[R-P] Las guerras mienten
ana graciela real
educba2003 en yahoo.com.ar
Lun Sep 19 07:43:13 MDT 2005
Y las del agua que ya están ocurriendo
Las guerras mienten
por Eduardo Galeano(*), Altercom
« Pero el motivo... -indagó el señor Duval- Un hombre
no mata por nada. -¿El motivo?- contestó Ellery,
encogiéndose de hombros. -Usted ya conoce el motivo.»
Ellery Queen. Aventuras en la Mansión de las
Tinieblas.
Las guerras dicen que ocurren por nobles razones: la
seguridad internacional, la dignidad nacional, la
democracia, la libertad, el orden, el mandato de la
civilización o la voluntad de Dios. Ninguna tiene la
honestidad de confesar: «Yo mato para robar».
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No menos de tres millones de civiles murieron en el
Congo a lo largo de la guerra de cuatro años que está
en suspenso desde fines de 2002.
Murieron por el coltan, pero ni ellos lo sabían. El
coltan es un mineral raro, y su raro nombre designa la
mezcla de dos raros minerales llamados columbita y
tantalita.
Poco o nada valía el coltan, hasta que se descubrió
que era imprescindible para la fabricación de
teléfonos celulares, naves espaciales, computadoras y
misiles; y entonces pasó a ser más caro que el oro.
Casi todas las reservas conocidas de coltan están en
las arenas del Congo.
Hace más de cuarenta años, Patricio Lumumba fue
sacrificado en un altar de oro y diamantes. Su país
vuelve a matarlo cada día. El Congo, país pobrísimo,
es riquísimo en minerales, y ese regalo de la
naturaleza se sigue convirtiendo en maldición de la
historia
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Los africanos llaman al petróleo «mierda del Diablo».
En 1978 se descubrió petróleo en el sur de Sudán.
Siete años después, se sabe que las reservas llegan a
más del doble, y la mayor cantidad yace al oeste del
país, en la región de Darfur.
Allí ha ocurrido recientemente, y sigue ocurriendo,
otra matanza. Muchos campesinos negros, dos millones
según algunas estimaciones, han huido o han sucumbido,
por bala, cuchillo o hambre, al paso de las milicias
árabes que el gobierno respalda con tanques y
helicópteros.
Esta guerra se disfraza de conflicto étnico y
religioso entre los pastores árabes, islámicos, y los
labriegos negros, cristianos y animistas. Pero ocurre
que las aldeas incendiadas y los cultivos arrasados
estaban donde ahora empiezan a estar las torres
petroleras que perforan la tierra.
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La negación de la evidencia, injustamente atribuida a
los borrachos, es la más notoria costumbre del
presidente del planeta, que gracias a Dios no bebe una
gota.
Él sigue afirmando, un día sí y otro también, que su
guerra de Irak no tiene nada que ver con el petróleo.
«Nos han engañado ocultando información
sistemáticamente», escribía desde Irak, allá por 1920,
un tal Lawrence de Arabia: «El pueblo de Inglaterra ha
sido llevado a Mesopotamia para caer en una trampa de
la que será difícil salir con dignidad y con honor».
Yo sé que la historia no se repite; pero a veces dudo.
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¿Y la obsesión contra Chávez? ¿Nada tiene que ver con
el petróleo de Venezuela esta frenética campaña que
amenaza matar, en nombre de la democracia, al dictador
que ha ganado nueve elecciones limpias?
Y los continuos gritos de alarma por el peligro
nuclear iraní, ¿nada tienen que ver con el hecho de
que Irán contenga una de las reservas de gas más ricas
del mundo? Y si no, ¿cómo se explica eso del peligro
nuclear?
¿Fue Irán el país que descargó las bombas nucleares
sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki?
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La empresa Bechtel, con sede en California, había
recibido en concesión, por 40 años, el agua de
Cochabamba. Toda el agua, incluyendo el agua de las
lluvias. No bien se instaló, triplicó las tarifas. Una
pueblada estalló, y la empresa tuvo que irse de
Bolivia.
El presidente Bush se apiadó de la expulsada, y la
consoló otorgándole el agua de Irak.
Muy generoso de su parte. Irak no sólo es digno de
aniquilación por su fabulosa riqueza petrolera: este
país, regado por el Tigris y el Éufrates, también
merece lo peor porque es la más rica fuente de agua
dulce de todo el Oriente Medio.
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El mundo está sediento. Los venenos químicos pudren
los ríos y las sequías los exterminan, la sociedad de
consumo consume cada vez más agua, el agua es cada vez
menos potable y cada vez más escasa.
Todos lo dicen, todos lo saben: las guerras del
petróleo serán, mañana, guerras del agua.
En realidad, las guerras del agua ya están ocurriendo.
Son guerras de conquista, pero los invasores no echan
bombas ni desembarcan tropas. Viajan vestidos de civil
estos tecnócratas internacionales que someten a los
países pobres a estado de sitio y exigen privatización
o muerte. Sus armas, mortíferos instrumentos de
extorsión y de castigo, no hacen bulto ni meten ruido.
El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional,
dos dientes de la misma pinza, impusieron, en estos
últimos años, la privatización del agua en 16 países
pobres. Entre ellos, algunos de los más pobres del
mundo, como Benín, Níger, Mozambique, Ruanda, Yemen,
Tanzania, Camerún, Honduras, Nicaragua.
El argumento era irrefutable: o entregan el agua o no
habrá clemencia con la deuda ni préstamos nuevos.
Los expertos también tuvieron la paciencia de explicar
que no hacían eso por desmantelar soberanías, sino por
ayudar a la modernización de los países hundidos en el
atraso por la ineficiencia del Estado.
Y si las cuentas del agua privatizada resultaban
impagables para la mayoría de la población, tanto
mejor: a ver si así se despertaba por fin su dormida
voluntad de trabajo y de superación personal.
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En la democracia, ¿quién manda? ¿Los funcionarios
internacionales de las altas finanzas, votados por
nadie?
A fines de octubre del año pasado, un plebiscito
decidió el destino del agua en Uruguay. La gran
mayoría de la población votó, por abrumadora mayoría,
confirmando que el agua es un servicio público y un
derecho de todos.
Fue una victoria de la democracia contra la tradición
de impotencia, que nos enseña que somos incapaces de
gestionar el agua ni nada; y contra la mala fama de la
propiedad pública, desprestigiada por los políticos
que la han usado y maltratado como si lo que es de
todos fuera de nadie.
El plebiscito de Uruguay no tuvo ninguna repercusión
internacional. Los grandes medios de comunicación no
se enteraron de esta batalla de la guerra del agua,
perdida por los que siempre ganan; y el ejemplo no
contagió a ningún país del mundo.
Éste fue el primer plebiscito del agua y hasta ahora,
que se sepa, fue también el último.
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(*) Eduardo Galeano
Periodista y escritor uruguayo, autor de Las Venas
Abiertas de América Latina, La canción de nosotros,
Días y noches de amor y de guerra, Las palabras
andantes, El libro de los abrazos, entre otros.
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“A aquellos argentinos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a la Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer."
(Carta de San Martín a Rosas. 10 de Junio de 1839).
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