[R-P] ¿Quieren Estados Unidos e Israel un Oriente Próximo sumido en una guerra civil?

Patricia H.A. desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Mie Dic 27 12:32:25 MST 2006


¿Quieren Estados Unidos e Israel un Oriente Próximo
sumido en una guerra civil? 

Jonathan Cook
The Electronic Initfada

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales
Bastos 

La era del Oriente Próximo fuerte, apuntalado por
occidente y obediente a la política occidental parece
definitiva y verdaderamente terminada. Su poder está
siendo reemplazado por el gobierno por medio de la
guerra civil, al parecer el modelo favorito del
gobierno estadounidense en toda la zona.

Los territorios palestinos ocupados, Líbano e Iraq
amenazan con sumirse, o ya lo están, en luchas
fraticidas. Siria e Irán podrían ser pronto los
próximos, destrozados por ataques que, según se dice,
está planeando Israel en nombre de Estados Unidos. Es
probable que las repercusiones puedan consumir la
zona.

A los políticos occidentales les gusta describir la
guerra civil como una consecuencia del fracaso de
occidente en intervenir más eficazmente en Oriente
Próximo. Si nos hubiéramos comprometido más en el
conflicto israelo-palestino, o nos hubiéramos opuesto
más agresivamente a las manipulaciones sirias en
Líbano, o hubiéramos sido más prácticos en Iraq, se
habrían podido evitar las luchas. Lo que subyace a
ello, por supuesto, es que sin el benévolo
asesoramiento occidental, las sociedades árabes son
incapaces de salir por sí mismas de su primario estado
de barbarie.

Pero, de hecho, cada uno de estos desmoronamientos de
los valores sociales parecen haber sido maquinados ya
sea por Estados Unidos o por Israel. En Palestina,
Líbano e Iraq la diferencia sectaria es menos
importante que un conflicto de ideologías políticas e
intereses mientras facciones rivales discrepan acerca
de someterse, o resistir, a las interferencias
estadounidenses o israelíes. De dónde derivan las
facciones sus fondos y su legitimidad -la opción se
limita cada vez más a Estados Unidos e Irán- parece
determinar su posicionamiento en esta confrontación.

Palestina está conmocionada porque los ciudadanos
palestinos están divididos entre su democrático deseo
de ver que se opone resistencia a la ocupación israelí
-en elecciones libres mostraron que creían que Hamas
era el partido mejor situado para llevar a cabo este
objetivo- y la necesidad básica de poner comida en la
mesa para sus familias. El asedio económico conjunto
israelí e internacional al gobierno de Hamas, y a la
población palestina, ha hecho inevitable una amarga
lucha interna por el control de los recursos.

Líbano se está desmoronando porque los libaneses están
divididos: algunos creen que el futuro del país radica
en atraer capital occidental y en dar la bienvenida al
abrazo de Washington, mientras que otros consideran
que los intereses estadounidenses son una tapadera
para que Israel realice su antiguo diseño de convertir
Líbano en un Estado vasallo, con o sin una ocupación
militar. El lado que elijan los libaneses en el actual
pulso refleja su opinión acerca de lo plausibles que
son las afirmaciones de la benevolencia occidental e
israelí.

Y la carnicería en Iraq no es simplemente el resultado
de la anarquía -como se suele describir- sino que
también tiene que ver con los grupos rivales, los
imprecisos "insurgentes", que utilizan diferentes y
contradictorias estrategias: tratan de derrocar a los
ocupantes anglo-estadounidenses y castigar a los
iraquíes sospechosos de colaborar con ellos; obtienen
beneficios del régimen títere iraquí y se disputan
posiciones influyentes antes de la inevitable salida
triunfal de los estadounidenses. 

Se podían haber previsto todas estas consecuencias en
Palestina, Líbano e Iraq - y casi con seguridad lo
fueron. Más aún, cada vez parece más probable que las
crecientes tensiones y carnicería fueron planeadas.
Más que el problema sea la ausencia de la intervención
occidental, parece que el objetivo de la intervención
es, precisamente, la violencia y fragmentación de
estas sociedades.

