[R-P] CARTA DE JAMAICA (Simon Bolivar)

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Mar Sep 6 07:36:39 MDT 2005


CARTA DE JAMAICA 

Simón Bolívar. 

Este documento expone las causas y razones que
justifican la independencia y es donde se establece la
necesidad de la unidad de los territorios emancipados.
Por ello se sostiene que aquí se encuentran las bases
de la doctrina bolivariana de “unidad e independencia”
de Nuestra América que hoy resurge. Es importante
destacar que la doctrina bolivariana es anterior a su
opuesta, la doctrina Monroe de “América para los
Americanos”, expuesta en 1823. 

La Carta de Jamaica fue conocida originalmente como
“Contestación de un americano meridional a un
caballero de esta Isla” , fue escrito por Simón
Bolívar en Kingston; al ciudadano inglés Henry Cullen.


Muy señor mío: Me apresuro a contestar la carta de 29
del mes pasado que usted me hizo el honor de
dirigirme, y yo recibí con la mayor satisfacción. 

Sensible como debo, al interés que usted ha querido
tomar por la suerte de mi patria, afligiéndose con
ella por los tormentos que padece, desde su
descubrimiento hasta estos últimos períodos, por parte
de sus destructores los españoles, no siento menos el
comprometimiento en que me ponen las solícitas
demandas que usted me hace, sobre los objetos más
importantes de la política americana. Así, me
encuentro en un conflicto, entre el deseo de
corresponder a la confianza con que usted me favorece,
y el impedimento de satisfacerle, tanto por la falta
de documentos y de libros, cuanto por los limitados
conocimientos que poseo de un país tan inmenso,
variado y desconocido como el Nuevo Mundo. 

En mi opinión es imposible responder a las preguntas
con que usted me ha honrado. El mismo barón de
Humboldt, con su universalidad de conocimientos
teóricos y prácticos, apenas lo haría con exactitud,
porque aunque una parte de la estadística y revolución
de América es conocida, me atrevo a asegurar que la
mayor está cubierta de tinieblas y, por consecuencia,
sólo se pueden ofrecer conjeturas más o menos
aproximadas, sobre todo en lo relativo a la suerte
futura, y a los verdaderos proyectos de los
americanos; pues cuantas combinaciones suministra la
historia de las naciones, de otras tantas es
susceptible la nuestra por sus posiciones físicas, por
las vicisitudes de la guerra, y por los cálculos de la
política. 

Como me conceptúo obligado a prestar atención a la
apreciable carta de usted, no menos que a sus
filantrópicas miras, me animo a dirigir estas líneas,
en las cuales ciertamente no hallará usted las ideas
luminosas que desea, mas sí las ingenuas expresiones
de mis pensamientos. 

«Tres siglos ha —dice usted— que empezaron las
barbaridades que los españoles cometieron en el grande
hemisferio de Colón». Barbaridades que la presente
edad ha rechazado como fabulosas, porque parecen
superiores a la perversidad humana; y jamás serían
creídas por los críticos modernos, si constantes y
repetidos documentos no testificasen estas infaustas
verdades. El filantrópico obispo de Chiapa, el apóstol
de la América, Las Casas, ha dejado a la posteridad
una breve relación de ellas, extractada de las
sumarias que siguieron en Sevilla a los
conquistadores, con el testimonio de cuantas personas
respetables había entonces en el Nuevo Mundo, y con
los procesos mismos que los tiranos se hicieron entre
sí: como consta por los más sublimes historiadores de
aquel tiempo. Todos los imparciales han he cho
justicia al celo, verdad y virtudes de aquel amigo de
la humanidad, que con tanto fervor y firmeza denunció
ante su gobierno y contemporáneos los actos más
horrorosos de un frenesí sanguinario. 

Con cuánta emoción de gratitud leo el pasaje de la
carta de usted en que me dice «que espera que los
sucesos que siguieron entonces a las armas españolas,
acompañen ahora a las de sus contrarios, los muy
oprimidos americanos meridionales». Yo tomo esta
esperanza por una predicción, si la justicia decide
las contiendas de los hombres. El suceso coronará
nuestros esfuerzos; porque el destino de América se ha
fijado irrevocablemente: el lazo que la unía a España
está cortado: la opinión era toda su fuerza; por ella
se estrechaban mutuamente las partes de aquella in
mensa monarquía; lo que antes las enlazaba ya las
divide; más grande es el odio que nos ha inspirado la
Península que el mar que nos separa de ella; menos
difícil es unir los dos continentes, que reconciliar
los espír itus de ambos países. El hábito a la
obediencia; un comercio de intereses, de luces, de
religión; una recíproca benevolencia; una tierna
solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres;
en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza nos
venía de España. De aquí nacía un principio de
adhesión que parecía eterno; no obstante que la
inconducta de nuestros dominadores relajaba esta
simpatía; o, por mejor decir, este apego forzado por
el imperio de la dominación. Al presente sucede lo
contrario; la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo,
nos amenaza y tememos: todo lo sufrimos de esa
desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado y
hemos visto la luz y se nos quiere volver a las
tinieblas: se han roto las cadenas; ya hemos sido
libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo
esclavizarnos. Por lo tanto, América combate con
despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado
tr! as sí la victoria. 

Porque los sucesos hayan sido parciales y alternados,
no debemos desconfiar de la fortuna. En unas partes
triunfan los in dependientes, mientras que los tiranos
en lugares diferentes, obtienen sus ventajas, y ¿cuál
es el resultado final? ¿No está el Nuevo Mundo entero,
conmovido y armado para su defensa? Echemos una ojeada
y observaremos una lucha simultánea en la misma
extensión de este hemisferio. 

El belicoso estado de las provincias del Río de la
Plata ha purgado su territorio y conducido sus armas
vencedoras al Alto Perú, conmoviendo a Arequipa, e
inquietado a los realistas de Lima. Cerca de un millón
de habitantes disfruta allí de su libertad. 

