[R-P] El turbante disturbante

C J Lazor clazor en ciudad.com.ar
Jue Feb 9 12:09:23 MST 2006


El turbante disturbante


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Por Luis María Bandieri
Unas caricaturas no muy ocurrentes, algunas de las cuales representan al 
profeta Mahoma – Muhammad-, en una de ellas llevando un turbante con forma 
de bomba, publicadas en un diario danés de segunda categoría, han dado la 
vuelta al mundo, provocado muertes y amenazan con incendiar buena parte del 
globo.
La gran difusión se debió, ante todo, a que el periódico parisino 
France-Soir las publicó a continuación. Este diario, que fuera antaño de 
gran tiraje y se encuentra hoy en cesación de pagos, pertenece a un 
empresario franco-egipcio, Raymond Lakah, un financiero posmoderno con 
quiebras a uno y otro lado del Mediterráneo, cuya primera reacción fue 
despedir al director, Jacques Lefranc, que se presenta hoy como mártir de la 
libertad de prensa.
Posteriormente, el jeque Yusuf al-Qaradawi, uno de los religiosos más 
escuchados en la televisión árabe, mostró las ilustraciones –se dice- junto 
con otras aún más ofensivos, como para atizar convenientemente la cólera 
popular. En Damasco, la capital de Siria, gobernada por un partido 
teóricamente “laico”, como el Baaz, primo hermano del que acompañaba a 
Saddam allá en sus tiempos, fueron quemadas las embajadas de Dinamarca, 
Suecia, Noruega e, incluso, por las cercanías, la de Chile. A este episodio 
siguieron otros similares en Beirut, en Yakarta, en Afganistán, en Yemen, en 
Irán, etc. Se ha registrado así un alza en la venta de banderas 
dinamarquesas, luego prolijamente incendiadas en el arco islámico cuyo 
extremo occidental está en Marruecos y su finisterre oriental en Indonesia y 
sus vastos alrededores.
Si uno aplica aquí el principio de sospecha, esta agitación parece 
corresponder a la clásica maniobra de echarnos arena en los ojos para que no 
advirtamos de inmediato otros desplazamientos más importantes y peligrosos. 
En efecto, las movilizaciones turbulentas en la línea de las candilejas nos 
ocultan momentáneamente el despliegue en el fondo del escenario, que es el 
de la “guerra larga”, long war, como la ha denominado el Pentágono en su 
último diseño de la estrategia para los próximos veinte años[1].
La guerra larga la libra el imperio norteamericano contra el enemigo que ha 
elegido: el terrorismo global. Siendo tal el enemigo, “larga” es adjetivo 
que equivale a indefinida en el tiempo e ilimitada en el modo de librarla. 
Ahora bien, el enemigo terrorista global, para el imperio, profesa el 
islamismo: no todo islámico es terrorista, pero todo terrorista es islámico. 
A la vez, en el mundo islámico va tomando cuerpo una respuesta recíproca: no 
todo kafir, no todo infiel es enemigo, pero todo enemigo es infiel, 
incluyéndose también los creyentes tibios. Se trata, otra vez, de 
caricaturas reductivas, que empujan esta guerra –guerra no convencional que, 
se libra en medio de una paz convencional- hacia los extremos, siempre 
peorables, de la enemistad absoluta. En esta materia, lamentablemente, la 
realidad imita a la caricatura.
El terrorismo global es, en principio, inasible. Sus cabecillas navegan por 
el ciberespacio o lanzan proclamas en CD: pero no tiene domicilio fijo y 
cualquier punto del planeta puede ser su asiento y también su blanco. Los 
talibanes le dieron refugio en Afganistán y el imperio invadió, secundado 
por tribus amigas, la antigua Bactriana. Luego se sospechó que Saddam 
favorecía el terrorismo y el imperio, con algunos aliados, aplastó a la 
vieja Babilonia y ahora está empantanado en las tierras de donde partiera 
Abraham, el padre de todos los creyentes. En estos días, el imperio apunta 
sobre Irán, la antigua Persia.
El gobierno de Teherán sostiene, en el fino fondo, que la integridad 
territorial del país depende de la posesión del arma atómica. Se cruzan 
amenazas y el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, no ahorra desafíos y 
provocaciones (mientras tanto, su principal enemigo, Arik Sharon, que 
derrumbó y aplastó a como diera lugar toda resistencia que se le opuso en 
vida, llegado al final, en la sala de terapia intensiva de un hospital de 
Jerusalén, no puede ingresar al valle de sombras porque está impedido de 
morir a causa de la razón de Estado, como antes Tito, Franco o Hirohito). 
