[R-P] ENTRE LA HISPANIDAD Y EL EUROPEISMO (I)
jota jota
jota2002 en gmail.com
Mie Sep 28 04:47:54 MDT 2005
Creo que éste artículo aporta algo al debate "Civinización vs
Beerbarie" que surgió el otro día.
ENTRE LA HISPANIDAD Y EL EUROPEISMO
Por Jorge Lombardero
La idea de Hispanidad surge a partir de la doble catástrofe que supuso
para España 1898; por un lado la pérdida de los últimos restos del
Imperio que la priva del manto de gloria que había tejido durante
siglos el sacrificio de muchas generaciones y por otro, la emergencia
del nacionalismo catalán primero y del vasco después, alborozados por
la quiebra histórica de Ultramar y embriagados por la onda romántica
de las concepciones nacional-etnicistas de cuño germánico.
Ante esta situación un grupo de españoles no quisieron permanecer
callados. Unos jóvenes airados asumieron la tarea de exaltación
nacional capaz de sacar a la patria hispana de su achatamiento y
asegurarle un futuro. Frente a una clase política que no afronta con
dignidad el nuevo cuadro histórico, ejercieron una labor de estímulo
desde la literatura. Rasgo característico de esta generación del 98
fue su conciencia trágica de España. Les dolía España e incluso les
obsesionaba.
Pero en general predicaron para el país el mismo esquema
nacional-etnicista puesto en práctica por el secesionismo periférico
al que se pretendía combatir, dotándolo de similar envoltura de
sentimentalismo, mística y retórica. Tal construcción se adentró en la
consabida búsqueda hacia atrás de una plenitud etno-cultural perdida,
que al fin se encontró en una cierta imagen de Castilla. Fue en
definitiva, una actitud introspectiva y reaccionaria en el sentido más
estricto del término, desconectada de toda referencia exterior y
virulentamente hostil a las tinieblas extranjeristas.
A partir de ahí no es de extrañar que para gran parte de la generación
del 98, el problema de la nación española dejase de ser político, para
aparecer como «metafísico» y, en definitiva, religioso.
En este ambiente publica Ramiro de Maeztu su obra Defensa de la
Hispanidad (1934). En ella se da la siguiente definición de
hispanidad: «hispánicos son, pues, todos los pueblos que deben la
civilización o el ser a los pueblos hispánicos de la península.
Hispanidad es el concepto que a todos los abarca»1, y aclara que «la
palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina
reside, D. Zacarías de Vizcarra. Si el concepto de Cristiandad
comprende y a la vez caracteriza a todos los pueblos cristianos ¿por
qué no ha de acuñarse otra palabra, que, comprenda también y
caracterice a la totalidad de los pueblos hispánicos?2.
Aunque existe un general acuerdo en responsabilizar a Maeztu de la
popularización de este término, no lo hay en cambio sobre los orígenes
de la idea de hispanidad.
Para Ricardo Pérez Montfort sus antecedentes estarían en Menéndez
Pelayo: «combinando las ideas imperiales de Carlos V como antecedente
lejano, con la integración de los fundamentos de una cultura madre
elaborados por Marcelino Menéndez Pelayo, el hispanismo se basa en un
principio que plantea la existencia de una "gran familia" o
"comunidad" o "raza" transatlántica que distingue a todos los pueblos
que pertenecieron a la Corona española. Esta identidad hispánica
descansa en la convicción de que los españoles desarrollaron en su
proceso de formación como imperio, una serie de formas de vida y de
cultura propias que los diferencian claramente de otros pueblos»3,
señalando además que «a raíz de la pérdida de Cuba, Puerto Rico, las
Filipinas y Guam en 1898, queda claro que España ya no tiene
posibilidad económica ni militar, de mantener territorios coloniales
en América. Este año, conocido como el "año del desastre" marca el fin
de la presencia española de este tipo en el nuevo continente. Así, los
hispanistas crean el concepto de imperio espiritual, que pretende
mantener unido en lo intemporal aquello que se perdió en lo
temporal»4.
