[R-P] El DESAFIO SUDAMERICANO. Integración social y desarrollo (1 de 2)
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Sab Feb 11 08:23:17 MST 2006
Gentileza de Carlos "Chino" Fernández
El DESAFIO SUDAMERICANO
Integración Social y Desarrollo
Manuel Figueroa
Febrero 2006
¿Por qué la ALADI, el PACTO ANDINO O EL MERCOSUR nunca pudieron
alcanzar sus fines y dejaron ya de constituir una esperanza para el
progreso de nuestra región? Antes de poner en marcha una Comunidad
Sudamericana de Naciones ¿no será necesario debatir nuevas ideas de
integración y desarrollo?
1. Inconsistencias en la base teórica que sustentó la integración
comercial
La construcción de la integración en América Latina y más
específicamente de América del Sur no es una idea reciente. Como
dimensión política nació junto a los gritos de independencia
pronunciados por nuestros próceres hace ya dos siglos.
Lamentablemente, esta dimensión nunca pudo prosperar y quedó
fulminada al poco de nacer dando origen a la extrema división de
nuestra región inducida, según lo corrobora el análisis histórico,
por los mismos países hegemónicos que controlaban las llaves del
comercio internacional en los primeros años del siglo XIX.
En la década de los 40, el gobierno de Perón propuso la integración
de Chile, Argentina y Brasil bajo criterios de unidad política y
económica. Tampoco pudo prosperar y otras iniciativas similares
también fracasaron. Por último, en la segunda mitad del siglo XX, fue
la CEPAL, organismo de las Naciones Unidas con sede en Santiago de
Chile, la agencia que formalizó las ideas de la integración
latinoamericana en su dimensión económica aunque reconociendo que,
en el futuro, los países podrían ampliarla hasta cubrir los aspectos
de orden social y político institucional.
A comienzo de los 50, la CEPAL propuso un conjunto de políticas
estratégicas para el desarrollo de América Latina. Entre ellas, la
industrialización vía substitución de importaciones, las reformas
estructurales, la planificación y la integración económica. Junto a
otros organismos internacionales patrocinaron el nacimiento de
instituciones especializadas como el SELA, ALADI e INTAL y apoyaron
los procesos de integración en países andinos, centroamericanos y
del Caribe. A partir de los últimos 20 años, los países del Plata
instituyeron el MERCOSUR como instrumento de integración en cuanto
los EEUU, México y Canadá pusieron en marcha el tratado de libre
comercio, NAFTA.
A pesar de los esfuerzos realizados, los acuerdos de integración no
lograron transformar el tejido social latinoamericano y aunque
amplificaron los flujos de su comercio exterior no lograron deshacer
la imagen de que este proceso, como instrumento para el progreso
social, continúa distante de los pueblos de América Latina. Entre las
razones por las cuales el espíritu de integración no pudo plasmarse
en América Latina tendremos que reconocer un hecho esencial: aunque
públicamente se proclamó que la integración debía configurarse como
un proceso multidimensional, en la práctica, sus pasos concretos
transitaron, exclusivamente, por la dimensión económica. Este hecho
fue, sin dudas, un crítico error de los organismos internacionales y
de nuestros gobiernos pues trataron de reproducir, por mera
imitación, la exitosa experiencia realizada entre países de la Europa
Central.
En esta voluntarista imitación, se olvidaron que aquellos países
fueron, en diversos períodos históricos, naciones imperiales, de
elevadas manifestaciones culturales, sin extremos desniveles de
bienestar entre sus sectores sociales y que, por las fuerzas del
desigual desarrollo de sus países, venían saliendo de una cruenta
guerra mundial que había destruido, casi por igual, sus bases de
sustentación económica aunque sin afectar la fuerza cultural de sus
clases medias y el instinto de sus sectores empresarios.