El reino de Chile, poblado de ochocientas mil almas,
está lidian do contra sus enemigos que pretenden
dominarlo; pero en vano, porque los que antes pusieron
un término a sus conquistas, los indómitos y libres
araucanos, son sus vecinos y compatriotas; y su
ejemplo sublime es suficiente para probarles, que el
pueblo que ama su independencia, por fin la logra. 

El virreinato del Perú, cuya población asciende a
millón y medio de habitantes, es, sin duda, el más
sumiso y al que más sacrificios se le han arrancado
para la causa del rey, y bien que sean vanas las
relaciones concernientes a aquella porción de América,
es indubitable que ni está tranquila, ni es capaz de
oponerse al torrente que amenaza a las más de sus
provincias. 

La Nueva Granada que es, por decirlo así, el corazón
de la América, obedece a un gobierno general,
exceptuando el reino de Quito que con la mayor
dificultad contienen sus enemigos, por ser fuertemente
adicto a la causa de su patria; y las provincias de
Panamá y Santa Marta que sufren, no sin dolor, la
tiranía de sus señores. Dos millones y medio de
habitantes están esparcidos en aquel territorio que
actualmente defienden contra el ejército español bajo
el general Morillo, que es verosímil sucumba delante
de la inexpugnable plaza de Cartagena. Mas si la
tomare será a costa de grandes pérdidas, y desde luego
carecerá de fuerzas bastantes para subyugar a los
morigeros y bravos moradores del interior. 

En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela sus
acontecimientos han sido tan rápidos y sus
devastaciones tales, que casi la han reducido a una
absoluta indigencia a una soledad espantosa; no
obstante que era uno de los más bellos países de
cuantos hacían el orgullo de América. Sus tiranos
gobiernan un desierto, y sólo oprimen a tristes restos
que, escapados de la muerte, alimentan una precaria
existencia; algunas mujeres, niños y ancianos son los
que quedan. Los más de los hombres han perecido por no
ser esclavos, y los que viven, combaten con furor, en
los campos y en los pueblos internos hasta expirar o
arrojar al mar a los que insaciables de sangre y de
crímenes, rivalizan con los primeros monstruos que
hicieron desaparecer de la América a su raza
primitiva. Cerca de un millón de habitantes se contaba
en Venezuela y sin exageración se puede conjeturar que
una cuarta parte ha sido sacrificada por la tierra, la
espada, el hambre, la peste, las peregrinaciones;
excepto el terremoto, todos resultados de la guerra. 

En Nueva España había en 1808, según nos refiere el
barón de Humboldt, siete millones ochocientas mil
almas con inclusión de Guatemala. Desde aquella época,
la insurrección que ha agitado a casi todas sus
provincias, ha hecho disminuir sensiblemente aquel
cómputo que parece exacto; pues más de un millón de
hombres han perecido, como lo podrá usted ver en la
exposición de Mr. Walton que describe con fidelidad
los sanguinarios crímenes cometidos en aquel opulento
imperio. Allí la lucha se mantiene a fuerza de
sacrificios humanos y de todas especies, pues nada
ahorran los españoles con tal que logren someter a los
que han tenido la desgracia de nacer en este suelo,
que parece destinado a empaparse con la sangre de sus
hijos. A pesar de todo, los mejicanos serán libres,
porque han abrazado e l partido de la patria, con la
resolución de vengar a sus pasados, o seguirlos al
sepulcro. Ya ellos dicen con Reynal: llegó el tiempo
en fin, de pagar a los españoles suplicios con
suplicios y de ahogar a esa raza de exterminadores en
su sangre o en el mar. 

Las islas de Puerto Rico y Cuba, que entre ambas
pueden formar una población de setecientas a
ochocientas mil almas, son las que más tranquilamente
poseen los españoles, porque están fuera del contacto
de los independientes. Mas ¿no son americanos estos
insulares? ¿No son vejados? ¿No desearán su bienestar?


Este cuadro representa una escala militar de dos mil
leguas de longitud y novecientas de latitud en su
mayor extensión en que dieciséis millones de
americanos defienden sus derechos, o están comprimidos
por la nación española que aunque fue en algún tiempo
el más vasto imperio del mundo, sus restos son ahora
impotentes para dominar el nuevo hemisferio y hasta
para mantenerse en el antiguo. ¿Y~~ y amante de la
libertad permite que una vieja serpiente por sólo
satisfacer su saña envenenada, devore ta más bella
parte de nuestro globo? ¡Qué! ¿Está Europa sorda al
clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para
ver la justicia? ¿Tanto se ha endurecido para ser de
este modo insensible? Estas cuestiones cuanto más las
medito, más me confunden; llego a pensar que s e
aspira a que desaparezca la América, pero es imposible
porque toda Europa no es España. ¡Qué demencia la de
nuestra enemiga, pretender reconquistar América, sin
marina, sin tesoros y casi sin soldados! Pues los que
tiene, apenas son bastantes para retener a su propio
pueblo en una violenta obediencia, y defenderse de sus
vecinos. Por otra parte, ¿podrá esta nación hacer el
comercio exclusivo de la mitad del mundo sin
manufacturas. Sin producciones territoriales, sin
artes, sin ciencias, sin política? Lograda que fuese
esta loca empresa, y suponiendo más, aun lograda la
pacificación, los hijos de los actuales americanos
únicos con los de los europeos reconquistadores, ¿no
volverían a formar dentro de veinte años los mismos
patrióticos designios que ahora se están combatiendo? 

Europa haría un bien a España en disuadirla de su
obstinada temeridad, porque a lo menos le ahorrará los
gastos que expende, y la sangre que derrama; a fin de
que fijando su atención en sus propios recintos,
fundase su prosperidad y poder sobre bases más sólidas
que las de inciertas conquistas, un comercio precario
y exacciones violentas en pueblos remotos, enemigos y
poderosos. Europa misma por miras de sana política
debería haber preparado y ejecutado el proyecto de la
independencia americana, no sólo porque el equilibrio
del mundo así lo exige, sino porque éste es el medio
legítimo y seguro de adquirirse establecimientos
ultramarinos de comercio. Europa que no se halla
agitada por las violentas pasiones de la venganza,
ambición y codicia, como España, parece que estaba
autorizada por todas las leye s de la equidad a
ilustrarla sobre sus bien entendidos intereses. 

