[R-P] [E. Lacolla] Pinochet, el dictador descartable
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Lun Dic 11 14:07:54 MST 2006
[Esto se publicó hoy en "La Voz del Interior", el principal diario
comercial de Córdoba. Años luz separan este enfoque de Izquierda
Ncional con respecto al lagrimeo afectado de quienes llevaron al
desastre al pueblo chileno, se hicieron los desentendidos a la hora
de saber quién tenía qué responsabilidad, y terminaron en las fauces
del demonio... para finalmente terminar siendo los continuadores
"concertados" y "democráticos" del Chacal]
El dictador descartable
Por Enrique Lacolla
La parábola de Augusto Pinochet Ugarte es representativa de una
etapa: poco interesante como individuo, adquiere relieve como
exponente de un proceso caracterizado por la saturación de todos los
espacios ideológicos por un discurso que alterna la violencia con la
persuasión para generar dependencia.
No fue quizá el peor, pero sí fue el primero, el más emblemático y el
más cazurro de los dictadores que pusieron en escena al modelo
generado por la Escuela de las Américas y el Departamento de Estado
para poner en caja a Latinoamérica, a la hora en que la esperanza
alternativa fraguada por la revolución cubana colisionaba con las
pautas de la guerra fría y con el paso inicial y decisivo del modelo
globalizador en esta parte del mundo.
Augusto Pinochet Ugarte no fue importante por sí mismo, pese a
ciertos rasgos originales que lo distinguieron de las figuras aun más
deslavazadas que en los '70 llevaron adelante una política de tierra
arrasada que quebró, en todo el subcontinente, los modelos de
resistencia populista junto a las insurgencias inspiradas en la
"teoría del foco". Fue un ejecutor, provisto de la habilidad política
y del carácter implacable que su papel requería, de proyectos que lo
excedían, dando también expresión a la gazmoñería y al prejuicio de
una vasta gama de sectores del país trasandino, cuya sociedad era (y
es todavía, en cierto modo) más estamentada y menos flexible de lo
que llegara a hacerse la nuestra después de las experiencias
aluvionales de la inmigración y el peronismo.
En ese Chile rigurosamente estructurado de comienzos de los '70 se
libró la más característica batalla entre los cambios a escala
planetaria, que propulsaban hacia la hegemonía norteamericana en
Sudamérica, y las difusas resistencias populares a los mismos. El
arribo al gobierno de un presidente socialista que no disimulaba sus
simpatías por Fidel Castro, las dificultades socioeconómicas
derivadas de la caída del precio internacional del cobre, la
infatuación revolucionaria de los sectores de la ultraizquierda que,
como en otras partes de América Latina, se sobrevaloraban a sí mismos
e infravaloraban los obstáculos que se alzaban ante ellos,
contribuyendo a fortalecerlos al embestir ciegamente a la sociedad
como a un todo, resultaron fatales para la ecuación progresiva que
había instaurado el gobierno de la Unidad Popular. Al revés de lo que
sucedió poco más tarde en nuestro país, donde el golpe de 1976 contó
con la complicidad activa de los sectores del privilegio, pero sólo
con un consenso atemorizado del grueso de la sociedad, en el momento
del bombardeo al Palacio de la Moneda, Chile se hallaba
efectivamente dividido entre partidarios y enemigos del gobierno.
Este fue el capital sobre el que el general Pinochet construyó
después su prolongado poder. En efecto, lejos de ser, como sus pares
argentinos, un mero gerente de la corporación militar y un fusible
para esta, se erigió en un polo que convocaba lealtades civiles al
brindarse como garantía personal para todos los que conservaban una
rencorosa memoria del gobierno de la Unidad Popular, de sus
expropiaciones y de una política social que los había agraviado, sea
en sus intereses o en sus prejuicios.
