[R-P] TEORÍA DEL PROGRESISMO EN ARGENTINA

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Lun Abr 17 20:31:39 MDT 2006


De los juanbejustistas a los kirchneristas: una exasperante
trayectoria intelectual y política
TEORÍA DEL PROGRESISMO EN ARGENTINA 
Honorio Alberto Díaz
[Tomado de Rebelión]


La historia del progresismo en Argentina es de larga data.
Prescindiendo de algunos precursores, puede tenerse por
iniciada con la fundación del Partido Socialista en 1896. A
partir de entonces ha venido manteniendo su presencia con
personajes y agrupaciones de escasos tonos diferenciales.
Seudomarxistas y filomontoneros de los setenta,
coordinadores alfonsinistas y renovadores justicialistas en
la década posterior, pragmáticos socialdemócratas y
frepasistas oportunistas de los años noventa, aristas o
kirchneristas en los comienzos del siglo no rechazarían el
calificativo de progresistas. En su conjunto, pese a los
matices reconocibles, todos alimentaron el mito de una
democracia en las estrecheces de la Argentina semicolonial,
sumida en el nivel más profundo de su dependencia. 

Desde parámetros eurocentristas, han sostenido un cuerpo
teórico desencajado de la realidad social en que se
produce, y al mismo tiempo, han desplegado una práctica
política respetuosa del régimen establecido. Todo ello,
discurso y militancia, pone en evidencia la tremenda
responsabilidad que los progresistas han tenido en la
postración del país y el sometimiento del pueblo. El
progresismo encuentra su sustento social en la clase media
que, carente de una estrategia propia y de una
direccionalidad independiente, fluctúa cándidamente entre
los intereses del proletariado y los de la burguesía. Se
siente despojada por la avidez de los sectores opulentos,
pero no se atreve a estrechar filas con los más humildes.
Aferrada a una actitud soberbia, no renuncia a la
pretensión narcisista de lograr una situación autónoma y, a
la vez, hegemónica de los restantes estratos. Sueña con una
mesocracia paradisíaca, donde armónicamente, sin ningún
tipo de lucha, se vayan borrando las injusticias más
salientes. Perdida en el marco formal de los altercados, no
vislumbra el fondo de las tendencias en conflicto, la
profunda puja de las clases sociales. 

Esta carencia de conciencia le impide ubicarse en la vida
política con una concreta defensa de sus intereses. En la
hondura de la crisis, las necesidades objetivas de la clase
media cada vez se aproximan más a los del proletariado.
Sectores intermedios y bajos son hollados por la recesión y
el desempleo, la inequitativa distribución de la renta y el
deterioro de los salarios. El reagrupamiento de las fuerzas
afectadas conforma la base social que debe enfrentar a
quienes detentan el poder, con un programa que satisfaga
las apetencias comunes y los intereses nacionales. 
 
LA TEORÍA PROGRESISTA 

1. Evolucionismo: para el progresismo, tanto la realidad
social como las concepciones ideológicas se encuentran
sometidas a un cambio constante. Más aun, la historia
presenta, en sus grandes lineamientos, una orientación
uniforme que termina desembocando en la sociedad moderna.
No se trata de un cambio caótico e incontrolado. Lo que en
verdad se produce es la concreción de un progreso general,
un mejoramiento sostenido de la vida en sus diferentes
aspectos materiales y espirituales. Este avance tiene una
marcada similitud con la evolución de las especies
biológicas, donde se consolidan aquellas que poseen una
mayor aptitud para la adaptación y la supervivencia. Tanto
en la naturaleza como en la sociedad progresan los más
aptos. Así como el hombre es la superior expresión de la
evolución biológica, la burguesía es la clase más
evolucionada de la sociedad. Esta explicación de la
sociedad como resultado de terminal de una "historia
natural" no sólo niega la lucha de clases, sino también la
posibilidad del socialismo, pues percibe al capitalismo
como una culminación definitiva del progreso de la
humanidad. 