Al final de la II Guerra Mundial, la percepción de que el socialismo
podría consolidarse en la URSS y extenderse hacia los países del este
europeo, Asia y resto del mundo, configuró un fuerte determinante
estratégico para que la potencia victoriosa, los EEUU, aportara
recursos y energía política para consolidar las bases económicas de
la integración europea dentro de concepciones políticas y militares
que proclamaban a los cuatro vientos las ventajas de un mundo libre
sustentado en el capitalismo y en la democracia. Por su parte, la
propia sociedad europea había pagado, en carne propia, un alto precio
por la barbarie cometida por regímenes totalitarios del este y del
oeste y necesitaba canalizar sus energías para impulsar el progreso,
la equidad y la democracia como forma de vida.
América Latina, como región dependiente, no contenía ninguna de las
claves que sustentaron los avances de la experiencia europea y a
partir de tales carencias, deberíamos haber percibido que la
dimensión económica, por si sola, como eje central del proceso de
integración, no podría resolver las múltiples distorsiones
estructurales que caracterizaban a nuestros países desde su tiempo
colonial. Los teóricos de la integración no asignaron la debida
importancia al hecho de que en un sistema capitalista, la economía no
integra las riquezas reales o potenciales de las naciones, sino que
tan solo integra los negocios reales o potenciales que puedan
formalizarse sobre tales riquezas.
No percibieron o no quisieron creer que los resultados sociales de la
integración económica tendrían que ser directamente funcionales a los
sistemas de gestión empresaria y de propiedad privada dominante. Como
en nuestra región los grandes negocios pertenecieron y pertenecen,
básicamente, a empresas trasnacionales que operan con lógicas
centradas en el poder económico, en la maximización de la ganancia y
en la concentración del excedente, la exclusiva dimensión económica
de la integración nunca pudo ser funcional a las necesidades de
bienestar y equidad que reclaman nuestras sociedades.
El proceso de integración en la Comunidad Europea fue estructurado,
principalmente, en base a recursos públicos aportados por los propios
gobiernos para crear la infraestructura física necesaria y reducir
las diferenciaciones sociales más extremas mediante la asignación de
fondos para ejecución de importantes programas de equipamiento
estructural y de cohesión social. En este contexto, los aportes
adicionales realizados por el Plan Marshall y capitales privados
trasnacionales multiplicaron la riqueza y el bienestar social.
Los estudios de evaluación realizados en relación a los procesos de
integración comercial en América Latina concluyen, inexorablemente,
en reconocer el hecho concreto de que la lógica que conduce las
operaciones de las empresas multinacionales dentro del espacio
integrado se guía por la racionalidad del cálculo económico más
conveniente para su gestión patrimonial y esta evidencia no se
corresponde, evidentemente, con la lógica que nuestras sociedades
necesitan aplicar para resolver sus principales entrabes a un
desarrollo con equidad. El territorio integrado se transforma,
gradualmente, en simple zona de generación de excedentes que
electrónicamente se transfieren a las casas centrales para ampliar el
proceso de acumulación de las grandes empresas trasnacionales.
Sin nuevas ideas en materia de integración y desarrollo, el reiterado
fracaso de las experiencias existentes en nuestra región está
llevando a algunos países a negociar, separadamente, acuerdos de
libre comercio con los EEUU sellando así el destino de sus naciones
al cumplimiento de roles signados por la dependencia económica,
subordinación política y enajenación cultural. De hecho, excluyendo a
Venezuela, Brasil, Argentina y Bolivia, el resto de los países
sudamericanos cuenta ya o está en vías de formalizar acuerdos de
libre comercio con los EEUU desterrando de su horizonte inmediato
cualquier posibilidad de acoplarse a los moribundos acuerdos de
integración que persisten en sobrevivir en la región andina y entre
los países del plata.
