[R-P] [R. Isman]

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Vie Ago 25 09:59:56 MDT 2006


Blumberg: Licurgo trucho de la posmodernidad

Por Raúl Isman*


Los derechos humanos no son para ustedes, son para los delincuentes.
Juan Carlos Blumberg, durante una marcha de vela blanca.

Lo que se ha demostrado siempre es que la mano dura no sirve.
(La mano dura) puede parecer que da resultados, pero no da.
Si tenemos la paz de los cementerios, evidentemente los muertos no 
deben tener sensación de inseguridad.
Carmen Argibay. Jueza de La Corte Suprema.

El ingeniero Blumberg no quiere solucionar los problemas de la 
inseguridad, sino que quiere impunidad para los genocidas de la 
dictadura militar.
Luís D'Elía. Subsecretaría de Tierras para el Habitat Social


En las siguientes líneas se analizará el problema de la (in)seguridad 
y en este contexto la aparición de la figuración masmediatica del 
ingeniero Juan Carlos Blumberg, persona digna de consideración en 
función del sufrimiento que lo catapultó a la consideración pública: 
el asesinato de su único hijo secuestrado por una banda delictiva. 
Pero no menos verdad es que desde entonces se arrogó un papel de 
verdadero Licurgo (el mitológico legislador que, según Tucídedes, 
dictó y estructuró la Constitución de los Espartanos), rol para el 
cual no se halla dotado desde un punto de vista jurídico-técnico, ni 
político y menos aún desde otros puntos de vista.

La severa imagen catoniana de Blumberg en el Congreso Nacional, en 
ocasión de votarse diversas leyes relacionadas con la represión de la 
delincuencia ya es parte de la memoria colectiva y da cuenta de lo 
que afirmamos. Además, demuestra la debilidad del poder político 
frente a la presión de los medios masivos de comunicación, verdaderos 
responsables de la sensación de inseguridad. Entiéndase, no es que 
neguemos la existencia de los ladrones, violadores y otros 
transgresores de la ley. Sólo afirmamos que es un embuste la 
percepción gestada mediaticamente de un enfrentamiento, con contornos 
de guerra civil, entre una cierta sociedad decente y el mundo del 
delito. Las leyes votadas a las apuradas en 1994 resultaron un 
mamarracho jurídico- en la opinión de destacados juristas- que 
tornaron más inoperantes las herramientas legales, pero permitieron 
en su momento contener la marea blumberista. Las marchas con blancas 
velas de aquel año, no hay que olvidarlo, constituyeron la punta de 
lanza de la contraofensiva reaccionaria contra el acto del 24 de 
marzo en la E.S.M.A. 

Por otra parte, la oposición constante del ingeniero a la gestión 
ejemplar del Ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, 
León Carlos Arslanián; el modo en que se opuso a la discusión de un 
necesario nuevo código penal para la nación (proyecto que ni siquiera 
conocía); su prédica para hacer trabajar a los presos (¿es malo que 
estudien?); su presión para obligar a los jueces a que los medios lo 
fotografiaran en el juicio por el asesinato de su hijo Axel; su 
iniciativa para reducir la edad de imputabilidad de los menores 
(¿buscará construir penales-guaderías?), y otras actitudes que 
sumadas a la debilidad de los poderes nos permiten denominar a 
Blumberg como una suerte de gran censor o de Licurgo trucho.

El contexto más general de la temática desarrollada en el siguiente 
artículo es la pretensión del poder económico de congelar la 
(injusta) distribución del ingreso observada en el país. En efecto, 
la derecha agita el problema de la delincuencia, de modo de afirmar 
en la agenda pública la cuestión del endurecimiento del estado, 
ilegitimando además la temática íntegra de los derechos humanos, como 
da cuenta la frase del ingeniero usada como epígrafe de esta nota. 
Así, una formación estatal gendarme no cumpliría las necesarias 
acciones para favorecer a los sectores populares- salud, educación, 
obras públicas, intervención en los mercados, entre otros- y no sólo 
por una cuestión de recursos. Lo central es la instalación de una 
agenda pública con contenidos opuestos a los intereses populares.