Cuantos escritores han tratado la materia se acordaban
en esta parte. En consecuencia, nosotros esperábamos
con razón que todas las naciones cultas se
apresurarían a auxiliarnos, para que adquiriésemos un
bien cuyas ventajas son recíprocas a entrambos
hemisferios. Sin embargo, ¡cuán frustradas esperanzas!
No sólo los europeos. pero hasta nuestros hermanas del
Norte se han mantenido inmóviles espectadores de esta
contienda, que por su esencia es la más justa, y por
sus resultados la más bella e importante de cuantas se
han suscitado en los siglos antiguos y modernos,
¿porque hasta dónde se puede calcular la trascendencia
de la libertad en el hemisferio de Colón? 

«La felonía con que Bonaparte —dice usted— prendió a
Carlos IV y a Fernando VII, reyes de esta nación, que
tres siglos la aprisionó con traición a dos monarcas
de la América meridional, es un acto manifiesto de
retribución divina y, al mismo tiempo, una prueba de
que Dios sostiene la justa causa de los americanos, y
les concederá su independencia». 

Parece que usted quiere aludir al monarca de Méjico
Moctezuma, preso por Cortés y muerto, según Herrera,
por el mismo, aunque Solís dice que por el pueblo, y a
Atahualpa, inca del Perú, destruido por Francisco
Pizarro y Diego Almagro. Existe tal diferencia entre
la suerte de los reyes españoles y los reyes
americanos, que no admiten comparación; los primeros
son tratados con dignidad, conservados, y al fin
recobran su libertad y trono; mientras que los últimos
sufren tormentos inauditos y los vilipendios más
vergonzosos. Si a Guatimozín sucesor de Moctezuma, se
le trata como emperador, y le ponen la corona, fue por
irrisión y no por respeto, para que experimentase este
escarnio antes que las torturas. Iguales a la suerte
de este monarca fueron las del rey de Michoacán,
Catzontzin; el Zipa de Bogotá, y cuanto s Toquis,
Imas, Zipas, Ulmenes, Caciques y demás dignidades
indianas sucumbieron al poder español. El suceso de
Fernando VII es más semejante al que tuvo lugar en
Chile en 1535 con el Ulmén de Copiapó, entonces
reinante en aquella comarca. El español Almagro
pretextó, como Bonaparte, tomar partido por la causa
del legítimo soberano y, en consecuencia, llama al
usurpador, como Fernando lo era en España; aparenta
restituir al legítimo a sus estados y termina por
encadenar X echar a las llamas al infeliz Ulmén, sin
querer ni aún oír su defensa. Este es el ejemplo de
Fernando VII con su usurpador; los reyes europeos sólo
padecen destierros, el Ulmén de Chile termina su vida
de un modo atroz. 

«Después de algunos meses —añade usted— he hecho
muchas reflexiones sobre la situación de los
americanos y sus esperanzas futuras; tomo grande
interés en sus sucesos; pero me faltan muchos informes
relativos a su estado actual y a lo que ellos aspiran;
deseo infinitamente saber la política de cada
provincia como también su población; si desean
repúblicas o monarquías, si formarán una gran
república o una gran monarquía. Toda noticia de esta
especie que usted pueda darme o indicarme las fuentes
a que debo ocurrir, la estimaré como un favor muy
particular». 

Siempre las almas generosas se interesan en la suerte
de un pueblo que se esmera por recobrar los derechos
con que el Creador y la naturaleza le han dotado; y es
necesario estar bien fascinado por el error o por las
pasiones para no abrigar esta noble sensación; usted
ha pensado en mi país, y se interesa por él, este acto
de benevolencia me inspira el más vivo reconocimiento.


He dicho la población que se calcula por datos más o
menos exactos, que mil circunstancias hacen fallidos,
sin que sea fácil remediar esta inexactitud, porque
los más de los moradores tienen habitaciones
campestres, y muchas veces errantes; siendo
labradores, pastores, nómadas, perdidos en medio de
espesos e inmensos bosques, llanuras solitarias, y
aislados entre lagos y ríos caudalosos. ¿Quién será
capaz de formar una estadística completa de semejantes
comarcas? Además, los tributos que pagan los
indígenas; las penalidades de los esclavos; las
primicias, diezmos y derechos que pesan sobre los
labradores, y otros accidentes alejan de sus hogares a
los pobres americanos. Esto sin hacer mención de la
guerra de exterminio que ya ha segado cerca de un
octavo de la población, y ha ahuyentado una gran parte
; pues entonces las dificultades son insuperables y el
empadronamiento vendrá a reducirse a la mitad del
verdadero censo. 

Todavía es más difícil presentir la suerte futura del
Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política,
y casi profetizar la naturaleza del gobierno que
llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir de
este país me parece aventurada. ¿Se puede prever
cuando el género humano se hallaba en su infancia
rodeado de tanta incertidumbre, ignorancia y error,
cuál seria el régimen que abrazaría para su
conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir tal
nación será república o monarquía, ésta será pequeña,
aquélla grande? En mi concepto, esta es la imagen de
nuestra situación. Nosotros somos un pequeño género
humano; poseemos un mundo aparte, cercado por
dilatados mares; nuevos en casi todas las art es y
ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de
la sociedad civil. Yo considero el estado actual de
América, como cuando desplomado el imperio romano cada
desmembración formó un sistema político, conforme a
sus intereses y situación, o siguiendo la ambición
particular de algunos jefes, familias o corporaciones,
con esta notable diferencia, que aquellos miembros
dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones
con las alteraciones que exigían las cosas o los
sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos
vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra
parte no somos indios, ni europeos, sino una especie
mezcla entre los legítimos propietarios del país y los
usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros
americanos por nacimiento, y nuestros derechos los de
Europa, tenemos que disputar a éstos a los del país, y
que mantenernos en él contra la invasión! de los
invasores; así nos hallemos en el caso más
extraordinario y complicado. No obstante que es una
especie de adivinación indicar cuál será el resultado
de la línea de política que América siga, me atrevo
aventurar algunas conjeturas que, desde luego,
caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo
racional, y no por un raciocinio probable. 