2. Integración y Desarrollo en la Comunidad Sudamericana de Naciones
Hacia mediados del 2005, en las alturas del Cuzco, alumbró la
Comunidad Sudamericana de Naciones. Su carta natal expresa anhelos
contenidos durante 500 años de sometimiento y penurias sociales. Pero
no es una hoja de ruta. Tampoco contiene nuevas ideas ni metodologías
de acción que acerquen lo deseable a lo posible. En los actuales
momentos políticos, sus generalidades amplifican el desconcierto
entre los gobiernos de la región vapuleados ya por las
contradicciones del MERCOSUR y por el miedo a lo desconocido que
provoca el despertar del pasado en los países andinos. Son tiempos de
cambio que impiden construir el futuro con esquemas de integración ya
agotados por la fuerza de las contradicciones sociales.
En tiempos de globalización, las limitadas dimensiones demográficas,
económicas, tecnológicas, militares y políticas que representan
cada uno de los países sudamericanos, son razones objetivas que
explican su intrascendencia en la escena mundial del poder. Por tales
circunstancias, la integración sudamericana, lejos de configurar una
opción de política, representa el único camino posible para que el
conjunto de sus naciones pueda ganar masa, densidad y existencia real
en el universo actual caracterizado por el predominio de los EEUU y
la participación de grandes núcleos regionales de poder surgidos
entre países de América del Norte, Europa y Asía.
Después de 500 años de la conquista y de 200 años de vida
independiente, nuestros gobernantes tendrán que comprender cuan
estériles serán los escenarios del futuro para cada uno de nuestros
pueblos si pretenden continuar, con miopía y espíritu mezquino,
ignorando las potencialidades regionales y los avances
extraordinarios que otras naciones del mundo vienen logrando como
resultado de sus programas de cooperación e integración.
La tesis que aquí presentamos asume la forma de dos consignas para
orientar el desarrollo de cada país sudamericano. Por la primera se
afirma que la decisión política de avanzar hacia la formación de una
CSN será requisito esencial para que cada país de la región pueda
concretar metas objetivas de progreso, bienestar, equidad y
democracia política en sus respectivas sociedades. Por la segunda se
entiende que para alcanzar aquellos propósitos, los gobiernos tendrán
que adoptar la firme determinación de comenzar su construcción a
partir de la integración desde lo social. A juzgar por las
manifestaciones públicas de sus gobernantes, Argentina, Venezuela,
Brasil y Bolivia podrían constituir, desde ahora, la expresión
pionera de esta voluntad política. El resto de los países de la
región podrá sumarse cuando así lo determinen.
Desde el punto de vista teórico, la segunda consigna expuesta
significa entender la economía de la integración como un espacio
construído con dos tipos de precios y mercados articulados entre sí:
aquellos esencialmente privados y de libre competencia entre empresas
donde las fuerzas de la demanda y de la oferta determinan los precios
de equilibrio y aquellos de naturaleza social donde predominan
precios políticos definidos exógenamente, es decir desde fuera de los
mercados, por parte del poder político. Tal situación existe, desde
hace ya mucho tiempo, en infinidades de mercados de países ricos y, a
pesar de este hecho, el capitalismo no dejó de ser capitalismo.
¿Qué sentido tendría la intervención del estado y hasta cuando
debería mantener su presencia en los mercados? En nuestros países
precisamos entender que el fracaso del liberalismo como vía para el
bienestar colectivo radica, básicamente, en la estructural
insuficiencia de mercados transparentes; en las extremas
desigualdades existentes entre los operadores del mercado en cuanto
se refiere a dotación patrimonial y manejo de la información y en la
severa exclusión de millones de personas que por su extrema pobreza y
falta de calificaciones apropiadas no logran ni integrarse en la
sociedad como ciudadanos ni participar en los mercados como
consumidores y asalariados. En cuadros tan profundos y evidentes de
subdesarrollo estructural, la participación del estado será
imprescindible para reconstituir las naciones y eliminar las
limitaciones referidas.