En Gran Bretaña han aparecido pruebas que sugieren que
ése fue el caso en Iraq. El testimonio ofrecido por un
importante alto cargo británico a la comisión de
investigación Butler de 2004, que investigó los
errores garrafales de la inteligencia durante el
periodo previo a la invasión de Iraq, fueron
tardíamente publicados esta semana, tras los intentos
del Foreign Office de silenciarlo.

Carne Ross, un diplomático que ayudó a negociar varias
resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas, declaró a la comisión de investigación que los
altos cargos británicos y estadounidenses sabían muy
bien que Sadam Husein no tenía armas de destrucción
masiva, y que derrocarlo llevaría al caos.

"Recuerdo que varias ocasiones el equipo británico
formuló con palabras este punto de vista durante
nuestras discusiones con Estados Unidos (que estaban
de acuerdo)", afirmó, y añadió: "Al mismo tiempo,
cuando Estados Unidos sacaba a relucir el asunto,
muchas veces argumentábamos que el 'cambio de régimen'
no era aconsejable, más que nada por la razón de que
Iraq se sumiría en el caos".

La pregunta obvia, entonces, es ¿por qué Estados
Unidos querría la guerra civil que asola todo Oriente
Próximo y que, aparentemente, amenaza intereses
estratégicos como el suministro de petróleo y la
seguridad de un aliado regional clave, Israel?

Hasta la presidencia de Bush hijo, la doctrina
estadounidense en Oriente Próximo ha sido instalar o
apoyar hombres fuertes, mantenerlos o sustituirlos
cuando caían en desgracia. Entonces, ¿por qué el
dramático y, cuando menos aparentemente,
incomprensible cambio de política?

¿Por qué permitir el aislamiento y humillación de
Yasser Arafat en los territorios ocupados, seguido por
Mahmoud Abbas, cuando ambos podrían haber sido
cultivados fácilmente como hombres fuertes si se les
hubieran dado las herramientas que implícitamente
prometió el proceso de Oslo: un Estado, la pompa del
cargo y los medios coercitivos para imponer su
voluntad sobre grupos rivales como Hamas? Con escasas
concesiones a Israel que mostrar durante años de,
ambos les parecían a los palestinos más perritos
falderos que rottweilers.

¿Por qué armar un escándalo repentino e innecesario
acerca de la interferencia de Siria en Líbano, una
interferencia que occidente alentó en un principio
como un modo de mantener tapada la violencia sectaria?
¿Por qué desbancar a Damasco de la escena y promover
entonces una "Revolución del Cedro" que le hizo el
juego a los intereses de una sola sección de la
sociedad libanesa y siguió ignorando las inquietudes
de la comunidad más grande e insatisfecha, los chiís?
¿Qué podría resultar de esto sino la explosión del
resentimiento y la amenaza de la violencia?

¿Y por qué invadir Iraq con el falso pretexto de
localizar armas de destrucción masiva y el
derrocamiento del dictador, Sadam Husein, que durante
décadas había sido armado y apoyado por Estrados
Unidos y había mantenido a Iraq unido de manera eficaz
aunque despiadada? De nuevo, gracias al testimonio de
Carne está claro que nadie en los servicios de
inteligencia pensaba que Sadam planteara realmente una
amenaza para Occidente. Incluso si había que
"contenerlo" o posiblemente reemplazarlo, como
parecían creer los predecesores de Bush, ¿por qué el
presidente decidió simplemente derrocarlo, dejando un
vacío de poder en el corazón de Iraq?

La respuesta parece tener relación con el ascenso de
los neocons, que finalmente se hicieron con el poder
con la elección del presidente Bush. La página web más
popular de Israel, Ynet, observó hace poco acerca de
los neocons: "Muchos son judíos que comparten el amor
a Israel."

La visión de los neocons de la supremacía global
estadounidense está íntimamente unida a la supremacía
regional de Israel, y depende de ella. No se trata
tanto de que los neocons elijan promover los intereses
de Israel por encima de los de Estados Unidos como de
que ellos consideran inseparables e idénticos los
intereses de ambas naciones.

