economistas se equivocan en teoría, la gente sufre en la práctica. El
anterior presidente de Brasil. F.H. Cardoso, recuerda que en plena crisis
financiera de su país recibió llamadas de ganadores del premio Nobel de
Economía y de otras superestrellas del firmamento económico mundial. Cada
uno le daba un consejo diferente, y cada uno estaba absolutamente seguro de
que su recomendación era la única correcta. Cardoso, un distinguido
sociólogo, logró sacar a Brasil de la crisis gracias a su considerable
talento y experiencia, atinando a cuáles de los famosos economistas creer y
a cuáles ignorar. Algunos, por ejemplo, le insistían en la necesidad de
adoptar un régimen de cambio fijo de la moneda similar al que tenía entonces
Argentina. Hoy en día, éstas ideas han pasado de moda y están muy
desprestigiadas.
" En realidad, desconocemos las causas del crecimiento económico", reconoce
Francois Bourguignon", el economista jefe del Banco Mundial.
" Si tenemos una idea bastante clara sobre cuáles son los principales
obstáculos para el crecimiento y cuáles son las condiciones sin las cuáles
una economía no puede crecer. Pero estamos mucho menos seguros respecto a
que otros ingredientes se necesitan para generar y sostener el crecimiento".
Y este desconcierto no sólo se hace evidente con respecto a cómo enfrentar
los difíciles problemas económicos de los países pobres. Los economistas
también están confundidos por mucho de lo que está sucediendo en las
economías más avanzadas del mundo. Hace poco le pregunté a una influyente
economista de Wall Steet qué era lo que más le desconcertaba actualmente.
" Los tipos de interés ", dijo.
Deberían estar más altos".
Y, efectivamente, la teoría económica predice que los actuales tipos de
interés a largo plazo - los intereses de las hipotecas o bonos que se
pagarán dentro de años - deberían estar más altos y con tendencia a seguir
subiendo impulsados por los desmesurados déficit comercial y fiscales de la
economía estadounidense.
Pero no es así: los tipos de interés a largo plazo siguen bajos e incluso
están cayendo. Antes de jubilarse en enero, el presidente de la Reserva
Federal, Alan Greenspan, confesó que para él estas tendencias eran un
"cunundrum", una mezcla de acertijo y rompecabezas. Robert Samuelson,
columnista de The Washington Post , analizó las diferentes explicaciones que
ofrecen los economistas para esta anomalía y llegó a la conclusión de que
todas ellas eran deficientes. Según Samuelson, la incapacidad de los
expertos para explicar algo tan fundamental " es una prueba de nuestra
ignorancia económica".
Los economistas tampoco tienen una explicación convincente sobre el valor
del dólar.
Durante más de una década han mantenido que el dólar era demasiado caro y
que su devaluación era inevitable. En efecto, y tal como pronosticaron, el
dólar cayó, perdiendo el 39% de su valor entre 2002 y 2004. " Un efecto
ineludible del equivalente económico de la ley de la gravedad", explicaban
los gurús económicos con sobrada naturalidad. Un país con un déficit
comercial gigantesco y en aumento, un presupuesto fuera de control, agobiado
por una guerra que hasta ahora ha costado del orden de un billón de dólares
y con el precio del petróleo disparado, es imposible que sostenga su moneda.
Pero la coincidencia entre la realidad y los libros de texto duró poco. Tan
poco, que los manuales de economía no tuvieron tiempo de registrar el
cambio. El dólar se recuperó, y se revalorizó más de un 14% en 2005 a pesar
de los déficit, la guerra, el petróleo y todas las otras razones teóricas
para que sea más barato de lo que ahora es.
En un estudio sobre los países que tenían las mayores posibilidades de
alcanzar un alto desempeño económico en los próximos años, el catedrático de
Economía de Harvard Richard B. Freeman llegó a la conclusión de que, para el
éxito económico de un país, " la suerte parece tan importante como la
política económica".
Una ciencia que se debe resignar a usar la suerte como factor fundamental
para estimar el porvenir económico de miles de millones de personas es
ciertamente una ciencia funesta, y no sólo por las razones por las cuales
así bautizó Carlyle, sino porque está más cerca de la brujería que de la
ciencia. Es cierto que las otras ciencias sociales no están mucho mejor y
que muchas de ellas son aún menos confiables que la economía. Aún así, a los
economistas les convendría cambiar su arrogancia intelectual por una actitud
más humilde y ver qué pueden aprender de otros. Albert O. Hirschmann, un
economista tremendamente original, llegó a muchas conclusiones útiles e
innovadoras gracias a su disposición a transgredir fronteras intelectuales y
tomar prestadas ideas de otras disciplinas. A la economía le vendrían bien
más transgresores como Hirchmann.
Afortunadamente, algunos de los economistas actuales están empezando a
cruzar las fronteras interdisciplinarias y están usando la psicología, la
sociología y las ciencias políticas para nutrir sus análisis. Muchos de
estos esfuerzos de importación de ideas de otras disciplinas a la economía
probablemente no tendrán éxito. Y los economistas que se arriesguen a
incursionar en este contrabando intelectual serán seguramente denunciados
por los ortodoxos por estarse relacionando con colegas metodológicamente
impuros. Pero visto el funesto estado de la ciencia funesta, la búsqueda de
ideas útiles en otras áreas de las ciencias sociales para fortalecer el
conocimiento económico no conlleva muchos riesgos.
O, como dirían los economistas: en vista del pobre rendimiento de los
actuales esfuerzos, el costo de oportunidad de disminuirlos no es alto. Lo
que en castellano quiere decir: la cosa está tan mal que hay poco que perder
si se buscan ideas en otro lado.
* Moisés Naím ( Director de la revista Foreign Policy y autor de Ilícito:
cómo contrabandistas, traficantes y piratas están cambiando el mundo).
Publicado el 21 de febrero de 2006 en el diario " El País"- Edición
Internacional.
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