El conservador
Desde el poder, Pinochet favoreció una redefinición radical de los
objetivos económicos. Chile se convirtió en discípulo aventajado de
los profetas del neoliberalismo, con una fortísima redistribución del
ingreso a favor de los sectores privilegiados, consumando así la
primera experiencia en gran escala en el sentido de utilizar el
terror político para favorecer la liberalización económica. El
experimento se impuso más rápidamente que en otras partes justamente
por el carácter más rígido y menos diferenciado de la sociedad
chilena. En la Argentina hubo que esperar la virtual desintegración
del Estado como consecuencia del desgobierno militar, la catástrofe
de una hiperinflación inducida y al torpedeamiento de las posturas
defensistas en materia económica por el mismo partido popular que
hasta allí las había propugnado, para asistir a un desmalezamiento
del terreno que neutralizó la resistencia e hizo posible la
imposición del nuevo modelo. El proceso llevó quince años y no meses.
De todas maneras la primera fase de la experiencia chilena se cerró
asimismo de una manera lamentable. Hacia finales de la primera década
de gobierno pinochetista el producto por habitante era un 3,5 % menor
que en 1973, la industria manufacturera involucionaba como
consecuencia de la depresión del mercado interno y la estamentación
social por nivel de ingresos se hacía más rígida que nunca.
El pragmático
Hombre pragmático, Pinochet no vaciló en reformular los pilares de su
política. Su equipo económico subió de un 10 a un 35 % los aranceles
a la importación, se estableció un tipo de cambio favorable para las
exportaciones que protegía la actividad interna y se reguló
fuertemente el mercado de capitales. Y Chile emergió del estado de
casi colapso al que había sido inducido hasta configurarse, gracias a
un sabio dosaje de regulación estatal y de aliento a la actividad
privada, como una sociedad relativamente equilibrada. Este equilibrio
habría de crecer con la instauración del gobierno democrático, que
incrementó en forma continuada el salario mínimo.
Al abandonar el gobierno a principios de los '90 Pinochet, como
Franco en España, dejó a su país en una situación considerablemente
mejor a aquella en la que lo había tomado; aunque desde luego no se
puede ignorar el papel que ambos jugaron para generar las catástrofes
en las que hicieron pie para propulsarse al gobierno: la guerra civil
y el golpe de Estado.
Némesis y final
Pero Pinochet, quien con su voz aflautada, su empaque y su propensión
al sarcasmo frío compartía no poco del extraño carisma de Franco, que
consistía en no tener ninguno, al revés de este no pudo, pese a su
astucia, ni conservar el gobierno hasta el último instante, ni
preservarse de la revancha de aquellos a quienes había humillado y
ofendido. Tras haberse blindado detrás de una amnistía, de una
comandancia en jefe del Ejército que conservó mientras le fue
físicamente posible, y de una senaduría vitalicia, cayó víctima de su
debilidad por Inglaterra.
¿Quién lo indujo a operarse en Londres en 1998? Aparentemente el ex
dictador no comprendió que si él no era ya útil para el sistema
global al que había ayudado a imponerse, conservaba cierto valor de
cambio como víctima propiciatoria de una justicia en vías de tornarse
internacional y que, operando con mirada selectiva, puede ayudar a
reforzar el velo de hipocresía que rodea a la actualidad mundial.
Nadie va a reclamar a Bill Clinton o a George Bush I y II para que
respondan por los destrozos provocados por los bombardeos e
invasiones que han propulsado, pero el viejo lobo de la Moneda,
desdentado e inútil, pudo suministrar un capítulo para la fábula
hollywoodense de que el crimen no paga.
Y bien, paga. Sólo que los delincuentes menores (por la entidad del
poder que acumulan, no por la naturaleza de sus crímenes) lo tienen
más difícil. Aunque la astucia de Pinochet (y la benevolencia del
sistema de poder) lo sacaron de la encerrona londinense, a partir de
entonces se convirtió en una persona acosada. Se cayó del pedestal al
que se había subido y, si bien pudo seguir escapando a la justicia en
base a un sinfín de triquiñuelas legales, no pudo eludir el desdoro
que supuso la revelación de sus cuentas en el extranjero ni la
recurrente injuria que para él y sus seguidores implicó la constante
remisión a los tribunales.
Ahora se ha ido. No deja mucho a sus espaldas, fuera de los malos
recuerdos. A lo más, una figura emblemática de Tirano Banderas, que
suministrará no poca materia para los investigadores del esperpento
histórico.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
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