[R-P] Botelleros, el último grito orillero

Edgar Schmid condornacional en yahoo.com.ar
Mie Dic 20 08:25:48 MST 2006


Botelleros, el último grito orillero
                                                      
                    Alberto Buela

"Viejo puente, solitario y confidente, 
sos la marca que en la frente 
el progreso le ha dejado al suburbio revelado 
que a su paso sucumbió," 

son estos unos versos del tango Puente Alsina. 

Y vienen a cuento porque ayer se produjo allí una
batahola fenomenal entre los viejos botelleros y la
policía. 

No es para menos los botelleros han sido desplazados
lentamente durante estos últimos años de su lugar
natural de trabajo, las calles porteñas, por los
noveles cartoneros.

Y este enfrentamiento sangriento y durísimo con la
policía en el mismísimo Puente Alsina, llamado por los
vecinos Uriburu, se veía venir. 

Es que los cartoneros , y con esto no queremos de
ninguna manera disimular ni disminuir sus sufrimientos
y carencias, son políticamente hablando los niños
mimados del poder y el progresismo cultural. En una
palabra son políticamente correctos. 

Tienen sus trenes blancos, sus subsidios, sus
comedores, sus socios en los porteros de los edificios
bacanes, etc.etc.

En tanto que los viejos botelleros, sufrientes y
carecientes tanto como los otros, son perseguidos por
la policía cuando son incautados sus carros y sus
caballitos criollos de tranco corto, de aliento largo
y de instinto fiel, tal como los pintara Belisario
Roldán en aquellos viejos versos de la escuela
primaria.

Es que los botelleros, algunos los llaman
despectivamente carreros  representan, sin saberlos
ellos, lo políticamente incorrecto. Claro, cómo no lo
van a ser si por la calle gritan a voz en cuello
botelleeeeeeero. A diferencia del trabajo silencioso y
umbrío de los cartoneros que hurgan en las bolsas de
basura.
 
Además, ellos van carro tirado por caballos y no
hacen, ellos mismos, de noble bruto como los pobres
cartoneros, que son su propio caballito. Y esta es una
diferencia sustancial, porque cualquiera que monte o
haya montado a caballo se da cuenta de la dignidad que
ello significa. El mundo y las cosas se ven distintas,
y no sólo porque se ven en altura sino porque se
siente el sostén y la fuerza de la noble bestia. El
botellero en su carro es un mayoral, es un señor,
tiene la dignidad y la autoestima de ser un hombre
hecho y derecho, que no ha sido reducido aún a la
función de bestia. 

Recordemos, por caso, la famosa admiración que se
despertaba en los visitantes de la Gran Aldea cuando
veían los mendigos a caballo.

Claro está, para las señoras gordas de la  copetuda
sociedad protectora de animales estos carreros son
unos salvajes, son la barbarie sarmientina. Nadie
excusa a aquellos de éstos botelleros que pueden
maltratar a sus animales, pero son la ínfima minoría,
porque el animal es su fuente de trabajo y casi todos,
por no decir todos, lo cuidan con esmero. 

Cómo no lo vamos saber fehacientemente nosotros,
quemeros, que durante más de veinte años ayudamos a
herrarlos en las herrerías de Valo, Chiquito García,
el tano Pierino, el Negro Vázquez y tantos otras que
rodean la Capital Federal. ¡qué sabe el gringaje!.

Seguramente la policía federal se va a apoyar en la
ordenanza municipal de la época de la dictadura de
Onganía que prohibió la tracción a sangre en Buenos
Aires, y las sociedad protectora de animales no dejará
de condenar a los bárbaros, y las autoridades de la
Coorporación Buenos Aires observarán divertidas desde
sus oficinas en lo alto del Puente Alsina como lidian
los botelleros por atravesarlo con sus carros.

Y en el mientras tanto, el pueblo porteño, que casi no
se enteró de esta manifestación brutalmente reprimida
porque los grandes diarios no recogieron la noticia,
asistió indiferente al último grito orillero que se
escuchó en Buenos Aires.

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