2. Liberalismo: el progreso civilizatorio se expresa con la
consolidación universal del liberalismo, tanto político
como económico. La prevalencia de los intereses
individuales sobre los colectivos, de los derechos
particulares sobre los nacionales, corresponde al estadio
superior de la organización, basada en el respeto a la
propiedad y el libremercadismo, la iniciativa empresarial y
las instituciones burguesas. En la Argentina semicolonial
son fácilmente distinguibles dos campos
político-ideológicos: el nacional, que tiende a congregar a
los sectores sometidos por la opresión
oligárquico-imperialista, y el liberal, al que pertenecen
los detentadores del poder. Es aquí donde pululan las
clases medias urbanas intelectualizadas. En ambos ámbitos
pueden distinguirse una "derecha" y una "izquierda". Los
progresistas se ubican en el ala izquierda del campo
liberal, siguiendo los grandes lineamientos de la cultura
eurocéntrica. Pretenden comprender la realidad de la
periferia con los parámetros del centro "civilizado", en
lugar de convertir esa realidad periférica en la fuente
central de su aprendizaje y saber. 

3. Antinacionalismo: en la perspectiva teórica del
progresismo, el transcurso del siglo XX ha puesto en
evidencia la consolidación del internacionalismo por sobre
toda forma de nacionalismo. La agudización de la
globalización económica y de la interrelación política
entre los países tornaría indispensable la elaboración de
una convergencia internacional para el abordaje de los
problemas que son cada vez más comunes. La sociedad
informática facilitaría una política sin fronteras, con
soluciones generalizadas a nivel mundial. Pero, en
realidad, el orden internacional se ha fracturado aun más
con el crecimiento mayúsculo del abismo que separa a las
potencias de los países dominados. Contra la globalización
se integran regiones y crece la resistencia nacional. Por
lo tanto, el internacionalismo abstracto emite una visión
ideologizada, poco convincente, tendiente a ocultar las
lacras del imperialismo. 

4. Capitalismo: la descomposición del bloque soviético es
entendida como un triunfo concluyente de la sociedad
occidental capitalista. A esa realidad debe adicionarse el
ocaso de los movimientos nacionales tercermundistas. Por lo
tanto, ahora, desde las postrimerías del siglo pasado
ha(bría) finalizado la lucha entre socialismo y
capitalismo. El verdadero enemigo del progresismo pasa a
ser el capitalismo salvaje. El contenido anticapitalista
que se podía encontrar en algunas expresiones de la
socialdemocracia a fines del siglo XIX ha desaparecido por
completo una centuria después. El orden económico vigente
es concebido como inalterable en el largo plazo, lo que
demuestra las huellas profundas que la ortodoxia neoliberal
ha dejado en las entrañas del progresismo. La distinción
entre capitalismo bueno y capitalismo malo es fruto de la
deformación moralista del enfoque tibiamente izquierdista,
que se resiste a indagar las razones de la concentración de
la riqueza, la puja por el avance de la rentabilidad y las
despiadadas reglas de la competencia 

5. Mesocracia: en la operación discursiva del progresismo,
la clase media es presentada como el motor de la sociedad.
Por lo tanto, los niveles intermedios merecen constituirse
en conductores políticos y moderadores sociales, en pos de
una comunidad más armónica, y en consecuencia, menos
conflictiva. El racional atemperamiento de los antagonismos
irá convirtiendo los problemas políticos en una cuestión
meramente técnica que se despliega en un campo neutral
donde han cesado las luchas hegemónicas. Es inocultable
cómo, en el pensamiento izquierdista liberal, la
preocupación por la clase media ha desplazado la
centralidad que antes ocupaba el proletariado. En la
aspiración mesocrática se concentra la ilusión superior de
la pequeña burguesía intelectualizada. Pero la experiencia
histórica señala que la clase media es incapaz de generar
una política independiente, pues termina prisionera de la
burguesía mientras se resiste a integrar un frente plebeyo
con los sectores más sumergidos 

6. Reformismo: el progreso civilizatorio se concibe como el
resultado de sucesivas reformas racionales, que
modernamente han favorecido el mejoramiento general de las
condiciones de vida en el capitalismo maduro. Las
revoluciones, en cambio, no contribuyeron a progreso
alguno. Por el contrario, generaron etapas críticas en las
que se propagaron injusticias y autoritarismo. La violencia
revolucionaria que procura un cambio rápido y profundo
equivoca el camino, al despreciar las oportunidades
paulatinas y significativas. De ese modo se repite el
sórdido discurso reformista europeo que alcanzó influencia
en el progresismo argentino. El desconocimiento del efecto
transformador de las grandes revoluciones (la francesa y la
soviética, para recordar cambios paradigmáticos) configura
una interpretación aviesa de la historia, propia de quienes
en nombre de la moderación se convierten en agentes del
statu quo. 