Veamos, en principio, la más que limitada visión de la cuestión 
delincuencial padecida por este bloque reaccionario, contumaz tuerto 
del hemiciclo izquierdo. La inseguridad se refiere exclusivamente al 
miedo que asalta a sectores medios y altos frente a la delincuencia 
común. Jamás se verá a los cruzados de vela blanca en el velatorio de 
un muchacho víctima del gatillo fácil, y no porque falten casos. ¿No 
son sujetos merecedores de condiciones de vida seguras los habitantes 
de villas, asentamientos y barrios populares? No existe una sola 
denuncia realizada por los militantes de la seguridad; mucho menos 
acción concreta, contra la prepotencia y la arbitrariedad de fuerzas 
policiales, sean provinciales o federales, en ámbitos humildes. Nada 
casualmente, un dirigente de una organización social denomina a la 
policía como fuerza de ocupación en los barrios. En cambio, el 
blumberismo en pleno y todas sus variantes se caracterizan por pedir 
mano libre para la represión policial, institución que se hallaría 
con las manos atadas por causa del garantismo predominante. En el 
caso de connotados integrantes de esta logia autoritaria (el ex 
comisario Luís Abelardo Patti, el presentador de banalidades 
televisivas Gerardo Sofovich, entre otros) se ha llegado a 
reivindicar explícitamente la tortura, como método de interrogación 
de detenidos.

Pero analicemos la cuestión de la delincuencia y la inseguridad con 
una pizca de rigor y tratando de ser abarcativos. No existe en todo 
el orbe estado alguno que asegure a sus ciudadanos que nada les 
pasará frente a los mil y un peligros que acechan en la vida 
cotidiana. No hay modo de copar las calles con policías de manera de 
asegurar a la ciudadanía la total garantía de no sufrir percance 
alguno. Siempre y cuando la policía estuviera para cuidar a la 
población y no para garantizar zonas libres para el delito. Piénsese 
en la enorme cantidad de esquinas de la ciudad de Buenos Aires, por 
no hablar de -por ejemplo- vigilar los cientos de kilómetros de vías 
férreas del conurbano. Es imposible asegurar a los usuarios del tren 
la garantía absoluta de no recibir piedrazos, balazos, proyectiles 
diversos o agresiones multifacéticas. Ni un estado ultramilitarizado 
podría siquiera prometer seriamente la plena seguridad para todos los 
ciudadanos. De modo que la intención de los generadores de este 
discurso es circunscribir la temática a debatir, forzando la 
instalación de ciertas cuestiones que les importan -arbitrariamente, 
además- y desechando los contenidos más favorables al pueblo. Para 
decirlo de modo sencillo, si se habla de inseguridad referida 
exclusivamente a los delincuentes, no se habla por ejemplo, de los 
trabajadores, que al decir de Cacho Fontana con seguridad, se hallan 
despojados de sus derechos fundamentales por el despotismo del 
capital en la vida económica.

La coalición que muy mal se esconde detrás de la figura del Licurgo 
posmoderno y del problema de la inseguridad tiene una orientación y 
un signo político indudablemente derechistas, pese a su pretendido 
apartidismo. Por si hiciera falta demostrarlo, el máximo responsable 
massmediático es Bernardo Neustadt. Tal vez si el mencionado corifeo 
se hubiera molestado por la vida y la seguridad de los ciudadanos 
durante la sangrienta dictadura militar (1976-1983), podríamos creer 
que es un tema que le preocupe sinceramente.  Pero da la casualidad 
que muy lejos de tal preocupación, en aquellos años infames defendía- 
con el ardor militante de un joven- la masacre. Y en la actualidad, 
es un entusiasta admirador de los represores. Por cierto que lo único 
que le provoca mayor nostalgia que el período militar citado es el 
gobierno de Menem. Nunca está de más recordar que durante el 
latrocinio riojano se gestaron las condiciones de pobreza; a su vez, 
causa más general para el incremento de la delincuencia común. En los 
primeros días de agosto impulsó una marcha que -en un paroxismo del 
cinismo- denominó por la vigencia de la constitución, como si la 
época 1976-1983 hubiese pasado a la historia por el extremo y 
puntilloso respeto por la vida humana y las formas legales. Por 
fortuna, sólo se dieron cita unos pocos y contados monstruos, que 
hicieron gala de un gusto tanático digno de la mayor reprobación por 
parte del pueblo.

El contenido concreto del discurso por la seguridad no puede ser más 
patético. Apoyado en un verdadero bombardeo de los grandes medios de 
difusión, que permanentemente tratan de aterrorizar a la población, 
la derecha pretende que vastos sectores de nuestro pueblo se 
convenzan que el único problema que padecen es la existencia de la 
delincuencia. Y que además, en la versión más descarada, como la de 
Daniel Haddad, los culpables de robos, hurtos, asesinatos y 
violaciones se reparten por igual entre inmigrantes bolivianos y 
jueces garantistas. 