Hasta el presente, en todo proyecto de integración, lo social, aunque
fue también un declarado propósito, fue siempre una insustentable
esperanza pues los gobiernos solo avanzaron negociaciones para
facilitar acciones del sector privado sin ninguna conexión directa
con el mejoramiento del bienestar social. Los beneficios logrados por
el intercambio entre privados beneficiaron directa y exclusivamente a
las empresas que en ellos participaron pero las sociedades de
nuestros países muy poco recibieron de tales resultados. El
mejoramiento social, en todas las experiencias de integración, fue un
simple slogan formal, apendicular y su incumplimiento no afectó,
legal ni penalmente, a ningún responsable por la conducción de los
gobiernos.
El camino está trazado y para asegurar el cumplimiento de una agenda
de integración para la resolución de los problemas sociales solo será
cuestión de aunar la voluntad de los gobiernos realmente interesados
para expresar tales objetivos en la forma de una estrategia política
que comprometa su acción conjunta y solidaria. La historia ha
demostrado que las energías de los gobiernos de un solo país
dependiente no alcanzan para superar las barreras de la pobreza y la
exclusión. ¿Porque?
Talvez por la misma explicación que China no pudo construir su
industrialización pesada en base a la suma de fundiciones instaladas
en pequeñas y aisladas comunas rurales. La industrialización, al
igual que el progreso de cambio social, requieren masa y energía y la
integración debería ser el camino para la fusión de las ideas que
multipliquen la energía comunitaria que asegure condiciones de
progreso y equidad.
Fluye como conclusión relevante que el destino de progreso para
nuestras sociedades está condicionado a la creación de un macro
poder sudamericano que, en representación de todas sus naciones,
ejercite sus facultades de participación a escala mundial para mejor
defender sus intereses como bloque regional integrado. Como
contracara de este poder regional, la CSN podrá inyectar en sus
gobiernos la sustentación política necesaria para luchar contra el
desempleo y la pobreza acelerando los procesos de transformación y
desarrollo. Crear esta sinergia hacia afuera y hacia adentro de la
propia región será la mayor contribución que la CSN podrá aportar al
destino de nuestras sociedades.
Para la configuración de este macro poder regional será
imprescindible que cada país se comprometa a realizar,
simultáneamente, un doble trabajo destinado a consolidar, por un
lado, sus procesos internos de integración económica y social para
eliminar el desempleo, la pobreza y la exclusión. Por el otro, un
proceso multidimensional de integración con otras naciones
sudamericanas para potenciar las fuerzas del conjunto y de cada una
de las naciones.
La plena realización de las dos responsabilidades referidas exigirá
ingentes esfuerzos de nuestras sociedades para impulsar, en cada
país, procesos políticos de transformación y cambio que posibiliten
pasar de los estados coloniales-dependientes de cuño oligárquico,
hasta ahora vigentes, hacia los Estados Soberanos de Responsabilidad
Social. Este proceso ya está en marcha en algunos países
sudamericanos y los recientes acontecimientos políticos en Chile,
Bolivia, Perú y Uruguay alientan la posibilidad que pueda extenderse
en el próximo futuro.
La acción conjunta de los gobiernos unidos en la CSN podrá liberar
fuerzas sociales con extraordinario potencial de cambio, hasta ahora
no aprovechadas: las fuerzas de la cooperación entre sociedades y
gobiernos y las fuerzas de la sana competencia económica dentro de
los sectores privados empresariales. Hasta el presente, nuestros
gobiernos despreciaron las potencialidades de la cooperación entre
pueblos envolviéndose, tan solo, en los sopores de la vana
competencia comercial entre empresas y mercados que solo hicieron
posible la segmentación, concentración y polarización de economías y
sociedades. Craso error.
No percibieron que la cooperación para el desarrollo social abre
perspectivas insospechadas de progreso colectivo y configura el
eslabón perdido para potenciar, más adelante, la competencia
productiva y comercial entre empresas privadas. Entre ambos extremos,
los caminos del desarrollo y la equidad requieren, inexorablemente
atravesar etapas intermedias que aseguren la gobernabilidad del
sistema social, la formación de ciudadanía para potenciar la vida
política, la participación de consumidores con poder de compra para
expandir los mercados y la sustentabilidad financiera del estado para
cooperar en la construcción de la infraestructura pública comunitaria
que viabilice, finalmente, el progreso económico de las manos del
sector privado.