La posición de los moradores del hemisferio americano,
ha sido por siglos puramente pasiva; su existencia
política era nula. Nosotros estábamos en un grado
todavía más abajo de la servidumbre y, por lo mismo,
con más dificultad para elevarnos al goce de la
libertad. Permítame usted estas consideraciones para
elevar la cuestión. Los Estados son esclavos por la
naturaleza de su constitución o por el abuso de ella;
luego un pueblo es esclavo, cuando el gobierno por su
esencia o por sus vicios, holla y usurpa los derechos
del ciudadano o súbdito. Aplicando estos principios,
hallaremos que América no solamente estaba privada de
su libertad, sino también de la tiranía activa y
dominante. Me explicaré. En las administraciones
absolutas no se reconocen límites en el ejercicio de
las facultades gubernat ivas: la voluntad del gran
sultán, Kan, Bey y demás soberanos despóticos, es la
ley suprema, y ésta, es casi arbitrariamente ejecutada
por los bajáes, kanes y sátrapas subalternos de
Turquía y Persia, que tienen organizada una opresión
de que participan los súbditos en razón de la
autoridad que se les confía. A ellos está encargada la
administración civil, militar, política, de rentas, y
la religión. Pero al fin son persas los jefes de
Ispahán, son turcos los visires del gran señor, son
tártaros los sultanes de la Tartaria. China no envía a
buscar mandarines, militares y letrados al país de
Gengis Kan que la conquistó, a pesar de que los
actuales chinos son descendientes directos de los
subyugados por los ascendientes de los presentes
tártaros. 

¡Cuán diferente entre nosotros! Se nos vejaba con una
conducta que, además de privarnos de los derechos que
nos correspondían, nos dejaba en una especie de
infancia permanente, con respecto a las transacciones
públicas. Si hubiésemos siquiera manejado nuestros
asuntos domésticos en nuestra administración interior,
conoceríamos el curso de los negocios públicos y su
mecanismo, moraríamos también de la consideración
personal que impone a los ojos del pueblo cierto
respeto maquinal que es tan necesario conservar en las
revoluciones. He aquí por qué he dicho que estábamos
privados hasta de la tiranía activa, pues que no nos
está permitido ejercer sus funciones. 

Los americanos en el sistema español que está en
vigor, y quizá con mayor fuerza que nunca, no ocupan
otro lugar en la sociedad que el de siervos propios
para el trabajo y, cuando más, el de simples
consumidores; y aun esta parte coartada con
restricciones chocantes; tales son las prohibiciones
del cultivo de frutos de Europa, el estanco de las
producciones que el rey monopoliza, el impedimento de
las fábricas que la misma Península no posee, los
privilegios exclusivos del comercio hasta de los
objetos de primera necesidad; las trabas entre
provincias y provincias americanas para que no se
traten, entiendan, ni negocien; en fin, ¿quiere usted
saber cuál era nuestro destino? Los campos para
cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao
y el algodón; las llanuras solitarias para criar
ganados, los desiertos para cazar las bestias feroces,
las entrañas de la tierra para excavar el oro que no
puede saciar a esa nación avarienta. 

Tan negativo era nuestro estado que no encuentro
semejante en ninguna otra asociación civilizada, por
más que recorro la serie de las edades y la política
de todas las naciones. Pretender que un país tan
felizmente constituido, extenso, rico y populoso sea
meramente pasivo, ¿no es un ultraje y una violación de
los derechos de la humanidad? 

Estábamos, como acabo de exponer, abstraídos y,
digámoslo así, ausentes del universo en cuanto es
relativo a la ciencia del gobierno y administración
del Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores sino
por causas muy extraordinarias; arzobispos y obispos
pocas veces; diplomáticos nunca; militares sólo en
calidad de subalternos; nobles, sin privilegios
reales; no éramos, en fin, ni magistrados ni
financistas, y casi ni aun comerciantes; todo en
contravención directa de nuestras instituciones. 

El emperador Carlos V formó un pacto con los
descubridores, conquistadores y pobladores de América
que, como dice Guerra, es nuestro contrato social. Los
reyes de España convinieron solemnemente con ellos que
lo ejecutasen por su cuenta y riesgo, prohibiéndoles
hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta razón
se les concedía que fuesen señores de la tierra, que
organizasen la administración y ejerciesen la
judicatura en apelación; con otras muchas exenciones y
privilegios que sería prolijo detallar. El rey se
comprometió a no enajenar jamás las provincias
americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción
que la del alto dominio, siendo una especie de
propiedad feudal la que allí tenían los conquistadores
para sí y sus descendientes. Al mismo tiempo existen
leyes expresas que favorecen casi exclusivamente a los
naturales del país, originarios de España, en cuanto a
los empleos civiles, eclesiásticos y de rentas. Por
manera que con una violación manifiesta de las leyes y
de los pactos subsistentes, se han visto despojar
aquellos naturales de la autoridad constitucional que
les daba su código. 

De cuanto he referido, será fácil colegir que América
no estaba preparada, para desprenderse de la
metrópoli, como súbitamente sucedió por el efecto de
las ilegítimas cesiones de Bayona, y por la inicua
guerra que la regencia nos declaró sin derecho alguno
para ello no sólo por la falta de justicia, sino
también de legitimidad. Sobre la naturaleza de los
gobiernos españoles, sus decretos conminatorios y
hostiles, y el curso entero de su desesperada
conducta, hay escritos del mayor mérito en el
periódico El Español , cuyo autor es el señor Blanco;
y estando allí esta parte de nuestra historia muy bien
tratada, me limito a indicarlo. 