En la misma línea se manifiesta Eduardo Subirats cuando afirma que si
«Menéndez Pelayo formula el concepto, Maeztu la ocasión, así como su
eficacia publicística»5. Y también coincide con Pérez Montfort al
sostener «que la idea de la Hispanidad surge positivamente como
compensación en el maravilloso reino de los cielos y de los sueños de
todo lo que se había perdido en el reino terrible de las colonias»6.
Sin embargo, José Luis Abellán cree que el antecedente está en Unamuno
cuando escribe que «en 1909 emplea ya el término "hispanidad" para
referirse a la comunidad de los pueblos que hablan español y a sus
rasgos distintivos: "aquellas cualidades espirituales, aquella
fisionomía moral, mental, ética, estética, religiosa"»7. Ahora bien,
si de una simple cuestión de fechas se tratase, debemos decir por
nuestra parte que esta expresión ya había sido utiliza por Monseñor
Martínez Vigil, siendo obispo de Oviedo, al inaugurar en 1901 la
basílica de Covadonga a la que tituló hogar de la Hispanidad.
Pero puestos a remontarse en el tiempo quien se lleva la palma es
Ernesto Giménez Caballero para el que hispanidad es: «una palabra
sacra y milenaria, de origen ibérico (Hispal o Hispan), la primordial
Sevilla (desde donde se partió para América recién descubierta).
Hispal o Hispan, vocablo que garantizaría a Portugal y Brasil su
iberismo y el resto del vocablo pura "latinidad": el sufijo "latem".
Por consiguiente, sin necesidad de recurrir a la América "ibérica" ni
a la "latina", esta última inventada por los celtizados franceses. La
palabra Hispanidad es, por tanto, milenaria y sagrada. La emplea ya en
el siglo I antes de Cristo -Hispanitatem- el Cónsul Polión aplicada al
español Quintiliano. Y restaurada por los humanistas del renacimiento
como Filelfo y hasta el místico español Alejo de Venegas. El designar
"Hispanidad" como constelación espiritual superadora de la "Región" y
de la "Nación", a base de lengua y literatura fue afirmado en 1909 por
Unamuno, seguido por el P. Zacarías de Vizcarra en 1926; defendido por
Ramiro de Maeztu en 1934. Y consolidado por los Institutos de Cultura
Hispánica en todo el mundo»8.
En cuanto a su contenido, según Maeztu el «ser» de la Hispanidad no es
una Raza, ni tampoco una identidad jurídico-política; sino que el
espíritu de la Hispanidad es el catolicismo tradicional en acción
permanente. Se le da así una interpretación esencialista,
metahistórica y providencial, inseparable de la defensa de la fe
católica, que en el orden político sólo podía desembocar en la
aparición espontánea de una federación o confederación de los pueblos
hispanos, que debe reconocer alguna norma o algún poder moderador y
aquí es donde encaja la monarquía: una Monarquía Católica, basada en
un catolicismo integrista y en un corporativismo socio-económico.
Esta solución es presentada como la única válida, pues al decir de
Maeztu: «para los españoles no hay otro camino que el de la antigua
Monarquía Católica, instituida por servicio de Dios y del prójimo. No
podría fijar el de los pueblos de América, porque son muchos y
diversos. Cada uno de ellos está condicionado por sus realidades
geográficas y raciales. A mí no me gusta la palabra Imperio. No tengo
el menor interés en que empleados de Madrid vuelvan a cobrar tributos
en América. Lo que digo es que los pueblos criollos están empeñados en
una lucha de vida o muerte con el bolchevismo de una parte, y con el
imperialismo extranjero de la otra, y que si han de salir victoriosos
han de volver por los principios comunes de la Hispanidad, para vivir
bajo las autoridades que tengan conciencia de haber recibido de Dios
sus poderes, sin lo cual serán tiránicos y de que esos poderes han de
emplearse en organizar la sociedad de un modo corporativo de tal
suerte que las leyes y la economía se sometan al mismo principio
espiritual que su propia autoridad, a fin de que todos los órganos y
corporaciones del Estado reanuden la obra católica de la España
tradicional, la depuren de sus imperfecciones y la continúen hasta el
fin de los tiempos. Ello ha de hacerlo nacionalizándose aún más de lo
que están. Los argentinos han de ser más argentinos; los chilenos más
chilenos; los cubanos más cubanos. Y no lo conseguirán si no son al
mismo tiempo más hispánicos, porque la Argentina, Chile y Cuba son sus
tierras, pero la Hispanidad es su común espíritu, al mismo tiempo que
la condición de su éxito en el mundo»9.