En síntesis, tras años de experimentación frustrada, ya quedó
verificado que la integración comercial, per sé, no hace milagros y
nunca será posible sustentar aspiraciones de negocios, sin ciudadanos
y sin estado. La transformación de pobladores en ciudadanos de vida
digna y de Estados Oligárquicos en Estados de Responsabilidad Social,
serán los frutos de un proceso de integración modelado desde lo
social.
Son las tres etapas inexorables que la región tendrá que atravesar
para posibilitar el progreso y la equidad: Cooperación para la
integración desde lo social, cooperación entre gobiernos para crear
la infraestructura comunitaria necesaria y finalmente, competencia
empresarial privada para la producción y el comercio. Las tres etapas
no serán siempre secuenciales. También podrán acontecer en sincronía.
El no haber entendido esta necesaria dialéctica entre las etapas
referidas, por desconocimiento, por intereses de clase o por simple
negligencia, propagó las ideas de que el mercado y las empresas, en
cuanto ganaran dinero, podrían resolver, mecánicamente, los problemas
sociales e institucionales. Este cuento terminó como todo cuento: un
final feliz, pero solo para las grandes empresas multinacionales en
cuanto los estados y las sociedades pagaron los precios del abuso del
poder.
La rectificación teórica a que aludieron los párrafos precedentes,
situando la primera etapa de la integración en la resolución de la
cuestión social, permitirá aprovechar la insospechada creatividad de
las personas y organizaciones comunitarias. La ampliación de escala
que puede generar la participación coordinada de todos los países en
la formulación y ejecución de los programas sociales, juega en
beneficio de todos asegurando economía de recursos. De adoptarse
este enfoque, las investigaciones básicas necesarias de realizar para
vertebrar los programas sociales podrán desarrollarse coordinadamente
entre los diversos países compartiendo entre todos los costos y los
beneficios resultantes. Idénticos procedimientos podrían seguir los
países en la producción de insumos y materiales de consumo que
requieren los diferentes programas, en la formación de cuadros para
la gestión de los programas sociales, en la adopción de sistemas
homogéneos de administración pública en materia de educación o salud,
etc.
Mientras que las fuerzas de la cooperación marcarán la tónica de las
actividades de los sectores públicos y de las organizaciones sociales-
comunitarias de los países para enriquecer los campos de la
política, de lo institucional, de la infraestructura pública y del
desarrollo social, cultural, tecnológico y científico, la esfera de
la competencia económica, centrada en la economía de libre mercado,
se desplegará plenamente entre los sectores privados que gravitan en
cada país. La acción complementaria de las dos fuerzas referidas
determinará la dinámica de los procesos económicos y sociales de la
integración en el seno de la CSN.
3. La Integración a partir de lo social
Para dimensionar con realismo las magnitudes de los problemas
sociales en cada país será preciso generar un consenso sobre
metodologías de medición a aplicarse en todos los países. A
posteriori, cada gobierno informará a la CSN su decisión respecto a
los plazos y metas posibles para resolver los principales problemas
referidos en cada variable social fijando presupuestos, cronogramas
de ejecución, esquemas operativos y mecanismos verosímiles de
verificación. Entre los problemas más acuciantes que deberían
integrar una Agenda Social de la Integración, figuran los siguientes:
desempleo, pobreza, extrema inequidad en las relaciones de ingresos
entre estratos sociales, previsión social, déficit en alimentación,
viviendas, educación, agua potable, cloacas, salud, etc.
