[R-P] EL BANQUETE DE LA VERGÜENZA NO ES LUGAR PARA POETAS
Boletín Bambú
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Sab Sep 24 21:37:17 MDT 2005
La Primera Dama de Estados
Unidos sí tiene quien le escriba
EL BANQUETE DE LA VERGÜENZA
NO ES LUGAR PARA POETAS
Por SHARON OLDS
THE NATION
Traducido para REBELIÓN por MANUEL TALENS
«Por las razones que se detallan aquí abajo, la
poetisa Sharon Olds ha rehusado asistir al
Festival Nacional del Libro en Washington que,
sea o no por casualidad, tiene lugar el 24 de
septiembre, el mismo día que se celebra una
manifestación pacífica en la capital. Olds,
ganadora de un Premio del National Book Critics
Circle y Profesora de Escritura Creativa en la
Universidad de Nueva York, fue invitada junto con
otros escritores por la primera dama Laura Bush
para una lectura de sus obras. Hace tres años el
artista Julius Feiffer se negó a asistir al
desayuno que se ofrecía en la Casa Blanca durante
el festival como protesta contra la Guerra de
Irak (véase "Mr. Feiffer Regrets", del 11 de
noviembre de 2002). Sugerimos que los invitados
al acontecimiento de este año consideren la
posibilidad de seguir su ejemplo.- LOS EDITORES
DE THE NATION.»
____________________
A LAURA BUSH
Primera Dama
La Casa Blanca
Querida señora Bush,
Le escribo para hacerle saber por qué no puedo
aceptar su amable invitación para una lectura el
24 de septiembre en el Festival Nacional del
Libro ni asistir a su cena en la Biblioteca del
Congreso ni tampoco al desayuno en la Casa
Blanca.
En cierto modo se trata de una invitación muy
apetecible. ¡La idea de poder hablar en un
festival al que asisten 85.000 personas es
tentadora! La posibilidad de encontrar a nuevos
lectores es apasionante para una poetisa desde el
punto de vista personal y, asimismo, por el deseo
de que la poesía sirva a sus electores, a todos
aquellos de entre nosotros que necesitamos el
placer y la inspiración interior y exterior que
proporciona.
Además, el concepto de una comunidad de lectores
y escritores hace tiempo que me alegra el
corazón. Como profesora de escritura creativa en
la facultad de una importante universidad he
tenido la suerte de participar en algunos
magníficos talleres de escritura, en los que
nuestros estudiantes se convirtieron en
profesores. Durante años, ellos han dado clases
en sitios diversos: una prisión de mujeres,
diversos institutos públicos de la ciudad de
Nueva York, una sala de oncología infantil. Hace
ya veinte años que funciona nuestro programa
inicial en un hospital estatal de 900 camas para
personas gravemente disminuidas, lo cual ha
permitido el nacimiento de amistades duraderas
entre jóvenes candidatos al doctorado en Bellas
Artes y sus estudiantes, residentes crónicos
hospitalarios que con su humor, su coraje y su
sabiduría se convirtieron en profesores nuestros.
Cuando se ha sido testigo de cómo alguien que no
puede hablar ni casi moverse explica
detalladamente su nuevo poema con un dedo del
pie, letra a letra, en un gran tablero alfabético
de plástico, se ha conocido de cerca la pasión y
la esencia de la escritura. Cuando se ha
sostenido un pequeño tablero alfabético de
cartulina ante una escritora que no puede hablar
y sólo puede mover los ojos, y señala para ella
primero la A, luego a B, después la C, la D,
hasta llegar a la primera letra de la primera
palabra de la primera línea del poema que la
mujer ha estado componiendo en su cabeza toda la
semana, y ella alza sus ojos para decir que sí
cuando se toca dicha letra, se ha sentido con
tibia inmediatez el deseo humano de la creación,
de la expresión personal, de la exactitud, de la
honradez y del ingenio, así como la importancia
de la escritura, que celebra el valor de la
historia única y de la música interior de cada
persona.
Por eso la perspectiva de un festival de libros
me pareció maravillosa. Pensé en la oportunidad
que se me ofrecía para hablar sobre cómo iniciar
un programa más vasto. Pensé en la posibilidad de
vender algunos libros, de firmar algunos libros y
conocer a algunos ciudadanos de Washington, DC.
Pensé que podría intentar encontrar la manera,
incluso como su invitada, con respeto, de hablar
sobre mi profunda convicción de que no
deberíamos haber invadido Irak, y declarar mi
convencimiento de que el deseo de invadir otra
cultura y otro país -con el consiguiente
resultado de pérdidas de vidas y amputaciones
entre nuestros valientes soldados y entre los no
combatientes en su propio territorio- no surgió
de nuestra democracia, sino que fue en cambio una
decisión tomada «desde lo alto» e impuesta al
pueblo con un lenguaje deformado y con
falsedades. Esperaba expresar el miedo de que
hayamos empezado a vivir en las sombras de la
tiranía y del chovinismo religioso, la antítesis
de la libertad, la tolerancia y la diversidad a
que aspira nuestra nación.
Traté de ver el camino libre para asistir al
festival y dar testimonio -como estadounidense
que ama a su país y sus principios y su
escritura- contra esta guerra no declarada y
devastadora.
Pero no podría soportar la idea de compartir el
pan con usted. Sé que si me sentara a comer a su
lado sentiría como si estuviese perdonando lo que
considero acciones salvajes y arbitrarias de la
Administración de Bush.
Lo que se me venía a la mente era que yo estaría
tomando los alimentos de la mano de la Primera
Dama, que representa a la Administración que
desencadenó esta guerra y que desea su
continuación, incluso hasta el punto de permitir
la «rendición extraordinaria»: el transporte de
personas a otros países, donde serán torturadas
para nosotros.
Muchos estadounidenses que se sentían orgullosos
en nuestro país ahora sienten angustia y
vergüenza por el actual régimen de sangre,
mutilaciones y fuego. Pensé en los limpios
manteles de su mesa, en los cuchillos brillantes
y en las llamas de las velas, y no pude
aguantarlo.
Afectuosamente,
Sharon Olds
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