Los americanos han subido de repente y sin los
conocimientos previos y, lo que es más sensible, sin
la práctica de los negocios públicos a representar en
la escena del mundo las eminentes dignidades de
legisladores, magistrados, administradores del erario,
diplomáticos, generales, y cuantas autoridades
supremas y subalternas forman la jerarquía de un
Estado organizado con regularidad. 

Cuando las águilas francesas sólo respetaron los muros
de la ciudad de Cádiz, y con su vuelo arrollaron a los
frágiles gobiernos de la Península, entonces quedamos
en la orfandad. Ya antes habíamos sido entregados a la
merced de un usurpador extranjero. Después,
lisonjeados con la justicia que se nos debía, con
esperanzas halagüeñas siempre burladas; por último,
inciertos sobre nuestro destino futuro, y amenazados
por la anarquía, a causa de la falta de un gobierno
legítimo, justo y liberal, nos precipitamos en el caos
de la revolución. En el primer momento sólo se cuidó
de proveer a la seguridad interior, contra los
enemigos que encerraba nuestro seno. Luego se extendió
a la seguridad exterior; se establecieron autoridades
que sustituimos a las que acabábamos de deponer enca
rgadas de dirigir el curso de nuestra revolución y de
aprovechar la coyuntura feliz en que nos fuese posible
fundar un gobierno constitucional digno del presente
siglo y adecuado a nuestra situación. 

Todos los nuevos gobiernos marcaron sus primeros pasos
con el establecimiento de juntas populares. Estas
formaron en seguida reglamentos para la convocación de
congresos que produjeron alteraciones importantes.
Venezuela erigió un gobierno democrático y federal,
declarando previamente los derechos del hombre,
manteniendo el equilibrio de los poderes y estatuyendo
leyes generales en favor de la libertad civil, de
imprenta y otras; finalmente, se constituyó un
gobierno independiente. La Nueva Granada siguió con
uniformidad los establecimientos políticos y cuantas
reformas hizo Venezuela, poniendo por base fundamental
de su Constitución el sistema federal más exagerado
que jamás existió; recientemente se ha mejorado con
respecto al poder ejecutivo general, que ha obtenido
cuantas atribuciones le corresponden. Según entiendo,
Buenos Aires y Chile han seguido esta misma línea de
operaciones; pero como nos hallamos a tanta distancia,
los documentos son tan raros, y las noticias tan
inexactas, no me animaré ni aun a bosquejar el cuadro
de sus transacciones. 

Los sucesos de México han sido demasiado varios,
complicados, rápidos y desgraciados para que se puedan
seguir en el curso de la revolución. Carecemos,
además, de documentos bastante instructivos, que nos
hagan capaces de juzgarlos. Los independientes de
México, por lo que sabemos, dieron principio a su
insurrección en septiembre de 1810, y un año después,
ya tenían centralizado su gobierno en Zitácuaro,
instalado allí una junta nacional bajo los auspicios
de Fernando VII, en cuyo nombre se ejercían las
funciones gubernativas. Por los acontecimientos de la
guerra, esta junta se trasladó a diferentes lugares, y
es verosímil que se haya conservado hasta estos
últimos momentos, con las modificaciones que los
sucesos hayan exigido. Se dice que ha creado un
generalísimo o dictador que lo es e l ilustre general
Morelos; otros hablan del célebre general Rayón; lo
cierto es que uno de estos dos grandes hombres o ambos
separadamente ejercen la autoridad suprema en aquel
país; y recientemente ha aparecido una constitución
para el régimen del Estado. En marzo de 1812 el
gobierno residente en Zultepec, presentó un plan de
paz y guerra al virrey de México concebido con la más
profunda sabiduría. En él se reclamó el derecho de
gentes estableciendo principios de una exactitud
incontestable. Propuso la junta que la guerra se
hiciese como entre hermanos y conciudadanos; pues que
no debía ser más cruel que entre naciones extranjeras;
que los derechos de gentes y de guerra, inviolables
para los mismos infieles y bárbaros, debían serlo más
para cristianos, sujetos a un soberano y a unas mismas
leyes; que los prisioneros no fuesen tratados como
reos de lesa majestad, n! i se degollasen los que
rendían las armas, sino que se mantuviesen en rehenes
para canjearlos; que no se entrase a sangre y fuego en
las poblaciones pacíficas, no las diezmasen ni
quitasen para sacrificarlas y, concluye, que en caso
de no admitirse este plan, se observarían
rigurosamente las represalias. Esta negociación se
trató con el más alto desprecio; no se dio respuesta a
la junta nacional; las comunicaciones originales se
quemaron públicamente en la plaza de México, por mano
del verdugo; y la guerra de exterminio continuó por
parte de los españoles con su furor acostumbrado,
mientras que los mexicanos y las otras naciones
americanas no la hacían, ni aun a muerte con los
prisioneros de guerra que fuesen españoles. Aquí se
observa que por causas de conveniencia se conservó la
apariencia de sumisión al rey y aun a la constitución
de la monarquía. Parece! que la junta nacional es
absolutaen el ejercicio de las funciones leg islativa,
ejecutiva y judicial, y el número de sus miembros muy
limitado. 

Los acontecimientos de la tierra firme nos han probado
que las instituciones perfectamente representativas no
son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces
actuales. En Caracas el espíritu de partido tomó su
origen en las sociedades, asambleas y elecciones
populares; y estos partidos nos tornaron a la
esclavitud. Y así como Venezuela ha sido la república
americana que más se ha adelantado en sus
instituciones políticas, también ha sido el más claro
ejemplo de la ineficacia de la forma demócrata y
federal para nuestros nacientes Estados. En Nueva
Granada las excesivas facultades de los gobiernos
provinciales y la falta de centralización en el
general han conducido aquel precioso país al estado a
que se ve reducido en el día. Por esta razón sus
débiles enemigos se han conservado contra tod as las
probabilidades. En tanto que nuestros compatriotas no
adquieran los talentos y las virtudes políticas que
distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas
enteramente populares, lejos de sernos favorables,
temo mucho que vengan a ser nuestra ruina.
Desgraciadamente, estas cualidades parecen estar muy
distantes de nosotros en el grado que se requiere; y
por el contrario, estamos dominados de los vicios que
se contraen bajo la dirección de una nación como la
española que sólo ha sobresal ido en fiereza,
ambición, venganza y codicia. 