Ahora bien, la misión salvadora de la hispanidad sólo podrá llevarse a
cabo por nuevos cruzados. Esta es la aportación básica de García
Morente, expuesta en su conferencia de Buenos Aires en 1938, titulada
La Idea de la Hispanidad, al delimitar la esencia del caballero
cristiano, que luego propondría como modelo a los cadetes de la
Escuela Naval Militar de San Fernando en las charlas que les impartió
en 1941.
Raúl Morodo explica las consecuencias de esta visión de la hispanidad
de la siguiente manera: «el imperio español, su conquista, su
colonización, su desintegración, sirve para establecer toda una
ideología que no sólo va a querer explicar el pasado, sino también
proféticamente elaborar el camino del futuro, tanto de España como de
América Latina. La revisión histórica implicaría, así, un rechazo de
la modernidad y por otros caminos, el intento utópico de volver a la
tradición de los siglos XVI y XVII. En gran medida, América es un
pretexto: apoyatura ideológica para huir de la racionalidad europea de
los siglos posteriores. La especificidad hispánica no obstaculizará,
sin embargo, la compatibilización con otras ideologías foráneas, que
relanzarán mitos transoceánicos o mediterráneos: lusitanidad o
latinidad. El mito hispánico, con esta connotación reaccionaria,
transformado en arma político-ideológica, surge al mismo tiempo en
España y en América en las décadas de los veinte/treinta»10.
Efectivamente, en esta época nos encontramos en América con tres
concepciones diferentes del mundo hispanoamericano. Por un lado la
izquierda lanza la ideología indigenista, por otro está el
panamericanismo como una especie de neocolonialismo norteamericano y
frente a ellas el tradicionalismo conservador, con su defensa del
catolicismo apoyándose para ello en la monarquía y en el caballero
cristiano.
En España la derecha católica irá elaborando gradualmente el
hispanismo conservador que intentará llevar a la práctica con la
institucionalización del ideal hispánico, tras la victoria del bando
franquista en la guerra civil, en organismos como el Consejo de la
Hispanidad o el Instituto de Cultura Hispánica.
Así, en la ley de creación del Consejo de la Hispanidad de 2 de
noviembre de 1940, se decía que: «la desunión de espíritu de los
pueblos hispánicos hace que el mundo por ellos constituido viva sin un
ideal de valor y transcendencia universales. Y, sin embargo, la
Hispanidad, como concepto político que ha de germinar en frutos
indudables e imperecederos, posee y detenta esa idea absoluta y
salvadora. El espíritu de la Hispanidad, que no es el de una tierra
sola, ni el de una raza determinada, radica en la identidad entre su
ser y su fin, en la conciencia plena de su unidad; condición de vida
inexcusable, ya que para vivir los pueblos han de unirse siempre, no
en libertad, sino en la comunidad.
»Impulsar este ideal, encauzarle, vigilarle, prestarle su máximo
reflejo como política natural del Nuevo Estado, es la tarea que hoy se
inicia con la creación del Consejo de la Hispanidad y la función que
se le asigna, trasunto de aquellas otras gloriosas tareas del Consejo
de Indias, padre de leyes justas, ordenador de pueblos, creador de
cultura, que fue cabeza rectora de nuestra política más allá de los
mares. A él incumbirá conseguir que España, por su ideal ecuménico,
sea para los pueblos hispánicos la representación fiel de esta Europa
cabeza del mundo»11.
