[R-P] De Petras sobre los resultado del Katrina

Julio Fernández Baraibar juliofernandezbaraibar en alternativagratis.com.ar
Vie Sep 9 23:03:50 MDT 2005


Buena nota de James Petras sobre una realidad que conoce mejor.

Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en yahoo.com.ar

08-09-2005

De cómo los medios estadounidenses cambiaron de un día para otro el discurso
sobre el huracán Katrina
De víctimas a bandidos: los medios de comunicación y Nueva Orleáns

James Petras
Rebelión
Traducido para Rebelión por Manuel Talens (www.manueltalens.com)



Introducción
Durante breves horas, pero de forma espectacular, los fracasos políticos que
convirtieron a Nueva Orleáns y a otras muchas ciudades y pueblos del Golfo
de México en una catástrofe humana hicieron añicos los lazos de amistad que
existían entre los medios de comunicación y el gobierno del país.
Periodistas críticos describieron el fiasco del sistema de seguridad
nacional para evacuar a ciudadanos pobres y la ausencia de alimentos básicos
y agua para las víctimas. Los medios compararon al presidente Bush (de
fiesta con sus amigos republicanos en California), al vicepresidente Chaney
(jugando al golf), a la secretaria de estado Rice (de compras en Manhattan)
y al jefe de la seguridad nacional Chertoff (asegurando que la ayuda
gubernamental funcionaba a la perfección) con los gritos de desesperación y
la penuria de decenas de miles de necesitados y hambrientos
afroestadounidenses y blancos pobres, que apenas sobrevivían en un oscuro y
nauseabundo centro de convenciones y en un estadio deportivo.
Pero cuatro días después del desastre, los apasionados testimonios críticos
se vieron sustituidos por las voces moderadas de la compasión oficial.
Empezaron a abundar las ocasiones para fotografiar a Bush; la Guardia
Nacional llegaba al lugar y el gobierno respondía. Las «noticias» se
ocuparon entonces de heroicos trabajadores con fotogénicos agentes blancos y
enfermeras que tenían en sus brazos a niños negros mientras aportaban alivio
a los «refugiados» y acababan con la creciente anarquía, la violencia y el
«saqueo» entre los supervivientes. Las entrevistas con altos funcionarios
militares se centraron en la amenaza que individuos violentos entre los
«refugiados» hacían pesar sobre los soldados. Las imágenes de vehículos que
transportaban tropas, de fuerzas especiales armadas hasta los dientes contra
un telón de fondo de muchedumbres encolerizadas, resonaron junto con la
propaganda de la guerra de Irak. Lo que había empezado siendo un ejercicio
de ayuda humanitaria se convirtió en una operación de contrainsurgencia. Al
final del sexto día, los medios convirtieron los fracasos políticos del
gobierno federal para proteger a los ciudadanos en una exitosa ocupación
militar.
La militarización de Nueva Orleáns
Nada muestra mejor la «línea revisionista» de los medios que el lugar
prominente que otorgaron a la orden gubernamental de «disparar a matar
contra los saqueadores». No hubo ni una queja, ni una voz crítica: los
medios convirtieron la ciudad desolada en una zona de guerra: Nueva Orleáns
pasó a ser Faluya. Los medios se ocuparon de desenterrar cada rumor, cada
habladuría, cada informe infundado de tercera mano sobre violaciones
infantiles y asesinatos para proporcionar un contexto a la «nueva realidad»:
la militarización de una ciudad devastada. Los medios están bien preparados
para dicho guión: periodistas incrustados entre las tropas destacaron a
soldados repartiendo raciones militares concentradas (completamente inútiles
para niños pequeños y ancianos deshidratados), mientras que omitían las
palizas que les propinaban a los negros sorprendidos con comestibles (los
negros roban comida, los blancos la encuentran). Más de cien mil personas
sin hogar, trabajo, dinero, agua, alimentos y condiciones sanitarias eran,
ante todo, víctimas de la ocupación militar. para proteger de los
«saqueadores» a los bancos, las pequeñas boutiques de moda y las joyerías.
Dieciséis mil soldados y fuerzas especiales, con la ayuda de vehículos