Es más difícil, dice Montesquieu, sacar un pueblo de
la servidumbre, que subyugar uno libre. Esta verdad
está comprobada por los anales de todos los tiempos,
que nos muestran las más de las naciones libres,
sometidas al yugo, y muy pocas de las esclavas
recobrar su libertad. A pesar de este convencimiento,
los meridionales de este continente han manifestado el
conato de conseguir instituciones liberales, y aun
perfectas; sin duda, por efecto del instinto que
tienen todos los hombres de aspirar a su mejor
felicidad posible; la que se alcanza infaliblemente en
las sociedades civiles, cuando ellas están fundadas
sobre las bases de la justicia, de la libertad y de la
igualdad. Pero ¿seremos nosotros capaces de mantener
en su verdadero equilibrio la difícil carga de una
República? ¿Se puede concebir que un pueblo
recientemente desencadenado , se lance a la esfera de
la libertad, sin que, como a Ícaro, se le deshagan las
alas, y recaiga en el abismo? Tal prodigio es
inconcebible, nunca visto. Por consiguiente, no hay un
raciocinio verosímil, que nos halague con esta
esperanza. 

Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la
más grande nación del mundo, menos por su extensión y
riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a
la perfección del gobierno de mi patria, no puedo
persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento
regido por una gran república; como es imposible, no
me atrevo a desearlo; y menos deseo aún una monarquía
universal de América, porque este proyecto sin ser
útil, es también imposible. Los abusos que actualmente
existen no se reformarían, y nuestra regeneración
sería infructuosa. Los Estados americanos han menester
de los cuidados de gobiernos paternales que curen las
llagas y las heridas del despotismo y la guerra. La
metrópoli, por ejemplo, sería México, que es la única
que puede serlo por su poder intr&ia cute;nseco, sin
el cual no hay metrópoli. Supongamos que fuese el
istmo de Panamá punto céntrico para todos los extremos
de este vasto continente, ¿no continuarían éstos en la
languidez, y aún en el desorden actual? Para que un
solo gobierno dé vida, anime, ponga en acción todos
los resortes de la prosperidad pública, corrija,
ilustre y perfeccione al Nuevo Mundo sería necesario
que tuviese las facultades de un Dios y, cuando menos,
las luces y virtudes de todos los hombres. 

El espíritu de partido que al presente agita a
nuestros Estados, se encendería entonces con mayor
encono, hallándose ausente la fuente del poder, que
únicamente puede reprimirlo. Además, los magnates de
las capitales no sufrirían la preponderancia de los
metropolitanos, a quienes considerarían como a otros
tantos tiranos; sus celos llegarían hasta el punto de
comparar a éstos con los odiosos españoles. En fin,
una monarquía semejante sería un coloso deforme, que
su propio peso desplomaría a la menor convulsión. 

Mr. de Pradt ha dividido sabiamente a la América en
quince o diecisiete Estados independientes entre sí,
gobernados por otros tantos monarcas. Estoy de acuerdo
en cuanto a lo primero, pues la América comporta la
creación de diecisiete naciones; en cuanto a lo
segundo, aunque es más fácil conseguirla, es menos
útil; y así no soy de la opinión de las monarquías
americanas. He aquí mis razones. El interés bien
entendido de una república se circunscribe en la
esfera de su conservación, prosperidad y gloria. No
ejerciendo la libertad imperio, porque es precisamente
su opuesto, ningún estímulo excita a los republicanos
a extender los términos de su nación, en detrimiento
de sus propios medios, con el único objeto de hacer
participar a sus vecinos de una Constitución liberal.
Ningún derecho adquieren, ninguna ventaja sacan
venciéndolos, a menos que los reduzcan a colonias,
conquistas o aliados, siguiendo el ejemplo de Roma.
Máximas y ejemplos tales están en oposición directa
con los principios de justicia de los sistemas
republicanos, y aún diré más, en oposición manifiesta
con los intereses de sus ciudadanos; porque un Estado
demasiado extenso en sí mismo o por sus dependencias,
al cabo viene en decadencia, y convierte su forma
libre en otra tiránica; relaja los principios que
deben conservarla, y ocurre por último al despotismo.
El distintivo de las pequeñas repúblicas es la
permanencia; el de las grandes es vario, pero siempre
se inclina al imperio. Casi todas las primeras han
tenido una larga duración; de las segundas sólo Roma
se mantuvo algunos siglos, pero fue porque era
república la capital y no lo era el resto ! de sus
dominios que se gobernaban por leyes e instituciones
diferentes. 

Muy contraria es la política de un rey, cuya
inclinación constan te se dirige al aumento de sus
posesiones, riquezas y facultades; con razón, porque
su autoridad crece con estas adquisiciones, tanto con
respecto a sus vecinos, como a sus propios vasallos
que temen en él un poder tan formidable cuanto es su
imperio que se conserva por medio de la guerra y de
las conquistas. Por estas razones pienso que los
americanos ansiosos de paz, ciencias, artes, comercio
y agricultura, preferirían las repúblicas a los
reinos, y me parece que estos deseos se conforman con
las miras de Europa. 