Pero como explica José Luis Rubio: «el Consejo de la Hispanidad nacía
muerto. No reflejaba siquiera el pensamiento mayoritario de los
hombres del régimen con vocación americana. No era un proyecto de
proyección hispánica, sino de un proyecto de proyección europea -de la
Europa de entonces- a través de España. Por eso no ilusionó ni a los
de aquí ni a los fervorosos de la Hispanidad de América. Y aparecía
con un talante de predominio español evidente, no de unidad
igualitaria»12.
Aunque para otros, como Gastón Baquero, su fracaso no era atribuible
en absoluto a los planteamientos del Consejo sino a la propaganda y a
las falacias antiespañolas; argumentando que «el Consejo, en realidad,
no pudo cuajar en una acción como la que se proponía, porque la
respuesta en América, por lo general, fue de inercia o indiferencia
cuando no de ataque o de suspicacia. Era lógico hasta cierto punto que
las heridas abiertas por la guerra, y que tantos se empeñan en
mantener sangrantes allende los mares, impidiesen abrir los ojos a
unos pueblos que iban a ser precisamente los más beneficiados con la
afirmación de la Hispanidad. Porque -y es muy oportuno subrayarlo
ahora que comienzan a ver claro por fin los más renuentes y los más
aprensivos- la Hispanidad no es sino sólo en parte muy reducida un
interés de España: la Hispanidad representa para la América Hispana y
para Filipinas el disponer de forma dinámica, práctica, actual, de una
reserva de ideas y de principios, y por ende de normas, que puedan
contrarrestar y aun vencer el avance de ideologías extrañas al
espíritu americano. En un mundo de grandes bloques armados con
terrorífico poder destructivo, el Continente hispanoamericano como las
Filipinas, necesita contar urgentemente con aquellas armas, las del
espíritu, las de la religión, las de la lengua, las de la tradición de
unidad y de destino común, porque de lo contrario tendrá que rendir
inexorablemente su libertad en manos de uno de los bloques
nuclearizados»13.
El aislamiento internacional que sufre España tras la victoria aliada
en 1945, lleva un replanteamiento de la política iberoamericana con el
fin de romper este cerco. Se transformará para ello el Consejo en
Instituto de Cultura Hispánica, siendo sus pretensiones mantener los
vínculos espirituales entre todos los pueblos que componen la
comunidad cultural de la hispanidad.
En opinión de Rubio, «la vida del Instituto de Cultura Hispánica se
debatió, a lo largo de toda su trayectoria, entre una sincera lucha
por avanzar en la concreción de la Comunidad Iberoamericana, y una
utilización, a veces servil como aparato de propaganda, de lavado de
imagen, del régimen de la Dictadura. El Instituto representó una
ventana internacional a través de la que se mostraba al exterior la
cara más amable del país, ocultando las más negativas, pero también
muchos y tenaces esfuerzos, emprendidos con autenticidad, en pro de la
colaboración e implantación de un ideal de comunidad»14.
A partir de 1953, con la firma de los convenios
hispano-norteamericanos, la política exterior española entra de lleno
en el juego de los bloques y va abandonando progresivamente el
proyecto neutral iberoamericano. Muchos hispanoamericanos «llegaban a
España en aquellos años del 44, del 45, del 46, del 47, con fe
exaltada, con los ojos abiertos para llenarse de Hispanidad. Pero
regresaban con una íntima decepción en sus ojos. Porque encontraron
que con demasiada frecuencia, cuando hablamos de Hispanidad, hablamos
de votos en la ONU; que no defendíamos la Hispanidad, sino nuestras
cosas españolas»15.