En los noticieros de ciertos medios se tergiversa la realidad, como 
si el escenario fuera una verdadera guerra civil entre la 
delincuencia y la gente honesta. Según la jueza de la Corte Suprema 
Carmen Argibay, "… no estamos convencidos de que las noticias estén 
pintando la realidad. Cuando volví de La Haya, todo el mundo me decía 
que me iba a tener que acostumbrar a que no se puede andar sola por 
la calle, a la noche, tomarte un taxi. En La Haya también hay robos, 
también roban pasacasetes y entra gente a las casas. Pero no te están 
bombardeando los medios todo el día." (Reportaje en Página 12). Un 
verdadero blanco del fuego cruzado reaccionario es el Ministro de la 
Corte Suprema Eugenio Zaffaroni. Como la versación jurídica del 
citado es incuestionable, lo denigran refiriendo cuestiones de su 
vida privada y acusándolo de pretender terminar con las penas y las 
prisiones. Sólo omiten citar en que texto el mencionado jurista 
recomendaría tal dislate. Y no lo citan porqué no existe.

El discurso de los sectores autoritarios, además de marcadamente 
falaz tiene una clara direccionalidad. "La situación de la violencia 
y la criminalidad en la Argentina es peor que en Colombia, me 
entiende", dice sin ponerse colorado Blumberg.  "No se puede caminar 
por la calle sin que te roben o te maten por un par de medias", 
repiten diversas personas mientras pasean por plazas, shoppings y 
avenidas con total tranquilidad. "Los delincuentes entran por una 
puerta y salen por la otra".  Sólo les falta explicar de donde salen 
los miles de presos que colapsan los penales y las comisarías, en 
particular en la provincia de Buenos Aires. En general, es un clásico 
que se niegan a correlacionar la situación social con el avance de la 
delincuencia. Por le contrario, todos los estudios sociológicos 
serios demuestran la existencia de los niveles de relación citados. 
Por lo tanto, es preciso decirlo con claridad: si no se baja 
radicalmente la pobreza es imposible disminuir de modo drástico la 
delincuencia común. Por otra parte y por cierto, esta nunca se 
disolverá de modo definitivo.

Es muy frecuente escuchar que "Los jueces y las leyes aseguran la 
impunidad". No se trata de defender en abstracto y en su totalidad a 
magistrados y herramientas legales, sino de realizar los análisis 
pormenorizados del caso. Así veremos que en esta cuestión se perfila 
el carácter social (de clase) y aún racista de la prédica de las 
derechas. La típica ley que amplió la impunidad, según los cultores 
de la mano dura, es la denominada "del 2x1", ley que permite computar 
doble el tiempo transcurrido en prisión sin proceso. Los diversos 
impulsores de la mano dura, entusiastas de la vela blanca, represores 
reconvertidos en comentaristas televisivos y otras especies 
paleolíticas realizan constantes campañas contra la ley de marras. 
Pero nada dijeron cuando el beneficiario podía resultar, por ejemplo, 
un profesional de clase media y tez blanca, por añadidura. Nos 
referimos al conocido odontólogo Juan Carlos Barreda, asesino de 
cuatro mujeres. Es que el 2x1 asegura la impunidad al beneficiar a 
delincuentes provenientes de las clases bajas (o a dirigentes 
políticos populares), pero si los que zafan son semejantes social y 
racialmente hablando, no se trata ya de impunidad sino de justicia, 
para nuestros paradójicos cultores de la mano dura. ¿Tenemos derecho 
a pensar que para el manodurismo vernáculo resultan más valiosas las 
zapatillas robadas en un arrebato callejero que la vida de las 
mujeres de marras? Otro ejemplo es la condena a personas que matan 
conduciendo automóviles. Las leyes que rigen en la mayoría de las 
jurisdicciones de nuestro país, deliberadamente, ponen a salvo de 
condenas de cumplimiento efectivo a los asesinos al volante. La 
impunidad en estos casos se debe, sin dudas, a que entre estos 
criminales motorizados se reclutan muchos émulos de Marcos Di Palma 
provenientes de los estratos acomodado. Nada casualmente, cada vez 
que sale libre el victimario de alguna masacre de tránsito, no se oye 
crítica ninguna por parte de los cruzados de la mano dura. ¿No 
merecen los viandantes un poco de seguridad frente al acoso de los 
asesinos al volante? Si la causa de la muerte es la diversión de los 
jóvenes de buena situación económica no merece la misma crítica que 
los asesinatos cometidos por delincuentes comunes.