7. Democratismo: en la argumentación centroizquierdista, la
simple instalación y funcionamiento de las instituciones
democráticas garantiza la pronta solución de los males
nacionales, sectoriales e individuales. Los partidos
políticos motorizan las reformas necesarias sobre la base
de consensos para el logro del bien común. Esta convicción,
también incauta, implica una negación conceptual de la
realidad semicolonial que incide sobre la "democracia" y
cada una de sus benditas instituciones. En un profundo
grado de dependencia no sólo se carece de autonomía
económica: también se da la subordinación política y el
colonialismo cultural. 

8. Anticorporativismo: las críticas predilectas del
progresismo se centran en las corporaciones. En especial,
acaparan las más severas la militar, la eclesial y la
sindical. Ellas se presentan conspirando sistemáticamente
contra el eficaz funcionamiento democrático, concentrando
poder en beneficio propio y perjudicando los intereses
colectivos. Quedan como verdaderas desestabilizadoras de
las instituciones republicanas, merecedoras de condenas
superlativas. El antimilitarismo progresista, carente de
límites, llega a desconocer los aportes nacionales de
diversas generaciones castrenses que –por ejemplo-
contribuyeron a nuestra independencia en el siglo XIX y en
el XX bregaron por el nacionalismo energético y el
crecimiento industrial. El anticlericalismo, también
acérrimo, minimiza la lucha del bajo clero por la causa
americana y las visiones renovadas del evangelio que
pretendieron convertirlo en la segunda mitad de la centuria
pasada en un instrumento de liberación social. En cambio,
el rechazo del sindicalismo en su conjunto expresa las
prevenciones de clase ante demandas proletarias 

9. Derechohumanismo: en las últimas décadas, la defensa de
los DDHH se ha convertido en una de las principales
banderas del progresismo. Los militares acusados como sus
principales violadores. En este tema se perpetra una
verdadera operación mutiladora. Por un lado, se oculta la
activa participación de vastos sectores de los partidos
políticos en los gobiernos provenientes de golpes de
estado. Por otro lado, se descontextualiza y parcializa el
problema, como si se pudiera terminar con esa criminalidad
sin eliminar la rosca oligárquica y la opresión
imperialista. EEUU ha mantenido una política variable ya
que, a veces, sostiene regímenes dictatoriales, y otras
veces, apoya democracias formales. Pero en ambos casos
procura el mismo objetivo: mantener la dominación imperial.
En consecuencia, la brega por la vigencia de los DDHH es un
capítulo de la lucha por la emancipación integral. 

10. Moralismo: para los progresistas no habrá una auténtica
reforma social sin una previa gesta moralizadora. Resulta
indispensable asumir un pacto que implique el
reconocimiento de las propias culpas y el arrepentimiento.
Con esta ética mística todos quedan responsables del
achicamiento del país y el empobrecimiento de los
trabajadores. El tradicional impulso moralista de las
clases medias siempre fue aprovechado por la política
oligárquica para enfrentar a la pequeña burguesía con los
movimientos populares. Yrigoyen y Perón fueron acusados de
corrupción para justificar sus destituciones. Ese moralismo
impide la profundidad del análisis, pues se queda en el
rechazo de los efectos sin atacar las causas reales.
Perdido en un marco formal el adjetivo no alcanza a
desvelar el núcleo sustantivo de las conductas sociales.
También la cuestión queda parcializada (demandas
ambientalistas, feministas, antirracistas, etc.) en
críticas que no afectan nunca al conjunto oprobioso del
orden capitalista.



	
	
		
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