Todo esto llevó a que la idea de hispanidad fuera contestada desde
América. Así, Hernández Arregui escribe, que en el concepto de
hispanidad «se entreveran como sombras chinescas de las ideologías del
presente, fantasías religiosas e imperiales con hedor de sepulcro. En
esta última cuestión cabe decir que el fracaso de la idea sustentada
por autores españoles y americanos sobre el anudamiento económico y
cultural de América y España, a fin de resucitar la antigua conexión
histórica, no ha ido más allá de una infusión de nostalgia monacal y
utopismo reaccionario que aún desvaría con la restauración del Imperio
Católico Hispánico. España nada puede aportar, por su condición de
potencia secundaria -y ya lo era con relación a la América Española en
los preámbulos de la emancipación-, a la liberación de Latinoamérica.
Tal liberación no es una cuestión de espíritu sino de máxima
concentración económica y militar en una zona del planeta a la cual
España no pertenece. La misma apatía de España es la prueba de su
impotencia nacional para dar forma a ese ideal, pues también las
naciones se proponen sólo aquellos fines que pueden alcanzar. Y la
política real impone límites a los sueños»16.
Carlos Alberto Montaner sostiene que «la palabra Hispanidad está
inevitablemente rodeada de una atmósfera reverencial. Se dice
Hispanidad y se piensa en Maeztu, en Menéndez Pelayo, en Donoso
Cortés, en Balmes y en embajadores elocuentes. Hispanidad es
desdichadamente un término conservador que huele a imperio rancio y a
los textos de las derechas españolas»17. Por lo que su primera
propuesta será rescatar «la Hispanidad del análisis sectario del
pensamiento tradicionalista y conservador»18, seguida de la definición
de la hispanidad como un idioma común, pues para él «las Filipinas no
forman parte de la Hispanidad. No creo que un español o un argentino
se sientan tan próximos a un filipino como, digamos, a un venezolano.
Ni tampoco es Hispanidad Marruecos, el Sahara español o la remota
Camboya, la Camboja de Góngora a la que también doblegaron los
españoles. La Hispanidad es un negocio que sólo concierne a España y
las partes de América en que triunfó su aventura imperial»19, dejando
claro que «España con ser Madre y Padre de la Hispanidad, es sólo una
pequeña porción del universo de habla hispana»20.
Por otra parte el argentino Alberto Buela, se quejaba en su artículo
La Hispanidad vista desde América, de que hasta ahora todos los
ensayos sobre la hispanidad hayan planteado el tema desde España,
aclarando que no debe verse en su crítica «una actitud de menoscabo
hacia lo hispánico que sería tanto como ir contra uno mismo, sino que
nuestra meditación surge como una necesidad de afirmación de la
americanidad en la hispanidad»21.
Buela realiza tres objeciones a la concepción tradicional de la
hispanidad. La primera, es que la convertibilidad entre catolicidad e
hispanidad «no es la adecuada, al menos para definir la Hispanidad,
puesto que la catolicidad no constituye diferencia específica de lo
hispano, ni es exclusivo rasgo de lo español»22. La segunda
discrepancia radica en que aun cuando América tenía el estatus de
reino y no de colonia, en la práctica hizo las veces de proveedora de
oro, especias y materias primas, de modo tal que «de facto nada tiene
que ver con el régimen de la monarquía española, pues, jamás participó
de un proyecto político unitario»23. Además, la independencia se
realizó bajo sistemas republicanos de forma que «si pretendiéramos
definir la hispanidad apelando al régimen de la monarquía española,
este no nos involucra a los americanos»24. Y la tercera y última, se
basa en la falta de rigor que supone la generalización fundada en la
teoría de los arquetipos humanos: «sostener que la esencia de la
hispanidad se simboliza en el caballero cristiano, es mutatis mutandis
como sostener que la esencia del inglés es el gentleman, la del
francés l'honnete homme, la del italiano il condottieri, la del
argentino el gaucho o la del chileno el huaso»25.
Alberto Buela llega finalmente a la conclusión de que de la
hispanidad, vista desde España y Portugal, no queda nada. Por lo que
«nosotros genuinamente americanos, tenemos mucho que decir y que hacer
en el rescate de esa Hispanidad»26 que «se sitúa en el éxtasis
temporal del futuro»27, y que, en definitiva, tiene el sentido «de una
afirmación de nuestra identidad cultural, de saber que somos una
cultura de alternativa a la homogeneización del mundo, propuesta por
los centros mundiales de poder»28.