armados y helicópteros, tomaron la ciudad.
No se anunciaron proyectos de reconstrucción civil, empleos para los
desempleados y planes para realojar a las decenas de miles de familias que
se han quedado sin hogar. En cambio, los medios hicieron uso repetido de la
paranoia blanca: violadores negros aterrorizando vecindarios o refugios, en
todas partes había un rumor. Sorprende que no incluyesen el canibalismo en
la lista de «ultrajes» cometidos por los «africanizados» indigentes. Apenas
se mencionó a los «saqueadores» que desafiaban las aguas arremolinadas y a
los francotiradores militares para llevar agua embotellada a los ancianos,
cereales a niños y latas de sardinas a los hambrientos. El noventa y nueve
por cien de los negros eran pobres de solemnidad, pero los medios se
centraron en el 1% de criminales. Kathleen Blanco, la gobernadora de
Louisiana, ordenó una «tolerancia cero» para estimular al Presidente y dar
prioridad a los rifles automáticos de las fuerzas especiales. El alcalde
negro de Nueva Orleáns, atrapado entre la mayoría de los negros confinados
en la inmundicia, entre los muertos en descomposición y las aguas residuales
de los que aún vivían y la militarización de la ciudad, apeló al mundo
exterior.
Los medios han perdonado la violación cotidiana de una ciudad, de toda una
población vulnerable, pues mientras que mostraban a un testigo de la
rumoreada violación de una adolescente de 14 años varios días antes, no se
ocuparon de los informes de muertes masivas, aguas fecales contaminadas y
bebés desfallecientes, deshidratados. La máquina de la propaganda estatal se
centró en el Presidente firmando un decreto de ayuda y prometiendo ley y
orden.
La criminalización de las víctimas
Si se considera el total abandono en que el gobierno dejó a las decenas de
miles de pobres, de negros sin comida y sin hogar, era obvio que muchas
personas se lanzarían a la búsqueda de alimentos y de agua. Al identificar
de forma deliberada a los supervivientes como «saqueadores» y «violadores»,
la Administración sentó las bases de la posterior militarización y, de
facto, de la ley marcial, fértil terreno para los asesinatos. Los primeros
informes censurados de periodistas no incrustados daban testimonio de
soldados de la Guardia Nacional apaleando a los supervivientes que buscaban
ayuda. Los informes militares se hicieron eco la muerte de varios
«francotiradores».
Sin duda la primera preocupación del gobierno ha consistido en saturar la
ciudad de militares para impedir que los supervivientes se organicen
buscando justicia y para canalizar todas las comunicaciones sobre el estado
de la ciudad a través de fuentes aprobadas de forma oficial. Todavía más
significativo es el hecho de que los militares hayan definido la naturaleza
de la situación como un problema de criminalidad, cuya solución es represiva
por medio del máximo control y la mínima ayuda.
Los poderes mágicos de los medios de comunicación
Al séptimo día después de la catástrofe humana, los medios se vieron
inundados con las caras, las voces y la retórica compasiva de todos los
voceros principales y secundarios de la Administración de Bush. Cada cadena
importante de televisión, cada programa destacado presentó a Bush, Rumsfeld,
Rice, Chertoff y a varios generales hablando con admiración de los esfuerzos
hercúleos, de los valientes y generosos soldados de la Guardia Nacional, que
ayudaban a la población.
Los comentaristas y entrevistadores de los medios cooperaron sin reservas en
la despenalización del Estado. Los funcionarios culpables de crímenes contra
la humanidad de ciudadanos pobres e indigentes se transformaron en
salvadores humanitarios. No hubo ni una palabra de autocrítica por parte de
los funcionarios y ninguno de los medios habló de ello. Las pocas voces
críticas disidentes de los primeros días recibieron su castigo y
desaparecieron de las pantallas de la televisión. Los medios de Estados
Unidos fueron el único lugar de todo el mundo en donde se exoneró a los
culpables.