Aunque se suelen identificar con la derecha israelí,
la alianza política de los neocons con el Likud
refleja fundamentalmente su apoyo a adoptar medios
beligerantes para alcanzar sus objetivos políticos,
más que a los propios objetivos.

El objetivo constante de la política israelí, de
izquierda y de derecha, ha sido durante décadas
adquirir más territorio a expensas de sus vecinos y
consolidar su supremacía regional por medio del
"divide y vencerás", particularmente de sus vecinos
más débiles, como los palestinos y los libaneses.
Siempre ha abominado el nacionalismo árabe,
especialmente la variedad baathista en Iraq y Siria,
porque parecía inmune a las intrigas israelíes.

Durante muchos años Israel favoreció el mismo enfoque
colonial que occidente utilizó en Oriente Próximo,
donde Gran Bretaña, Francia y después Estados Unidos
apoyaron a dirigentes autocráticos, generalmente de
poblaciones minoritarias, para gobernar sobre la
mayoría en los nuevos Estados que habían creado, ya
fueran cristianos en Líbano, alhuitas Siria, sunniís
in Iraq, o hachemitas en Jordania. De este modo las
mayorías se debilitaron y las minorías se vieron
obligadas a hacerse dependientes de los favores
coloniales para mantener su posición privilegiada. Por
ejemplo, la invasión israelí de Líbano en 1982 fue
diseñada de forma similar para ungir a un hombre
fuerte cristiano y títere de Estados Unidos, Bashir
Gemayel, como un presidente dócil que estaría de
acuerdo con una alianza anti-siria con Israel.

Pero décadas de controlar y oprimir a la población
palestina permitieron a Israel desarrollar un enfoque
diferente al divide y vencerás, que se puede denominar
caos organizado, o el modelo de "discordia", uno que
vino a dominar primero sus ideas y luego las de los
neocons.

Durante su ocupación de Cisjordania y Gaza, Israel
prefirió la discordia a un hombre fuerte, consciente
de que el prerrequisito para este último habría sido
la creación de un Estado palestino y suministrarle una
fuerza de seguridad bien armada. Ninguna de esas
opciones fue nunca contemplada seriamente.

Sólo brevemente y bajo presión internacional Israel
fue obligado a transigir y a adoptar parcialmente el
modelo de hombre fuerte permitiendo la vuelta de
Yasser Arafat del exilio. Pero la reticencia de Israel
a dar a Arafat los medios para asentar su gobierno y
suprimir a sus rivales, como Hamas, llevó
inevitablemente al conflicto entre el presidente
palestino e Israel, que acabó con la segunda Intifada
y la readopción del modelo de discordia.

Este último enfoque explota los fallos de la sociedad
palestina para exacerbar las tensiones y la violencia.
Israel lo logró inicialmente promoviendo la rivalidad
entre dirigentes regionales y de clan que fueron
obligados a competir por el patrocinio de Israel. Más
tarde, Israel fomentó la emergencia del extremismo
islámico, especialmente en la forma de Hamas, como un
contrapeso para la creciente popularidad del
nacionalismo laico del partido de Arafat, Fatah.

El modelo de discordia de Israel está llegando ahora a
su apoteosis: un guerra civil de baja intensidad y
permanente entre la vieja guardia de Fatah y los
advenedizos de Hamas. Este tipo de luchas internas
palestinas agota útilmente las energías de la sociedad
y su habilidad para organizarse contra el enemigo
real: Israel y su imperecedera ocupación.

Según parece, a los neocons les impresionó este modelo
y quisieron exportarlo a otros Estados de Oriente
Próximo. Con [el gobierno] Bush lo vendieron a la Casa
Blanca como una solución a los problemas de Iraq y
Líbano, y últimamente también de Irán y Siria.

No hay duda de que el objetivo del ataque israelí a
Líbano de este verano fue provocar una guerra civil.
El ataque fracasó, como admiten incluso los israelíes,
porque la sociedad libanesa se unión detrás de la
impresionante muestra de resistencia de Hizbullah en
vez de, como se esperaba, atacar a la milicia chií.