Sobre este último conflicto de fondo, ¿qué mejor espectáculo frontal que el 
de las multitudes enfurecidas que gritan, atacan, destrozan, invocando a 
Allah y su profeta? Los agentes de manipulación y desinformación de uno y 
otro lado deben coincidir, curiosamente, en azuzarlo.
Veamos la polémica sobre las caricaturas. Por un lado, se levantan las voces 
según las cuales la libertad de expresión de expresión no debe coartarse, y 
menos ceder a los prejuicios de origen religioso. Del otro, se afirma que 
estamos en presencia de una blasfemia y un sacrilegio, que afecta a una de 
las religiones más difundidas del planeta, encontrándose allí un límite 
infranqueable para los media. Por motivos políticos bien evidentes, tanto el 
Departamento de Estado norteamericano, como Jacques Chirac han manifestado 
su repudio ante la ofensa inferida al credo islámico. En fin, el Vaticano, 
por razones tanto políticas como de solidaridad religiosa previendo los 
casos análogos, también ha expresado su preocupación.
La libertad de expresión de las ideas sin otra censura previa que la que 
provenga de la ciencia, conciencia y prudencia de quien las expone es una 
libertad fundamental. Pero la libertad de profesar un culto, creer en sus 
dogmas y cumplir sus ritos, exigiendo el respeto de los demás a estas 
creencias y prácticas, también es una libertad fundamental. Lo que se afirma 
y respeta en la libertad de expresión es el valor concreto de que cada uno 
pueda manifestar sus ideas, creencias, sentimientos y pareceres sin otra 
cortapisa que las que le dicte su buen sentido y las que establezca el 
“sentido común” colectivo ante el abuso, expresado en las “leyes que 
reglamenten su ejercicio” (art. 14 CN).
En otras palabras, la libertad apunta a las personas que la ejerzan, no a 
las ideas que se manifiestan. Es una libertad concreta que pivotea sobre un 
valor concreto, referido a la persona que la pone en práctica. Lo valioso es 
la persona libre de expresarse, no las ideas que exprese. La libertad de 
creencias apunta también a un valor concreto –el creyente, la comunidad de 
los creyentes en esa fe. También aquí lo valioso es la persona que cree, no 
el contenido de su creencia. Pero, en las creencias religiosas, y 
especialmente en las tres religiones monoteístas del Libro –judaísmo, 
cristianismo, Islam- hay también la referencia a un valor abstracto, la 
divinidad, que por definición es perfecta. Los valores abstractos, llevados 
al extremo, son absolutos e inconciliables. Los valores concretos, en 
cambio, en cuanto referidos a personas humanas, resultan casi siempre en 
algún grado armonizables. Pueden vivir en armonía judíos, cristianos e 
islámicos, como ocurre en la práctica en nuestro país. No pueden, en cambio, 
armonizarse sus teologías[2].
La libertad de expresión, en su modalidad más amplia de libertad de prensa, 
suele presentarse cual un valor abstracto, cual un dogma, como lo propone la 
“videología” de los “comunicadores”. Resulta una especie de segunda 
religiosidad mediática, colocada bajo el cobijo intocable de los human 
rights, que expresa, de últimas, el cálculo de intereses de los multimedias 
del ramo, tal como hace mucho avizoró Ramón Doll.
Este dogma de la Santa Información, especialmente visual –“una imagen vale 
más que mil palabras”-, tiende a chocar indefectiblemente con las otras 
fuentes de valores abstractos, las grandes religiones y, en especial, con el 
Islam –en cuyo ámbito de influencia, sin embargo, se echa mano del mismo 
recurso, sea por Internet, sea bajando directamente al ruedo mediático con 
al-Yazira, por ejemplo. El choque más intenso con el Islam puede atribuirse 
a dos razones.
La primera, a que esta religión es, de los tres grandes monoteísmos, el que 
más intensamente reside en la escritura, la más apegada al Libro de las 
religiones del Libro. Es una religión de la letra que recoge la palabra 
sagrada y repudia la imagen que pretende transmitir una idea de lo sacro. La 
iconología islámica es caligráfica: lo primero que crea Allah es la pluma y 
la escritura, para que el Libro no sólo recoja sino que sea su palabra. Como 
en el judaísmo, están vedadas las imágenes representativas.