La propaganda estatal de los medios tuvo su impacto: los sondeos de opinión
indicaron que el 70% de los ciudadanos eran más hostiles a la política
presidencial de precios elevados del petróleo y del gas que a la enorme
negligencia que causó la muerte de miles de sus compatriotas, sobre todo
negros (el 66% del total).
Al publicitar la tardía e inadecuada ayuda presidencial y amplificar el
grado de criminalidad entre los pobres, los medios han polarizado
racialmente la catástrofe entre blancos generosos, compasivos y humanitarios
e ingratos y hostiles «refugiados» negros, un término que despoja a las
víctimas de su ciudadanía y sus derechos.
La orden de «disparar a matar» se aplicó a quienes robaban botellas de agua
y a los verdaderos o imaginarios francotiradores. La negativa
caracterización de las víctimas por parte de los medios ha aumentado la
desconfianza pública hacia los testimonios de niños deshidratados y frágiles
abuelitas. Criminalizar, demonizar y militarizar es lo que mejor sabe hacer
Washington. Repetir la propaganda oficial y censurar entrevistas disidentes
es lo que mejor saben hacer los medios de Estados Unidos. Ni uno solo de
ellos, ni una de las principales cadenas de televisión se hicieron eco de
los informes sumamente críticos de los medios más prestigiosos de ultramar.
Los informes de Le Monde, The Guardian, El País, Der Spiegel o La Jornada
nunca se mencionaron.
La propaganda de fotos y titulares a gran tamaño es muy eficaz en nuestra
estupidocracia y es lo que nuestros medios hacen mejor. Las fotografías de
Bush abrazando a un «superviviente» limpio y fotogénico excluyeron a los
cuerpos flotando sobre los detritos. Por todas partes había fotos de Bush al
firmar el decreto de ayuda. siete días después de los hechos, pero no las
que lo mostraban en una recaudación republicana de fondos el primer día del
huracán. No hubo fotos del vicepresidente Chaney jugando al golf al tercer
día, mientras que los cadáveres flotaban corriente abajo por la Main Street
de Biloxi (misisipi). No hubo fotos de la directora de la Cruz Roja
depositando su salario de más de 640,000 dólares, mientras que 40.000
personas carecían de agua limpia en «zonas de refugiados». No hubo fotos de
la Secretaria de Estado Rice en una comedia de Broadway al cuarto día,
mientras que los cuerpos de viejas damas negras se descomponían cerca de sus
ultrajados e infelices familiares y vecinos.
Conclusión
Los medios de comunicación dieron un abrupto giro, adaptando y dando forma a
las imágenes de la catástrofe vehiculadas por la Administración. En siete
días, la magia de los medios transformó al equipo de Bush, que de líderes
incompetentes e ignorantes pasaron a ser funcionarios decisivos y
humanitarios. Al mismo tiempo, los desesperados, los agonizantes y los
furibundos fueron convertidos en una muchedumbre rebelde, criminal, ingrata
y caótica. El mensaje político estaba claro: la represión y la
militarización eran las condiciones prioritarias para la supervivencia y la
ayuda humanitaria. La ciudad tuvo que estar bajo una ley marcial de facto
antes de que la pudiesen salvar. Vietnam y Faluya vienen a la mente. Al fin
y al cabo, la contrarresistencia es lo que mejor hacemos en este país.
Según el Presidente, los miembros de su gabinete y los medios de
comunicación, «Estados Unidos sabe estar a la altura de las circunstancias»:
no olvidaremos a los más de diez mil muertos y heridos, incluso pondremos la
bandera a media asta durante unos días, siempre que el Comité de los
congresistas negros lo solicite. Como diría Bush, «adelante, tenemos una
guerra que ganar en Irak».
En la otra America, las víctimas, sus amigos, sus hermanos y hermanas no se
dejarán engañar. Seguramente los europeos, africanos, asiáticos y latinos
tienen imágenes grabadas en su memoria colectiva: de pobres furiosos y
desesperados de Nueva Orleáns que dirigen sus ojos con ira hacia un gobierno
indiferente.
¿Recordará la America blanca quiénes son los criminales y quiénes las
víctimas?



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