[R-P] [E. Lacolla] El debate ausente
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Vie Ago 25 09:18:11 MDT 2006
[Una extraordinaria nota de Enrique Lacolla: una explosión de
brillo, compromiso y profundidad.]
El debate ausente
Por ENRIQUE LACOLLA
No se puede orientar una política nacional sin pensar la Argentina en
su dimensión dependiente, origen de sus grandes problemas, pasados y
presentes.
En una entrevista publicada en este diario a la distinguida ensayista
Beatriz Sarlo, esta adujo que al actual gobierno "no le interesa dar
grandes debates".
Es probable que tenga razón. Pero, al mismo tiempo, es imposible no
preguntarse si es sólo al Gobierno al que no le interesan los grandes
debates; uno tiene la sensación de que todos los estamentos políticos
y las fuerzas del establishment económico e incluso cultural,
prefieren rehuirlos.
Los sectores dirigentes de la Argentina contemporánea se distinguen
desde hace mucho tiempo por una obstinada elusión de la realidad. Y
tal vez quepa extender esa disposición evasiva a grandes sectores de
la sociedad toda, poco dispuesta a tomar el toro por las astas y
demasiado aturdida por un torrente mediático distorsivo y
superficial, o demasiado impactada por las terribles experiencias del
pasado reciente, como para aceptar la disciplina intelectual y el
coraje cívico que requiere la indagación crítica del presente y del
pasado.
Como dice Sarlo en el reportaje a que aludimos, falta un examen
circunstanciado de la peripecia guerrillera de los años '70, falta
una polémica sistemática dirigida a la renovación de la clase
política y falta una discusión acerca de cómo podemos hacer para
llegar a constituir una república social, amén de formalmente
democrática.
Pero faltan también algunas cosas más, añadiríamos nosotros. La
esencial es la cuestión de la dependencia económica como matriz que
modelara a la psicología de los estratos dirigentes argentinos y la
manera en que este fenómeno ha venido influyendo incluso a los
sectores progresistas de la pequeña burguesía de origen inmigratorio,
de la que Sarlo reconoce ser parte.
Desde luego que esa pertenencia es prácticamente la de casi todos
quienes hacen del trabajo intelectual y de la comunicación su modo de
vida. Pero la cuestión reside en que esa servidumbre nunca había
alcanzado una extensión tan abrumadora como hoy y en que nunca como
ahora se echasen de menos las voces discordantes con el discurso del
sistema, voces que en el pasado existieron, que estaban provistas de
una dimensión apasionada y a veces extraviada por su mismo
entusiasmo; pero que en cualquier caso iban al centro de los
problemas y sostenían sus tesis sin rendir tributo a la ambigua,
melosa e hipócrita cháchara de lo "políticamente correcto".
Ese discurso opositor no era sólo individual; era capaz de
articularse en esquemas orgánicos, como los que suministraron FORJA
(Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) o las
agrupaciones nacionalistas más o menos orientadas a la derecha
durante la primera "década infame", la de los años 30. Ambas se
prolongaron después en la floración de una izquierda nacional que
aunó la interpretación marxista de la realidad argentina con una
sensibilidad telúrica abierta a la percepción geopolítica y cultural
del problema latinoamericano, que tuvo una intensa irradiación desde
los años '50 en adelante.
Carlos Ibarguren, Julio y Rodolfo Irazusta, Ricardo Font Ezcurra,
Marcelo Sánchez Sorondo, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz,
José María Rosa, José Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Jorge
Enea Spilimbergo, Fermín Chávez, José Luis Busaniche, A. J. Pérez
Amuchástegui fueron algunos de los nombres que, desde diferentes
ángulos, dieron vuelta los mitos de la versión oficial de la historia
y plantearon, con pertinencia histórica y nivel literario, una
problemática que hoy todavía no es afrontada con crudeza por los
publicistas del presente, más interesados en una revisión episódica y
anecdótica de los hechos privados de los grandes hombres que en una
indagación seria del devenir de la República. Y que toman prestadas,
a veces sin mentar su origen, muchas de las tesis desarrolladas por
aquellos investigadores.
El sistema opuso a aquellas variantes una derogación oblicua o más
frecuentemente el silencio, pero era evidente el efecto que esas
corrientes ejercían sobre vastas masas de público, que se reconocían
en ellas, y el rebote que esa predisposición tenía sobre el estrato
político, que no podía rehusarse del todo a debatir esos problemas.