En la práctica de un proceso de integración a partir de lo social, se
trataría de aplicar en los países de la CSN el mismo esquema
coercitivo y cooperativo que aplican los países europeos para regular
los niveles de sus respectivas economías. Los acuerdos de Maastrich,
por ejemplo, determinan las superficies de máxima desviación para las
principales variables macroeconómicas: déficit fiscal, inflación,
monetización, tasas de cambio, etc. Fuera de los bordes establecidos
por el acuerdo, operan los mecanismos regulatorios y los países están
obligados a retornar a situaciones de equilibrio. Paralelamente, una
cadena de indicadores posibilita asignar, mecánicamente, recursos
comunitarios en las regiones de menor desarrollo relativo para
impulsar sus procesos de inversión, transformación y desarrollo. En
el ámbito de la CSN, este mecanismo permitirá controlar la resolución
de los problemas sociales que aquejan, desde largo tiempo, a cada uno
de los respectivos países. Todo incumplimiento, cuando no fuera el
resultado de factores aleatorios, imprevisibles, de naturaleza
incontrolable, obligará a los gobiernos a adoptar inmediatas
correcciones.
El proceso de integración desde lo social debe iniciarse al interior
de cada gobierno utilizando la cooperación técnica de equipos
especializados articulados por la propia CSN. Los organismos
competentes definirán las metas, cronogramas e instrumentos que el
país se propone adoptar para resolver cada uno de los principales
problemas sociales asegurándose de su consistencia técnica y
factibilidad política, administrativa y financiera. Va de suyo que
tales definiciones tendrán que ser acordadas al interior de cada
sociedad y que los plazos no deberían superar los 10 años. A
posteriori, tendrán que ser compatibilizados, consensuados y asumidos
en el ámbito de la CSN. A partir de su difusión, las decisiones de
cada gobierno definirán la magnitud de los compromisos instituidos
por los países frente a sus sociedades tomando en consideración que
el cumplimiento de las metas podrá requerir de tiempos que exceden la
normal duración de los gobiernos. En cada país integrante de la CSN,
estaríamos asistiendo a la formulación consistente de su respectivo
Proyecto Nacional.
En el caso del desempleo, por ejemplo, cada gobierno analizaría sus
alternativas de resolución y, en función de tales evaluaciones,
definirá tanto los períodos mínimos necesarios para su resolución -
10 años, por ejemplo - como el conjunto de políticas instrumentales a
ser utilizadas, los requerimientos anuales de inversión y
financiamiento público necesario para cubrir la creación de puestos
de trabajo y los programas asistenciales que tendrán que aplicarse
para que ninguna familia dejara de percibir un ingreso social básico
de vida digna.
La mecánica expuesta introducirá en la cultura institucional de
nuestros países un cambio profundo en la gestión pública incorporando
la Planificación como método de gobierno. De hecho, cada
administración tendrá que explicitar sus planes, políticas, programas
y proyectos para alcanzar los objetivos sociales poniendo en
evidencia sus implicaciones económicas y financieras y señalando las
reformas de carácter legal que serán necesarias para su plena
institucionalización. Sobre los mismos temas, los partidos políticos
tendrán que competir entre sí presentando ante la sociedad sus
respectivas propuestas para conseguir su adhesión. El espacio para la
ignorancia, la mentira y la improvisación se reduciría
significativamente forzando, en la clase política, mensajes de
coherencia y responsabilidad institucional.
Como es natural, el esfuerzo financiero anual de crear los empleos
necesarios para cumplir la meta de eliminar este flagelo en los
próximos 10 años, por ejemplo, variará de país a país, según sean las
dimensiones del desempleo en cada país y los costos unitarios de
creación de cada puesto de trabajo. Si la meta propuesta fuese
inviable por insuficiencia de capacidad operativa o de recursos
financieros, los gobiernos podrán evaluar, como alternativas
posibles, reducir los costos unitarios de cada puesto de trabajo
alterando la tecnología, adoptando modelos comunitarios de
organización del trabajo en mercados sociales; ampliar el número de
años para resolver este problema o, por último, desechar la meta de
eliminar completamente el desempleo y aceptar, en cambio, un objetivo
menor de reducirlo hasta un 5 %, nivel considerado como desempleo
estructural.
(sigue en parte 2 de 2 partes)
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
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