Ellas, entonces, convenientemente presentadas como sacrílegas, pueden 
transformarse inmediatamente en armas de movilización masiva. La segunda 
razón es que los otros dos monoteísmos, aunque también nacidos en el 
desierto próximo al Mediterráneo oriental, debieron pasar por Europa y 
asentarse en ella.
En otras palabras, debieron pasar por el Renacimiento y la Ilustración; si 
se quiere, por Erasmo y Voltaire, para personalizar aquellas etapas. Erasmo 
era un buen cristiano y Voltaire, si bien apodaba “la Infame” a la Iglesia 
Católica, también se indignaba contra los ateos. (Entre ambos, las 
traslúcidas mano del judío Spinoza labran en la penumbra los cristales, 
mientras se le escurre Dios entre los dedos). Esa travesía colocó al hombre 
en el centro de la acción humana; dicho de otro modo, hizo del hombre un fin 
en sí mismo.
Si este camino fue el correcto o el errado no corresponde dilucidarlo aquí; 
lo cierto es que fue el recorrido por Europa –y el cristianismo europeo y 
las juderías que habitaban en sus márgenes- y no por el Islam. De tal modo, 
se cava una profunda trinchera entre las religiones abrahámicas. La misma 
que ahora el mundo musulmán, que parecía, hasta mediados del siglo pasado, 
inmóvil y hasta fósil, quiere salvar de un salto, impulsado por la fe, su 
desprecio a la muerte y lo prolífico de su gente.
Algo parecido a estas agitaciones sucedió años atrás. En 1989, Salman 
Rushdie, un escritor nacido en Bombay de familia islámica oriunda de la 
Cachemira, que estudió en Rugby y en Cambridge, se casó con una inglesa y 
adoptó esa nacionalidad, publicó una novela llamada “The Satanic Verses”, 
que habría que traducir los versículos, y no los versos, satánicos.
Hay allí una elaborada sátira de Muhammad, que figura allí, bajo el nombre 
de Mahound, recogiendo los versículos de las suras o capítulos coránicos, no 
por inspiración del arcángel Gabriel, como en la ortodoxia, sino por la 
mediación de un persa vagabundo, llamado casualmente Salman, que distorsiona 
a sabiendas los mensajes.
Estas y otros continuos sarcasmos y dislates –hay un burdel cuyas pupilas 
advierten que sus clientes se entusiasman más si ellas adoptan los nombres 
de las esposas del Profeta, p. ej.-, claramente ofensivos, para mayor 
escarnio provenientes de un musulmán renegado, sulfuraron al Islam. El 14 de 
febrero de 1989, el ayatolá Jomeini emitió una fatwá, esto es, un dictamen a 
consulta teológica y jurídica, cuyo texto reproduzco:
“Informo al noble pueblo musulmán del mundo que el autor del libro ‘Los 
Versículos Satánicos’, que está en contra del Islam, el Profeta y el Corán, 
y todos los implicados en su publicación, que estaban conscientes de su 
contenido, son sentenciados a muerte. Pido a todos los musulmanes que los 
ejecuten dondequiera que los encuentren. Si alguien los conoce, pero no es 
capaz de matarlos, deberá entregarlos al pueblo para su castigo”.
Los doctores islámicos, especialmente los sunnitas y, sobre todo, los de la 
universidad egipcia de al-Azhar, la más prestigiosa en la teología islámica, 
se preguntaron si el ayatolá chiíta tenía competencia para emitir un fallo 
tan terrible. Las respuestas fueron disímiles –debe tenerse en cuenta que, 
en el Islam, no existe una jerarquía eclesiástica como la que, en el 
catolicismo, tiene por cabeza al Papa. (Mientras tanto, la policía y los 
servicios de inteligencia británicos tomaron a su cargo la custodia de 
Rushdie, la que debe haberse redoblado en estos días). Con relación a las 
caricaturas danesas, no me parece que la condena, aunque no sea en este caso 
a la última pena, tenga demasiados disidentes en el espectro musulmán. En el 
2006 la trinchera es más profunda que en 1989 y el derrame islámico sobre 
Europa más difundido.