La semana pasada la página web israelí Ynet entrevistó
a Meyrav Wurmser, una ciudadana israelí y co-fundadora
de MEMRI, un servicio que traduce los discursos de los
dirigentes árabes y sobre el que hay fuertes sospechas
de que tenga relación con los servicios de seguridad
israelíes. También es la mujer de David Wurmser, un
importante consejero neocon del vice-presidente Dick
Cheney.

Meyrav Wurmser reveló que el gobierno estadounidense
había dado largas públicamente al asunto durante el
ataque israelí a Líbano porque esperaba que Israel
extendiera su ataque a Siria.

"El enfado [en la Casa Blanca] se debía al hecho de
que Israel no luchó contra los sirios ... Los neocons
son responsables de que Israel se tomara mucho tiempo
y espacio... Creían que permitiría ganar a Israel. En
gran parte se debía la idea de que Israel lucharía
contra el enemigo real, el que respalda a Hizbullah.
Era obvio que es imposible luchar directamente contra
Irán, pero la idea era que se iba a atacar al
importante y estratégico aliado [Siria] de Irán".

Wurmser continuó: "Para Irán es difícil exportar su
revolución chií sin unirse Siria, que es el último
país nacionalista árabe. Si Israel hubiera atacado a
Siria, hubiera sido un golpe tan duro para Irán que le
hubiera debilitado y cambiado el mapa estratégico de
Oriente Próximo".

Los neocons hablan mucho de cambiar el mapa de Oriente
Próximo. Igual que Israel está desmembrando los
territorios ocupados en ghettos aún más pequeños, Iraq
está siendo despiezado en mini-Estados enfrentados. Se
espera que la guerra civil desvíe las energías
iraquíes de la resistencia a la ocupación
estadounidense y hacia consecuencias más negativas.

Parece que a Irán y Siria les esperan destinos
similares, al menos si, a pesar de que su influencia
está languideciendo, los neocons logran llevar a cabo
su visión durante los dos últimos años de [gobierno
de] Bush.

La razón es que parece que Israel y sus aliados
neocons tienen un enorme interés en un Oriente Próximo
caótico y enfrentado, aunque para otros observadores
más informados esto sea un desastre. Aquellos creen
que todo Oriente Próximo puede ser controlado con
éxito de la misma manera que Israel ha controlado a la
población palestina dentro de los territorios
ocupados, donde se han acentuado las divisiones
religiosas y laicas, y dentro del propio Israel, donde
durante muchas décadas los ciudadanos árabes fueron
"des-palestinizados" y convertidos en musulmanes,
cristianos, drusos y beduinos inactivos y faltos de
identidad.

Esta conclusión puede parecer insensata, pero también
lo es la idea de la Casa Blanca de que está envuelta
en un "choque de civilizaciones" que puede ganar con
una "guerra contra el terrorismo".

Todos los Estados son capaces de actuar de una manera
irracional o auto-destructiva, pero Israel y quienes
lo apoyan parecen más vulnerables a este defecto que
la mayoría. La razón de ello es que la percepción que
tiene Israel de su zona ha sido fuertemente
distorsionada por la ideología oficial del Estado, el
Sionismo, que es la creencia en el derecho inalienable
de Israel a preservarse a sí mismo como un Estado
étnico, por sus confusas ideas, extrañas para una
ideología laica, acerca de los judíos que retornan a
una tierra prometida por Dios, y por su desprecio, y
negativa a entender, por todo lo que sea árabe o
musulmán.

Más locos somos nosotros si esperamos un
comportamiento racional de Israel o de sus aliados
neocons.

Jonathan Cook es un escritor y periodista que vive en
Nazareth, Israel. Su libro, Blood and Religion: The
Unmasking of the Jewish and Democratic State, está
publicado por Pluto Press



 
   
   
   
  "Yo como tú amo el amor, la vida, el dulce encanto de las cosas, el paisaje celeste de los días de enero. También mi sangre bulle y río por los ojos que han conocido el brote de las lágrimas. Creo que el mundo es bello, que la poesía es como el pan, de todos. Y que mis venas no terminan en mí, sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida, el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos' Roque Dalton García


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