No convengo en el sistema federal entre los populares
y representativos, por ser demasiado perfecto y exigir
virtudes y talentos políticos muy superiores a los
nuestros; por igual razón rehuso la monarquía mixta de
aristocracia y democracia que tanta fortuna y
esplendor ha procurado a Inglaterra. No siéndonos
posible lograr entre las repúblicas y monarquías lo
más perfecto y acabado, evitemos caer en anarquías
demagógicas, o en tiranías monócratas. Busquemos un
medio entre extremos opuestos que nos conducirán a los
mismos escollos, a la infelicidad y al deshonor. Voy a
arriesgar el resultado de mis cavilaciones sobre la
suerte futura de América; no la mejor, sino la que sea
más asequible. 

Por la naturaleza de las localidades, riquezas,
población y carácter de los mexicanos, imagino que
intentarán al principio establecer una república
representativa, en la cual tenga grandes atribuciones
el poder Ejecutivo, concentrándolo en un individuo
que, si desempeña sus funciones con acierto y
justicia, casi naturalmente vendrá a conservar una
autoridad vitalicia. Si su incapacidad o violenta
administración excita una conmoción popular que
triunfe, ese mismo poder ejecutivo quizás se difundirá
en una asamblea. Si el partido preponderante es
militar o aristocrático, exigirá probablemente una
monarquía que al principio será limitada y
constitucional, y después inevitablemente declinará en
absoluta; pues debemos convenir en que nada hay más
difícil en el orden pol&i acute;tico que la
conservación de una monarquía mixta; y también es
preciso convenir en que sólo un pueblo tan patriota
como el inglés es capaz de contener la autoridad de un
rey, y de sostener el espíritu de libertad bajo un
cetro y una corona. 

Los Estados del istmo de Panamá hasta Guatemala
formarán quizás una asociación. Esta magnífica
posición entre los dos grandes mares, podrá ser con el
tiempo el emporio del universo. Sus canales acortarán
las distancias del mundo: estrecharán los lazos
comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan
feliz región los tributos de las cuatro partes del
globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la
capital de la tierra! Como pretendió Constantino que
fuese Bizancio la del antiguo hemisferio. 

Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a
convenirse en formar una república central, cuya
capital sea Maracaibo o una nueva ciudad que con el
nombre de Las Casas (en honor de este héroe de la
filantropía), se funde entre los confines de ambos
países, en el soberbio puerto de Bahía Honda. Esta
posición aunque desconocida, es más ventajosa por
todos respectos. Su acceso es fácil y su situación tan
fuerte, que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima
puro y saludable, un territorio tan propio para la
agricultura como para la cría de ganados, y una gran
de abundancia de maderas de construcción. Los salvajes
que la habitan serían civilizados, y nuestras
posesiones se aumentarían con la adquisición de la
Guajira. Esta nación se llamaría Colombia como tributo
de justicia y gra titud al creador de nuestro
hemisferio. Su gobierno podrá imitar al inglés; con la
diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder
ejecutivo, electivo, cuando más vitalicio, y jamás
hereditario si se quiere república, una cámara o
senado legislativo hereditario, que en las tempestades
políticas se interponga entre las olas populares y los
rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre
elección, sin otras restricciones que las de la Cámara
Baja de Inglaterra. Esta constitución participaría de
todas las formas y yo deseo que no participe de todos
los vicios. Como esta es mi patria, tengo un derecho
incontestable para desearla lo que en mi opinión es
mejor. Es muy posible que la Nueva Granada no convenga
en el reconocimiento de un gobierno central, porque es
en extremo adicta a la federación; y entonces formará
por sí sola un Estado que, si subsiste, podr&aa! cute;
ser muy dichoso por sus grandes recursos de todos
géneros. 

Poco sabemos de las opiniones que prevalecen en Buenos
Aires, Chile y el Perú; juzgando por lo que se
trasluce y por las apariencias, en Buenos Aires habrá
un gobierno central en que los militares se lleven la
primacía por consecuencia de sus divisiones intestinas
y guerras externas. Esta constitución degenerará
necesariamente en una oligarquía, o una monocracia,
con más o menos restricciones, y cuya denominación
nadie puede adivinar. Sería doloroso que tal caso
sucediese, porque aquellos habitantes son acreedores a
la más espléndida gloria. 

El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su
situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de
sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los
fieros republicanos del Arauco, a gozar de las
bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de
una república. Si alguna permanece largo tiempo en
América, me inclino a pensar que será la chilena.
Jamás se ha extinguido allí el espíritu de libertad;
los vicios de Europa y Asia llegarán tarde o nunca a
corromper las costumbres de aquel extremo del
universo. Su territorio es limitado; estará siempre
fuera del contacto inficionado del resto de los
hombres; no alterará sus leyes, usos y prácticas;
preservará su uniformidad en opiniones políticas y
religiosas; en una palabra, Chile puede ser libre. 

El Perú, por el contrario, encierra dos elementos
enemigos de todo régimen justo y liberal; oro y
esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está
corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez
alcanza a apreciar la sana libertad; se enfurece en
los tumultos, o se humilla en las cadenas. Aunque
estas reglas serían aplicables a toda la América, creo
que con más justicia las merece Lima por los conceptos
que he expuesto, y por la cooperación que ha prestado
a sus señores contra sus propios hermanos los ilustres
hijos de Quito, Chile y Buenos Aires. Es constante que
el que aspira a obtener la libertad, a lo menos lo
intenta. Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la
democracia, ni los esclavos y pardos libertos la
aristocracia; los primeros preferirán la tiranía de
uno solo, por no padecer las persec uciones
tumultuarias, y por establecer un orden siquiera
pacífico. Mucho hará si concibe recobrar su
independencia. 

De todo lo expuesto, podemos deducir estas
consecuencias: las provincias americanas se hallan
lidiando por emanciparse, al fin obtendrán el suceso;
algunas se constituirán de un modo regular en
repúblicas federales y centrales; se fundarán
monarquías casi inevitablemente en las grandes
secciones, y algunas serán tan infelices que devorarán
sus elementos, ya en la actual, ya en las futuras
revoluciones, que una gran monarquía no será fácil
consolidar; una gran república imposible. 