El recurso a la caricatura, por otra parte, no es novedad en este tipo de 
choques. Por ejemplo, en la Divina Comedia, canto 28 del Infierno (vs. 22 y 
sgss.), Mahoma[3] aparece en el octavo círculo, el de los sembradores de 
discordia, di scandalo e di cisma, cortado por la espada de un ángel 
destinado al efecto, del mento infin dove si trulla, desde el mentón al ano, 
colgando como de media res la bolsa che merda fa di quel che si trangugia, 
que vuelve mierda lo que se traga. Dante Alighieri, cuya viaje ultraterreno 
se ha supuesto deba algo a la sura 17 del Corán –“El Viaje Nocturno”-[4] 
consideraba al profeta como un cristiano renegado. A la vez, en el mundo 
musulmán la Divina Comedia fue prohibida como libro pérfido e impío. (Desde 
luego que no pretendo emparejar los rupestres dibujos daneses con los 
exactos tercetos del florentino, pero en ambos casos se echa mano a la 
desfiguración).
En el Islam, la separación entre lo sagrado y lo profano no resulta simple. 
La fuente básica de su derecho, de la sharia, es el propio Corán. Y sus 
conceptos políticos están unidos indisoluble e inmediatamente a su 
monoteísmo estricto. Carl Schmitt señaló, respecto del mundo occidental, que 
su terminología política fundamental se componía de conceptos teológicos 
secularizados. Fundaba, de ese modo, la autonomía de lo político, ya que tal 
tránsito no podía revertirse, aunque reconocerlo era imprescindible para 
comprender de qué se estaba hablando.
En el Islam, en cambio, no hay distinción entre Dios y César, poder 
espiritual y poder temporal, sacerdocium y regnum: todo poder deriva de la 
sacra ley coránica –con la sola excepción de la Turquía kemalista, que va 
poco a poco, sin embargo, remontándose a sus orígenes. Los conceptos 
políticos no resultan allí teología secularizada, sino casi en estado puro. 
Este encadenamiento inmediato al símbolismo religioso suministra al Islam, 
como puede verse, un resorte inmediato de movilización política. Al mismo 
tiempo, en lo que conocemos como Occidente, y sobre todo en Europa, la 
política se va diluyendo y sus conceptos, antes de raíz teológica 
secularizada, se han desgajado definitivamente de aquella fuente y ya no 
aseguran su autonomía.
El puesto de la política es ocupado por reclamaciones individualistas o 
grupales surgidas en la “sociedad civil”, cuyo único cemento espiritual es 
la ideología de los human rights y la persecución exacerbada de la 
“realización” individual. Como sostiene un autor, se está aprendiendo la 
política sin el cielo-no con el cielo, ni en el lugar del cielo, ni contra 
él, sino prescindiendo de lo celeste. La apatía y hasta la huída de la 
política resultan su inmediata consecuencia.
En el escenario global del nuevo milenio, con su patético empuje a los 
extremos, que se expresan en posiciones reductivas y paródicas, la 
teopolítica islámica y el fundamentalismo religioso norteamericano, 
sustentado en las “relaciones carnales” de los EE.UU. con el Dios cristiano, 
van en rumbo cierto de colisión. Unas caricaturas desdichadas reavivan el 
conflicto en el seno de una Europa que se ha olvidado la teología y descree 
de la política. Latinoamérica, mientras intenta aún dormitar en medio de 
esta vigilia exasperada, cree haber redescubierto la gran política en las 
disputas de un aviario donde se tropiezan el guacamayo, el condorito y el 
pingüino.-
-Notas-
[1] ) Ability to wage ‘Long War’ is key to Pentagon Plan (La capacidad para 
librar una “Guerra Larga” es clave para el plan del Pentágono), por Ann 
Scott Tyson, The Washington Post, 4/2/06.
[2] ) El sincretismo teológico conduciría, como anota Raimundo Pannikar, a 
la negación de la existencia particular de las religiones. Las aniquilaría 
en nombre de una religión supuestamente más pura y más perfecta, no 
profesada particularmente por nadie; esto es, por una superreligión 
inhumana.
[3] ) El mismo nombre Mahoma, según fuentes islámicas, no sería una 
traducción de Muhammad, sino una deformación grotesca.
[4] ) La fuente islámica de la obra dantesca fue sostenida por Miguel Asín 
Palacios en trabajos ya clásicos.
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