Paradójicamente este intento de rehabilitación de la idea de
hispanidad presentada como anticolonialista, antiimperialista, laica,
republicana y democrática vendría a coincidir con el sentido
revolucionario presente en el origen del término «Latinoamérica» en
1856, tan combatido luego por los defensores de la hispanidad que lo
presentaron como extranjerizante. A pesar de que su creador, el
chileno Francisco Bilbao, consciente de que la difusión inicial de
esta expresión era alentada por Francia para aumentar su prestigio en
el continente americano, deja de usar este nombre «de la manera más
coherente, porque ve que se está utilizando para legitimar el
colonialismo francés»29.
Aunque para nosotros la postura francesa tenía su justificación en una
América en la que se manifestaba la dicotomía entre anglosajones y
latinos. Frente a los Estados Unidos anglosajones y protestantes, las
naciones hispánicas pertenecían al bloque latino-católico del sur de
Europa. Franceses y españoles habían sido desplazados durante el siglo
XVIII, por parte de los anglosajones. Ante este panorama correspondía
a Francia el papel de levantar el mundo latino y situarlo al nivel de
otras naciones. Por todo ello, fue Chevalier el principal apologista
de la expedición de Napoleón III a México. La consideraba vital para
los intereses de Francia, y determinante para el incremento del poder
de las naciones latinas.
Era necesario crear una fuerte barrera en el Río Grande, para impedir
la expansión anglosajona hacia el sur. Y sólo Francia podía salvar a
Hispanoamérica para la latinidad, estableciendo en México, con su
apoyo, un gobierno estable para terminar con la proverbial anarquía
mexicana que facilitaba la conquista de aquella nación por los
norteamericanos. Por lo tanto, la tesis de Chevalier consistía en la
adopción de una política exterior panlatina capitaneada por Francia,
en oposición a los bloques, pangermanos y paneslavos, ya constituidos
y que patrocinaban Inglaterra y Rusia. La alianza panlatina estaría
integrada por Francia, Bélgica, España y Portugal, que mantendrían una
unidad en su tradición cultural basada en el común origen lingüístico.
Estas propuestas francesas nos parecen en todo caso más realistas, que
las de una España que ya desde Fernando VII o, mejor dicho, los
hombres que le rodeaban al volver a ocupar el trono, no se dieron
cuenta exacta del problema que se hallaba planteado en la América
española y que imaginaron, cegados por la pasión política, que la
sublevación de las provincias ultramarinas, era una consecuencia de
los desaciertos cometidos durante el período constitucional, y de las
ideas que habían imperado en las esferas de gobierno. Quizás partiendo
de ese error, juzgaron posible poner término a la rebeldía, bien ésta
desapareciese al influjo del nombre del rey deseado o bien porque
fuese desechada por la fuerza de las armas.
Es por ello, que como escribe Raymond Carr: «La España oficial se negó
durante muchos años a reconocer que había perdido América. Acariciaba
ilusiones de una reconquista militar del Perú, o del retorno
"espontáneo" de un continente agotado por la anarquía de la
independencia. De ahí su negativa a reconocer a las nuevas naciones:
la presión a favor de la reconciliación procedía de un deseo de volver
a abrir al comercio (que había cesado a contar desde 1824) y de
conservar las únicas posesiones españolas que quedaban del Imperio,
Cuba y Puerto Rico»30.
Así que cuando se pierden estas últimas, no es de extrañar que,
siguiendo la costumbre de negar la realidad, en lugar de producirse
reacciones políticas aparecen respuesta literarias (generación del 98)
y en vez de una resuelta política exterior que aglutinase a las
naciones de la América española, surge la propuesta de la hispanidad
como imperio espiritual, cuyos contenidos eran incompatibles con los
principios que propiciaron el levantamiento de los hispanoamericanos.
Continúa en parte II
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