Es una idea grandiosa pretender formar de todo el
mundo nuevo una sola nación con un solo vínculo que
ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene
un origen, una lengua, unas costumbres y una religión
debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que
confederase los diferentes Estados que hayan de
formarse; mas no es posible porque climas remotos,
situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres
desemejantes dividen a la América. ¡Qué bello sería
que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el
de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día
tengamos la fortuna de instalar allí un augusto
Congreso de los representantes de las repúblicas,
reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos
intereses de la paz y de la guerra, con las naciones
de las otr as tres partes del mundo. Esta especie de
corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa
de nuestra regeneración, otra esperanza es infundada,
semejante a la del abate St. Pierre que concibió el
laudable delirio de reunir un Congreso europeo, para
decidir de la suerte de los intereses de aquellas
naciones. 

«Mutuaciones importantes y felices, continuas pueden
ser frecuentemente producidas por efectos
individuales». Los americanos meridionales tienen una
tradición que dice: que cuando Quetzalcoatl, el
Hermes, o Buda de la América del Sur resignó su
administración y los abandonó, les prometió que
volvería después que los siglos designados hubiesen
pasado, y que él restablecería su gobierno, y
renovaría su felicidad. ¿Esta tradición, no opera y
excita una convicción de que muy pronto debe volver?
¡Concibe usted cuál será el efecto que producirá, si
un individuo apareciendo entre ellos demostrase los
caracteres de Quetzalcoatl, el Buda de bosque, o
Mercurio, del cual han hablado tanto las otras
naciones? ¿No cree usted que esto inclinaría todas las
partes? ¿No es la unión todo lo que se necesita para
ponerlos en estado de expulsar a los españoles, sus
tropas, y los partidarios de la corrompida España,
para hacerlos capaces de establecer un imperio
poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas? 

Pienso como usted que causas individuales pueden
producir resultados generales, sobre todo en las
revoluciones. Pero no es el héroe, gran profeta, o
dios del Anáhuac, Quetzalcoatl, el que es capaz de
operar los prodigiosos beneficios que usted propone.
Este personaje es apenas conocido del pueblo mexicano
y no ventajosamente; porque tal es la suerte de los
vencidos aunque sean dioses. Sólo los historiadores y
literatos se han ocupado cuidadosamente en investigar
su origen, verdadera o falsa misión, sus profecías y
el término de su carrera. Se disputa si fue un apóstol
de Cristo o bien pagano. Unos suponen que su nombre
quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra
Emplumajada; y otros dicen que es el famoso profeta de
Yucatán, Chilan-Cambal. En una palabra, los más de los
autores mexicanos, polémicos e historiadores profano
s, han tratado con más o menos extensión la cuestión
sobre el verdadero carácter de Quetzalcoatl. El hecho
es, según dice Acosta, que él establece una religión,
cuyos ritos, dogmas y misterios tenían una admirable
afinidad con la de Jesús, y que quizás es la más
semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores
católicos han procurado alejar la idea de que este
profeta fuese verdadero, sin querer reconocer en él a
un Santo Tomás como lo afirman otros célebres autores.
La opinión general es que Quetzalcoatl es un
legislador divino entre los pueblos paganos de
Anáhuac, del cual era lugarteniente el gran Moctezuma,
derivando de él su autoridad. De aquí que se infiere
que nuestros mexicanos no seguirían al gentil
Quetzalcoatl, aunque apareciese bajo las formas más
idénticas y favorables, pues que profesan una religió!
n la más intolerante y exclusiva de las otras. 

Felizmente los directores de la independencia de
México se han aprovechado del fanatismo con el mejor
acierto proclamando a la famosa Virgen de Guadalupe
por reina de los patriotas, invocándola en todos los
casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto,
el entusiasmo político ha formado una mezcla con la
religión que ha producido un fervor vehemente por la
sagrada causa de la libertad. La veneración de esta
imagen en México es superior a la más exaltada que
pudiera inspirar el más diestro profeta. 

Seguramente la unión es la que nos falta para
completar la obra de nuestra regeneración. Sin
embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es
el distintivo de las guerras civiles formadas
generalmente entre dos partidos: conservadores y
reformadores . Los primeros son, por lo común, más
numerosos, porque el imperio de la costumbre produce
el efecto de la obediencia a las potestades
establecidas; los últimos son siempre menos numerosos
aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la
masa física se equilibra con la fuerza moral, y la
contienda se prolonga, siendo sus resultados muy
inciertos. Por fortuna entre nosotros, la masa ha
seguido a la inteligencia. 

Yo diré a usted lo que puede ponernos en aptitud de
expulsar a los españoles, y de fundar un gobierno
libre. Es la unión , ciertamente; mas esta unión no
nos vendrá por prodigios divinos, sino por efectos
sensibles y esfuerzos bien dirigidos. América está
encontrada entre sí, porque se halla abandonada de
todas las naciones, aislada en medio del universo, sin
relaciones diplomáticas ni auxilios militares y
combatida por España que posee más elementos para la
guerra, que cuantos furtivamente podemos adquirir. 

Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el
Estado es débil, y cuando las empresas son remotas,
todos los hombres vacilan; las opiniones se dividen,
las pasiones las agitan y los enemigos las animan para
triunfar por este fácil medio. Luego que seamos
fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que
nos preste su protección, se nos verá de acuerdo
cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la
gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia
las grandes prosperidades a que está destinada la
América meridional; entonces las ciencias y las artes
que nacieron en el Oriente y han ilustrado a Europa,
volarán a Colombia libre que las convidará con un
asilo. 

Tales son, señor, las observaciones y pensamientos que
tengo el honor de someter a usted para que los
rectifique o deseche según su mérito; suplicándole se
persuada que me he atrevido a exponerlos, más por no
ser descortés, que porque me crea capaz de ilustrar a
usted en la materia. 

Soy de usted, etc., etc. 

Kingston, 6 de septiembre de 1815 

Fuente: CB3





	


	
		
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