Primera prueba de fuego
Fueron la revolución de 1943 y el primer peronismo los que
inauguraron en la práctica el primer ensayo en gran escala para
modificar el estado de cosas, de alguna manera fundado en las
premisas de ese nacionalismo contestario. Y pagaron el precio por
ello. Más allá de sus errores y a veces inverosímiles torpezas, en
efecto, el peronismo acometió la asunción de una política exterior
independiente y la elaboración de un proyecto autárquico de evolución
industrial, conjugándolos precisamente con los presupuestos de esa
"república social" que preocupa a Sarlo. Tuvo tal arraigo ese
experimento que hicieron falta tres décadas para destruirlo, quedando
paradójicamente a cargo del golpe final la misma fuerza política que
lo había engendrado, vuelta del revés por una amalgama de liviandad
criminal y corrupción que encontró en el presidente Carlos Menem y su
cohorte la expresión más acabada de la decadencia del movimiento
nacional.
Después del tsunami
Tras el maremoto neoliberal, el país ha comenzado a reconstituirse de
acuerdo a premisas que, al menos en algunos rubros, como la política
exterior, una incipiente recuperacción industrial, que incluye un
eventual relanzamiento del plan atómico y una relativa percepción de
la necesidad de la unidad latinoamericana, reanuda el contacto con lo
que fuera la tradición del viejo peronismo. En este sentido, y mal
que les pese a sus detractores, el actual gobierno se mueve, así sea
lateralmente, en el sentido de las cosas.
Pero es cierto que, con toda probabilidad como consecuencia del
temporal determinado por el naufragio de la segunda década infame, la
de los '90 -incomparablemente más devastadora que la anterior-, ni
las autoridades plantean con crudeza el problema esencial que aqueja
al país, que es el de su largo historial de condición dependiente, ni
el universo comunicacional y mediático que tan determinante resulta
para la configuración de la conciencia pública, desea, se anima o
siquiera percibe la necesidad de agitar las aguas en torno del mismo
tema. Incluso, si lo hace, es para quitarle importancia y para
referir las desdichas del país a cierta condición idiosincrásica que
nos afligiría.
Que muchos de nuestros padecimientos provienen de nuestras propias
faltas, nadie lo duda. Pero la forma en que estas se perfilaron y la
condescendencia y lenidad que se ha tenido para con ellas, no son
disociables de esa condición original y de la trama de complicidades
y egoísmos de una clase dirigente que desde sus orígenes tuvo al
contrabando y a la violación de la ley como parámetro rector de su
existencia.
Cortinas de humo
La Argentina se convierte así en el escenario de un gran escamoteo
histórico. Se habla de derechos humanos, de inseguridad y de
corrupción estructural, pero no se repara en que los principales
responsables del más reciente y gigantesco desastre de esta sociedad
no sólo siguen en libertad, sino que usufructúan jugosas prebendas y
hasta sillones en el Senado.
Y tampoco se descubre ningún esfuerzo, a nivel mediático y masivo,
por tratar de comprender las raíces de la inseguridad, del deterioro
social, de los sucesivos reveses que pusieron a esta sociedad de
cabeza y la convirtieron en el escenario predilecto de una selección
al revés de sus cuadros dirigentes, que parecería predisponerla al
fracaso permanente.
En un momento en que América latina experimenta una reacción
saludable contra la devastación neoliberal, fruto de su inserción
forzada en el proceso globalizador regentado por el imperialismo, las
voces que intentan una explicación fundada y coherente de los
mecanismos que predeterminaron ese extravío, siguen siendo
silenciadas u opacadas por el parloteo inane, fútil, de un discurso
que se va por las ramas, que elude el centro de los problemas, que se
detiene en el contorno escandaloso de las cosas pero que no se anima
a señalar el entramado de causas que nos han traído al lugar donde
estamos.
No se anima o no quiere, pues el tejido de complicidades que el
sistema establece estimula al estrato intelectual -a veces
semialfabeto- a prosperar mirando la superficie de las cosas, más que
a las cosas mismas.
La necesidad de contar con una visión nacional y latinoamericana para
comprender el mundo que nos rodea y actuar en consecuencia nunca ha
sido más urgente que hoy, pues nunca la conciencia de la realidad ha
sido más opacada que en el presente. Una concepción bien fundada de
nuestros orígenes y desarrollo, debatida y asumida por el estrato
intelectual y absorbida por el pueblo, echaría una luz meridiana
sobre nuestros problemas y nos prepararía mucho mejor para
afrontarlos. La clarificación de temas como la guerrilla y la
represión, la malvinización y la desmalvinización; la devastación
industrial y la república social; el Mercosur y los diversos sesgos
ideológicos que existen o pueden surgir, y la definición del rumbo
presente y futuro que hay que defender para que esta nación se
estructure como parte integrada y consistente de un bloque regional
capaz de resistir los vientos de un siglo que se anuncia tormentoso,
dependerán de la capacidad que tengamos para representarnos como
hijos de un desarrollo sólo comprensible en su totalidad si se lo ve
en la dimensión dependiente que lo ha comprometido.
Y para esto hace falta ese debate que tanto echamos de menos.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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