Por otra parte, la campaña ya citada en varias ocasiones tiene- pese 
a sus enunciados hipócritamente apolíticos- un claro objetivo 
ciertamente político. No es sólo lo que hemos argumentado líneas 
arriba. La finalidad fundamental o de máxima es operar en el ruedo 
público de modo de construir una oposición con alguna viabilidad 
electoral, contra el proyecto encabezado por el Presidente de la 
Nación. De mínima, restringir la agenda política de modo de 
escamotear las cuestiones que perjudican al poder económico.

Así se han santa hermanados con Blumberg Mauricio Macri, Ricardo 
Lopez Murphy, las patrullas perdidas de la guerra fría escondidas 
detrás de las polleras de la señora María Cecilia Pando de Mercado -
conocida apologeta de la tortura, el asesinato y el robo de bebes 
operados durante el golpe de 1976, como si estos no fueran delitos- 
Bernardo Neustadt y otros conocidos defensores de la violencia (de 
arriba). En el rejuntado se sintetiza lo que depara al pueblo la 
santa alianza. Empresarios que liquidaron sus empresas dejando a la 
intemperie a los trabajadores (el propio Blumberg); negociantes 
acusados de contrabando, entre otros delitos (Macri); ministros que 
presentaron como una necesidad patriótica rebajar el sueldo de las 
maestras (Lopez Murphi); represores diversos (Patti y otras 
alimañas); periodistas que jamás conocieron el significado sustantivo 
de la palabra ética (Neustadt) son sólo algunos portaestandartes de 
una causa, en la que la derecha se esconde para no enunciar sus 
verdaderos fines.

El paroxismo de estas cuestiones se alcanza cuando se observa la 
distinta vara con la cual se miden los delitos. Si se trata de 
condenar la acción de delincuentes de poca monta, mano dura. Frente a 
los delitos económicos, realizados por sectores medios y altos, la 
derecha clama contra "la falta de seguridad jurídica", que se daría 
al poner presos a los delincuentes económicos. ¿Sólo los empresarios 
merecen "seguridad jurídica"? ¿No es un derecho de los ciudadanos que 
sufren carencias sociales causadas en la desfinanciación achacable 
(entre otros motivos) a financistas intrépidos, evasores impositivos, 
dueños de talleres clandestinos, empresarios audaces, 
contrabandistas, vaciadores de bancos, entre otros "entrepeneurs"? 
Cuando se juzga a los responsables de los aberrantes crímenes 
ejecutados por la dictadura entre 1976 y 1983, la derecha afirma que 
no hay que "mirar hacia el pasado y enfocar hacia el futuro". En 
cambio, con un asalto cometido en una salidera, que también es 
pasado, piden el máximo rigor de la ley. Todos los delitos fueron 
cometidos en tiempos pretéritos, de modo que- si se afirma perseguir 
la justicia - para ser creíbles es preciso que se demande castigo 
para todos los ilícitos y no para los que son graves para la óptica 
en cuestión y luego demandar impunidad para los que son perdonables 
para la misma.

Por fortuna, las organizaciones sociales del espacio nacional y 
popular no permanecen impávidas ante el avance de la "derecha 
procesista", en palabras de Luís D'Elía. Según este referente "…Los 
movimientos sociales estamos reflexionando y convocando a nuestros 
cuadros orgánicos para evaluar la posibilidad de movilizarnos el 
mismo día y a la misma hora que Blumberg para apoyar el gobierno de 
Kirhcner…" (despacho de la agenda electrónica InfoRegión. La 
organización Libres del Sur desarrolló la semana pasada una campaña 
de afiches callejeros, identificando a Blumberg con Hitler, Massera y 
Luís Abelardo Patti. La nota discordante la dio Raúl Castells 
poniéndose del lado de los enemigos de los trabajadores y contra el 
gobierno de Kirchner. Sólo falta la inefable participación del 
Partido Obrero quién ya acompañó al ingeniero ultraderechista en una 
marcha en el año 2004. El antikirchnerismo es mal consejero.

Por fuera de considerar la conveniencia de hacer o no la contramarcha 
contra Blumberg, es preciso que el pueblo argentino en su conjunto 
pueda pensar y balancear lo que es realmente el centro del debate.

La tarea central que tiene por delante el pueblo es reconstruir la 
nación, esto es crear un país integrado socialmente, con niveles 
decrecientes de pobreza. La coalición blumberista es expresión del 
poder económico, el principal beneficiario de la disolución social y 
nacional operada en los '90. Si franjas sustantivas de nuestro pueblo 
resultan seducidas por la derecha, el proceso de reconstrucción 
nacional sufrirá limitaciones y dificultades.

*Docente, Escritor, Miembro del Consejo editorial de la Revista 
Desafíos.


Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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